Carta abierta con motivo del Adviento de 2013 sobre la consideración de los parados en este país, el auge de las redes sociales en la llamada “crisis” y la crisis real

diciembre 13, 2013 § Deja un comentario


CARTA ABIERTA CON MOTIVO DEL ADVIENTO DE 2013 SOBRE LA CONSIDERACIÓN DE LOS PARADOS EN ESTE PAÍS, EL AUGE DE LAS REDES SOCIALES EN LA LLAMADA “CRISIS” Y LA CRISIS REAL[1]

Blaming: culpar, culpabilizar, reprochar (fuente: www.Linguee.es) Con un significado técnico, incluye también en su significado estigmatizar, victimizar, y a veces victimizar a quien ya lo está por otros motivos, no siempre tan alejados de los primeros.

Para los parados sin prestación que vivimos en la Comunidad de Madrid, eufemísticamente denominados por los responsables de empleo de esta entidad territorial “personas sin recursos residentes en Comunidad de Madrid” (donde debería decir, simple y llanamente “indigentes”), pero también para el resto de los parados, y aun para los trabajadores -la mayoría de ellos temporales-, está cundiendo una estrategia de victimización o “blaming the victim” -los que soy psicólogos, de cualquier escuela, tanto me da-, sociólogos, periodistas o penalistas, conocéis muy bien esta terminología, su significado y sus consecuencias reales-, para considerarnos -y esto es lo importante- fundamentalmente enfermos, pero al mismo tiempo responsables, y sin derecho alguno a denunciar las injusticias, tachando a veces nuestro comportamiento de alguno de los variados “trastornos antisociales o de la conducta”, medicalizándonos e intentando que se verifique en nosotros la profecía autocumplida que ya viera Segismundo en “La vida es sueño” y ellos tantos anhelan. Se les llena la boca de palabras como “recuperación”, “rehabilitación”, cuando, sin pretender vaciar por completo de sentido tales términos y las buenas intenciones que los sostienen, deberían quizá fijarse más en su responsabilidad social como colectivo en una sociedad enferma, sin valores, donde son entronizados ídolos construidos por nosotros cuyo (mal) uso -definido como tal por los agentes oficiales que tienen en su mano la “autoridad prescriptiva”- conlleva una demonización de aquellos que, por diversas circunstancias, se han encontrado en situaciones de dependencia, en el sentido más amplio, tanto de sustancias como de comportamientos socialmente en principio positivamente valorados -o que constituyen medios lícitos para conseguir o mantener fines sociales o niveles de vida “exitosos”-. Sobre todo los que nos hemos “pasado” en el consumo -tan necesario para el sistema- de ciertos bienes o servicios que se tornan en nocivos sin aviso previo; ¿es toda la culpa nuestra? Sinceramente, y aun en vísperas de afrontar un tratamiento muy duro, creo que no; ¿Cuántas veces se nos ha dicho que somos los “ciudadanos” los culpables de la crisis, que “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades?” Es posible. Pero yo diría más bien que muchos –no todos- en una sociedad en la que el sobreconsumo y el endeudamiento se habían convertido en un comportamiento “normal”, lo que hemos hecho simple y llanamente ha sido vivir de acuerdo con las posibilidades que entonces nos ofrecieron; los bancos, las entidades de créditos, el propio Gobierno… sabiendo que ellos nunca perderían. Echar la vista atrás y culpabilizar al consumidor desordenado que ha optado por una opción de consumo quizá arriesgada resulta demasiado fácil y, sobre todo, injustificada, teniendo en cuenta la parte real de responsabilidad que muchos tuvimos –por suerte a mí no me tocó-, en el sobrendeudamiento del país. Sin eludir la pequeña parte de responsabilidad de cada uno en este asunto, sin duda han sido los bancos los que más responsabilidad tuvieron, y siguen teniendo con creces; y ello por un triple motivo: porque las personas jurídicas tienen procedimientos jurídicos mucho más fáciles de eludir sus obligaciones financieras “disolviéndose” y resurgiendo como otras entidades, en favor del “sacrosanto” tráfico jurídico al que se atribuye el “triunfo” de la moderna sociedad capitalista postfordiana. Porque el que más conoce más responsabilidad tiene, y la información de la recesión financiera, así como la lógica de que “las cosas no podían seguir yendo así” es un conocimiento más especializado del banquero –o del bancario- que del ciudadano común; y porque, en este país de capitalismo asimétrico, la banca siempre gana: o cobra del deudor –o de sus avalistas-, o si no ya lo hará del Estado, que para eso le financia, ahí sí, con todo tipo de beneficios, su funcionamiento formal, prestando y avalando dinero a los partidos políticos: ¿y de dónde viene el dinero del Estado, si le está prohibido endeudarse y “darle a la maquinita”? Que cada cual saque sus propias conclusiones.  Ya hace años que, entre las llamadas “adicciones sociales” pre-DSMV, los psiquiatras y psicólogos vanguardistas hablaban e incluso realizaban cuestionarios para detectar una posible “adicción al endeudamiento”, como tal todavía no confirmada, al menos oficialmente o unánimemente por las “autoridades sanitarias prescriptivas”.

Se trata nuevamente de la famosa patologización de la vida cotidiana que ya expresaran Freud y sus colegas, pero que ahora llega con mucha más virulencia. La entronización social del Dinero, el Poder, el Éxito profesional y personal, el Sexo y muchos otros ídolos que nos hemos creado forman parte de esa madeja institucional que llamamos “Civilización” y en la que basamos nuestra forma de vida y hasta las elecciones más importantes, desde la educación de nuestros hijos hasta la elección de nuestra profesión o pareja. Pero hay truco. En cuanto “te pasas” en la adoración de uno de estos ídolos quedas fulminantemente demonizado y excluido, considerado realmente como un paria social: tomar unas copas con los amigos, jugar de vez en cuando a algún juego de azar, tener relaciones sexuales esporádicas, triunfar en los negocios pisoteando a los demás sin que se note demasiado o con merma de lo que los profesionales de la salud mental denominan “área personal o familiar” pero sin que se note está “bien visto socialmente”, pero a quien se toma “demasiado en serio” los ídolos humanos, muchas veces cayendo en dependencias, se le tacha inmediatamente de alcohólico, ludópata, adicto al sexo, adicto al trabajo, y un sinfín de etcéteras recogidos, por ejemplo, en el DSM-V, que no hace sino trazar, de manera más o menos arbitraria –o discreta, tanto me da- los límites de una “normalidad” frente a lo patológico donde desde mi modesto punto de vista sólo hay un continuo. He ahí mi principal crítica a los psicólogos: si la labor del psicólogo debe ser simplemente volver un comportamiento socialmente inadaptado en “adaptado”, sin tener en cuenta una posible conformación equivocada de los valores sociales, su trabajo es muy pobre. Por el contrario, si se centra en el sufrimiento que provoca en el paciente y, a veces, en su entorno más próximo (ya que “paciente” viene de “pathos”, sufrimiento), entonces podemos comenzar a trabajar.

Volviendo a la situación laboral, no es normal. Se trata de culpabilizar al parado por su situación y, si se pone “muy chulo”, como diríamos en lenguaje coloquial, amenazarle con una de las innumerables clasificaciones de trastornos mentales que incluye el flamante DSM-V, que viene a equivaler para la casta de los profesionales sanitarios “académicos” a la cara opuesta de una suerte de clasificación “informal” de los profesionales exitosos de nuestro país constituida en lo fundamental por Abogados del Estado e Ingenieros (la cita es tuya, Enrique Peñaranda, en conversación; habría algo que decir sobre los economistas o los contables universitarios, es decir, los estudiosos de las disciplinas de administración y dirección de empresas), que ocupan los primeros puestos de las empresas con los políticos bailándoles el agua.

Pero vayamos a la idea central que ha motivado este mensaje.

Los parados cualificados de este mísero país, como supondrá Fátima Báñez, como tenemos mucho tiempo, entre echar currículums y currículums que otros u otras -esto va por las guapas psicólogas recién salidas de la Facultad y que son contratadas por los departamentos de recursos humanos de las firmas de los grandes “emprendedores” de este país, y que se limitan a aplicar el último manual de teoría de la organización o cualquier otra teoría pseudocientífica de moda en el último manual de Psicología industrial o de recursos humanos-, echan a la papelera por sobrecualificación o, simplemente, por “no dar el perfil”, por ser demasiado mayores, por ser mujeres como ellas y temer que las que contraten vayan a quedarse embarazadas o por ser personas con algún tipo de discapacidad, entre otras causas nobles y justificadas.

A los que apenas hemos comenzado nuestras andaduras en el mundo de los “blogs”, no sin un saludable escepticismo, y nos gustaría expresarnos “en los nuevos lenguajes y modos de la red”, hemos utilizado hasta ahora artificios mucho más antiguos adaptados a los tiempos modernos, posmodernos o post-postmodernos, como el género epistolar, a medio camino entre el lenguaje escrito y hablado, pero no necesariamente periodístico, que a mí siempre me ha gustado especialmente. Ya no sé ni en qué tiempo vivo, pero me atrevería a definirlo sin ambages como “preapocalíptico”. El dinero manda. Siempre ha mandado,  pero hoy más que nunca, aunque sólo sea por la desaparición de la ideología del socialismo real promovida por una superpotencia con poder militar suficiente como para que otro poder humano -el poder militar-, pudiese hacer frente en los tiempos de la a veces por mí añorada Guerra Fría, al poder del capital; la caída de la Unión Soviética y la desaparición de las ideologías en sentido “fuerte” trajo consigo la caída del entonces llamado por el primero “Segundo Mundo” (ahora los ex países socialistas), pero puso más en evidencia la brecha entre Occidente y la mayor parte de población mundial en cuanto al reparto de la riqueza; por lo que hoy, una buena parte del llamado “Primer Mundo” está empezando a darse cuenta, ya desde hace mucho tiempo, de que las peores facturas de un sistema mundial injusto de reparto de la riqueza todavía no han llegado.

Yendo de mi caso particular a lo general, me dijeron que esta red -me refiero a LinkedIn- era “fundamental” para encontrar trabajo en -o desde, tanto me da- este país bananero (me refiero a España, aunque, como todos los destinatarios de este mensaje sois inteligentes, lo habréis “pillado”, aunque no estéis de acuerdo con la afirmación) en el que algunos todavía (mal)vivivimos gracias a una especie de semicaridad forzada de la familia y de la economía informal, es decir, en B. Por lo que veo, sólo es una red de profesionales “exitosos” para el mundo, que quieren compartir su gloria vana. A mí hace tiempo que no me impresionan -o al menos no tanto- ni el éxito ni la gloria del mundo, aunque me haga daño, pues como persona de carne y hueso -y algo más- que soy necesito, además de comer, algo de reconocimiento social, sin engreírme, pues algo he estudiado (cfr. Maslow, Abraham: 1968).

Aun así he visto que en la mencionada red hay gente de los movimientos sociales y de todo tipo, y me he alegrado de haberme encontrado con algunos ex compañeros a los que parece irles mucho mejor que yo en “la vida”.

Bueno, procuraré ir al grano. Lo menos importante, para los que no me conozcáis, o no me conozcáis del todo: soy Pablo Guérez, Doctor en Derecho (especializado en Derecho penal), Acreditado oficialmente para puestos de profesorado permanente que previsiblemente tardarán en convocarse cinco, diez o veinte años, Abogado no ejerciente y Profesor honorario de la UAM (es decir, todo sin cobrar).

Lo importante: Soy un ser humano, como tú y como todos, cuya dignidad se encuentra pisoteada por un sistema injusto de estructuras de poder fundadas en un estadio posmoderno del capitalismo salvaje y que, si aquí nos hace pobres, en el Tercer Mundo mata directamente para que aquí algunos podamos sobrevivir y otros puedan dilapidar los bienes de este mundo. Por ello, no sé muy bien qué hago en esta red. Se supone que estoy buscando curro, pero, visto lo visto, tengo que encontrar una solución, y ya, porque el mundo, tal y como está, me parece insoportable; si no encuentro algo que me devuelva al “rebaño adormecido” del que hablaba Chomsky (cfr. Chomsky, Noam: 2002), me iré en breve al primer frente de la injusticia mundial donde más estragos hace lo que algunos -incluido yo- llamamos cómodamente “crisis” mientras nos tomamos unas cañas y confundimos las Navidades -es decir, la venida de Jesús, para algunos nuestro Salvador, desnudo, en pañales, inerme y en un pesebre- con una fiesta de disfraces: más tarde que pronto me marcharé a algún país africano, o latinoamericano, donde siempre han estado en crisis y, pese a todo, la gente sigue sonriendo viviendo con lo necesario. Pese a las guerras tribales, los conflictos ocasionados por nosotros para alterar el precio de las materias primas de esos países y apropiárnoslas, las epidemias, el hambre, la miseria y la muerte que espera agazapada para abalanzarse sobre su presa al menor descuido. Y como no soy ningún santo -sino más bien pecador, sólo que procuro no juzgar a los demás, sólo a las estructuras de poder- lo único que no tengo todavía decidido -o mejor, discernido- es si ir con la Cruz o con un fusil. Y por favor, no interpretéis esto literalmente, aunque a veces sí lo pienso así. Si recordamos la película “La Misión” (1986, Roland Joffé, dir., guión de Robert Bolt), en la película se “enfrentan” dos personajes principales; uno, un sacerdote jesuita misionero, interpretado por Jeremy Irons, y el otro, un caballero seglar que, tras matar en duelo a su hermano por un “asunto de faldas”, se refugia en un convento para expiar su culpa, hasta que es convencido por el primero para que vaya a ayudar en las Misiones en América. Pero a la vez se enfrentan dos concepciones del mundo y del actuar del hombre en el mundo. Mientras el sacerdote misionero actúa desde la Palabra y el Espíritu de Dios, sin inmiscuirse en las injustas contiendas políticas que acabarán con la destrucción de la Misión situada entre las posesiones coloniales españolas y portuguesas en la selva amazónica, el personaje interpretado por Robert de Niro acabará por tomar las armas para defender a los indígenas de una matanza ordenada por las tropas portuguesas y permitida por las autoridades eclesiásticas de la época. La obediencia -pero que quiero pensar que también una fe limpia, que no pide derramamientos de sangre- impide al sacerdote (en la película, Jeremy Irons) tomar tal decisión, el cual reprende al personaje interpretado por Robert de Niro. Yo, que he visto varias veces la película -que además tiene una fotografía y una banda sonora, esta última compuesta por Morricone, espectaculares-, he pensado varias veces que me parezco más al personaje de Robert de Niro, pero que me gustaría ser el personaje interpretado por Jeremy Irons. Me “libré” de la “mili” por empezar el Doctorado hasta su supresión, pero ahora, quizá, me empiece a apetecer tener conocimientos sobre cómo manejar un arma. Tal vez me falten bemoles. O no sea todavía el tiempo de reaccionar, hasta que el fin de la Historia -ocasionado por Dios o por nuestra propia ineptitud para arreglar el mundo que nosotros mismos nos hemos construido (esto les encantará a los constructivistas sistémicos onanistas, sí, habéis leído bien, no he puesto autopoyéticos, sino otro término), acabemos con el mundo real: con nuestro planeta, con los recursos naturales que nos sostienen, el oxígeno, o simple y llanamente acabemos unos con otros.

Breve epílogo para creyentes

No quisiera dejar un mensaje de desesperanza, pero es el que me sale del corazón en estos momentos, sobre todo si me limito a contemplar la situación actual del mundo -incluso de nuestro y de mi pequeño mundo- exclusivamente con los ojos de la razón, ya que “Sin Mí no podéis hacer nada” (Jn 15:5). Os exhorto a comprender que, dada la situación actual, el fin de la Historia y de las ideologías en el sentido de Fukuyama (Fukuyama, Francis: 1989) y la impotencia del hombre ante los conflictos bélicos y el ansia de poder de muchos gobiernos, empezando por el Gobierno Federal, “sólo el Amor nos puede salvar”, como reza el título del libro publicado recientemente por el papa Francisco, compendio de algunas de sus homilías cuando era obispo de Buenos Aires (edición en castellano publicada por Romana Editorial, 2012). Se supone que el Adviento es tiempo de esperanza, aun en la desesperanza. Así sea. Lo que no se contradice con el tono pesimista de la carta. El mundo está hecho un asco, pero todos los días se hacen cosas buenas: así es el hombre, y así son las cosas, muchas veces contradictorias. En estas breves líneas, solamente he intentado mostrar, antes de que sea demasiado tarde -lo digo por no estar yo por la labor, no el mundo- mi posición, muy condensada, frente a muchas cosas que están pasando, la hipocresía social y colectiva y otras cosas que seguramente vosotros seréis capaz de desgranar y reflexionar sobre ellas mucho mejor que yo. Sólo pido, que el fin del mundo -o la muerte, para cada uno- nos pille vigilantes y en paz con nosotros mismos y con Dios. Porque, como dice San Pablo en su Carta a los Romanos con una pasmosa actualidad, “Y esto, teniendo en cuenta el momento en que vivimos. Porque es ya hora de levantaros del sueño; que la salvación está más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe. La noche está avanzada. El día se avecina. Despojémonos, pues, de las obras de las tinieblas y revistámonos de las armas de la luz. Como en pleno día, procedamos con decoro: nada de comilonas y borracheras; nada de lujurias y desenfrenos; nada de rivalidades y envidias. Revestíos más bien del Señor Jesucristo y no os preocupéis de la carne para satisfacer sus concupiscencias” (Rom 13:11-14).

Estoy, estamos, cansados de tantas injusticias. Nada mejor, para mí, que las palabras de Jesús y su parábola de la higuera, escritas por el evangelista San Mateo, y que la liturgia católica nos ha recordado en este primer domingo de Adviento, para reflejar al mismo tiempo esta desolación, esta sensación de desamparo y, contemporáneamente, el anhelo y la esperanza de salvación que albergan todos los corazones humanos, especialmente los de las personas más necesitadas: “Aprended la parábola de la higuera. Cuando sus ramos están tiernos y brotan las hojas, conocéis que el estío se acerca; así vosotros también, cuando veáis todo esto, entended que está próximo, a las puertas. En verdad os digo que no pasará esta generación antes que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. De aquel día y de aquella hora nadie sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sino sólo el Padre. Porque como en los días de Noé, así será la aparición del Hijo del Hombre. En los días que precedieron al diluvio comían, bebían, se casaban y se daban en casamiento, hasta el día en que entró Noé en el arca; y no se dieron cuenta hasta que vino el Diluvio y los arrebató a todos; así será a la venida del Hijo del Hombre. Entonces estarán dos en el campo: uno será tomado y otro será dejado. Dos mujeres molerán en la muela: una será tomada y otra será dejada. Velad, pues, porque no sabéis cuándo llegará vuestro Señor. Pensad bien que, si el padre de familia supiera en qué vigilia vendría el ladrón, velaría y no permitiría horadar su casa. Por eso vosotros habéis de estar preparados, porque a la hora que menos penséis, viene el Hijo del Hombre (Mt 24:32-44).

(Como en la Adoración Sálmica y en la Liturgia de las Horas, os invito a hacer una breve pausa para reflexionar; pueden añadirse algunas intenciones libres)

Se agradecen comentarios, tanto críticos, como no críticos -los que estén de acuerdo con el status quo-, así como todo tipo de comentarios grises -en el buen sentido del término- y de matizaciones, añadidos o supresiones. Gracias por adelantado.

Un abrazo, y que este tiempo de Adviento os prepare para vivir unas Navidades en paz y en sencillez.

Pablo

                       
Carta abierta con motivo del Adviento de 2013 sobre la consideración de los parados en este país, el auge de la llamada “crisis” y la crisis real por Pablo Guérez Tricarico, Phd se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial 4.0 Internacional.
Permisos que vayan más allá de lo cubierto por esta licencia pueden encontrarse en consultar al autor en su blog en pabloguerez.wordpress.com o directamente en su email pablo.guerez@uam.es


[1] Breve nota: Este “post” trae origen de una Carta abierta escrita a un humanista Profesor de Psicología de la Universidad Autónoma de Madrid, colega (en cuanto doctor) y amigo mío. Por esta razón, y por la forma que generalmente, hasta ahora, he utilizado, he preferido mantener en el título y en el texto la expresión de “Carta”, si bien con algunos leves cambios tanto en el título como en el texto. Espero que no os aburra demasiado.

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