CRIMEA: MAY WE TOLLERATE ANOTHER WAR IN THE HEART OF EUROPE?

marzo 2, 2014 § 1 comentario


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A estas alturas de la película, el ataque perpetrado por las tropas rusas en la Región Autónoma de Crimea, y su “ocupación temporal”, es ya un hecho consumado. Aprovechando la gran presencia militar de bases rusas en la península ucraniana, su despliegue se ha multiplicado tanto como para que haya sido considerado por las autoridades ucranianas, y, en concreto, por su Presidente actual, Arseni Yatseniuk, que, de hecho, tras la dimisión de Yanukóvich, detenta la representación exterior de un Estado soberano y candidato a la anexión a la Unión Europea, una auténtica declaración de guerra.

Hace unos días advertí, si bien “by the way” o de pasada, sobre el peligro de una falta de posición clara de la Unión Europea sobre este asunto, aparentemente tan lejano e inocuo para “nuestros” intereses occidentales. Una Unión Europea -entonces Comunidades Europeas-, que surgieron en la década de los años 50 del pasado siglo precisamente para impedir que volviera a haber enfrentamientos en el viejo continente; al menos, en la parte perteneciente al entonces denominado “mundo libre”, en el lenguaje de la Guerra Fría, ya que la Unión Soviética y su poderoso Pacto de Varsovia impedían cualquier acción en ese sentido en el otro lado del telón de acero, sofocando, en nombre del llamado “Derecho internacional socialista”, cualquier tímida revuelta popular legítima que tuviera como objeto, simplemente, “humanizar” aquellos regímenes (como la primavera de Praga con el Gobierno de Dubçec en 1968). Después de la Guerra Fría, de la caída del Muro y de la Unión Soviética, y con la implantación de lo que se ha venido en llamar “nuevo orden mundial”, la ampliación de la Unión Europea a los 27 en el año 2007 (con dicha ampliación entraban en la UE como miembros “de pleno derecho” Bulgaria y Rumanía,  al tiempo que se propiciaban las negociaciones para ampliar la anexión a la Unión Europea a todos aquellos países que, una vez pasado un filtro económico y organizativo muy bajo, estuvieran ya incorporados al Consejo de Europa -en la actualidad, son miembros de pleno derecho todos, incluso algunos países no europeos, salvo Bielorrusia y el Vaticano;  este último tiene en esta organización el status de observador permanente cualificado, el mismo que tiene la Santa Sede en la ONU), constituyó para algunos un gesto de apertura política de gran magnanimidad, en el que, en parte -y al menos en la visión de futuro de algunos políticos de buena voluntad-, primó el interés político de contribuir a la democratización de antiguos países “satélites” de la Unión Europea, sin ocultar que con ello, pero de modo complementario, se estaba haciendo el juego a los euroescépticos que preferían un panorama bien distinto, bien lejos de la integración. Estos últimos abogaban por una estrategia política más o menos velada, que habría de contribuir a la deslocalización de muchas empresas de la “vieja Europa” y a abrir los mercados de los nuevos países a los países occidentales. Con ello, se abría de un modo muy sutil la posibilidad de “abrir el melón” sobre el problema de una Europa “a tres velocidades” (la primera: la de Alemania, Francia, el Reino Unido, Italia y el Benelux; la segunda: la de los llamados PIGS o la Europa mediterránea con la exclusión de Francia, la indiferencia hacia Malta y Chipre y la inclusión de Irlanda; y la tercera, la de las ex-repúblicas soviéticas, los países bálticos y Eslovenia). Aunque la mayor apertura hacia los países del Este se produjo con la anexión hacia la Europa de los 25, el 1 de enero de 2004, ampliación que exigió una profunda revisión de los Tratados y del peso político de cada Estado en las variadas instituciones de la Unión Europea, así como la toma de conciencia de las grandes diferencias entre los distintos países que por aquel entonces ya componían la Unión Europea, lo que redundó en una renuncia progresiva a la armonización y a la utilización quizá excesiva de los mecanismos de cooperación reforzada, muchas veces utilizados sin pensar en el interés común de la Unión, sino únicamente en los intereses de los Estados que los suscribieron. 

Tras la crisis económica mundial de otoño de 2007, en el momento actual, la Unión Europea arrastra una crisis de legitimidad democrática no ya de origen, que yo creo que es endémica, pese a las tímidas reformas a favor de procedimientos de codecisión que implican la mayor presencia de la Unión Europea operadas precisamente en el Tratado de la Unión Europea (TUE), más conocido como Tratado de Maastricht, a cambio de renunciar hábilmente a que este proceso semidemocrático se diera en las cuestiones centrales en las cuales los Estados debían ceder soberanía (lo habéis adivinado: lo económico y financiero, incluida la política monetaria de la UE, que desde su creación pasaría a ser dictada por los “sabios” economistas -o ecónomos- del Banco Central Europeo). Precisamente por estas cesiones, y por la incapacidad del sistema de instituciones de la UE para hacer frente a los problemas reales de los ciudadanos, la Unión pasa ahora también por una crisis de legitimidad de ejercicio. Los señores Draghi y Barroso, títeres del gran mercado que domina el entamado burocrático-financiero de la Unión, no son más que hombres -si realmente merecen tal calificativo- de paja, títeres movidos por el hilo de la maraña burocrático-financiera que se ha apoderado de la Unión. Por eso no debemos extrañarnos que no haya habido ninguna declaración seria de ninguno de los máximos responsables de los variopintos órganos o instituciones de la UE en relación con los “hechos” sucedidos y que se siguen sucediendo en Crimea. Los Estados Unidos, a través de su Secretario de Estado de Asuntos Exteriores, John Kerry, ha anunciado, además de un bloqueo económico a Rusia si sigue por el camino de una invasión encubierta, la posibilidad de estudiar la retirada de Rusia del G8. Pero los europeos de los países “ricos”… ¿debemos esperar una vez más a que sean los americanos los que nos saquen las castañas del fuego cuando el “conflicto bélico” de pequeños Estados de nuestro continente nos salpique, o sacuda a nuestra opinión pública como para que los representantes políticos deban tomar medidas? ¿Como en la guerra de Yugoslavia? Sinceramente, y ojalá me equivoque, estamos en una situación cuyas repercusiones pueden ser mucho mayores. No es cuestión de ser sensacionalista comenzando por decir la verdad, y es que ambos Estados en contienda tienen armas nucleares. El hecho es que una de las partes, la parte atacante, es nada más y nada menos que la Federación Rusa, sucesora de la extinta Unión Soviética. Y la presencia militar rusa, si bien muy mermada y ya no comparable a la de la antigua URSS, “no da tanto miedo”, supone la intromisión ilegítima de un Estado cuyo peso político y militar, aun a día de hoy, no puede ser desconocido. Comenzando por su puesto permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, lo que vetaría cualquier operación de “peacekeeping” de la ONU, normalmente liderado por los Estados Unidos. Así las cosas… ¿Qué podemos hacer? Desde mi punto de vista, varias cosas, pero no es cuestión de desarrollaras aquí. Y todas tienen en común una cosa. La imperiosa necesidad de tener que pasar del análisis de la realidad a la acción, como diría el propio Karl Marx. Deben reformarse tanto las instituciones de la Unión Europea como de Naciones Unidas; entre éstas, fundamentalmente, la única institución con poder decisorio legítimo según el Derecho internacional público, pues está diseñada para un mundo, el de la posguerra fría, en el cual ya no vivimos. Y su reforma es necesaria para dotar de mayor coactividad a las decisiones de Naciones Unidas; para vencer, con la fuerza de los argumentos y de la razón, a los partidarios del respeto al multiculturalismo más extremista y de la no intervención, y dotar a las instituciones de las Naciones Unidas de un instrumento eficaz para ejercer el derecho humanitario de injerencia, a mi juicio legítimo. Otra cosa es la discusión sobre quién y con qué límites podrá ejercerlo legítimamente. Pero una cosa es cierta: tanto los detractores -entre los que me incluyo- junto con los partidarios del constructivismo multicultural. Permítanme mis lectores un breve excurso sobre esta clase de personajes, que pueden decir lo que dicen precisamente porque viven en un Estado que no permite todo, pero sí que permite -es más, la considera como una libertad central-, la libertad de expresión. Entre éstos -los cuales, sin duda, se han aprovechado de los famosos “dividendos de la paz” que los Estados Unidos repartió generosamente a Europa a lo largo del pasado siglo -lo que permitió precisamente la construcción de Estados del Bienestar modélicos, y ha pasado a cobrarse hace unas décadas, se cuentan los que permiten, e incluso argumentan filosóficomoralmente la licitud de la ablación de clítoris, por ejemplo, en aras a la soberanía de un Estado no democrático, cuando no muchas veces fallido, para en el fondo denegar el derecho de injerencia humanitaria, mientras no dudan severamente en penalizarla cuando es practicada dentro del “concierto de las Naciones civilizadas”, expresión que hemos tenido que leer, los que procedemos del Primer Mundo, muchas veces con sonrojo, en las decisiones judiciales de la Audiencia Nacional, del Tribunal Supremo e incluso en alguna Sentencia de nuestro Tribunal Constitucional español: ¡hipócritas!

Pero volviendo a Crimea: la partida a nivel geopolítico debe jugarse con inteligencia. La “ocupación temporal” -por cierto, siempre he desconfiado de las situaciones lesivas e reductoras de derechos temporales, las cuales tienden a ser permanentes- a pesar de Crimea más bien me suena a una acción táctica que pretenda la ocupación indefinida de un territorio clave para hacerse con todo o parte del territorio ucraniano, o para forzar un acuerdo con Ucrania favorable a Rusia, en el sentido, por ejemplo, de que ésta renuncie a integrarse en la Unión Europea. Y la jugada podría ser brillantemente magistral, si los Estados democráticos, hoy tan mediocres en jugadas de estrategia, no nos adelantamos. Con Putin no se juega, es decir, no se le pierde el respeto. Es un ser inteligente que sabe cómo puede extorsionar a la Unión Europea, con la complicidad incluso de alguno de sus miembros, y no precisamente de sus miembros más nuevos. Ya nos lo demostró no hace muchos años con su famoso cierre del gaseoducto y con el cierre de las negociaciones sobre proyectos similares. Y aquí entran en pugna, de nuevo, los intereses económicos de la Unión Europea -que son inexistentes, y se reducen a los intereses financieros de los países miembros, según su peso-, y los intereses de Rusia, claros y poco publicitados, salvo por felices filtraciones de sus servicios de seguridad. Es hora de poner a trabajar a todas las agencias y centros de inteligencia de la Unión Europea y a sus analistas. Y de ponerlos a trabajar ya, sin perjuicio de utilizar todas las vías diplomáticas posibles, aun con cesiones, si con ello se puede evitar una masacre y la ocupación de un Estado soberano, con el pretexto de proteger a su población rusa, pues este objetivo bien se puede obtener de otra manera; de manera logística y con intervenciones puntuales, pidiendo ayuda a la comunidad internacional en lugar de recurrir en primer lugar al uso de la fuerza. Y si les faltan ideas, la Unión Europea tendría aquí un buen interés con el que negociar, como es el estatuto de los habitantes de Kaliningrado dentro de la Unión Europea, por ejemplo, concediéndoles la ciudadanía comunitaria. Así se zanjaría también un foco de tensiones entre la Unión Europea y Rusia que, por vicisitudes varias, la historia y la geografía han tenido precisamente el “capricho” de situar precisamente “allí”. En cuanto a la ciudadanía comunitaria (equiparable materialmente a una especie de residencia permanente del estilo de la que otorga la Green Card estadounidense, pero con derechos políticos ante las instituciones de la Unión, los Tratados no la proscriben, en los años de la primera gran ampliación de este siglo se habló mucho de esta posibilidad entre los círculos europeos más progresistas, y sólo habría que hacer algunos cambios en el Derecho derivado. Pero antes de que -esta vez sí- el interés de la Unión Europea como organización supranacional se viera amenazado, no ya por unos cientos o miles de inmigrantes sin papeles, sino por los tanques de la Federación Rusa, que recuerdan a las épocas más sangrientas del Pacto de Varsovia, a falta de una posibilidad de respuesta eficaz y contundente desde Naciones Unidas, considero legítima una intervención, razonable y proporcionada a la situación que previsiblemente pudiera desarrollarse en esa zona de Europa, de la OTAN. Es la única organización que, hoy por hoy, puede arrogarse un poder de intervención militar legítimo supranacional como representante de una sensatez secuestrada por la propia dinámica de la no-acción de Naciones Unidas, por mucha condena que pueda provenir de su máximo representante. En tiempos de bonanza, me mostré a favor de un Euroejército para la Unión Europea. En abstracto, sería la solución ideal, a mi juicio. En tiempos de crisis, no sé si eso sería viable, pues no soy economista; quizá el ponerse a fundar un Ejército europeo contribuyera a relanzar la economía, como en las economías de emergencia. Sin embargo, siendo realistas, y por la inminencia de la situación, tendrán que ser de nuevo, como siempre, los Estados Unidos, los que resolvieran el conflicto. Y ellos ya tienen sus propios problemas.

Quisiera terminar esta entrada con una breve reflexión sobre las partes en contienda, seguida de una reflexión histórica, que escribo con el propósito de que sea leída en clave de actualidad, huyendo de todo sensacionalismo, pero no de una sana prudencia y desconfianza hacia Rusia, reconocido país autoritario y cuna de mafias peligrosísimas, regido por una mezcla entre capitalismo salvaje y nepotismo, por cierto, no muy original en los gobiernos despóticos de los tiempos modernos. Precisamente es el alcance del conflicto lo que nos debe poner en alerta, dando por descontada la necesidad de ayuda humanitaria a la población civil de Crimea de acuerdo con lo dispuesto en los Convenios de Ginebra, de los que la Federación Rusa es parte por sucesión de lo contraído en la anterioridad por su predecesora, la Unión Soviética, de manera muy similar a la que ha “heredado”, de un modo muy discutible, su asiento en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

A lo mejor podamos sacar una lectura positiva de esta situación, y precisamente donde más nos hace falta, en clave económica. La puesta en alerta y la militarización de los países occidentales propicia un contexto de economía de emergencia que, como señalara, en relación con otros acontecimientos, el Premio Nobel de Economía Paul Krugman, quizá tenga la capacidad de sacar a la vieja Europa de su ombliguismo y de despertar a sus pseudoeconomistas tecnócratas que detentan el poder económico y político de la Unión de su sueño gris de “mercados de competencia perfecta + rescates puntuales al sector financiero”. Fenómenos parecidos, de gran crecimiento económico en economías de emergencia, se dieron en varios países durante la Segunda Guerra Mundial, así como en otros conflictos bélicos. Ya hace tiempo que, en muchos círculos, de todos los niveles culturales, de “derechas”  y de “izquierdas”, puedo oír, no sin que una parte de mí asienta, frases del estilo de “aquí hace falta una guerra”. Pues ya la tenemos. Y si no la tenemos, podemos aprovechar la ocasión para construir algo funcionalmente equivalente, en relación con los objetivos de crecimiento económico que nos prefijemos, con tal de que los líderes de las principales naciones europeas, que vayan a reunirse previsiblemente este jueves 6 de marzo, D. m., para tratar del conflicto de Crimea, tengan el suficiente sentido de Estado y la suficiente altitud de miras. Que el Señor ilumine su entendimiento, para que puedan realmente hacer algo digno del nombre -que no marca- “Europa”. Y, aunque en la mañana de hoy, las bolsas de todo el mundo hayan bajado -el dinero es muy cobarde, y se trata de un movimiento de retirada táctica especulativo-, quizá suceda “el milagro”. A lo mejor, como sucede en los pacientes que creen estar enfermos por enfermedades que han provocado ellos mismos, o que la sociedad les ha atribuido, nuestras sociedades civiles teóricamente “avanzadas” y sus aparatos estatales se olvidan del cáncer de la “crisis” y de sus varias metástasis manifestadas en los cambios en las primas de riesgo nacionales -que no soberanas-, y, orquestando conjuntamente un plan común de paz, arreglan a su vez esta absurda “crisis” que nos han metido en el inconsciente colectivo de todo Occidente, provocando un pesimismo generalizado que se ve día tras día retroalimentado por los diversos agentes políticos, económicos y sociales. Tal vez, pero digo sólo tal vez, una acción conjunta, un plan, un objetivo, sea lo que necesitemos para salir de esta aburrida crisis. Pues si algo demostró, experimentalmente, el gran médico y psicoterapeuta Alfred Adler en la primera mitad del siglo pasado, es que la ayuda mutua nos ayuda a salir de nuestros problemas, de nuestros ensimismamientos y de nuestros ombliguismos. Y cuando es eficaz y es realizada con fe, es decir, con confianza, nos hace mejores. Además de lograr el objetivo de resolver los problemas del otro, nos ayudamos a nosotros mismos; y esto mismo se puede aplicar, a mi juicio, tanto a nivel personal como a nivel de sociedad.

A modo de conclusión. Lo he dicho antes y lo repito. Aquí no nos encontramos en un escenario regional y territorialmente controlable como el de la guerra en la ex Yugoslavia de los años 90 del pasado siglo. En aquella situación, nos hallábamos ante la disgregación de un Estado modesto -aunque el orden mundial de la Guerra Fría se hubiese arrogado el liderazgo, más moral y simbólico, que real y militar, por supuesto, de los “países no alineados”-. Se trata de un conato de invasión de un Estado soberano, Ucrania, por parte de la tercera potencia militar mundial, del Estado del mundo más grande en extensión, la Federación Rusa, sucesora de la Unión Soviética y con un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que bloqueó, durante el siglo xx, valiéndose de su derecho de veto, numerosas decisiones humanitarias sobre la base de intereses geopolíticos y vendiéndolos a sus ciudadanos y a los ciudadanos comunistas occidentales de buena fe como “males menores” que había que aceptar en aras de impedir el auge del “imperialismo yanqui” (el que rescató, con la sangre de sus soldados, a una Europa derruida por dos guerras mundiales). Frente a esta amenaza, ¿qué decir con respecto a Ucrania? Es un Estado soberano, cuya población, al menos en parte, ha querido mostrar, al menos, distanciamiento frente al gran vecino ruso, como ha querido mostrar al mundo a varios niveles, desde el político hasta el cultural o el deportivo desde su misma independencia en 1990, y su integración por separado en el Consejo de Europa en 1995, adelantándose al ingreso en dicha organización supranacional de la Federación Rusa, producida en 1996. Otra parte de su población ha mostrado un sentimiento proeuropeo, en el sentido de favorable a la anexión a la Unión Europea, a pesar del momento actual que la UE está viviendo, actitud que ha sido recogida seriamente por los responsables de los órganos competentes de la Unión; y, por último, otra parte, de mayoría rusa -preferentemente situada en Crimea, pero también en otras zonas del sur del país- ha mostrado una actitud de rechazo de Gobiernos proeuropeos y un sentimiento proruso. Así las cosas, de acuerdo con el Derecho internacional público general y regional, y con el Derecho internacional humanitario, nada autoriza el uso masivo de la fuerza a la Federación Rusa, ni un despliegue de fuerzas bélicas en territorio ucraniano equivalente a una amenaza de guerra. En estos momentos, según refieren las principales agencias de comunicación internacionales, la situación es la de una ocupación de facto de la región de Crimea por parte de Rusia, que parece destinada a prolongarse en el tiempo y a imponer condiciones inaceptables al actual gobierno ucraniano, y a un a la propia Unión Europea, como la secesión de la península, contraria, hoy por hoy, al Derecho internacional general. Otras cosas sí podrán ser discutidas. Concluyo ya con una muy breve reflexión. La Primera Guerra Mundial comenzó técnicamente como respuesta a un magnicidio, en apoyo o en contra del cual se fueron uniendo las potencias europeas de la época casi como si se tratara de fichas de dominó que iban cayendo. La Segunda Guerra Mundial comenzó en respuesta a una invasión de un Estado soberano (Polonia), por parte de Alemania, precedida por otras dos invasiones alemanas, la de Austria y la de Checoslovaquia.  Por cierto, la ocupación de Austria fue considerada prácticamente como una anexión por el III Reich y por la mayoría de la población austríaca, la cual no dudó en mostrar exultaciones de júbilo y vítores por su incorporación a la “grande Alemania”. Frente a la Primera Guerra Mundial, la Segunda Guerra mundial presentaba un componente ideológico, no necesariamente compartido por los dos bandos en contienda (de una parte, los totalitarismos nazi-fascistas, y el totalitarismo estalinista; y, por la otra, la defensa de las democracias occidentales). Pero un elemento común que contribuyó, entre muchísimos factores, a ambas guerras, además del fracaso de la diplomacia, fue la débil relación entre las naciones europeas. Alguien dijo una vez que el proyecto de las becas erasmus había contribuido más a la integración europea que todos los fondos de cohesión -o algo parecido-. Lo que importa es que la historia nos demuestra que es en los momentos de debilidad, y ciertamente, la Unión Europea, con una crisis económica, de corrupción, de impotencia y, sobre todo, de legitimidad y de valores, está ahora en uno de ellos, cuando el terreno resulta ser de más fácil abono para los partidarios de la violencia y de la guerra.

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§ Una respuesta a CRIMEA: MAY WE TOLLERATE ANOTHER WAR IN THE HEART OF EUROPE?

  • pabloguerez dice:

    El post que publiqué el domingo sobre la ocupación de Crimea no ha sido más que el relato de una farsa. Horas perdidas para mí para escribir sobre algo que creía importante y que podía volverse peligroso. Todo para nada. Ahora resulta que Yanukóvich, teóricamente proeuropeo, habría pedido la intervención de Rusia, resultando ser un presunto traidor. Por otra parte, Rusia, ante las presiones internas y externas -sobre todo de los Estados Unidos, que ha anunciado la ruptura de las relaciones comerciales y militares que mantenía con la Federación Rusa- anuncia el repliegue de sus tropas. Según informaciones de la agencia EFE, “el presidente ruso ha ordenado a las tropas que han estado participando en ejercicios militares en el centro y oeste del país desde el pasado 26 de febrero que retornen a sus cuarteles, según informaciones del Kremlin. El portavoz de la Presidencia rusa, Dmitri Peskov, declaró que el jefe del Estado impartió la orden ayer, después de recibir el parte del mando militar del término exitoso de las maniobras”. Mi comentario: Parece que hemos perdido la dignidad hasta para hacer guerras.

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