No sólo de pan vive el hombre…

marzo 6, 2014 § 2 comentarios


Este mensaje procede del blog de Marcial Rafael Candioti MENSAJES DE REFLEXION – MENSAJES POSITIVOS, publicado en su blog el pasado 1 de marzo, todavía en tiempo litúrgico ordinario; a él, a quien seguramente ya conozcáis algo, aunque sólo sea por los continuos reblogueos a su blog, quiero mostrar públicamente mi gratitud por haber posteado un texto que, de una manera tan sencilla y directa, consigue plasmar como pocos las verdades en él contenidas en el mensaje. En su momento he querido rebloguearlo, para después desarrollar mis reflexiones, pero el sistema no me ha dejado; quizá, porque mi comentario era demasiado largo. En cualquier caso, ayer, Miércoles de Ceniza, comenzó la Cuaresma, un tiempo tradicionalmente de penitencia, pero también una época de gracia en la que, desde el signo de la imposición de la ceniza, se nos invita a la conversión.

Sobre el texto “reblogueado”. Es verdad. O al menos así ha sido para mí en mi experiencia vital de verdad, experiencia cuyo recuerdo, base para seguir esperando, aun contra toda esperanza, especialmente en los tiempos de crisis que corren, nadie me podrá arrebatar. El post que he querido rebloguear me ha recordado inmediatamente al episodio de la samaritana relatado en el Evangelio de Juan, como colofón a las gracias que Dios nos da todos los días, en las que nosotros, en el ajetreo de nuestra vida moderna, muchas veces ni siquiera reparamos. Por su belleza y sencillez transcribo el pasaje que me ha venido a la mente a continuación: “(…) Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice: “Dame de beber”. Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?” (porque los judíos no se hablaban con los samaritanos). Jesús le contestó: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva. La mujer le dice: “Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?” Jesús le contestó: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un manantial de agua que salta hasta la vida eterna” (Jn 4, 7-14). El episodio del encuentro entre Jesús y la samaritana es uno de mis pasajes preferidos de todo el Evangelio. No sólo por su belleza, y por cómo Jesús va ganándose poco a poco la confianza de esa mujer, hasta que queda rendida a sus pies y le reconoce como “el Salvador del mundo”. El elemento del agua, que simboliza la vida, constituye un bálsamo sagrado en este tiempo de Cuaresma que comenzamos, caracterizado por la mortificación del cuerpo, el desprendimiento de uno mismo y la entrega al prójimo, a través, entre otros elementos, de los elementos “clásicos” cuaresmales de la oración, el ayuno y la limosna. Es un tiempo de penitencia, pero también una oportunidad para crecer en gracia hacia una conversión más profunda hacia Dios, que es el Único que puede satisfacer nuestras necesidades, nuestra profunda necesidad de amor y de felicidad arraigada en el corazón humano. En este tiempo de Cuaresma, quisiera llamar la atención no sólo sobre la necesidad de una relación personal más íntima con Dios, a través de los Sacramentos, los sacramentales y la liturgia propia de este tiempo “fuerte”. Se trata también de una época en la que, como dijo Benedicto XVI, al desprendernos de lo que nos sobra, se nos da la oportunidad de ayudar a los demás, sobre todo a los que no tienen ni lo necesario. Aun a riesgo de repetirme, nunca me cansaré de citar este pasaje de Isaías: “(…) Oráculo del Señor (…) Éste es el ayuno que yo quiero: soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo y no desentenderte de los tuyos. Entonces surgirá tu luz como la aurora, enseguida se curarán todas tus heridas, anti ti marchará la justicia, detrás de ti la gloria del Señor (shekhinah YHVH, en hebreo)” (Is 58, 3-8). En este sentido, la Cuaresma exige de los fieles una actitud penitencial, ciertamente, pero que debe y puede realizarse, de una manera especial, a través de la ayuda al prójimo y de la práctica de los actos de misericordia. Palabra preciosa que se en su significado etimológico significa: “dar corazón a la miseria”. La miseria humana, que no debe confundirse con la pobreza, como nos enseña admirablemente el papa Francisco en su mensaje para la Cuaresma de este año. En este mensaje, con el estilo directo y sencillo, pero a la vez profundo que ha demostrado ya en varias ocasiones, el Santo Padre nos recuerda cómo Jesús, siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (cfr. Cor 8, 9). Pobreza que el papa no equipara a miseria. En sus propias palabras, el papa explica de manera muy didáctica que existen tres tipos de miseria: la miseria material -lo que muchas veces, en una sociedad de la abundancia, denominamos pobreza-, la miseria moral derivada de la multitud de esclavitudes a necesidades artificiales de la vida moderna, que muchas veces se tornan en adicciones, con el consiguiente perjuicio económico y moral para los afectados y sus familias, y la miseria espiritual, que consiste en el apartamiento de Dios, y es consecuencia muchas veces de la miseria moral, cuando ésta se debe a un comportamiento realizado con pleno conocimiento y deliberado consentimiento. Es más, el papa destaca en su mensaje cómo la caída en comportamientos adictivos obedece muchas veces a la falta de perspectivas de futuro de muchas personas desesperadas en un escenario de crisis, que se ven obligadas a realizar comportamientos que por su propia naturaleza se tornan en adictivos, y frente a los cuales la persona pierde su libertad.

Por el compromiso de denuncia social de este blog, me interesa destacar lo que ha dicho el papa sobre la miseria material, muy distinta de la pobreza. En relación con la miseria material y su permisión o tolerancia por una sociedad inhumana y privada de verdaderos valores, el pontífice ha tenido palabras muy duras, que trascribo a continuación: “A imitación de nuestro Maestro, los cristianos estamos llamados a mirar las miserias de los hermanos, a tocarlas, a hacernos cargo de ellas y a realizar obras concretas a fin de aliviarlas. La miseria no coincide con la pobreza; la miseria es la pobreza sin confianza, sin solidaridad, sin esperanza. Podemos distinguir tres tipos de miseria: la miseria material, la miseria moral y la miseria espiritual. La miseria material es la que habitualmente llamamos pobreza y toca a cuantos viven en una condición que no es digna de la persona humana: privados de sus derechos fundamentales y de los bienes de primera necesidad como la comida, el agua, las condiciones higiénicas, el trabajo, la posibilidad de desarrollo y de crecimiento cultural. Frente a esta miseria la Iglesia ofrece su servicio, su diakonía, para responder a las necesidades y curar estas heridas que desfiguran el rostro de la humanidad. En los pobres y en los últimos vemos el rostro de Cristo; amando y ayudando a los pobres amamos y servimos a Cristo.Nuestros esfuerzos se orientan asimismo a encontrar el modo de que cesen en el mundo las violaciones de la dignidad humana, las discriminaciones y los abusos, que, en tantos casos, son el origen de la miseria. Cuando el poder, el lujo y el dinero se convierten en ídolos, se anteponen a la exigencia de una distribución justa de las riquezas. Por tanto, es necesario que las conciencias se conviertan a la justicia, a la igualdad, a la sobriedad y al compartir”. Algo sobre lo que he alertado en varios de mis posts de denuncia social en este blog. Dios se sirva inspirar nuestras conciencias para que al compartir lo nuestro, aun lo poco que tenemos, descubramos el don de la entrega, y vivamos según el Espíritu de Dios. Pues, como continúa diciendo el papa Francisco en su mensaje para la Cuaresma, “El Evangelio es el verdadero antídoto contra la miseria espiritual: en cada ambiente el cristiano está llamado a llevar el anuncio liberador de que existe el perdón del mal cometido, que Dios es más grande que nuestro pecado y nos ama gratuitamente, siempre, y que estamos hechos para la comunión y para la vida eterna. ¡El Señor nos invita a anunciar con gozo este mensaje de misericordia y de esperanza! Es hermoso experimentar la alegría de extender esta buena nueva, de compartir el tesoro que se nos ha confiado, para consolar los corazones afligidos y dar esperanza a tantos hermanos y hermanas sumidos en el vacío. Se trata de seguir e imitar a Jesús, que fue en busca de los pobres y los pecadores como el pastor con la oveja perdida, y lo hizo lleno de amor. Unidos a Él, podemos abrir con valentía nuevos caminos de evangelización y promoción humana”. Que el Señor, en su infinita misericordia, se digne acoger benignamente nuestros sacrificios y privaciones de este tiempo para perdonar todas nuestras faltas y pecados, y así, para que nos aprovechen en un aumento de Su gracia y como premio de vida eterna, y que nosotros aprovechemos este tiempo de Cuaresma para profundizar en su Amor, y en el Amor al prójimo, creciendo así en humildad y en la verdadera sabiduría que sólo procede de Dios, e intentado preguntarnos qué es lo que Él quiere de nosotros. Por eso, hoy digo: “Hágase, Señor, Tu Voluntad en mí”.

Pablo Guérez Tricarico, AMDG

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§ 2 respuestas a No sólo de pan vive el hombre…

  • pabloguerez dice:

    De las Laudes del propio de hoy, jueves después de Ceniza, que acabo de rezar: que sirva como meditación para todos los hombres de buena voluntad en este tiempo cuaresmal:

    “Antífona 1ª. En la mañana, Señor, hazme escuchar tu gracia.

    Salmo 142, 1-11 – LAMENTACIÓN Y SÚPLICA ANTE LA ANGUSTIA

    Señor, escucha mi oración;
    tú que eres fiel, atiende a mi súplica;
    tú que eres justo, escúchame.
    No llames a juicio a tu siervo,
    pues ningún hombre vivo es inocente frente a ti.

    El enemigo me persigue a muerte,
    empuja mi vida al sepulcro,
    me confina a las tinieblas
    como a los muertos ya olvidados.
    mi aliento desfallece,
    mi corazón dentro de mí está yerto.

    Recuerdo los tiempos antiguos,
    medito todas tus acciones,
    considero las obras de tus manos
    y extiendo mis brazos hacia ti:
    tengo sed de ti como tierra reseca.

    Escúchame en seguida, Señor,
    que me falta el aliento.
    No me escondas tu rostro,
    igual que a los que bajan a la fosa.

    En la mañana hazme escuchar tu gracia,
    ya que confío en ti;
    indícame el camino que he de seguir,
    pues levanto mi alma a ti.

    Líbrame del enemigo, Señor,
    que me refugio en ti.
    Enséñame a cumplir tu voluntad,
    ya que tú eres mi Dios.
    Tu espíritu, que es bueno,
    me guíe por tierra llana.

    Por tu nombre, Señor, consérvame vivo;
    por tu clemencia, sácame de la angustia.

    Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
    Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

    Antífona 1ª. En la mañana, Señor, hazme escuchar tu gracia”.

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  • pabloguerez dice:

    Día litúrgico: Jueves después de Ceniza

    Texto del Evangelio (Lc 9,22-25): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día». Decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará. Pues, ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina?».

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