Carta a los Reyes Magos. De paso, una breve recensión a “Barioná”, de J. P. Sartre.

enero 6, 2014 § 2 comentarios


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La Adoración de los Magos, Eugenio Orozco, Monasterio de las Descalzas Reales, Madrid

 Yo quisiera ofrecerte también algún presente que te agrade, Señor, mas Tú ya sabes que soy pobre también, y no poseo más que un viejo tambor (El tamborilero)

A SS. MM. los Reyes Magos de Oriente:

Queridos Reyes Magos:

Seguramente recordaréis la última carta que os escribí. O al menos la última vez que dejé los zapatos junto a la ventana; creo recordar que yo estaba ya bastante “crecidito”, por encima de la veintena. Para vosotros, no hace mucho, pues contáis el tiempo por siglos, aun por milenios. Pero el Señor, al Cual tuvisteis el privilegio de adorar de Niño y de ofrecerLe vuestros presentes, os concedió el don de poder contar el tiempo por siglos, cuando no por milenios, para llevar regalos y, sobre todo, alegría, a los niños de todo el mundo. Incluso a los que se han portado mal, pues vosotros sabéis muy bien que un niño, por mal que se haya portado, nunca es “malo”, ni se le puede juzgar como a un adulto: los niños son siempre buenos, aunque algunos de ellos cometan atrocidades, pues, en el fondo utilizando las palabras del propio Niño Jesús, ya con treinta y tres años, “no saben lo que hacen”, especialmente los niños maltratados o los que han sufrido problemas. Por eso, como mucho, y con muy buen criterio, les lleváis carbón, pero dulce. A veces nosotros, ya adultos, tampoco sabemos lo que hacemos, o lo hacemos sin malicia, o no podemos actuar de otra manera. La edad adulta, las circunstancias, nos complican tanto las cosas, que uno de los bienes más preciados que nos ha dado nuestro Creador -como vosotros sabéis, la Libertad-, se ve muy mermada, cuando no anulada por completo. Y aunque actuemos con libertad, nuestras debilidades, con la posibilidad de cometer errores que se ve demostrada empíricamente en todas las personas, no debe suscitar en nosotros únicamente una exigencia de responsabilidad. Tal tipo de sociedad fría, como era la sociedad judía desde los tiempos de Moisés, nacida bajo la Ley, hace mucho que fue desterrada -como ya venía siendo profetizado por el Libro de los Salmos y por los Libros Proféticos- por la Luz, por Jesucristo, quien, junto a la lógica contrapartida de la responsabilidad por lo cometido, le añadió, por así decirlo, el calificativo de “humana”. Nuestra responsabilidad no es una responsabilidad de ángeles, de ser incondicionados por factores externos o internos que influyen en nuestra libertad, sino de hombres; y como hombre, Nuestro Señor mismo quiso experimentar en su propia carne y en su alma las debilidades, la fragilidad, la duda del ser humano. Nuestro Señor fue el que mejor ha hablado en la tierra de compasión y de Misericordia, palabras y actitudes hoy en día por desgracia muy alejadas de nuestro “sentimiento de justicia” en todas las sociedades, empezando por sus núcleos más pequeños, las familias. Pero, como bien advierten las Escrituras… ¡menos mal que nuestra justicia no es la justicia de Dios, si no todos estaríamos perdidos! Pues… ¿Quién es inocente ante Él? ¿Quién puede subir a Su morada santa?

Majestades: Como vosotros la conocéis y sois protagonistas de la obra, no vendría de mal que les regalarais a los adultos la obra “Barioná. El Hijo del Trueno”, obra de teatro poco extensa y menos conocida cuyo autor, el ateo y existencialista Jean Paul Sartre, escribió con ocasión de la Navidad de 1940 para animar a los presos de un campo de prisioneros nazi cuyo cautiverio compartió, y que se trata, a mi juicio, de una de las obras que mejor describe, sobre todo para los ateos y para los agnósticos, el Misterio de la Navidad y la elección del hombre para adorar al Dios que ha venido entre nosotros, que ha acampado entre nosotros, y cuya trama me permito resumir, sin querer desvelarla del todo, a mis lectores. Abajo dejo para mis lectores unos enlaces muy interesantes al respecto, sobre una historia tan trágica como bella, y muy poco conocida. La obra está ambientada precisamente en la primera Navidad, hace más de dos mil años, en las inmediaciones de Belén. La historia se abre con una confabulación de judíos que, cansados de la opresión romana y de un Dios que, a pesar de las promesas hechas a su pueblo ochocientos años atrás a través del profeta Isaías, todavía no ha enviado a un Salvador al mundo que les libre de la opresión romana. Por esta razón, un grupo de fariseos, levitas y judíos radicales deciden “poner fin a su estirpe”, jurando por YHVH no tener, desde entonces en adelante, relación carnal alguna con sus mujeres. Sin embargo, el nacimiento del Niño Jesús, acompañado de extrañas señales en el Cielo y del testimonio de los pastores despierta algo en ellos y, especialmente, en el jefe de los judíos, Barioná, que no duda en tramar lo peor contra el Niño. Pero será la intervención de los Reyes Magos, con su venida para adorar al Niño, y el diálogo profundo sobre el sentido y la trascendencia del hombre, sobre su libertad y su dignidad, que se establecerá entre aquéllos y Barioná, lo que perturbará el corazón de este último.

Por eso, Majestades, este año, y a pesar de la crisis, y de las miles de crisis que cada uno experimentamos -y que no son sino el reflejo de la pérdida de sentido de la vida, de la pérdida del Dios-con-nosotros que un día adorasteis de niño en su carne mortal-, no quiero pediros ni oro, ni riquezas, ni bienes, ni otras cosas que en el pasado no me trajisteis, quizá porque no pedía lo que me convenía. Tampoco pido cosas materiales para otros, pues de eso deben ocuparse los hombres, y sé bien que, en cuanto a los niños, vosotros ya habéis provisto lo suficiente. Lo que os pido es algo mucho más humilde pero, a la vez, mucho más grande: Que nos traigáis a todos, especialmente a las personas que más lo necesitamos, la Luz de Cristo, que vosotros ya habéis contemplado, para que sea Él el que, desde Su fragilidad de Niño, que nunca perdió a lo largo de toda Su vida mortal, desde Su humildad y Humanidad, nos invite a caminar a Su lado, con nuestros gozos y nuestras esperanzas, con nuestras debilidades y nuestras flaquezas, para conducirnos a la verdadera felicidad que sólo Él puede darnos; para que reconozcamos con la Fe no sólo Su humanidad, sino Su verdadera divinidad, y podamos ser dignos testigos de Él en este mundo que cada vez anda más en tinieblas, cada vez más necesitado de Amor y de compasión. El camino no es fácil, a lo largo de su vida Jesús nos habló muchas veces de entrar “por la puerta estrecha”, y las tinieblas nos envolverán muchas veces también a nosotros. Pero desde Su voluntaria y asumida debilidad, Jesús se manifestó como el más grande, y, como se nos recordará dentro de poco en la Solemnidad de Su Bautismo, como el verdadero Hijo de Dios, en el que el Padre tiene puestas todas sus complacencias. Ojalá, Dios lo quiera, que todos los padres pudieran decir eso de sus hijos, pues el gozo no podría ser mayor en los hogares en los que se manifestaran los sentimientos que entraña esa afirmación. Pero para ello hace falta que la fe -en su sentido más amplio de confianza, y de confianza no sólo en Dios, sino también en el prójimo, o en el otro-, la esperanza y el Amor aniden en nuestros hogares, como la Palabra hecha carne, el Niño Jesús, acampó entre nosotros. Y ése no es un camino fácil. Me atrevería a decir que es imposible, sin la gracia de Dios; sin la Luz del mundo, que es Jesucristo.

Vosotros, queridos Magos, os pusiste en camino sin la certeza de llegar, siguiendo solamente la estrella de la Fe, desafiando los múltiples peligros de un viaje de más de mil millas, y la amenaza de Herodes de daros muerte: ¿para qué? Para adorar al Niño Dios, al verdadero Hijo de Dios, nuestro Señor, nuestro Salvador, y postraros ante Él. Y después, como dicen las Escrituras, al marcharos a vuestra tierra “por otro camino”, evitando así la espada de Herodes, disteis testimonio de lo que habías visto a todos los pueblos de la Tierra. En la Epifanía, de hecho, conmemoramos la manifestación de Jesús, del Dios-con-nosotros, a los entonces llamados “pueblos gentiles” (es decir, los no judíos), y por tanto, a toda la Humanidad; se trata de la buena nueva para todos, de un modo ya público, y no tan “privado” como la que habían escuchado por la voz de los ángeles los pastores de las inmediaciones de Belén en la santa Noche que vio nacer la verdadera Luz, al Salvador del Mundo. Dios nace, vivirá, padecerá, morirá y al final resucitará POR TODOS LOS HOMBRES. Por ti, por mí, por todos. Ése es el sentido profundo de la fiesta de la Epifanía, de la que Dios, en su infinita sabiduría, quiso que vosotros, Majestades, fuerais los primeros protagonistas. Así que no dejéis de traernos a Jesús, una y otra vez, porque nos hace falta, mucha falta. Y a Él, en este Día solemne en el que quiso manifestar Su verdadera divinidad y Su verdadera humanidad a todos los pueblos de la Tierra, le dirijo una plegaria personal muy especial: Señor Jesús, Tú que viniste a este mundo a salvar lo que estaba perdido y que quisiste, en tu Divina Providencia, que la celebración de los Misterios de tu Nacimiento y Epifanía, en el llamado tiempo de Navidad, se conmemorara en toda la tierra y perdurara, siquiera simbólicamente, más de veinte siglos después de tu vida mortal, te ruego que sanes los corazones heridos, que devuelvas la paz y la esperanza al que la ha perdido, que consueles al afligido, que cures las viejas heridas, que destierres los viejos rencores, que arregles todos nuestros desencuentros, que restaures las familias deshechas, que envíes tu calor a todos los hogares y que “te cueles” por los resquicios de bondad que encuentres en nuestros corazones; para que desde ahí, puedas nacer de nuevo en nosotros, acampar en nuestros corazones como acampaste en la Tierra y para que así nosotros podamos, llenos de tu Espíritu de Amor, cantar tus maravillas.

Y Dios quiera que hoy puedan darse un abrazo el esposo con la esposa, el padre con el hijo, el hijo con el padre, la madre con el hijo, el hijo con la madre, los hermanos con sus padres, los padres con sus hijos, los hermanos con sus hermanos, los abuelos con sus hijos y con sus nietos, y todos los miembros de las familias del mundo, los amigos con sus amigos, e incluso el amigo con su enemigo, y todos podamos vivir un día de Epifanía en un abrazo con Dios, hecho hombre y hecho niño.

Y a vosotros, queridos Magos de Oriente, os pido que nos os vayáis del todo, sino que regreséis cuando haga falta a nuestros corazones, para infundirnos vuestra esperanza y recordarnos la buena noticia que presenciasteis en Belén: que, aun en medio del sufrimiento -como cierra Sartre la obra comentada- es posible y cabe la Alegría.

Un abrazo,

Pablo

 

ENLACES RECOMENDADOS:

Barioná, el Hijo del Trueno, en Youtube: http://www.youtube.com/watch?v=Hds38JvQzaY

http://barionaa.blogspot.com.es/

El libro creo que no está agotado y puede pedirse en cualquier librería generalista o especializada, o puede ser comprado directamente y descargado desde varias páginas web . Precio, en torno a 18-25 euros/dólares. Cualquier consulta, preguntadme.

 

Bueno, queridos lectores, familiares, compañeros y amigos: De nuevo, Feliz Navidad, Feliz Epifanía y Feliz Año Nuevo,

Pablo

 

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§ 2 respuestas a Carta a los Reyes Magos. De paso, una breve recensión a “Barioná”, de J. P. Sartre.

  • Patxi dice:

    Buen articulo, como todos los anteriores, bien escritos y con algunas reflexiones interesantes, pero tanto en este como en la mayoria de los anteriores sigo echando en falta mayor dosis de autocritica y menos acomodación hacia la victimización.
    Es duro ser victima, pero llega un momento que puede ser hasta “facil”,hay que intentar luchar contra ese rol, y darnos más importancia como individuos, para lo bueno y para lo malo.

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    • pabloguerez dice:

      Gracias por tu comentario, Patxi ,sobre todo porque aborda uno de los temas centrales de la historia y del pensamiento humanos: el de la libertad y la responsabilidad, uno de los temas también preferidos por Sartre, al menos, durante su etapa pre y existencialista, antes de que se “conviertiera” a la ortodoxia marxista determinista: “Estamos condenados a la libertad”, decía. Yo, sin embargo, siempre he preferido un pensamiento que, sin alejarse demasiado del drama que entraña el binomio libertad/responsabilidad (o culpabilidad, según el área científica o el ámbito de conocimiento en el que estemos discurriendo), más mitigado; por citar a algunos autores, desde hace años he preferido un pensamiento no tan extremista y más próximo al de autores de diversas disciplinas como el de los filósofos Montaigne o Pascal -grandes humanistas y unos de los autores de mayor sensatez, en el mejor de los sentidos, también en el tratamiento de las cuestiones relativas a la libertad y a la responsabilidad humana; el pensamiento del teólogo y antropólogo Theilard de Chardin, el del filósofo y ensayista Ortega, el del escritor Albert Camus, el del médico Gregorio Marañón o el los juristas Rodríguez Mourullo, Molina Fernández o Peñaranda Ramos, quienes tienen en común, pese a algunas importantes diferencias, la importancia que otorgan a la compasión en la visión general sobre la libertad humana, por cierto, no sólo de las víctimas -sean éstas oficiales u oficiosas-, sino de todo el mundo.

      En su momento escribiré un post general sobre la victimización. Te aseguro que la acomodación a la victimización no lo considero un fenómeno bueno ni “deseable” en una sociedad basada en la libertad. He conocido grupos algunos de cuyos miembros se acomodan a su situación de víctimas y parece “irles bien” así. Sin embargo, para los que me conocen -y creo que tú me conoces, y bastante-, yo estoy entre los que denuncio los factores, tanto internos como externos, de la victimización, por supuesto, la estigmatización social, y lucho por un reconocimiento de mi libertad. Y lo sabes. No existen esclavos felices. Mi actitud hacia la tendencia a la acomodación ha sido siempre la contraria, y tú lo sabes, si bien esta “acomodación” me sigue pareciendo un fenómeno secundario con respecto al problema social de fondo que trato de describir y, en su caso, también de denunciar: la victimización y estigmatización injusta de muchos colectivos, que les hace mucho daño. Pero volviendo a lo que tú denominas “acomodación hacia la victimización”, la conciencia de mi dignidad me impide asumir del todo papeles anodinos de víctima “sin más”, y la existencia de este blog es una de tantas pruebas de ello. En todo caso he podido derrumbarme en algún momento, emocionalmente, pero intelectualmente no renuncio a esa idea, que para mí es fundamental: la de la libertad y la de la responsabilidad, mitigadas ambas por las circunstancias, en el sentido orteguiano; quizá aquí difiramos, pero es mi visión del mundo frente a la tuya, respetadas por la tolerancia mutua, supongo. Frente a los errores derivados del mal uso de la libertad yo reconozco la responsabilidad -consecuencia necesaria-, pero una responsabilidad humana, que no “se cebe” con la persona, pues ésta sigue manteniendo su dignidad, al menos en su nivel mínimo. Y estamos hablando en un nivel muy general, sin precisar tipos de víctimas o colectivos. Junto a la exigencia de responsabilidad el Cristianismo -y otras doctrinas- nos enseñan que caben también -y deben caber, ¡pues es atributo divino!- otras actitudes, como la compasión y la misericordia, que conducen al perdón. Y, si bien éstas necesiten también una actitud por parte de la “víctima”, de arrepentimiento y enmienda -en su caso-, esta actitud será menor cuanto menor sea su libertad efectiva. Como mayor será la necesidad de compasión, perdón y misericordia, por parte de quien tenga que perdonarlas. En todo caso, Dios perdona siempre, y especialmente a los más débiles. Y desde la debilidad hace incluso que los más débiles pueden mostrar su fortaleza. La fortaleza de Dios. Pues es Él -y no nosotros- de quien predicamos que Su Misericordia llega a sus fieles de generación en generación; quien dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes (De la Oración del Magníficat, en Lc 1, 50-52). Y el que nos predica que todo el que se enaltezca, será humillado, mientras que el que se humille, será enaltecido (vid. la parábola del fariseo y del publicano, en, Lc 18,14).

      Gracias de nuevo por tu comentario. Con mis mejores deseos para este año que acaba de comenzar, para ti, tu mujer y toda tu familia,

      Pablo

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