Reflexiones al hilo de las Vísperas de hoy, en la Víspera de la Solemnidad de San José, y Festividad de San Cirilo de Jerusalén (18 de marzo), en relación con el apego a las riquezas y el culto a Dios

marzo 19, 2014 § Deja un comentario


Estimados Lectores:

La lectura y el rezo de las Vísperas de hoy no me ha dejado indiferente, sobre todo por el tiempo que en que vivimos. Si actualidad es sorprendente. Vivimos en unos tiempos en el que el dios Dinero parecer haber ganado la partida a todos los ídolos construidos por el hombre, no digamos a los dioses. En plena Cuaresma, nunca más que hoy el hombre del Primer Mundo ha querido caer en la última tentación que el diablo le propuso a Jesús, al cual le llevó a un monte muy alto y, enseñándole todos los reinos de la tierra, le dijo: “Todo esto te daré, si te postras ante mí, y me adoras” ( el que quiera buscar la cita, que la busque). Así que vaya por delante todo mi aborrecimiento hacia las conductas, incluidas las realizadas por miembros de organizaciones religiosas o sectas que dicen pertenecer a la Iglesia Católica, cuando pretenden servir a Dios y al dinero, o incluso en orden inverso. En mi humilde, pero creo inspirada opinión, la Santa Sede, bajo la guía de los pontífices Juan Pablo II y, sobre todo Benedicto XVI, no hicieron mucho en el sentido de convencer a la gente sobre los beneficios del consejo apostólico de la pobreza. Guiados por los criterios del mundo y de la eficacia, quizá se ocuparon más de hacer espectáculo, o propaganda, que de llegar a los corazones de la gente. Siendo algo más rigurosos, es verdad que el beato Juan Pablo II, con la publicación en 1982 de su encíclica “Octogesimo Anno”, lejana de la tibieza del papa León XIII cuando escribiera, no sin cierto mérito, por primera vez, su encíclica que inaugurara la llamada “doctrina social de la Iglesia”, condenó, con palabras muy contundentes, los excesos del capitalismo. Problema de entonces, ya “resuelto”: el comunismo, o, mejor dicho, el socialismo real; los regímenes socialistas todavía constituían un problema, había que desembarazarse de ellos y, desde mi humilde punto de vista, esta consideración  geopolítica, que ya no puede ser tenida en cuenta, primó sobre lo evangélico en la redacción de la encíclica del beato Juan Pablo II, si Dios quiere, próximo santo declarado precisamente por el papa Francisco, un pontífice éste con una trayectoria humana y vital distinta, no procedente ni del Primero ni del extinto “Segundo Mundo”, con sus intereses geopolíticos y de “realpolitik” tan definidos, quien ha declarado en varias de sus homilías, refiriéndose al sistema económico -es decir, el sistema de producción y distribución de riqueza material- que “estamos ante un sistema injusto en su raíz”, pues está basado en la codicia humana. Conviene recordarlo todas las veces que haga falta, especialmente frente a las voces contrarias del pensamiento único del mundo en sentido contrario, pensamiento que se “coló” también, por qué no, en la Iglesia Católica desde hace demasiado tiempo; tanto, que cuando el cardenal Bergoglio fue proclamado Papa el 13 de marzo del año pasado, mucha gente de buena voluntad nacida y crecida bajo los principios cristianos había abandonado ya la Iglesia. La respuesta del papa en su homilía de aquel día fue desconcertante y motivadora para todos, creyentes y no creyentes. Se refirió precisamente a estos últimos, quienes, por curiosidad o por otros motivos habían acudido a la Plaza de San Pedro y los bendijo, diciéndoles que, aunque ellos no creyeran en Dios, el rezaría por ellos, y que eran Hijos de un solo Padre. Desde aquella primera homilía se mostró el talante humilde, conciliador, antidogmático y aperturista del nuevo Papa.

El 18 de marzo la Iglesia Católica conmemora la Festividad de San Cirilo de Jerusalén, obispo y Doctor de la Iglesia, famoso por sus Catequesis sobre la Creación, el hombre y la mujer, y la Redención. Mi interés se detiene, al modo del que realiza ejercicios espirituales, en las Catequesis del Santo relativas a la Creación en el Paraíso Terrenal, cuya lectura no debe conducirnos a una ver una inferioridad ontológica o normativa, o de Derecho divino, de la mujer con respecto al hombre, con consecuencias teológicas importantes; el Libro del Génesis es hijo de su tiempo, aunque esté inspirado por el Espíritu, y no es ajeno a los arquetipos y a las estructuras socioantropológicas de su época. En este sentido, la presunta “inferioridad femenina” que algunos cristianos o judíos extremistas pretenden deducir del relato de la Creación carece de fundamento teológico; en el relato de la Creación narrada en el Génesis debe verse el simple retrato histórico de una sociedad patriarcal como la sociedad israelí -como todas, o casi todas las de la época- del siglo XIII antes de Cristo, que es la época en la que más o menos está fechado el Génesis. Pues bien, como este es un blog crítico, en el que trato de complementar lo que creo que es complementario, razón y fe, digo desde ya que la Iglesia debe revisar su doctrina sobre el papel de la mujer y la moral sexual. No lo digo yo, lo ha dicho el papa Francisco en varias homilías, del mismo modo que antes he querido referirme a sus afirmaciones sobre el sistema económico actual, que, llamando las cosas por su nombre, como hace el papa Francisco, ha considerado como “un sistema injusto en su raíz”. Ya no hay “amenazas comunistas”. El sistema capitalista parecería revelarse, para el pensamiento único neo o ultraliberal, como el único sistema “válido” para la producción y distribución de bienes y servicios. Y yo sostengo lo contrario, pese a mi déficit de formación económica. No es así. Es posible un sistema de distribución y redistribución, sí, de redistribución de la riqueza -aunque a muchos, especialmente en los Estados Unidos, no les guste esta palabra-, justo, que no suponga una vuelta al socialismo real, sino que se base en la justicia social un reparto solidario de la riqueza, complementado por la caridad individual y a nivel de la sociedad civil. Todavía creo que ello es posible, si bien los actores socioeconómicos estén por determinar. Dicho esto, mi absoluta repulsa y condena hacia las conductas -no hacia las personas- que no dejan de aferrarse al dinero como ídolo, sin renunciar a Jesús. O no he entendido el Evangelio, o lo he entendido demasiado. Tales conductas no son agradables a Dios, y a las personas que las realizan no las va a amparar el hecho de que pertenezcan, por ejemplo, al Opus Dei -donde he conocido a personas formidables, pero también a malas personas-, ni siquiera a la Compañía de Jesús, o se trate de personas, como se decía antes “de misa y comunión diarias”. Lejos de juzgar, y refiriéndome únicamente a la conducta material externa, bien puede decirse que alguna de esta gente peca de caer en la segunda tentación que el diablo propuso a Jesús, llevándolo desde el desierto donde se retiró a ayunar y a orar durante cuarenta días y cuarenta noches, a lo alto del alero del templo de Jerusalén: “Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en tus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras” (Mt 4, 6). Y el Señor le dijo: “También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios” (Mt 4,7). Es decir, en palabras llanas, no utilizarás al Señor, no te servirás de Él como instrumento. No utilizarás Su nombre para tu propio beneficio. Y eso pasa por un examen de conciencia de todos nosotros: ¿en verdad recurrimos a Dios para utilizarle, o simplemente le adoramos y nos abandonamos a Él con la confianza de un niño? En la sociedad actual, no cabe duda de que una buena parte de la Iglesia, y muy en particular de las organizaciones descritas, pretenden utilizar a Dios como instrumento. Dios como tarjeta de visita, por ejemplo, para un hombre que ya ha “triunfado” en la sociedad según los criterios del mundo, y que a lo mejor pertenece, aun de buena fe, a alguna comunidad cristiana socialmente reconocida, como “la Obra”, la Acción Católica, el Movimiento Neocatecumenal, Emaús, o muchas otras. La única tarjeta de visita del cristiano es la cruz. Todo lo demás sobra. Y entiéndaseme bien. Con ello no pretendo, ni mucho menos, negar la importancia e incluso el efecto benéfico de los movimientos o asociaciones de la Iglesia, ni mucho menos criticar en general las actitudes de muchos de sus miembros, algunos de los cuales han tenido para mí un efecto benéfico especial y les considero excelente personas, especialmente los procedentes de los movimientos mencionados de la Historia de la Iglesia más “modernos”, y que se caracterizan por la mayor presencia de seglares; todo depende de cómo o para qué se esté en ellos; si para servir a Dios o para servir al mundo o servirse a uno mismo; si para la gloria de Dios o para la propia.

Volviendo al santo de hoy, San Cirilo de Jerusalén, habla de la igual dignidad del hombre y de la mujer ya en el siglo IV, especialmente en relación con el matrimonio. Antes de que los grandes concilios relegaran el papel de la mujer a mero sujeto pasivo de la liturgia católica. Ya he expuesto algo de mi pensamiento con respecto a esto anteriormente. Por ello no me interesan mucho las catequesis actuales sobre el matrimonio católico. Deberían actualizarse. Me interesa sin embargo un aspecto también tratado por el santo, relativo al discernimiento de la voluntad de Dios. Y es que el hombre -entendiendo ahora hombre como ser humano- se de cuenta -especialmente estos tiempos de Cuaresma son particularmente propicios para ello-, puede estar llamado al matrimonio, al sacerdocio, o a cualquier otra Misión que el Señor quier encomendarle. De momento, no sé lo que el Señor quiere de mí. Quizá no quiera que yo tenga una relación con una mujer, a nivel de novia o de flirteo, relación que NUNCA he tenido: ¡por favor, las chicas, sobre todo las que me conozcan, que puedan desmentir esta afirmación, o las que piensen que yo merezco estar con una mujer, que lo digan expresamente en este blog, aun bajo pseudónimo, por el Amor de Dios!

No obstante, si Dios no me llama por el matrimonio o por una relación estable con una mujer, lo entenderé -en el fondo, la biología nos enseña que las mujeres, y ello no desmerece su dignidad, sino que hace justicia a la evolución, buscan en un hombre seguridad, y yo no puedo dársela; al menos, en este momento, a nivel biológico y humano; a nivel de fe, nada es imposible-, y diré, “hágase, Señor, según Tu Voluntad”. Y que el Espíritu Santo, aceptando lo que puede ser una vocación a la pureza, me dé paz y alegría como frutos verdaderos de Su presencia en mí.

Ahora voy con las Vísperas de esta noche, Vísperas del Propio de de San Cirilo de Jerusalén, y Vísperas de la Víspera (valga la redundacia) de San José, especialmente bonitas e instructivas respecto a la relación del hombre con las riquezas.

Invitación inicial

V:/ Dios mío, ven en mi auxilio.

R:/ Señor, date prisa en socorrerme

Gloria al Padre, al Hijo, y al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Himno

Salmo 48-I: Vanidad de las riquezas

Antífona. No podéis servir a Dios y al dinero.

Oíd esto, todas las naciones,

escuchadlo, habitantes del orbe:

plebeyos y nobles, ricos y pobres;

mi boca hablará sabiamente,

y serán muy sensatas mis reflexiones;

prestaré oído al proverbio

y propondré mi problema al son de la cítara.

¿Por qué habré de temer los días aciagos,

cuando me cerquen y acechen los malvados,

que confían en su opulencia

y se jactan de sus inmensas riquezas,

si nadie puede salvarse

ni dar a Dios un rescate?

Es tan caro el rescate de la vida,

que nunca les bastará

para vivir perpetuamente

sin bajar a la fosa.

Mirad: los sabios mueren,

lo mismo que perecen los ignorantes y necios,

y legan sus riquezas a extraños.

El sepulcro es su morada perpetua

y su casa de edad en edad,

aunque hayan dado nombre a países.

El hombre no perdura en la opulencia,

sino que perece como los animales.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo,

como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Antífona: No podéis servir a Dios y al Dinero.

Salmo 48-II

Antífona: “Atesorad tesoros en el Cielo”, dice el Señor.

Éste es el camino de los confiados,

el destino de los hombres satisfechos:

son un rebaño para el abismo,

la muerte es su pastor,

y bajan derechos a la tumba,

se desvanece su figura,

y el abismo es su casa.

Pero a mí, Dios me salva,

me saca de las garras del abismo

y me lleva consigo.

No te preocupes si se enriquece un hombre

y aumenta el fasto de su casa:

cuando muera, no se llevará nada,

su fasto no bajará con él.

Aunque en vida se felicitaba

“Ponderan lo bien que lo pasas”

irá a reunirse con sus antepasados,

que no verán nunca la luz.

El hombre rico e inconsciente

es como un animal que perece.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo,

como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Antífona: “Atesorad tesoros en el Cielo”, dice el Señor.

Apocalipsis 4,11; 5, 9. 10.12: Himno de los redimidos

Antífona: Digno es el Cordero degollado de recibir el honor y la gloria

Eres digno, Señor, Dios nuestro,

de recibir la gloria, el honor y el poder,

porque tú has creado el universo;

porque por tu voluntad lo que no existía fue creado.

Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos,

porque fuiste degollado

y con tu sangre compraste para Dios

hombre de toda raza, lengua, pueblo y nación;

y has hecho de ellos para nuestro Dios

un reino de sacerdotes,

y reinan sobre la tierra.

Digno es el Cordero degollado

de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría,

la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo,

como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos, Amén.

Antífona: Digno es el Cordero degollado de recibir el honor y la gloria.

(Se omiten las preces y la breve Oración final)

Magnificat

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador,

porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí.

Su Nombre es santo,

Y su Misericordia llega a sus fieles de generación en generación.

Él hace proezas con su brazo,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes.

A los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, si siervo, acordándose de su Misericordia,

como lo había prometido a nuestros padres,

en favor de Abrahám y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo,

como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

V./El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal, y nos lleve a la vida eterna.

R./Amén.

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