¿En verdad Dios se compadece del hambre de los hombres? Mientras tanto, hagámoslo nosotros: Nada de lo humano me es ajeno.

febrero 15, 2014 § Deja un comentario


ADVERTENCIA: ALGUNAS IMÁGENES, ASÍ COMO ALGUNAS OPINIONES, PUEDEN HERIR LA SENSIBILIDAD DEL LECTOR.

 “Humani nihil a me alienum puto” (Terencio)

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“Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en los cielos el rostro de mi Padre celestial” (Mt 18, 10)

“Me muero de tristeza; quedaos aquí y velad conmigo” (Tomado de la Oración de Jesús en Getsemaní, Mt 26, 38, in fine)

“Tesis”

Día litúrgico: Sábado V del tiempo ordinario (15 de febrero de 2014)

Texto del Evangelio de hoy (Mc 8,1-10): En aquel tiempo, habiendo de nuevo mucha gente con Jesús y no teniendo qué comer, Él llama a sus discípulos y les dice: «Siento compasión de esta gente, porque hace ya tres días que permanecen conmigo y no tienen qué comer. Si los despido en ayunas a sus casas, desfallecerán en el camino, y algunos de ellos han venido de lejos». Sus discípulos le respondieron: «¿Cómo podrá alguien saciar de pan a éstos aquí en el desierto?». Él les preguntaba: «¿Cuántos panes tenéis?». Ellos le respondieron: «Siete». Entonces Él mandó a la gente acomodarse sobre la tierra y, tomando los siete panes y dando gracias, los partió e iba dándolos a sus discípulos para que los sirvieran, y ellos los sirvieron a la gente. Tenían también unos pocos pececillos. Y, pronunciando la bendición sobre ellos, mandó que también los sirvieran. Comieron y se saciaron, y recogieron de los trozos sobrantes siete espuertas. Fueron unos cuatro mil; y Jesús los despidió. Subió a continuación a la barca con sus discípulos y se fue a la región de Dalmanuta.

 

“Antítesis”

Un día yo pregunté: Abuelo, dónde está Dios. Mi abuelo se puso triste, y nada me respondió. Mi abuelo murió en los campos, sin rezo ni confesión. Y lo enterraron los indios, flauta de caña y tambor. Al tiempo yo pregunté: ¿Padre, qué sabes de Dios? Mi padre se puso serio y nada me respondió. Mi padre murió en la mina sin doctor ni protección. ¡Color de sangre minera tiene el oro del patrón! Mi hermano vive en los montes y no conoce una flor. Sudor, malaria, serpientes, la vida del leñador. Y que nadie le pregunte si sabe dónde está Dios. Por su casa no ha pasado tan importante señor. Yo canto par los caminos, y cuando estoy en prisión oigo las voces del pueblo que canto mejor que yo. Hay un asunto en la tierra más importante que Dios. Y es que nadie escupa sangre pa que otro viva mejor. ¿Que Dios vela por los pobres? Tal vez sí, y tal vez no. Pero es seguro que almuerza en la mesa del patrón (Atahualpa Yupanqui, Preguntitas sobre Dios)

 

¿Síntesis?

“Si algo puedes, ten compasión de nosotros y ayúdanos. Jesús replicó: “¿Si puedo? Todo es posible al que tiene fe”. Entonces, el padre del muchacho se puso a gritar: Creo, pero ayuda mi falta de fe” (tomado del Evangelio de Marcos 9, 22 in fine a 24). 

¿DIOS SE COMPADECE DEL HAMBRE DE LOS HOMBRES?

¿Y NOSOTROS?

Son preguntas que me dirijo a mí mismo, para después dirigirlas a todos mis lectores, cristianos, de otras religiones, agnósticos, ateos o anticristianos, en esta aciaga mañana de sábado lluvioso en Madrid, después de haber leído el Evangelio de hoy.

El hambre en el mundo, o la pobreza, la falta de alimentos, de medicinas, de vestido, de cobijo, de aquello que hemos de compartir con nuestro prójimo, ha llegado, desde hace mucho, al Primer Mundo. Desde dentro y desde fuera. Cada vez son más los pobres que acuden a pedir lo que les es negado incluso en las iglesias; gente que, hace unos años, a lo mejor pertenecía a la clase media; ¿pero qué decir de la pobreza que viene de fuera, que está empujando con una fuerza casi sobrehumana las fronteras de nuestra “Europa fortaleza”? Sobre ello quiero escribir un post independiente, pues considero que la cuestión lo merece. Será breve, pero suficiente y contundente. Lo que quiero plantear con esta entrada es una cuestión de alcance mucho mayor, que tiene que ver con la propia intervención divina y con nuestra responsabilidad como hombres y hermanos en el Señor. Se trata de la pregunta clásica ante estas catástrofes humanitarias… ¿Dónde está Dios? Parecería, para el incrédulo, pero también para el creyente que duda -como no puede ser de otra manera, pues todos tenemos dudas-, que, como dice la canción de Atahualpa Yupanqui en un famoso poema “por aquí no se ha pasado tan importante señor”. ¿Cómo no pensar, con todo lo que ocurre en el mundo, que Dios nos ha abandonado? ¿Que ha abandonado la Creación de sus manos, utilizando el lenguaje de los Salmos? Si el propio Jesucristo, Él mismo verdadero Dios y verdadero hombre, gritó en el máximo momento de su agonía, recitando el Salmo 22, que comienza diciendo: “¿Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado? A pesar de mis gritos, mi oración no te alcanza”. Y en Mateo 27, 45-46, leemos: “Desde la hora sexta hasta la hora nona vinieron las tinieblas sobre toda la tierra. A la hora nona, Jesús gritó con voz potente Elí, Elí, lemá sabaqtaní (es decir, “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”).

Y nosotros, ¿qué hacemos frente a la miseria y a la injusticia del mundo? Frente a todas las catástrofes humanitarias que vemos pasar, como si no nos importara, como si a nadie le importaran, cada día en los telediarios durante unos breves minutos, los responsables del poder civil y de las máximas instancias internacionales, incluida la ONU, sin autoridad moral alguna ante su pasividad cómplice en los conflictos bélicos y en los mayores problemas de la Humanidad, como el representado ahora por el caso de Siria, miran para otro lado y, en lugar de cooperar con la Iglesia, ponen el acento en algunos casos aislados presuntamente encubiertos por la Santa Sede, que, de ser ciertos, son ciertamente condenables, como los abusos a niños presuntamente cometidos por algunos sacerdotes o religiosos. Hay pocos actos humanos que me repugnen más que éstos. El propio Jesús pronuncia frente a los que los cometen palabras durísimas: “Al que escandalizara a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgasen una piedra de molino al cuello y lo arrojasen al fondo del mar. ¡Hay del mundo por los escándalos! Es inevitable que sucedan escándalos, ¡pero ay del hombre por el que viene el escándalo!” (Mt 18, 6-7). Pero la Santa Sede, sobre todo durante el pontificado de Benedicto XVI -y estoy seguro de que el papa Francisco seguirá en la misma línea, si no la superará-, dejó suficientemente claro su compromiso de luchar contra tales actos tan reprobables, de cuya autoría, por cierto, no tienen “la exclusiva” los curas. Y aunque el Derecho canónico pueda parecerme -y en mi opinión lo es- manifiestamente mejorable para luchar contra estos casos, es el Derecho soberano de Ia Iglesia, si nos creemos realmente lo que dice el Derecho internacional: que pregunten las Naciones Unidas cómo luchan contra los abusos sexuales de todo tipo países, por ejemplo, como Arabia Saudí o los Emiratos Árabes Unidos. O cómo luchan los países que se autodenominan “civilizados” contra la trata de mujeres y de niños orquestada a nivel internacional, de proporciones incalculables y verdadera lacra de nuestra Humanidad, a pesar de los numerosos convenios suscritos por casi todos los Estados miembros de Naciones Unidas. El mayor mercado de consumo de trata, prostitución forzada de mujeres y niños, y pornografía infantil, está en el llamado Primer Mundo. Así que de nuevo la autoridad moral de Naciones Unidas se encuentra atrapada -en el mejor de los casos- en su propia viga en el ojo. El poder civil, estatal o supranacional que sea, suponiendo que conserve algo del poder que históricamente tuvo -salvo casos aislados, como el Gobierno federal de lo Estados Unidos o el Gobierno dictatorial chino-, frente al tan denostado poder eclesiástico, que en muchas ocasiones históricas contribuyó, a pesar de sus indudables errores -por cierto, errores que no fueron privativos de la Iglesia -y no quiero entrar en el tema de la Inquisición, pues la Inquisición civil existió, y los tormentos infligidos por las autoridades civiles a los, entonces sí, presuntos delincuentes, se perpertuaron con carácter general, en los países occidentales, hasta bien entrado el siglo XVIII-, con sus ideas de compasión, clemencia y misericordia, a mitigar al primero, ya no tiene ninguna legitimidad, ni de origen ni de ejercicio. Es una farsa. Por lo que, las recientes declaraciones de responsables de Naciones Unidas atacando a la Santa Sede, entidad con personalidad internacional soberana, y a su Derecho canónico, pecan a mi juicio -y soy consciente de lo polémica de esta opinión-, de falta de sentido de la oportunidad y falta de miras, precisamente en un momento en el que la Iglesia Católica está viviendo una nueva “primavera”, y de apertura a los problemas reales del hombre en el mundo, que no se veía desde la apertura del Concilio Vaticano II por parte de Juan XXIII, como declaraba hace poco en su último libro Leonardo Boff (Francisco de Roma y Francisco de Asís: ¿una nueva primavera en la Iglesia, Ed. Trotta, Madrid, 2013), uno de los teólogos de la liberación que el “stablishment” vaticano de los años inmediatamente anteriores a la caída del Muro de Berlín -dominado, sobre todo, por la influencia ejercida sobre Juan Pablo II por el entonces Cardenal Ratzinger- condenara al silencio como parte de una estrategia geopolítica, que no venía de Dios, sino de los hombres. No es mi propósito ahora tratar sobre la teología de la liberación; desde mi punto de vista la misión fundamental de la Iglesia sigue siendo la salvación del género humano, es una misión fundamentalmente soteriológica, pero como tal no puede entenderse sin una perspectiva de liberación y de trabajo por la paz en el mundo. Lo dijo el propio Jesús en sus bienaventuranzas. Y, hoy por hoy, no existe ninguna institución que ayude más y mejor a los necesitados de este mundo que la Iglesia Católica, y las organizaciones directa o indirectamente vinculadas a ella, como Caritas o Manos Unidas, por citar sólo algunas de las más conocidas. Muchas veces sus miembros se implican hasta dar su vida por el prójimo. Es más, reto a alguien que me diga alguna institución que lo haga mejor. La propia Cruz Roja, entidad también por cierto dotada de personalidad jurídica internacional, tiene sus raíces en el pensamiento cristiano. Así que no podemos desconocer que la propia idea de liberación ¡aquí, en este mundo!, primero de Israel, que fue liberado de la opresión de Egipto y de todos sus enemigos cuando se mostró fiel al Señor YHVH, y después de todas las naciones de la Tierra -en las que ya se hace referencia en los Salmos-, así como las constantes referencias a la ayuda al prójimo, también en sus necesidades materiales, está presente en toda la Biblia; y la necesidad de ayudar al prójimo en sus necesidades materiales está presente ya desde el Antiguo Testamento, sobre todo en los libros proféticos, para culminar en el Evangelio. Y para quien tenga dudas sobre lo acertado que resultó ser el posicionamiento oficial de la Iglesia Católica en los documentos conciliares del Vaticano II, y su “opción preferencial por los pobres”, que vemos en numerosos documentos, como la “Gaudium et spes”, de acuerdo con los textos sagrados, sirva la lectura de este pasaje de Isaías, tan repetido en la Liturgia de las Horas, la Oración de la Iglesia Universal, y en las Adoraciones Sálmicas: “¿Para qué ayunar, si no haces caso? ¿mortificarnos, si no te enteras? En realidad, en día de ayuno hacéis vuestros negocios y apremiáis a vuestros servidores; ayunáis para querellas y litigios, y herís con furibundos puñetazos. No ayunéis de este modo, si queréis que se oiga vuestra voz en el cielo. ¿Es ese el ayuno que deseo en el día de la penitencia: inclinar la cabeza como un junco, acostarse sobre saco y ceniza ¿A eso llamáis ayuno, día agradable al Señor? Éste es el ayuno que yo quiero: soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo y no desentenderte de los tuyos. Entonces surgirá tu luz como la aurora, enseguida se curarán todas tus heridas, anti ti marchará la justicia, detrás de ti la gloria del Señor (shekhinah YHVH)” (Is 58, 3-8).

Y si leemos el Evangelio, es según la ayuda al prójimo, y fijaos que Jesús insiste ¡en la ayuda material!, en lo que la doctrina de la Iglesia ha venido en llamar “obras de misericordia corporales”, frente a las espirituales, además, seremos juzgados, tal y como se afirma en Mt 25, 37-46: “Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me hospedasteis; estuve desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; estuve en la cárcel, y vinisteis a verme”. Entonces los justos le responderán, diciendo: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos? ¿o sediento, y te dimos de beber? ¿Y cuándo te vimos forastero, y te hospedamos? ¿o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y fuimos a verte?” Y respondiendo el Rey, les dirá: “En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”. Entonces dirá también a los de su izquierda: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y para sus ángeles: Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; Fui forastero, y no me hospedasteis; estuve desnudo, y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis”. Entonces también ellos le responderán, diciendo: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, o sediento, o forastero, o desnudo, o enfermo, o en la cárcel, y no te servimos?” Entonces les responderá, diciendo: “En verdad os digo que lo que no hicisteis con uno de éstos, los más pequeños, tampoco lo hicisteis conmigo. Y éstos irán al castigo eterno y los justos a la vida eterna”.

Visitad esta página sobre la pobreza: podéis comenzar con la situación de la pobreza en España: http://lacebolla.es/?p=11561

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