MERRY CHRISTMAS TO THE WORLD

diciembre 24, 2013 § 1 comentario


Imagen del Nacimiento de Federico Barocci

Imagen del Nacimiento de Federico Barocci

Merry Christmas to the World

Por la entrañable Misericordia de nuestro Dios, mañana nos visitará el Sol que nace de lo Alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz (Lc 1, 78-80)

A mis padres, por todo lo que me han soportado y todavía me soportan. Perdón y Gracias.

A mis abuelos, In Memoriam, habitantes tal vez de tiempos más nobles, y ahora habitantes del Cielo

A.M.D.G.

  Feliz Navidad. Quisiera iniciar de una manera sencilla este mensaje de felicitación navideña para los que me sigan en la red y para cuantos espero que den, por casualidad o no, con estas páginas. De ahí el título en inglés, hoy convertido en lengua universal, como lo era el Latín para la mayor parte del mundo conocido, en la época en la que Jesús vino al mundo. Lamentablemente, mi conocimiento de inglés, hasta ahora sólo intermedio-alto, no me permite expresar con los matices que sí me permite el castellano, las ideas y los sentimientos que aquí quiero plasmar.

A unas horas escasas para que las campanas de gran parte las iglesias del mundo –al menos en el hemisferio occidental y al Este del meridiano de Greenwich-, resuenen a medianoche, o cuando mañana en el Vaticano resuenen también las campanas entre las columnas de Bernini tras la alocución del Papa, entre los numerosos compromisos que todos, cada quién más o menos, tenemos en estos días, quisiera reflexionar junto a vosotros sobre el significado auténtico que para cada uno tiene la Navidad. Si bien todos sepamos la respuesta, como veremos, nuestra práctica diaria, al menos en Occidente, dista mucho de celebrar lo que auténticamente es la Navidad, fiesta civil y que se ha “civilizado” –en el peor de los sentidos-, hasta acabar perdiendo su significado originario.

Me pregunto, nos preguntamos juntos, parafraseando el título de la conocida película, ¿Por quién doblan las campanas? O… ¿Por Quién doblarán a medianoche? ¿Qué, o a Quién, o Qué acontecimiento estamos por celebrar? La respuesta es evidente por obvia: La Navidad. Pero ¿Qué es la Navidad? Para algunos, en el mejor de los casos, será una fiesta en la que, sin saber muy bien qué es lo que se celebra, se reúne la familia en paz y armonía; para otros, más cínicos o, simplemente, confundidos, una fiesta “obligada” por la sociedad, en la que parece haber una obligación “social” de reunirse y de pasárselo bien con la familia y con los amigos, incluso adelantando y multiplicando las celebraciones y extendiéndolas a personas -ya sean éstas familiares, incluso muy íntimos, amigos o conocidos-, con los que ni siquiera nos llevamos bien, los veamos todos los día o no; y no me refiero solamente a las llamadas “comidas o cenas de empresa”, en las que dentro de poco –y me refiero ahora solamente a este país y a la mayoría de los que se creen “emprendedores”-, sólo participarán los empresarios; ¿Cuántas cenas de Nochebuena hay en las que, precisamente por este “pretendido afán social” de celebrar algo y de reunirnos, surgen viejos rencores, rencillas, resentimientos, cuando no directamente los peores sentimientos de odio o de venganza que pueda albergar el corazón humano? Para otros, será solamente una fiesta más, un pretexto socialmente “adecuado” para “perder el control”, siquiera un poco, animados por un ambiente festivo de luces, colorines y anuncios de perfumes. Sin querer juzgar ninguna de estas “visiones” de la Navidad, y aun dando valor al reencuentro familiar e incluso –por qué no- a una sana parte lúdica y festiva, para muchos –para mí no, desde luego- no es éste el significado de la Navidad. O, mejor dicho, no es esto, lo importante. Muchas veces, muchos de nosotros, por atender a lo urgente, somos presa de la ansiedad, cuando no de la desesperación, y olvidamos lo importante. ¿Y qué es para nosotros “lo importante”? Cada cual que dé la respuesta que quiera. Hay mucha gente que se apresura en preparar comidas, atender a los invitados, arreglar la casa, quedar bien, cumplir sus compromisos sociales…. Todo eso está muy bien. Pero por favor, no me malinterpretéis. En el Evangelio hay un pasaje que pudiera muy bien recordarnos la actitud que podemos tener ante esta Fiesta, que, como diré más adelante, es un encuentro; es el encuentro con Aquél que viene a estar con nosotros, el Enmanuel (que significa, Dios con los hombres)[1]. Me refiero al episodio de Marta y María, que encontramos en Lc 10:38-42. Cuando Jesús visita la casa de ambas hermanas, Marta se preocupa por arreglar la casa, por preparar la comida, haciendo “muchos servicios”, mientras María se queda sola junto a Jesús escuchando Su Palabra. Entonces, cuando María empieza a preocuparse le dice a Jesús, “Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir”? Y Jesús le responde: Marta, Marta, andas inquieta y preocupada por muchas cosas: sólo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada”. A mi juicio, este pasaje es una gran metáfora de las Navidades en nuestros tiempos; nos afanamos por quedar bien con nuestros seres queridos o simplemente, con jefes o conocidos, muchos nos preocupamos de hacer muchas cosas, sin caer en la cuenta de que quizá, lo único que Dios nos pide en esta fiesta es que escuchemos Su Palabra, le escuchemos a Él, que se hace hombre y viene a salvarnos. En el fondo, también Marta quiere que Jesús esté cómodo y quiere también honrarle a su manera,  pero María sale directamente a su encuentro y se queda escuchando su Palabra; la actitud es muy semejante a la de los pastores, primeros testigos del Nacimiento, que fueron al encuentro de Hijo de Dios recién nacido y la de su Madre, que “conservaba todas estas cosas en el corazón” (Lc, 2:19). La Navidad es la celebración, un año más, de un Amor inconmensurable, del Amor infinito de Dios, El cual, citando la liturgia católica, “compadecido del extravío de los hombres”, cansado de tantas rupturas y desobediencias de las varias Alianzas que había hecho con su Pueblo, no nos deja abandonados a nuestra suerte en el desierto, no nos deja solos con nuestras penas, nuestros pesares, nuestro sufrimiento, nuestros problemas, nuestras enfermedades, nuestras debilidades y nuestro pecado. Sí, de nuestro pecado (y donde digo pecado cada cual ponga o lea debilidad, falta, lo malo o lo que no nos gusta en el fondo hacer y que nos hace daño a nosotros mismos o a los demás; para los creyentes, simplemente lo definiría como todo aquello que desagrada a Dios y que por esta razón, nos aparta de él, haciéndonos más imperfectos y más infelices, por lo que no somos capaces de aprehender la felicidad que sólo Él nos quiere y nos puede dar, si le abrimos el corazón). Y no debemos extrañarnos de reconocer nuestro pecado. Es más: Puede decirse que sin pecado del hombre no hay Navidad. Porque si el hombre no hubiera pecado –tal era el plan originario de Dios-, Dios no hubiera necesitado encarnarse. Y es el Misterio de la Encarnación de Dios, que se hace hombre –y niño- por nosotros, el que celebramos en la Navidad. Dios no nos deja solos. Ni siquiera se limita a ayudarnos desde lo Alto, como lo hiciera por boca de los profetas que anunciaron la venida del Mesías. A Dios, en la Persona de su Hijo, que es Su Palabra, no le importa rebajarse hasta nuestra condición; al más grande no le importa hacerse pequeño: pequeño como un niño, para, asumiendo nuestra naturaleza humana, hacernos a nosotros grandes. No le falta razón a aquel teólogo, cuyo nombre no recuerdo, que dijo que para Dios fue más grande el salto de encarnarse, de hacerse hombre, que el dolorosísimo camino que tuvo que recorrer, una vez hecho hombre, hasta el Calvario, donde destruyó nuestra muerte y nuestro pecado para siempre y nos justificó ante el Padre, saldando definitivamente la deuda (o la culpa; por cierto es curioso que el término alemán “Schuld” signifique al mismo tiempo “culpa” y “deuda”) que la Humanidad caída tenía –y cada uno de nosotros seguirá teniendo, en la medida en la que pequemos- ante Dios Padre y justificándonos ante Él; El cual, por el Sacrificio de su Hijo, estará siempre dispuesto a perdonarnos.

Los hombres y mujeres de nuestro tiempo necesitan escuchar este mensaje de esperanza, sobre todos los no creyentes, o los que dudan. Muchos de vosotros no lo seáis, o no del todo. Pero mirad: en todas las religiones, tal y como dicen varios documentos del Concilio Vaticano II, hay una semilla de verdad. Tras un somero estudio científico de las grandes religiones del mundo, tanto de las religiones abrahámicas o semíticas (típicamente, el judaísmo, el cristianismo y el Islam, denominadas también “religiones de tradición profética”, porque sus verdades de fe se hallan contenidas en textos que se consideran inspirados o revelados por un Dios personal), como de las religiones orientales (la mayoría de las cuales –salvo excepciones importantes, sobre todo históricas, como el hinduismo y las religiones persas de la Edad Antigua, que inspiraron incluso algunos evangelios cristianos apócrifos gnósticos-, no creen en un Dios personal: así, la religión de los antiguos vedas, el budismo, el taoísmo, o las prácticas como el tantrismo o el zen), he podido llegar a una conclusión provisional: Todas las grandes religiones parten (o se ocupan) de lo mismo, como queramos llamarlo: el problema del hombre, la gran pregunta, el qué hacemos aquí, a dónde vamos, o las últimas cuestiones, incluido, como uno de los “subjects” principales, el problema del sufrimiento y el problema del Mal. En el origen de la llamada filosofía occidental, –en contra de lo que muchos filósofos, historiadores de la Filosofía y comentaristas muy autorizados, sobre todo en la Edad Moderna, han sostenido o sostienen-, es falso que el pensamiento occidental racional se haya gestado –aunque sí ha ido evolucionando- sobre la base exclusiva del pensamiento racional. Sobre ello, recomiendo la lectura de Schopenhauer (pensador no cristiano, pero teísta y místico, aunque no creyente en un Dios personal) y de Kierkegaard (cristiano protestante con un pensamiento muy personal)[2].

Pero ello haría que tanto la redacción como la posterior comprensión de este mensaje por mis lectores se me fuera de las manos. Si he incluido estas referencias en este mensaje es para señalar que, tanto creyentes como no creyentes, no estamos tan alejados, y que dirijo este mensaje y, en particular, la referencia a esta “semilla de verdad”, también, e incluso preferentemente, a los ateos o agnósticos, los cuales, en su lucha personal, siguen creyendo en unos valores “fuertes”, siquiera provisionales, en una ética laica que pueda fundarse todavía en la necesidad de creer en el triunfo del Bien sobre el Mal[3].

Nosotros –incluidos los cristianos-, estamos en el mundo. Y, por muchas injusticias y atropellos a los derechos humanos, por muchas calamidades y tristezas, muchos seguimos viviendo, por alguna u otra razón, confiando en la vida aun en medio del sufrimiento. Ello no nos exime de trabajar por un mundo mejor, sino todo lo contrario. Desde una óptica cristiana, además, esta confianza en que esta vida –aunque no sea la Vida definitiva- merece la pena ser vivida, deseamos fundarla, desde una fe adulta y madurada, desde y por Jesucristo. Y no sin dificultades, sin faltas, sin debilidades y sin dudas de fe. El cristianismo vivido y experimentado, así como otras religiones y modos de vida, nos enseña que cabe la alegría en el sufrimiento. Que cabe la esperanza. Y el cristianismo nos enseña que la esperanza nos la trae Jesús[4]. Es verdad. Tal vez, y quizá sea lo más probable, el Señor no nos quite nuestra Cruz -o nuestras cruces-, pero si le acogemos a Él en nuestro corazón Él hará milagros por nosotros: hará, por de pronto, que cada día vayamos podamos enfrentarnos a las situaciones problemáticas de nuestra vida diaria, más o menos grave, con los ojos de la fe, y no sólo de la razón. Y con ello, hará nuestra carga más llevadera, pues Él ya soportó, y mucho, la carga de toda la Humanidad. De ello ya me ocuparé con mayor profundidad, si Dios quiere, a su debido tiempo, es decir, cuando conmemoremos los Misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, o, en general, el Misterio de la Redención. Por ahora, un humilde servidor de Dios sólo os puede decir que no podemos esperar siempre, ni mucho menos exigir que, por lo general -pues para el creyente siempre caben los milagros, ya que “para Dios, nada hay imposible” (Lc 1:27)-, que Dios nos vaya a dar trabajo, o riqueza, o salud, ni que nos vaya a  devolver a los seres queridos que hayamos perdido, hasta que llegue el momento de encontrarnos con Él. A veces, algunas de las cosas que he mencionado, si bien no hay que generalizar, pueden obstaculizar el crecimiento espiritual del cristiano hacia un verdadero encuentro con Dios. Pero de una cosa debemos estar seguros los cristianos: Del inmenso Amor que Dios nos tiene, del que nada ni nadie nos podrá separar. Si buscamos a Dios con sinceridad y Él encuentra en nosotros un corazón limpio, todo lo demás, si acaso, se nos dará “por añadidura” (Mt 6:33).

Todos nosotros dudamos, sobre todo al ver las noticias sobre catástrofes, hambrunas, guerras, matanzas y otros males que azotan a una Humanidad que parece verse abandonada de la mano de Dios, sobre todo en los países del llamado “Tercer Mundo”, en el espacio de tiempo que media entre las noticias sobre corrupción nacional, la publicidad y las noticias deportivas. Por otra parte, los cristianos –incluido yo- no damos muchas veces ejemplo de un comportamiento conforme al Evangelio, tanto en nuestro ámbito privado como en público, con riñas y disputas innecesarias, con comportamientos nocivos que nos resistimos a abandonar, con mentiras y sentimientos de rencor y de soberbia, cuando no haciendo una cosa y diciendo otra; aunque también aquí hay grados, por supuesto. Por todo ello… ¿Cómo no pensar, a estas altura del siglo XXI, que Dios es cosa de otro tiempo; o que nos ha abandonado, como gritó con un grito de angustia inenarrable el mismo Jesús –Dios mismo hecho hombre-, cuyo Nacimiento estamos tan próximos a celebrar, en la hora de Su máxima agonía en la Cruz? Y sin embargo, frente a la disyuntiva que puede darse en estos casos, yo he optado por creer. Se trata de depositar la confianza, con una fe adulta basada en la experiencia personal del encuentro con el Dios-con-nosotros, en Aquél, en el Único que quiere y que puede salvarme (y salvarnos) de todos nuestros problemas: de la pobreza, de la enfermedad, de la exclusión social, del Poder, del pecado, del Mal, y de la misma muerte. Él, para los cristianos, es la respuesta a todos nuestros problemas. O, mejor, en palabras del beato Juan Pablo II, la respuesta al “Problema del Hombre”[5]; ¿Y de qué Dios se trata? Pues de un Dios, que es la Palabra, pero que muchas veces está silenciado por nosotros, porque no queremos oír su voz; de un Dios que no dudó en hacerse hombre como nosotros y se avino a nacer en un portal, inerme, lejos de todo lujo y ostentación; que predicó la buena noticia del Amor de Dios tratando de huir del poder y de la fama; que compartió nuestras dolencias, curó nuestras enfermedades y perdonó nuestros pecados; que soportó la fragilidad de la naturaleza humana por amor al hombre y que nos amó y nos ama tal y como somos, con nuestras debilidades y nuestras faltas, pero que quiere hacernos aún mejores, con tal de que le abramos el corazón (vid. Oración de Juan Pablo I); y que, al final, compartió la angustia de todo ser humano ante la muerte para, tras soportar una dolorosísima pasión, terminar los días de su vida mortal en una Cruz, abandonado por casi todos sus discípulos, perdonando a sus enemigos y ganando así para nosotros la vida eterna. Este es el significado de la Navidad: que Dios, cuando todavía éramos pecadores, nos amó tanto que quiso enviar a su Hijo y que éste se encarnara de María Virgen para que viviera como uno de nosotros y nos acompañara durante toda la vida, para salvarnos y liberarnos de todas las ataduras, para hacernos libres de verdad y verdaderos partícipes, con Su muerte y su resurrección, de la Vida verdadera, de Su Gloria, la cual ganó para todo el género humano. Para salvarnos. Para salvarte. Él, en medio de sus sufrimientos, que son también los suyos, estará siempre a tu lado, incondicionalmente, y no te abandonará, pues Él también pasó por la tribulación precisamente por su Amor infinito al género humano y a cada hombre y mujer en concreto. Él siempre está a nuestro lado, aun en la tristeza y en la soledad, siempre nos acompaña, aunque no notemos Su presencia. Y, como reza la canción, “cuando invoques Su Nombre, Él vendrá y te salvará”.

Jesús conoció la pobreza y la miseria; conoció la soledad; conoció la enfermedad; conoció la tentación del Mal; y conoció la muerte en Su propia carne y en Su propia sangre. Y se compadeció de cada uno de nosotros hasta el extremo. Podríamos preguntarnos si, tanto individualmente, como a nivel social, hacemos nosotros esto con “el prójimo”, como lo llamaba Jesús, es decir, con cualquier ser humano necesitado, bien sea que se cruce en nuestro camino, bien se trate de una persona o de personas que, por alejadas que estén de nuestra todavía opulenta sociedad del Primer Mundo “en crisis”, no podemos –ni debemos- dejar de lado. Y lo hacemos también a través de las estructuras políticas e internacionales que, con mayor o menor grado de legitimidad, nosotros mismos nos hemos dado para autoorganizarnos. Según datos de Naciones Unidas de septiembre de 2012, el 82% de la riqueza global del planeta estaba todavía en manos de un 20% de su población. Y no parece que hayamos avanzado mucho, más bien lo contrario, como ha denunciado ya en repetidas ocasiones –y nunca está de más- el papa Francisco. Esto, además de ser un atentado contra la caridad, es un atentado a la justicia. La situación de pobreza que actualmente se vive en la mayoría de los países del llamado Tercer Mundo, en palabras del papa Francisco, es sencillamente “un escándalo”[6], del que todos –aquí sí, y no como en la inventada “crisis financiera”, pero con efectos sobre la economía real- somos responsables, en el sentido en el que todos debemos estar comprometidos, cada uno en la medida de sus posibilidades y capacidades. Muchas personas de ese “Tercer Mundo” no conocerán la auténtica Navidad porque no habrán conocido nunca el Amor, porque en medio de guerrillas, conflictos de todo tipo y miseria material y moral nunca hayan recibido siquiera un plato de comida por parte de otro ser humano cuando lo hayan necesitado. Y sin irse tan lejos, muchos estamos ya cansados de situaciones que hacía ya muchos años que no se veían: por ejemplo, el hecho, por mí constatado ya en varias ocasiones, de que, a las puertas de algunas iglesias, se les niegue la limosna o la propia entrada al templo a los pobres para que éstos puedan rezar, para que no molesten. Cuando éstos protestas, se les dicen que éste es un lugar de culto y cuando piden algo para su subsistencia, los “administradores” de la entrada en dichas iglesias, ya sean seglares ya sean sacerdotes, esgrimen el hecho de que no se trata de verdaderos “indigentes”, arrogándose ellos el juicio sobre quién es indigente y quien no… Hipócritas… Según las definiciones oficiales del CIS, “personas que viven bajo el umbral de la pobreza” son todas aquellas que cobran menos de 432 euros al mes, es decir, el mínimo de la pensión no contributiva, excluido el complemento. Yo les recomendaría a estas “personas de bien” que leyeran más la Biblia que dicen conocer, y de una manera inteligente, comenzando por la parábola del fariseo y del publicano. Porque todos somos indigentes ante Dios. Nadie es inocente ante Dios, como se reza en la Adoración sálmica (vid. Job 14:15). Y lo que tenemos de verdaderamente importante lo tenemos por pura gracia. En eso consiste el Amor de Dios. Que siendo rico, se hizo pobre; siendo el más rico, por el dueño y Señor de todo, se hizo pequeño, pequeño como un niño, inerme, necesitado; siendo Él la Palabra de Dios, por medio de la cual “todo fue hecho (cfr. Credo de Nicea-Constantinopla), se avino a rebajarse hasta nuestra condición humana, asumiendo nuestra naturaleza, para anunciarnos la buena nueva, el Evangelio del Amor y, llegado el término de su predicación, con su muerte “nos amó hasta el extremo” (vid. Juan 13,2); siendo eterno e inmortal, se entregó a la muerte para destruir la nuestra y para darnos a nosotros Vida, y Vida eterna.

El pobre de verdad es el que carece de Amor y, por lo tanto, por muchos bienes que coseche en esta vida, y por mucho éxito que tenga ante los demás, por muchos billetes de 50 o 100 euros que eche en el cepillo para “que le vean”, no se ha abierto por completo al Amor de Dios, por lo que es incapaz de abrirse al Amor de Dios que desea fervorosamente alojarse en su corazón; tanto, que se aviene a rebajarse a nuestra condición humana y frágil, y, desde esta condición, nos enseña, entre otras muchas, la parábola del buen samaritano. En ésta, refiriéndose al que practicó la Misericordia con su prójimo, le dice al judío que le preguntó –que ni siquiera era judío, ni sacerdote, ni levita-, “Pues ahora, ve y haz tú lo mismo” (Lc 10:37). Hay veces que descuidamos a los seres más próximos, pero sin malicia, sino por una filantropía quizá mal entendid -y sólo digo quizá, pues no tengo clara esta cuestión ética-. Sea como fuere, lo que sí tengo claro, como decía antes, es que Dios nos ama tal como somos, con nuestras faltas y con nuestras imperfecciones, y está dispuesto SIEMPRE a perdonárnoslas, con tal de que nos arrepintamos y mostremos nuestro propósito de colaborar con su gracia para enmendarnos y dejar que Él nos haga mejores personas, lo que se manifestará en nuestras buenas obras. Pero esta idea la expresa mucho mejor San Juan, así que, permitidme, estimados lectores, la cita de unos de los párrafos que mejor resume el Misterio de la Navidad. En la primer Carta de San Juan el Apóstol nos dice: “Queridos hermanos, amémonos los unos a loso otros, ya que el Amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor. En esto se manifestó el amor de Dios: en que Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de Él” (1 Jn 4:7-9). Y el Amor de Dios no conoce límites; los límites que conocemos nosotros, los humanos, incapaces muchas veces de amar a nuestros seres más cercanos… ¿Cómo vamos a amar a nuestros enemigos, como pedirá y nos sigue pidiendo Jesús? La respuesta sólo puede darse desde la fe. Desde un convencimiento profundo de que Dios nos ama tanto que, si se lo pedimos, puede darnos la gracia suficiente para poder amar, como hombres, de la manera como Jesús ama[7].

Así que, a los que habéis tenido la paciencia de soportarme hasta este punto, espero que la lectura de este artículo –ya no me atrevería a llamarlo “post”- suscite en vosotros una sencilla reflexión –tampoco muy profunda ni ardua- sobre lo que es verdaderamente importante en esta Navidad y, me atrevería a decir, en la vida de todo hombre o mujer de buena voluntad. Y el resumen, por antiguo que parezca, parafraseando a San Agustín, es siempre el mismo: Jesús (Yoshua, que en hebreo significa Dios Salva) viene a salvarnos y a estar con nosotros (Enmanuel). Nace como un niño inerme y no pide ni oro, ni fastos, ni la gloria vana de este mundo, sino que le abramos nuestro corazón para que, desde el Suyo, pueda llevar a cabo la obra de su redención, que es la nuestra: perdonar nuestros pecados, llevarnos al Padre, y conducirnos a Dios. Ya no estamos solos. En nuestro camino, en nuestros problemas, en nuestras debilidades, en nuestro pecado; en nuestras caídas –por muchas que sean, aunque sean setenta veces siete-, ahí está y estará siempre Él como Abogado ante el Padre para levantarnos y decirnos: “Estoy contigo, sigue adelante”. Aun en nuestra misma muerte. Porque Él ha vencido a la muerte. Por ello os anuncio a todos la buena nueva, la celebración de la Venida de Nuestro Señor, en la situación en la que estéis, especialmente a los que os sintáis débiles, angustiados, inermes, deprimidos, esclavizados por los poderes y los ídolos de este mundo; a los atribulados, a los pobres, a los indigentes, a los indignados, a los decepcionados, y que todos juntos podamos proclamar hoy: Maranathá! Adonai Ioshua!, como proclamaban en arameo las primeras comunidades cristianas, es decir, ¡Ven, Señor Jesús! Y que a las doce de la noche, cuando repiquen las campanas, o mañana al amanecer, reconozcamos en el Sol que nace de lo alto la obra de un Dios no sólo creador, sino también salvador, que no nos ha olvidado, y podamos decir con gozo: Verbum caro factum est! Et in nobis habitavit! Gaudete! ¡El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros: Alegraos!

Os deseo a todos una muy Feliz Navidad, en paz, armonía y sencillez,

Pablo

P.S. Estamos en crisis en Occidente. Comienza el tiempo litúrgico de Navidad… ¿Y después qué? ¿Y mañana? Pues mañana, Dios dirá. Sigamos a Jesús: ya vengan hundimientos de los mercados financieros, hambrunas, enfermedades, juicios humanos, viejos o nuevos rencores, riñas y peleas, y todo lo peor que podamos imaginar e incluso, legítimamente, anticipar para ocuparnos de ello, cuando llegue. Pero, más allá de esto, si queremos -y Él, que ahora sale a nuestro encuentro, también lo quiere-, nada nos separará del Amor de Dios. Y este Amor no sólo se manifestará en el consuelo del afligido, sino también, si Dios quiere, en la intervención que la Divina Providencia o la acción del Espíritu Santo puedan disponer en el transcurso de nuestros acontecimientos para el bien de nuestras almas y mayor Gloria de Dios. No nos agobiemos por el mañana, pues el mañana traerá su propio agobio (Mt 6:34). Es así. Como dijo algún sabio, la preocupación por el mañana no hace que desaparezca su objeto, pero nos roba la paz de hoy. Vivamos, pues, el presente, por mucho que la sociedad occidental y presuntamente “judeocristiana” nos haya acostumbrado a hacer lo contrario, y por mucho que, en consecuencia, nos sea ajena en la práctica esa actitud, tan normal para los pueblos de otras culturas. Vivamos el presente. Y el presente es que Dios viene a nuestro encuentro y esta noche santa lo conmemoramos. Y que DIOS VIENE SIEMPRE A NUESTRO ENCUENTRO, puesto que para Dios sólo existe el presente. Así que, por ahora, no se me ocurre para todos nosotros ninguna mejor recomendación que ésta. Y la siguiente:

Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis (Mt 10:8 in fine)

Hasta aquí mi artículo. Por hoy. Feliz Nochebuena y Feliz Navidad.

Attribution to Public Domain:

CC0 

To the extent possible under law, Pablo Guérez Tricarico, PhD has waived all copyright and related or neighboring rights to Merry Christmas to the World, with the exception of the posted image of the painting of Federico Barocci. This work is published from: Spain.

Os mando, “extra epistolam”, el enlace de una bonita canción, especialmente para aquellos a quienes estas Fiestas encuentren más abatidos, deprimidos, enfermos, sufriendo, desilusionados o sin esperanza por cualquier causa, y a quienes se la dedico especialmente: http://www.youtube.com/watch?v=YjsULAOmKNs


[1] Es muy prolija la literatura que define la venida y el paso del Hijo de Dios por este mundo como un encuentro; desde los primeros Padres de la Iglesia, como San Jerónimo –o, yendo para atrás, el propio San Juan Evangelista; o, aún más atrás, profetizado por el bellísimo Cantar de los Cantares del Antiguo Testamento-, hasta los teólogos cristianos medievales, modernos o contemporáneos de varias confesiones como Santa Catalina de Siena, en su Dialogo della Divina Provvidenza, 1378; San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús y San Juan de Ávila en varios de sus escritos; Theilard de Chardin o el Padre Arrupe; o, entre los protestantes evangélicos, Baumann o Schleiermacher. Vid. sobre esta cuestión, aunque no exclusivamente, Vito Mancuso, op.  cit., pp. 274, y los autores que cita. Sobre la conexión de las ideas de fondo entre varias religiones, escrito por un sacerdote jesuita pero abierto al mundo de hoy y a la verdad que busca cada hombre, a la Paz que, en definitiva, nos viene a traer Jesús, recomiendo la interesantísima monografía, citada por cierto en mi Tesis doctoral, de Rafael Navarrete, El aprendizaje de la serenidad, 8ª ed., Ed. San Pablo, 1993.

[2] En los orígenes de la antigua Grecia confluían tanto un incipiente pensamiento racional basado en la dualidad y la categorización como el llamado pensamiento no occidental, oriental, de la no dualidad, característico de las religiones orientales, y que no desapareció hasta bien avanzada la influencia helenística procedente de Persia y, quién sabe, quizá también de la India; sobre esto vid., que no es posible desarrollar aquí, vid., por todos, en el ámbito de la filosofía moral y jurídica, conviene visitar o revisitar la tan imprescindible como olvidada obra de Welzel, Hans, Derecho Penal y Justicia material, ed. Española publicada por Aguilar, Madrid: 1957 (traducción de la cuarta edición alemana).

[3] Aunque siempre he sido ecuménico, la idea central de este párrafo se la atribuyo al Padre Isidoro Martín, Vicario Parroquial de la Parroquia de San Germán en Madrid, sita entre las calles Orense y General Yagüe. Sobre una visión ecuménica del problema del hombre, dentro de los límites de la fe católica, vid. la nota que sigue.

[4] Para adentrar al lector más interesado en la comprensión de esta actitud, recomiendo vivamente la lectura del ensayo del teólogo italiano Vito Mancuso, Io e Dio (Una guida dei perplessi, Ed. Mauri Spagnol, Milano: 2011; trad. al castellano: Yo y Dios: Una guía para los perplejos, especialmente el Prólogo en el que el autor, tras una lucidísima exposición de acontecimientos malos y buenos, ligados entre sí en un estilo poético que casi parece tener tintes borgianos, acaba afirmando: “Pero qué es verdad, al final, para mí y para ellos, de esta vida que se va, nadie sabe a dónde?” (op. cit, p. 15 de la edición italiana; la traducción es mía). Sobre la idea de “tender puentes” más que de romperlos, vid. la última página del libro, en la que el autor “se confiesa” y da razón de la autenticidad de su verdadera fe cristiana (op. cit., p. 464). Sobre una experiencia del Cristianismo no dogmática, y fundada más en la experiencia y ética personales que en la obediencia a las estructuras eclesiales, así como sobre la importancia de trabajar entre todos por el ecumenismo, pueden verse también Hans Kung, Lo que yo creo, ed. Española publicada por Ed. Trotta,  Madrid, 2011. Del mismo autor, vid. también Existencia cristiana, edición española publicada por Ed. Trotta, Madrid, 2012.

[5] Idea muy repetida por el beato Juan Pablo II durante su pontificado, especialmente en sus encuentros con los jóvenes en las por él inauguradas Jornadas Mundiales de la Juventud. Sobre la Navidad y el Misterio de la Encarnación, recomiendo el precioso mensaje del pontífice con ocasión de la XV Jornada Mundial de la Juventud. Todos los documentos pueden consultarse en la página web oficial del Vaticano.

[6] La cita la tomo del mensaje del papa a la FAO el 20 de junio de 2013: “Es un escándalo que haya todavía más de mil millones de personas que sufren el hambre y la mensaje y la malnutrición en el mundo”. El pontífice acusa pone en entredicho también el poder de los mercados del primer mundo para fijar el precio de los alimentos. Para quien quiera saber más, recomiendo la lectura del enlace oficial de la noticia editada por la radio vaticana oficial en http://it.radiovaticana.va/news/2013/06/20/papa_francesco_alla_fao:_la_fame_%C3%A8_uno_scandalo,_no_alla_speculazione/it1-703273, y otros documentos que ahí se citan.

[7] Sobre el amor de Dios, muy resumidamente, os recomiendo el siguiente enlace y las lecturas que cita: http://www.feadulta.com/anterior/Ev-jn-15-09-17-MR.htm. Más en profundidad, y en una perspectiva crítica, aunque sin salirse del catolicismo oficial, vid. Vito Mancuso, op. cit., pp. 387-399.

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§ Una respuesta a MERRY CHRISTMAS TO THE WORLD

  • pabloguerez dice:

    Plaza de San Pedro (Vaticano), 11:45 UTC+1. El Discurso de Navidad del Papa con ocasión de su Bendición Apostólica “Urbi et Orbe”, con indulgencia plenaria incluida, afortunadamente, no nos ha sorprendido. El Santo Padre ha hablado en su discurso, una vez más, en su estilo humilde, sencillo y pastoral, del Niño Dios que se ha rebajado para iluminar y salvar a los hombres de todos los tiempos, incluidos los de éste. Del Dios que se ha “bajado” del pedestal de su Divinidad para hacerse hombre como nosotros y hacerse presente, con su consuelo y con la Fuerza de Su Espíritu, en los más débiles, en los atribulados, los enfermos, los pobres, los que sufren. Para el Santo Padre, como ya nos recordaba en la homilía de la Misa celebrada ayer por la noche en la Basílica de San Pedro, Ése es el Dios que nace hoy, Jesús, y nace para todos. El Dios rico hecho pobre, el Dios de los pobres, el Dios omnipotente hecho niño por nosotros y por nuestra salvación, el Dios que se compadece de nosotros y de nuestro sufrimiento. Dejémonos conmover -dice el Papa- por la Bondad de Dios. Y a todos vosotros, Feliz Navidad en gracia, paz y amor.

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Actualmente estás leyendo MERRY CHRISTMAS TO THE WORLD en Victimología social, "blaming the victim", teoría social, religión, Derecho y crítica legislativa.

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