Un crimen organizado

diciembre 29, 2013 § 3 comentarios


Os aconsejo que leáis mi comentario, algo más largo de los comentarios usuales, después de leer los datos referidos por la autora de la entrada reblogueada “Un crimen organizado”. Para los que no estéis familiarizados todavía con la estructura del blog, el comentario podéis encontrarlo entre los “widgets” que aparecen en la columna lateral derecha, o, directamente, pinchando directamente sobre el título de la entrada posteada o poniendo en el buscador https://pabloguerez.com/2013/12/29/un-crimen-organizado/

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Lo Cierto sin Censura

Olga Rodríguez
Tomado de Rebelión

En el mundo hay suficientes alimentos para todos, pero casi mil millones de personas pasan hambre

alimentos-hoyEn el mundo hay suficiente comida para que todas las personas dispongan de los alimentos necesarios para gozar de una vida sana y productiva. Esta frase es una cita exacta rescatada de la FAO, la Organización para la Alimentación y Agricultura de Naciones Unidas.

De hecho, según cálculos de la ONU, en la actualidad se producen alimentos para nutrir a 12.000 millones de personas en un planeta habitado por 7.000 millones. Y sin embargo, cerca de 3,1 millones de niños se mueren de hambre cada año y una de cada ocho personas no recibe suficiente comida para estar saludable y poder llevar una vida activa, también según datos de la FAO.

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§ 3 respuestas a Un crimen organizado

  • pabloguerez dice:

    Estimados lectores:

    Sé perfectamente que la página que acabo de rebloguear proviene de una escritora próxima a los círculos del sitio rebelion.org, de ideología izquierdista más bien marxista, neomarxista o anarquista, según los escritores, y que la sola utilización de estos términos puede sonar anticuada, cuando no como una descalificación, para muchas personas, especialmente para mis lectores nacidos después de la caída del Muro de Berlín y del fin de la Guerra Fría, a la que seguiría después la caída de la Unión Soviética, precisamente el día de Navidad de 1990, acontecimiento que yo recuerdo perfectamente. Sin embargo, no por ello debemos despreciarlo bajo sospecha de “sesgos extraños”; todo lo contrario, máxime cuando lo que se aporta son datos sacados de fuentes fidedignas y contrastados, algo que no puede decirse de todas las entradas que se publican en el mencionado sitio -y, desde luego, no puede decirse de la mayoría de los datos publicados en los llamados periódicos o revistas tradicionales, afines de una u otra manera a uno u otro poder-, que conviene leer de vez en cuando para despertar las conciencias, pues sobre muchos puntos, cualquier persona sensata y con un mínimo de conciencia social puede estar de acuerdo. Dicho esto, pecaría de lo que Noam Chomsky llamara “fallo de estrategia” si centrara mi comentario en una -siquiera aludida- descalificación formal por el origen de la fuente escogida para desarrollar mi comentario sobre la cuestión de fondo (cfr. Chomsky, Noam, 2002). Ninguna fuente -desde luego, no los periódicos o las revistas al uso- es tan clara y ruda como algunas que nos pueden venir de corrientes que tal vez no estén tan lejos como ellas creen, o como nosotros creemos -como observará el atento lector de mi comentario-, de mi planteamiento, un planteamiento basado en la justicia y en el amor al prójimo, que es simplemente incompatible con la situación actual del mundo en lo que se refiere al reparto de los recursos y de la riqueza, y que se ha manifestado como “crisis financiera” precisamente en los países del Primer Mundo, como señal de alarma de que “hay algo podrido”, y mucho, en el “sistema económico mundial”. Pero vayamos al comentario en sí, que espero que mis seguidores -y cualquier persona que caiga accidentalmente en esta página- tengan la paciencia de leer.

    Intentaré resumir mi actual postura, fruto de una reflexión larga y madura durante mucho tiempo -ya desde los tiempos de mi adolescencia- sobre uno de los principales problemas del mundo, el del reparto de la riqueza, y sobre el escándalo que supone -por cierto, denunciado en repetidas ocasiones por el actual Papa en ejercicio Francisco- dicha desigualdad.

    A partir de una somera lectura de los datos aportados y debidamente contrastados por la autora, a quien quiero comenzar felicitando por haber tenido la osadía de hablar de uno de los problemas sociales globales más importantes, si no del Problema Social por antonomasia -en el siglo XIX se puso de moda la expresión “Cuestión Social”, pero limitada a Occidente, en el marco de lucha ideológico entre marxismo y capitalismo y sin referencia alguna al problema Norte-Sur, del que empezó a hablarse en serio después de la descolonización, a partir de la segunda mitad del pasado siglo-, cualquier lector sensato debería, por lo menos, plantearse la posibilidad de adoptar una postura de indignación ante las situaciones que se describen en el texto, o de simple desasosiego, cuando no de auténtico rechazo o repugnancia por el “estado del mundo”, que debería conducirse a plantearse estrategias para cambiar las injustas situaciones descritas. Sin embargo, el cambio no es tan fácil, nunca ha lo ha sido. Y los principales problemas que una limitada mente como la mía ha podido detectar para ello, tras el estudio de la Historia, son los de siempre: la complicidad de los periódicos tradicionales con los partidos políticos que sustentan a los Gobiernos, democráticos y no democráticos, en el poder; la gran capacidad de manipulación de las élites políticas y dirigentes de los llamados “países en vías de desarrollo”, muchas veces entremezcladas con complejas alianzas políticas y militares que involucran a Gobiernos de los países del Primer Mundo; la influencia de las estructuras de poder y disuasión creadas y fomentadas por dichas élites, que cuidadosamente elaboran discursos para tachar a quienes cuestionen el sistema vigente de reparto de la riqueza mundial de “consiparacionistas”, “locos” o “comunistas”. Ello hace que sea realmente difícil encontrar pruebas concluyentes de la complicidad de nuestros Gobiernos occidentales en las atrocidades cometidas en el Tercer Mundo, y, cuando éstas son encontradas, tras la encomiable labor de equipos de periodistas de investigación independientes a lo largo de muchos años, ya se ocupa el Poder de disolverlas, de designar “cabezas de turco” propicias (por supuesto, sólo cuando el “escándalo” desvelado salpica a las clases bajas o medias de nuestros todavía acomodados países occidentales, que comienzan a ver sus sistemas “en crisis”; vid., por el ejemplo, el caso Madoff”). Cuando el problema afecta principalmente a países del Tercer Mundo, sin embargo, en el mejor de los casos, si las pruebas llegan a presentarse (vid., por ejemplo, la polémica de los llamados “blood diamonds” a finales del siglo pasado y la polémica intervención de multinacionales británicas en los conflictos sangrientos por los diamantes aprovechando el golpe de Estado en Sierra Leona de 1999), los Gobiernos de los países poderosos mandan el problema a las ineficaces instituciones creadas por ellos mismos para resolverles ciertas papeletas envenenadas; así, en el ámbito europeo, a las instituciones de la UE -cada vez con menor poder en todo lo que no sea “económico”, lo que casa muy bien, como se dice en el artículo, con la afirmación de que “el dinero manda”; y, en el ámbito internacional, esta clase de problemas son “disueltos” muy bien en el entramado de la “familia de las Naciones Unidas”, que nunca tuvieron poder real y cuya autoridad moral está cada vez más en tela de juicio.

    Coincido por tanto con el 95% del artículo. Sin embargo, “by the way”, no puedo sino disentir, respetuosamente, de algunas de las afirmaciones vertidas por la autora en el último párrafo. Desde mi modesta concepción sobre un problema moral, pero también legal y jurídico sobre que -y la gente que me conoce lo sabe- he venido dando vueltas durante mucho tiempo, y si bien reconociendo algo de lo que se afirma, a lo que me referiré al final, el problema del aborto no puede ser reconducido “sin más” a un problema de disposición de la mujer sobre el propio cuerpo, desde el momento en el que hay un “tertium” (el embrión o el feto, según su estadio de desarrollo) -aunque algunas o algunos, sobre todo desde determinados sectores de las varias corrientes feministas que se han ido sucediendo en la historia, prefieran negarlo sin más-, al que prácticamente todos los ordenamientos de los países democráticos -incluso los que admiten un sistema de plazos “puro”, o de los “basados en el modelo de la autodeterminación” (Eser, 1998) tutelan, o dicen que tutelan. Por ello, el problema, si quiere presentarse de un modo adecuado, al menos en el debate jurídico y social, deberá tener en cuenta la ponderación de todos los intereses en conflicto; por un lado, los derechos de la gestante, a su intimidad, incluso a su integridad personal y corporal -en la medida en la que la prohibición del aborto puede afectar a ésta misma-; pero por el otro, también al interés representado por la vida del “nasciturus”. La concepción del aborto como derecho absoluto que hace del feto una simple “pars ventri” del cuerpo de la madre, propia del Derecho romano, es hoy por hoy minoritaria en el Derecho comparado, como por cierto, también es minoritaria una solución de prohibición total. Dicho esto, es verdad que una sociedad democrática “concienciada”, en el que las mujeres son conscientes de sus derechos sexuales y reproductivos, tal y como han quedado muy recientemente definidos por Naciones Unidas, podrá tender naturalmente a una disminución de los nacimientos, y que es más que previsible que la disminución de las prestaciones públicas y de ayudas no sólo a la maternidad, sino también a los centros de asesoramiento y planificación familiar y sexual -de la orientación “ideológica” que sean (en principio, los públicos no deberían tener “ideario” alguno a este respecto), y de maternidad responsable, así como las propias condiciones económicas de cada país y el empobrecimiento del entorno sociopolítico en el que se presente el drama del aborto, traigan, de facto, un aumento del número de criaturas abortadas, por la falta de información o simplemente por un empobrecimiento significativo sobrevenido del núcleo familiar o de las propias mujeres gestantes, muchas de las cuales se ven solas en la tarea de continuar adelante con su embarazo. De acuerdo con estas consideraciones no le falta razón a la autora cuando afirma que el sistema económico actual -yo diría, el sistema global, político y económico, de reparto o distribución de la riqueza en el mundo, bien lo llamemos “estadio avanzado del capitalismo postfordista” o con cualquier otra denominación que respondiera a un modelo con el que cualquier muchacho de la escuela de Chicago pudiera soñar-, “contribuirá a crear un mundo con más seres humanos sin una vida digna, sin sus necesidades cubiertas, algunos con malformaciones que quizá el sistema sanitario público no pueda atender, e incluso sin el amor y autoestima que todos merecemos para saber exigir nuestro derecho no solo al pan, sino también a las rosas”. Por cierto, no hay rosas sin espinas, y esto conviene aprenderlo desde muy pequeño si no queremos volver a caer en las famosas “utopías” (que finalmente acaban siendo distopías) que las izquierdas implantaron y mantuvieron con violencia durante el pasado siglo, como el socialismo real. Pero no por ello debemos construir espinas transgénicas allí donde no las ha puesto la naturaleza (o Dios). La Navidad, con la conmemoración de la venida al mundo de Jesucristo -ya sea para quienes crean el Él como el Hijo de Dios, ya sea para los que le consideren un simple hombre, aun excepcional- debería recordarnos que la mayor responsabilidad -o mandamiento, para los creyentes- que tenemos para con nuestros semejantes es el Amor. Que debemos amar a los demás como a nosotros mismos. Y esta actitud -y esto ya son observaciones mías, pues no pretendo aquí entrar en la doctrina social de la Iglesia- no puede -no debe-, en la medida en la que el hombre es un ser social, que necesita estructuras para cooperar que implican cesión de liberad en favor de entidades mayores aptas por su propia naturaleza para administrar mejor los bienes de la Tierra (llamémoslas ciudades, Estados, sociedad)-, ser privativa del comportamiento individual. Los Estados están al servicio de las personas, del ser humano, y no al revés. Por lo tanto, deben promover una adecuada distribución de los recursos, con la participación de todos, atendiendo a las necesidades de todas las personas de la Humanidad, especialmente de las más desfavorecidas y de aquellas que presentan necesidades reales especiales. Esa es la auténtica democracia. Así, por cierto -miento, de manera más radical, pero que puede conseguirse, paso a paso-, vivían los primeros discípulos de Jesús, y así se nos relata en los Hechos de los Apóstoles: “Nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía, pues lo poseían todo en común (…). Entre ellos no había necesitados, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero de lo vendido y lo ponían a los pies de los apóstoles; luego se distribuía a cada uno según lo que necesitaba” (Hch, 4, 32-26). Y los primeros Padres de la Iglesia, como el beato Orígenes, San Ambrosio o San Jerónimo, se ocuparon una y otra vez en decirnos que “no somos dueños, sino administradores de lo que se nos ha dado”. Al leer estos textos, en lo que se refiere al reparto de la riqueza, a veces parece que estamos leyendo a Owen, a Fouirier, o al mismísimo Proudhon. Quizá uno de los principales errores del marxismo histórico del siglo XIX, en su doctrina del “socialismo científico, estuvo condicionado por su conexión con el materialismo radical y el positivismo determinista tan en boga por aquella época, a partir de la propia denuncia de Marx de los socialistas utópicos, como Owen o Fourier, que propusieron fórmulas societarias que podían ser controladas “desde abajo”, sin necesidad de “manipular” el gran aparato estatal propio de la burguesía que el posterior desarrollo de la corriente que habría de prevalecer en el marxismo, el marxismo-leninismo, postularía para instaurar la tan conocida “fase de transición” al verdadero comunismo, es decir, el socialismo real. No puedo entrar aquí, por falta de conocimientos y por no ser éste el foro más adecuado, a desarrollar esta hipótesis. Pero simplemente he querido lanzarla al aire, y a la red, para la reflexión de muchas personas de buena voluntad que todavía se siguen sintiendo “hijos del marxismo”, especialmente del marxismo “revisionista” occidental de la Escuela de Frankfurt.

    Entonces, parafraseando a Lenin… ¿Qué Hacer?: Para empezar, tan sólo hace falta dar el primer paso en la dirección contraria en la que las estructuras actuales de poder lo vienen dando, y desde aquí lanzaré sólo unas someras ideas: Hay que cargarse la “gran mentira” del capitalismo financiero especulativo, especialmente en el mercado de las materias primas, así como la gran brecha existente entre capitalismo financiero y capitalismo real, que corre pareja a la gran influencia entre economía financiera sobre la economía real, como se denuncia en el artículo comentado, hasta el punto de que resulta gravemente inmoral que unos señores desde Londres o Nueva York, desde sus ordenadores, se dediquen a “cambiar” legalmente (es decir, especular brutalmente) el precio del trigo, provocando con ello directamente que familias enteras en la India, por ejemplo, no puedan comer por uno o n días. El “cómo” hacerlo sólo podrá resultar de una combinación de raras virtudes y habilidades como la inteligencia, la bondad, la sabiduría de los mayores, la valentía y la decisión de las generaciones más jóvenes -y me refiero aquí, sobre todo, a las generaciones “desencantadas”, “indignadas”, “disappointed” o con el término con el que mejor se identifiquen aquellas personas de edades comprendidas en torno a los 22-27 años, es decir, las generaciones mejor formadas, con conocimientos y habilidades técnicos que han adquirido en las Universidades y en otros centros de enseñanza superior, y que ahora ven cerrado el acceso a su primer empleo cualificado,entre otras cosas. Es de estas generaciones de las que tendrá que salir el liderazgo. Porque una cosa está clara. Cuando hablamos de reparto desigual de riqueza, o de “crisis” en los países occidentales, no estamos hablando de una catástrofe natural, ni de una epidemia natural -también podría haberlas artificiales promovidas por varios Gobiernos en su afán por su inversión en guerras químicas y bacteriológicas, incluida la institución oficial y pública más poderosa del mundo, el Gobierno Federal-; tampoco hablamos de un ataque extraterrestre, o de un fin del mundo provocado por agentes exógenos al hombre. Y es que, cuando hablamos de estos graves problemas a los que deberá enfrentarse la Humanidad de los próximos decenios -ya se está enfrentando-, hablamos de problemas generados por el hombre. No debemos olvidarlo. No podemos olvidarlo. Me gustaría concluir haciendo mías las palabras de J. F. Kennedy tras la crisis de los misiles de Cuba: “Nuestros problemas los ha creado el hombre y, por consiguiente, el hombre los puede resolver. Y el ser humano puede ser tan grande como desee. Ningún problema del destino humano está fuera del alcance del ser humano. La razón y el espíritu del hombre a menudo han solucionado lo que parecía no tener solución. Y estamos convencidos de que pueden volver a hacerlo (…) Porque ambos [Los Estados Unidos y la Unión Soviética de entonces, pero donde pone ambos podría leerse ahora las principales potencias, políticas, económicas o de cualquier tipo, de la Tierra] estamos dedicando a armas cantidades ingentes de dinero que sería mejor dedicar a combatir la ignorancia, la pobreza o la enfermedad. Ambos estamos atrapados en un círculo vicioso y peligroso en el que la sospecha de un bando genera sospecha en el otro, y las nuevas armas engendran armas para contrarrestarlas (…) Así pues, no seamos ciegos a nuestras diferencias, pero dirijamos también la atención a nuestros intereses comunes y a los medios que nos pueden permitir resolver esas diferencias. Y aunque no podamos poner fin ahora mismo a nuestras diferencias, al menos podremos ayudar a que el mundo sea seguro para la diversidad. Porque el análisis final es el siguiente: nuestro vínculo común más básico es que todos vivimos en este pequeño planeta. Todos respiramos el mismo aire. Todos nos preocupamos por el futuro de nuestros hijos. Y todos somos mortales” (John F. Kennedy, Discurso inaugural del curso académico en la American University, Washington, D.C., 10 de junio de 1963). No he podido encontrar un final mejor y más esperanzador para concluir la exposición de mi planteamiento. Pablo Guérez Tricarico, PhD.

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  • Rosa dice:

    Tu comentario es un post por derecho propio.

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    • pabloguerez dice:

      Tienes razón, aunque si hubiera querido hacer un post habría tenido que esperar mucho tiempo, Rosa, o quizá escribir un libro o un artículo de divulgación más científico con las referencias adecuadas. El tema lo merece. De todos modos, gracias por tu consideración. Pásalo. Que tengas buenas noches y Feliz Año.

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