Películas recomendadas: El lobo de Wall Street (dir. por Martin Scorsese, EE UU, 2013). Una lectura jurídico-cinematográfica: ¿lobo u oveja descarriada?

marzo 3, 2014 § 2 comentarios


Películas recomendadas: El lobo de Wall Street (dir. por Martin Scorsese, EE UU, 2013).  Una lectura jurídico-cinematográfica: ¿lobo u oveja descarriada?

Dedicado a mi Madre, quien desde niño me enseñó a amar el cine y me infundió su fascinación sobre la ceremonia de los Oscar, en noches mágicas de las que guardo alguno de los recuerdos más felices de mi vida. Tras esas noches, después de las cuales me era permitido faltar al colegio, soñaba con la ilusión de un niño sobre directores, actrices, actores e historias. La noche de los Oscar™ ha constituido para mí, al contrario que para algunos cineastas a los que admiro, una cita imprescindible, que me trasladaba, casi por arte de magia, desde el sofá del salón familiar, a la cálida California y a la tierra donde todo era posible. A dichas citas he venido siendo siempre fiel, aun en el exilio alemán, salvo en dos ocasiones, desde la noche de los Oscar de 1988. Grazie, Mamma; por haberme transmitido esta tradición de alegría y de magia, y por estas veinticuatro noches inolvidables. Por muchos años.

Sobre los “desfases” del capitalismo actual o la “resaca del capitalismo” y sus personajes reales. El lobo de Wall Street: ¿Lobo u oveja descarriada?

Calificación cinematográfica: 4/5

  1. El contexto

Ante todo quisiera hacer una advertencia. No suelo hacer críticas cinematográficas ni literarias o editoriales en este blog, salvo que por su impacto social lo merezcan y me ayuden en las reflexiones que trato de suscitar en mis posts. Aprovecho ahora para hacer una breve crítica sobre esta película, aprovechando la proximidad de la entrega de los próximos premios Oscar™, este próximo lunes 3 de marzo, D. m. Siguiendo esta línea de autolimitación -para no desvirtuar el objetivo del blog; puede que en un futuro no muy lejano haga otro de cine y literatura: de hecho, las referencias a la literatura y al cine son constantes en mis posts-, sólo hice una recensión breve bastante elogiosa, hablando en términos objetivos, al libro de Marta García Aller, al parecer con escaso o nulo impacto, incluyendo a la propia autora, que ahora es una periodista senior acomodada que trabaja para una gran empresa de comunicación de actualidad económica, cosa que ella misma, según sus propias palabras de hace ocho años, ni siquiera podía llegar a imaginar. Mi más sincera enhorabuena. Otros, por el contrario, seguimos imaginando, aunque la realidad nos devuelva muchas veces golpes y más golpes.

Sobre lo que puede llegar a imaginar un joven de apenas veintidós años recién llegado de provincias a Wall Street, la cuna, todavía, del capitalismo mundial –al menos a nivel simbólico-, y sobre le evolución, triunfo y posterior caída del personaje, un hombre adulto ya de treinta años, trata la nueva película de Scorsese, el cual la dirige con su peculiar ritmo trepidante al que nos tiene acostumbrados desde los primeros minutos de rodaje, y mantiene con una maestría poco igualable en estos tiempos cinematográficamente tan mediocres durante toda la película.

A pesar de algunas críticas en sentido contrario, en el film “no sobra nada”. Ni las secuencias de drogas, ni las de sexo explícito compulsivo y fácil –por cierto, hoy a la orden del día en muchas películas y en páginas de internet, no necesariamente calificadas como pornográficas-, ni las de dinero fácil ganado a través de argucias semipermitidas por un sistema de mercado sin contrapesos eficaces, en el que parece haberse convertido el capitalismo actual; es éste, a mi juicio, el mayor problema moral del que trata la película, y del que el personaje no es más que un peón, como después trataré sucintamente de argumentar; y lo demás, todo lo que rodea al personaje y a su cohorte de ¿estafadores? de Wall Street, debe mostrarse como consecuencia de este problema moral, pues el consumismo excesivo –cosa en la que en escasas ocasiones se repara-, tan denostado por la doble moral protestante norteamericana, es imprescindible para mantener esta forma o estadio del capitalismo financiero que refleja la película, basada en parte en hechos reales. No puede criticarse tan fácilmente el consumismo sin criticar al mismo tiempo este capitalismo, pues el uno es imprescindible para el mantenimiento de este estadio del sistema económico llamado “de mercado libre”, basado en el espejismo de la creación de riqueza y de la compraventa de humo en los mercados financieros. Lo que la película pueda tener de hiperbólica o desproporcionada no es, en mi opinión, sino una mínima parte de lo que, en realidad, ha ocurrido y sigue ocurriendo en ciertos ambientes próximos al poder económico mundial, en los que realmente se producen los escándalos de verdad, pues lo que se muestra en este sentido en la película es solamente una gran pantomima y un gran despilfarro, pero nada más. Al hablar de escándalos de verdad, a cuyos máximos responsables jamás pillará ni la SEC ni el FBI, me refiero, entre otras, a las siguientes conductas: los “mercados” del sexo con niños, del sexo no consentido con mujeres adultas, de la trata, del comercio de armas –al que apenas se hace una alusión en la película en relación con el personaje interpretado por el banquero suizo-, de la verdadera influencia en el tráfico de drogas a nivel mundial, o de la especulación con materias primas. Situado el contexto socioeconómico en una sociedad carente de valores –o en la que el deseo de dinero es uno de los valores, si no el valor primario, en sí mismo no ilícito, que sustenta la configuración social de la Nación americana-, vayamos pues a una somera reseña y análisis de la película.

La película: Una producción excelente y magistralmente del gran Scorsese, que dirige como nadie a un Di Caprio sencillamente espectacular. Merece el Oscar™. Una mirada, la del director, que no juzga la conducta de un hombre que se ve atrapado por su pasión desmedida por el dinero, que actúa sobre él como una droga más, alimentada por las otras drogas que consume y por el deseo adictivo de relaciones sexuales. Siento compasión por el personaje protagonista, y en varios momentos críticos de la película me he sentido identificado, o he sentido empatía hacia él. No se trata de un caricaricaturesco, a modo de villano de las finanzas, Gordon Gekko (protagonista de la gran película Wall Street, USA, dir. por Oliver Stone, 1987), personaje casi mefistofélico. Sin embargo, el protagonista de El lobo de Wall Street no es un inversor directo ni ningún “mago” de las finanzas, acumulador y movido únicamente por el afán de competir y de poseer. Se trata, por el contrario, de un personaje humano, demasiado humano, fruto de la interacción de una personalidad brillante y al mismo tiempo poliadictiva, y un ambiente que casa a la perfección con dicha personalidad. Gran parte del dinero que gana lo gasta, lo despilfarra para satisfacer sus necesidades, por exageradas que éstas sean, favoreciendo un círculo del consumo que sustenta, queramos reconocerlo o no, gran parte del sistema financiero mundial. Y, a diferencia de los “peces gordos” de Wall Street, como le recuerdan los agentes federales en un momento de la película, no procede de familias ricas o multimillonarias, con contactos con congresistas y senadores corruptos que sustentan el Gobierno –que no la Nación- americana. Trasladando al guión –por cierto, nada despreciable- de esta película, mutatis mutandis, el extraordinario guión de Abby Mann de la película ¿Vencedores o vencidos? (Judgment at Nuremberg, USA, dir. por Stanley Kramer, 1961), podría decirse, parafraseando la intepretación de Maximilian Schell, que entonces intepretaba al abogado de la defensa de los principales líderes nazis acusados, entre otros al Dr. Ernst Janning (juez acusado), en su magnífica intervención ante el Tribunal, que concluye declarando con la frase “(…) la culpa de Janning es la culpa del mundo!”, que la culpa del “Lobo” de Walll Street es la culpa del sistema capitalista. Así las cosas, mi crítica se dirige más bien hacia la hipocresía que representa la coexistencia en los Estados Unidos entre el sistema del gran mercado ¿o debería decir casino con consecuencias reales para la economía real? de Wall Street y su control por las autoridades gubernamentales. En un país en cuya configuración social la búsqueda de dinero, cuando no directamente su codicia, detenta la primacía entre los valores de su sistema social… ¿con qué autoridad vamos a criticar a los que se saltan las leyes bursátiles –tanto las civiles, ejecutadas por la SEC, la Security Exchange Commission, como las penales, cuyo cumplimiento corre a cargo del FBI?-. Es más: en un país en cuya sociedad el dinero juega un papel fundamental, en un país fundando sobre el “american dream” y en la idea de que cualquiera puede hacerse rico, no puede establecerse una frontera tan tajante entre quien se enriquece de modo legal y quien lo hace de modo ilegal, sobre todo cuando no queda clara la naturaleza de la presunta ilegalidad (por ejemplo, no se trata de delitos clásicos, como un gran robo; ni siquiera de una macroestafa al estilo de la del caso Madoff, que repercuta seriamente en el funcionamiento del sistema económico nacional, cuando no mundial, debido a la interrelación de los mercados. Por poner un ejemplo, en un sistema donde la ambición por el dinero es un valor fundamental, al menos socialmente, no puede establecerse una línea definida entre quien lo hace de forma legal o ilegal, al menos en el mundo financiero, del estilo de: “si lo haces bien, si vendes humo -que es algo muy parecido a lo que hacen los modernos “profesionales de la intermediación e intervención” en los mercados de productos financieros derivados, como los warrants, que no son sino apuestas cuya “realidad” está fundada en un presunto análisis técnico por muchos economistas críticos tildado de pseudociencia-, te aplaudimos y eres un triunfador; pero si te saltas alguna reglilla, te metemos blanqueo de capitales, por ejemplo –delito hipertrofiado por culpa del GAFI y otros organismos de “control financiero”, que han desvirtuado su verdadera finalidad, te metemos treinta años de prisión, salvo que hagas un trato con el Gobierno (en caso de que estés en condiciones de hacerlo, por supuesto)”. Algo así, sería como establecer en nuestro país, en el que presuntamente la libertad de expresión es un principio y un derecho fundamental, la frontera entre la libertad de expresión lícita y el delito de injurias en diez años de prisión, por ejemplo. Tal actuación de política criminal, que ha sido tildada por alguna autora norteamericana representada por las llamas “teorías educativas de la pena”, constituiría en nuestro país una desproporción absoluta e irracional, susceptible de ser considerada inconstitucional por nuestro Tribunal Constitucional. En este contexto, la pregunta que desde un penalista cabe plantear es: ¿Cuál es la naturaleza de la mayoría de los presuntos crímenes bursátiles que se imputan al protagonista? ¿Se trata, utilizando la terminología del common law, de crimina mala in se (es decir, de crímenes malos en sí mismos, como el homicidio, la violación, el robo, la estafa en algunos casos), o de crimina quia prohibita (es decir, de delitos que lo son porque así lo ha establecido el legislador). Salvo algunas estafas iniciales en las que se venden acciones a céntimo a personas honradas, estas acciones difieren muy poco de las prácticas bancarias legales, por ejemplo, relacionadas con la concesión de créditos y de hipotecas subprimes que contribuyeron a provocar la gran crisis mundial en la que todavía seguimos sumergidos. Recordemos cómo los valores basura, mezclados con bonos y acciones “pasables”, fueron vendidos a gente profesional y “conocedora del negocio” por empresas “respetables” como Lehmann Brothers. Así que, los que quieran ir de moralistas y meterse con el protagonista de “El lobo…”, harían bien antes en reflexionar sobre estas cuestiones. Yo al protagonista le comprendo muy bien, aunque no comparta moralmente todo lo que haga. Volviendo al protagonista de la película, es sencillamente magistral tanto su interpretación como el trabajo de personaje realizado por el director y, tal vez, aunque lo desconozco, por el guionista que ha adaptado la novela en la que se basa la película. Al nivel de su responsabilidad subjetiva, o culpabilidad, se trata más bien de un joven al que la sugestión del dinero fácil y otras drogas han hecho tal mella en su personalidad, que no es descabellado pensar que él, en un determinado momento, haya visto mermada su capacidad de pensar a largo plazo. Bien habría merecido en este sentido, en mi opinión como penalista, incluso desde el Derecho anglosajón, una excuse of insanity, o una dispensa de pena, y no convertirse en un instrumento en manos del FBI para traicionar a sus colegas, a los cuales se niega a traicionar hasta el final. Además, Scorsese nos presenta un personaje lleno de claroscuros, ni bueno ni malo, sólo hecho de elecciones que debe convertir en conducta en segundos, muchas veces con el apoyo de alguna “sustancia controlada”. El personaje tiene su propia ética, y no es ni mucho menos un psicópata ni un sociópata, como se encarga además de desvelar el miedo que siente cuando es conducido a prisión, así como sus sentimientos expresados a su mejor amigo y socio de su empresa durante su difícil proceso de “rehabilitación” de todo tipo de conductas consideradas desadaptativas y del consumo de sustancias premiantes, incluido el alcohol. “¿Cómo es la vida sin drogas?”, le pregunta su mejor y único amigo, después del abandono de su mujer. “Tremendamente aburrida”, responde el protagonista. En cuanto a su ética y a sus buenas acciones, éstas existen en la trama y no son para nada despreciables; por ejemplo, el protagonista le da un cheque por valor de 25.000 dólares a la empleada de la cafetería del principio de la película, que iba a ser desahuciada por el impago de tres meses de renta, y que se convierte en su empleada. Contrata gente no sólo porque le sirve para sus propósitos, sino que no escatima en la cuantía de sus nóminas. Se preocupa además de que la gente en que confía se haga también rica, y de que los empleados de su empresa sean felices, si bien a su manera. Al final, no delata a su mejor amigo, y se niega a delatar a sus socios hasta que su socio principal y mejor amigo le delata a él ante el FBI. Sí, el personaje interpretado por Leonardo di Caprio es una víctima más del sistema, a pesar de sus faltas y pecados. Ésta es la manera, a mi juicio, más cristiana y humana de acercarse al personaje y a la película, en el más puro estilo cristiano y humanista expresado por el conocido lema de “aborrece el pecado y compadece al pecador”.

No ha sido mi propósito el haberme extendido en argumentos jurídicos que quizá no hayan venido al caso, y que puedan haber sido de difícil digestión para los lectores no familiarizados con la terminología jurídico-penal. No obstante, por las reflexiones que me han suscitado esta película he querido hacer una crítica cinematográfica-jurídica. La lección final, en cuanto al sistema: la hipocresía representada por la contradicción de un sistema financiero y su control por un país cimentado en el capitalismo salvaje, que, por esa misma razón, se encuentra incómodo a la hora de castigar a los que, sin apenas conciencia de dañar a otros –como prueba en el Derecho penal accesorio norteamericano el gran incremento de las moral offences y de las offences without victims, sobre todo operado por el statutary law, así como la masiva introducción en muchos delitos de la strict liability, es decir, la falta de necesidad de mens rea, es decir, de culpabilidad. Con ello, el sistema de justicia penal norteamericano incurre muy fácilmente en arbitrariedad –por no hablar del pleno poder otorgado al bargaining, a la negociación con el Fiscal, que al menos allí es independiente-. Estas sanciones penales, en el ámbito del Derecho penal económico, no se basan, en la mayoría de las ocasiones, directa o indirectamente, en la protección de bienes jurídicos personales, protección de bienes jurídicos que constituye el verdadero fin de un buen Derecho penal liberal, y del que en Europa ya nos estamos olvidando desde hace tiempo como tributo a los exponentes más extremistas del funcionalismo sistémico. En los Estados Unidos, como corolario de todo lo expuesto, el debate, en la mayoría de los círculos judiciales e incluso académicos, ni siquiera existe, o bien no se plantea en estos términos. La razón para decidir la penalización de una conducta, por ejemplo, de fraude en el mercado financiero, es cada vez una razón de simple “funcionalismo” de un sistema disfuncional, el capitalismo financiero salvaje actual. La razón para la incriminación se funda en la mera infracción de las reglas de un mercado, en las que el Gobierno estadounidense funda un sistema económico muy cuestionable.

Moraleja en cuanto a la historia y en cuanto a la parte humana, para quienes quieran tomar el “camino” emprendido por el personaje protagonista de “El lobo…”, o simplemente para brokers y estafadores (para nada quiero equiparar ambas “profesiones”: 1. Tómate en serio tus negocios y tómate tu tiempo de descanso. La falta de sueño actúa como una droga, y a largo plazo, puede ir en tu perjuicio. 2. Las cosas, aun las malas, hazlas bien (Carbonell). 3. Si en una mesa de negociaciones no sabes quién es el primo, es que el primo eres tú. 4. Por muy listo que te creas, siempre hay alguien más listo que tú. 5. Procura evitar hacer llamadas desde tu móvil; llama siempre desde teléfonos públicos, por ejemplo, desde locutorios. 6. No pagues con tarjeta de crédito, salvo que quieras dar una pista falsa. Paga siempre en efectivo. El dinero no lleva tu nombre. 7. No reveles tus datos por internet ni uses tu correo electrónico, ni permitas que ellos rastreen tu dirección IP.  8. En Bolsa, que el último céntimo se lo lleve otro. La codicia rompe el saco. 9. Aprende a guardar secretos. 10. Y, por último, nunca hagas negocios con tus facultades mentales perturbadas, ya sea por drogas externas, ya sea por el “subidón” que te puedan producir las ganancias, pues el efecto de descontrol dopaminérgico sobre el sistema nervioso central es muy parecido.

En cuanto a la película y a su director. Aun contra pronóstico: Deberían ganar. Y si no, que gane Gravity, una película moderna, con un guión sencillo y a la vez profundo, y unas interpretaciones más que notables. Y enhorabuena a Paolo Sorrentino por su Oscar™ por La grande bellezza. Y a Scorsese y a Di Caprio, y a la película, como decimos en Italia, y nunca mejor dicho, “in bocca al lupo”.

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Películas recomendadas: El lobo de Wall Street (dir. por Martin Scorsese, EE UU, 2013). Una lectura jurídico-cinematográfica: ¿lobo u oveja descarriada? by Pablo Guérez Tricarico, PhD is licensed under a Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional License. Commercial uses of this post are allowed before contacting and deciding the terms and conditions of these uses with the author. To this purpose please you can write to the author to pablo.guerez@uam.es or pablo.guerez@gmail.com

Oscar™ es una marca registrada de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood.

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§ 2 respuestas a Películas recomendadas: El lobo de Wall Street (dir. por Martin Scorsese, EE UU, 2013). Una lectura jurídico-cinematográfica: ¿lobo u oveja descarriada?

  • pabloguerez dice:

    Mi enhorabuena a la película ganadora de la noche, “Doce años de esclavitud”, así como a su equipo de producción, dirección, artístico y técnico. Mi decepción con una Academia con la que suelo coincidir más que la llamada crítica “progre” o “indie” pero menos que con su lobbie más conservador. En este sentido, después de tenernos a más de mil millones de espectadores en vilo durante más de dos horas, durante las cuales parecía que la película “Gravity” de Alfonso Cuarón, mi tercera película favorita entre las nueve nominadas a la mejor película, iba a alzarse con este último Oscar™, tras haber ido ganando todos los premios llamados “técnicos”, incluido el premio al mejor montaje y el premio a la mejor dirección, el codiciado galardón le ha sido arrebatado en el último momento. En unos tiempos en los que lo novedoso no sería ya mal visto por los sectores más conservadores de Hollywood, la Academia no se ha atrevido a darle el Oscar™ a la Mejor Película a “Gravity”, quizá porque no considere que con una historia sencilla, y a la vez con una idea profunda sobre la fragilidad de nuestras vidas y de nuestros problemas, que parecen disolverse en la inmensidad del Cosmos, tanto como para poder ceder a la tentación de “quedarse ahí arriba”, donde todo es paz, y no volver nunca a una vida desgraciada en la tierra, a la que se termina volviendo, transmitiendo un mensaje de superación, no sea digna de ser considerada una película “de Oscar™”. Pero en mi opinión, no es necesario contar con una historia especialmente compleja -no confundir con polémica- para ganar ese Oscar™. Sobre todo cuando se ha reconocido a la película la excelencia de sus méritos técnicos, del montaje y de su dirección, así como una nominación muy merecida para Sandra Bullock a la mejor actriz. Me pregunto si las razones que han llevado a los académicos a votar de esta manera hayan tenido que ver con la mala conciencia de parte del pueblo norteamericano con parte de su pasado. Lo sorprendente es que, en un premio, el Oscar™ a la Mejor Película, en el que votan todos los académicos (técnicos de sonido, fotógrafos, músicos, montadores), habiendo ganado dicha película casi todos los premios técnicos, los mismos profesionales técnicos no hayan utilizado el mismo criterio para decidir cuál era, en su opinión, la mejor película del año. O quizá su peso no haya sido suficiente. Gala extraña y algo tramposa por esta razón. Otra decepción, que supone para muchos, entre los que incluyo, un error casi imperdonable de la Academia: una de las mejores interpretaciones de Leonardo Di Caprio, que, a sus 39 años, ha sido, como siempre, ninguneada por la Academia: ¿Qué tiene que hacer este actor para que le den finalmente la codiciada estatuilla? A lo mejor, nada. O seguir haciendo interpretaciones magistrales que seguirán siendo ninguneadas por los académicos. Dejar pasar el tiempo para que le den el Oscar™ honorífico a los setenta u ochenta años de edad. Sencillamente, mi opinión es que él no ha tenido nada que ver, y la estatuilla no se la han dado por “circunstancias objetivas”, o “bola negra”. Los que siguen mi blog, en el que normalmente trato de cuestiones más serias, saben a lo que me refiero con estas expresiones, aparentemente crípticas, pero muy reveladoras, para quien sepa leer entre líneas. Por lo demás, la gala ha sido bastante ágil y los premios merecidos. El Premio a la Mejor Actriz ha sido bien resuelto en favor de Cate Blanchett, entre el triple empate de mi corazón entre ella, Jennifer Lawrence y Amy Adams, que por cierto, está impresionante tanto en “La gran estafa americana” como en “Her”, otra película de ciencia ficción “sui generis” muy interesante, ganadora del Oscar™ al Mejor Guión Original en esta edición. Por Pablo Guérez Tricarico, PhD.

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  • Reiser Ramon dice:

    Totalmente de acuerdo con lo de Di Caprio, le ningunean constantemente, cuando para mi no tiene nada que envidiar a ningún actor de la actualidad, sus últimos papeles son magistrales, tanto en django como en el lobo.Espero que no le pese todavía su papel en Titanic, con una interpretación muy plana y previsible, pero es también lo que pedía el guion.
    En definitiva lo que parecía que iba a ser otro guapeas más de pelis para adolescentes y producciones únicamente comerciales, se ha convertido en un ACTORAZO.

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