VICTIMIZACIONES (I): SOBRE LA MORALIZACIÓN DE LA PSIQUIATRÍA O LA MEDICALIZACIÓN DE LA MORAL. UNA CRÍTICA DESDE LA EPISTEMOLOGÍA DE AMBAS DISCIPLINAS Y DESDE UNA TEORÍA DEL DERECHO LIBERAL

abril 7, 2014 § 8 comentarios


 

Nota introductoria: Este artículo aparecerá publicado en breve con algunas referencias científicas acreditadas, las mínimas necesarias para conservar su fluidez. Sin embargo, por la importancia y la urgencia del tema, he considerado publicarlo AHORA.

 

Dedicado al Dr. Josextu Linaza, hombre comprensivo y que huye de moralizaciones inútiles

Dedicado a los sexólogos Juan Lezárrga y Paula Cajide, sexólogos más ocupados en hacer disfrutar que en condenar

 

  1. Pliego de descargos e introducción

 

Como avisé en anteriores ocasiones en otros posts, uno de los principales objetivos del mismo sería la descripción, análisis y crítica de los procesos de victimización entendida ésta en sentido amplio, es decir, no sólo como victimización criminológica, sino como victimización social, en el contexto del sistema socio-político actual. Hasta ahora muchos de mis posts han versado sobre contenidos relacionados sólo de manera coyuntural con el fenómeno mismo de la victimización, habiéndome centrado más bien en sus efectos y, sobre todo, en la descripción, análisis y crítica del contexto histórico-social, identificado con el sistema económico capitalista global. A partir de ahora, es mi intención, si Dios quiere, centrarme en el estudio de los procesos de victimización de manera directa, así como en el fenómeno de la victimización amplia en general, tal y como yo la entiendo, es decir, como victimización social.

El objetivo de este post es poner de manifiesto y, con ello, denunciar –o alertar críticamente- un estado de cosas en el que se dan varios de los elementos cuya consideración conjunta me movió a abrir este blog: por una parte, el proceso de victimización, entendido como proceso por el cual una persona se convierte en víctima, con todo lo que ello conlleva –y ya lo veremos de manera más detenida en el siguiente post-; el fenómeno del “blaming”, es decir, el desencadenamiento de un juicio de reproche o de culpabilidad hacia la propia víctima precisamente por serlo, bien porque se le atribuya a ella competencia o libertad frente a su situación, bien porque pretenda generarse un deber positivo hacia la misma de salir de su situación, que en principio es reconocida como involuntaria por parte de los agentes sociales involucrados. Los sujetos activos que promueven el “blaming” pueden ser muy variados –puede haber un “blaming” difuso procedente “del clima social” o de la sociedad, pero generalmente procede de profesionales pertenecientes a la propia casta que ha contribuido a generar el proceso de victimización. En el caso que nos ocupa, ahora, de los psiquiatras (entendidos en su conjunto, como casta o clase y no como personas individuales, pues puede haber excepciones).

En cuanto a la metodología de análisis y al estilo de escritura, quiero poner de manifiesto desde ya que, precisamente por la importancia y la urgencia de una discusión como la que voy a plantear, y por el hecho de que la misma se plantee en un blog, voy a prescindir de utilizar un lenguaje demasiado técnico; al mismo tiempo, las referencias en el texto se harán sólo en la medida en que las considere imprescindibles y de modo somero, aun a sabiendas de la pérdida de rigor. Y es que esto no es un texto académico, sino un post en un blog, lo cual me permite algunas licencias que, sin dejar de advertir de ellas al lector, considero que contribuirán a dejar más claro mi mensaje para todos, al tiempo que puedo abordar otras cuestiones de urgencia y actualidad relativas directa o indirectamente al fenómeno de la victimización. Quién sabe si sobre este texto volveré en el futuro para desarrollar mis reflexiones en otro formato, por ejemplo, en un artículo académico. De momento, tómese como lo que es, un post o, si se quiere, un paper, con una tesis fundamental, por otra parte nada nueva, que pretende defender.

 

  1. El contexto: qué entiendo por moralización de la Psiquiatría

Cuando hablo de “medicalización de la moral” o de “moralización de la psiquiatría”, me refiero a un proceso que se ha ido generando en dos sentidos, pero, fundamentalmente, en uno: la Psiquiatría académica se ha “moralizado”, si se me permite el juego de palabras, en el peor de los sentidos.  Al hablar de moralización de la Psiquiatría no me refiero al hecho de que ésta tenga una (a mi juicio una todavía muy deficiente) deontología profesional, todavía anclada en un paternalismo caduco al cual se oponen no ya sólo las consideraciones ético-valorativas que conforman nuestras sociedades modernas e impregnan los ordenamientos jurídicos de las mismas, sino la propia legislación positiva, pues los nuevos presupuestos bioéticos en materia de derechos de los pacientes, fundados en un nuevo modelo de relación médico-paciente, basada en el respeto al principio de autonomía como principio fundamental, aunque admita matizaciones, han dado lugar, como he apuntado, a la aparición de Leyes de Autonomía del Paciente (como por ejemplo, la Ley 41/2002, básica reguladora de los derechos y deberes de los pacientes en materia de obligaciones y documentación clínica, así como las respectivas Leyes autonómicas que también se han promulgado en nuestro país sobre esta materia). Tampoco me refiero al hecho de que la Psiquiatría “científica”, por el hecho de serlo, deba dejar de considerar el objeto de su “ciencia”: “?”, al margen de una concepción socioantropológica del ser humano compatible con una visión humanista del mundo y del hombre en el mundo. Más bien todo lo contrario: cuando hablo de moralización de la Psiquiatría me refiero al hecho constatado, tanto a nivel, podríamos decir, “normativo” (en el sentido de que en la descripción de su objeto –según ella misma, si seguimos el DSM-V como “la Biblia de los Psiquiatras”, los “trastornos mentales”), como a nivel de su práctica clínica ha incorporado –ya lo hizo en su origen, pero ahora lo hace con mayor sutileza y, por tanto, con mayor peligro-, aunque pretenda defenderse de esta acusación, criterios morales. Ello es así, en el nivel “dogmático”, desde el momento en el que, por ejemplo, en el DSM-V, la morfología de respuesta –que de por sí nada indica con respecto a la etiología del supuesto trastorno, como acertadamente critican algunos psicólogos conductistas- no se ve privada de acudir a comportamiento antiguamente o tradicionalmente considerados como “desviados”. Ello sucede, sobre todo, en los apartados dedicados a los trastornos sexuales –sobre todo a las parafilias, que siguen manteniéndose en el texto del DSM-V, contra el criterio de muchos expertos en Sexología-, y en el apartado dedicado a las adicciones, en el que por primera vez se incorporan toda una serie de conductas presuntamente socialmente indeseables, muchas de las cuales obedecen a la aparición de nuevas realidades –como la adicción a Internet, el cual es visto con sospecha, cuando no con claro rechazo, sobre todo cuando “el sujeto adicto” pretende desplazar, en importancia, no de hecho –me refiero a pacientes no psicóticos- ¡la realidad virtual por la real. Pues bien, si eso no le ocasiona conflictos, no hay ningún problema: ¡el escapismo y la fantasía han sido siempre conductas naturales en el ser humano, y la invención de realidades alternativas una constante desde la misma invención del arte! -. Otra cosa es que el sujeto que lo desee (y lo subrayo porque en la mayoría de las ocasiones la voluntad del paciente psiquiátrico, totalmente cabal, es menospreciada por el entorno social y, lo que es más grave, por muchos psiquiatras, y también por algún psicólogo) no consiga desconectarse de Internet, pero ahí lo relevante no será Internet, sino la función que cumplan las sesiones de conexión a la red para el individuo en cuestión, en la medida en que éste haya generado una dependencia. Para esto no hace falta crear una nueva categoría de “trastorno mental”, sino simplemente reconocer que el ámbito de las adicciones es mucho más amplio que el originalmente pensaron los psiquiatras, el ámbito de las adicciones a sustancias. Es significativo a este respecto que la ludopatía, por ejemplo, haya cambiado su anclaje en el ámbito de los “trastornos del control de impulsos” y se haya “colocado” en el ámbito de las adicciones: en todas las adicciones hay un componente compulsivo, consistente en la imposibilidad del sujeto de evitar la conducta adictiva, da igual en qué consista ésta. Y la Psiquiatría haría mejor servicio a la atención de los pacientes adictos investigando más sobre las bases neurofisiológicas y neuroquímicas de las adicciones, de acuerdo con los modernos descubrimientos en Neurociencias, y recetando en consecuencia sustancias propicias a aumentar el control por parte del sujeto de sus funciones ejecutivas debilitadas por las pautas adictivas, que “jugando a ser psicólogos” y montando terapias individuales o de grupo basadas en conocimientos de primero de Psicología, como el control de estímulos perpetuo o el control aversivo. A algunos incluso el control de estímulos seguido de un tratamiento progresivo de exposición y prevención de respuesta les viene demasiado grande.  Para eso, ¡y para mucho más! ya están los psicólogos. Los buenos, claro está. Y cuidado: ello no significa que el psiquiatra deba replegarse dentro de su “autoridad prescriptiva” y ponerse a recetar precisamente como recetaría cualquier paciente psicótico suyo. Y mucho menos que pueda seguir realizando técnicas que, aunque legales en varios países, constituyen un verdadero atentado a los derechos humanos, como el TEC o la lobotomía prefrontal, así como otros “experimentos” con el bisturí sobre el SNC (por ejemplo, una resección de la amígdala para pacientes psicópatas peligrosos) realizados por algunos llamados psicocirujanos, que más valdría calificar como carniceros del cerebro. La Historia ya nos ha enseñado bastante a dónde pueden llegar los psiquiatras si se les deja y, en este sentido, el descubrimiento casual de los fármacos neurolépticos supuso un alivio para muchos pacientes que ya estaban en el corredor de la lobotomía.

Hace no mucho nos comentaba en un acto homenaje a su carrera el Prof. Juan Antonio Carrobles, pionero en la introducción de la psicología conductista en España y, en general, en la introducción de los estudios de Psicología como disciplina autónoma, un caso que se le presentó cuando trabajaba en Inglaterra. Las autoridades sanitarias le llevaron a una paciente diagnosticada de TOC severo más agorafobia que iba a ser lobotomizada en breve, y él, estupefacto, les dijo que se haría cargo de la paciente. Al cabo de unos pocos meses contaba que la remisión de todos los síntomas de la paciente era casi completa, y no interfería de manera significativa en la realización de sus tareas cotidianas, pudiendo ésta salir a caminar, ir de compras y vamos, hacer una vida normal.

 

  1. La moralización de la Psiquiatría “grave”

 

Ahora voy a hablar de lo que sí que entiendo yo por moralización de la Psiquiatría en sentido estricto, y que me parece un error gravísimo que nuestras presuntamente “avanzadas” sociedades no deberíamos consentir. Moralizar la psiquiatría significa hacer juicios morales, sí, a nivel de descripción genérica o de “tipificación” de las conductas subsumibles bajo las más de trescientas categorías reconocidas de “trastornos mentales”, incluyendo todas sus variantes. Pero significa, sobre y ante todo, hacer juicios morales durante el tratamiento. Esta conducta, presente en la práctica clínica de numerosos psiquiatras con los que he tenido el privilegio, por distintas razones, de confrontarme, es profundamente antiterapéutica. Pero sobre todo, dicho en un lenguaje que todo el mundo pueda entender,  confunde los churros con las merinas. No es función del psiquiatra hacer juicios morales en terapia. Éste debe abstenerse de todo juicio moral, en primer lugar, por respeto al paciente y a la propia deontología médica; pero sobre todo, porque no le corresponde. Esta cuestión no es baladí, ya que, al introducir el psiquiatra juicios morales en la terapia, está realizando, lo sepa o no, un “blaming” contra el paciente, y ello por una razón de lógica, además de por razones deontológicas: si se considera al paciente “enfermo mental”, no se le puede –ni debe- juzgar por ello, precisamente porque, en buena Filosofía moral,  el que tiene sus facultades mentales alteradas –y da igual cuales sean, normalmente los psiquiatras se suelen referir a conceptos tan poco científicos como la “voluntad”-, no puede –o al menos no puede hacerlo de la misma manera que la persona sana- ser objeto de reproche, precisamente porque o bien su conciencia, o bien su voluntad, o ambas, están, al menos en parte, mermadas por su enfermedad. Muchas veces se dice a los pacientes psiquiátricos “menores” –entendiendo aquí por menores todos aquellos que no padezcan con frecuencia síntomas psicóticos, lo que antes se llamaba, incluso por el Derecho, “locura”-, que “pongan de su parte”. Pero lo peor no es esto –el sujeto no puede “poner de su parte, en el sentido de poner fuerza de voluntad igual que el sujeto sano”, sino que el “poner de su parte” se convierta en una exigencia no ya del tratamiento –lo cual parece razonable-, sino en una exigencia moral, arrojando el profesional de la salud mental –en este caso el psiquiatra- contra el sujeto enfermo que no hace lo que se le pide (en el fondo, se le exige) todo tipo de amenazas y juicios morales. En concreto, hay dos grupos de pacientes que deben escuchar por parte de sus terapeutas muchas veces frases del estilo “si no te curas es porque no quieres”, “no quieres curarte (y por lo tanto, aunque no se dice, se piensa, haces mal; ¿dónde cabe fundamentar un deber positivo a la curación en un Estado liberal, si no es en la necesidad de que la persona deba ser productiva para el sistema económico?; lo que hay en un Estado que reconoce fundamentalmente el derecho a la salud, pero no un deber de estar siempre en condiciones saludables, en el fondo es un rescoldo de un paternalismo punitivista ajeno a los valores que conforman nuestro Estado constitucional de Derecho), o “fíjate en el mal que te has hecho, o que has hecho a otros”, etcétera, etcétera. Los dos grupos son los pacientes deprimidos y los adictos, da igual a qué, aunque dentro del grupo de los adictos se dan más reproches morales por parte de los terapeutas en aquellos adictos cuya adicción consiste precisamente en lo que antigua o tradicionalmente se consideraba un vicio: así, no es lo mismo un adicto al trabajo o a Internet (salvo que sea al sexo por Internet), que un alcohólico, un drogadicto o un ludópata. Para cualquier lector medianamente inteligente que se haya socializado, por ejemplo, en España, esto resultará sin más evidente. Repare el lector que lo que aquí estoy criticando expresamente no es la existencia de un cierto reproche realizado por cualquiera (aunque esté mal hacerlo), en el sentido antes expresado, por ejemplo, dirigiendo contra el paciente frases como las referidas, u otras más duras, sino el hecho de que este juicio de reproche (que es un juicio moral) sea realizado por el terapeuta (en este caso el psiquiatra). Cuando se da esto, se da precisamente el fenómeno del “blaming the victim”, o doble victimización: el enfermo es víctima por su condición de enfermo y además se le echa la culpa de ello. Las consecuencias psicológicas son desastrosas, pues a veces el sujeto se llega a creer esta mentira y siente una culpabilidad no merececida –al menos completamente-, que en cualquier caso no le va a ayudar en su proceso terapéutico. Y es que, o se es enfermo (se tiene un trastorno mental), o se es culpable (algunos psiquiatras pretenden decir responsable para privar aparentemente a ese término de su componente moral, cuando en realidad se está designando la misma realidad moral.

En Derecho penal se suele enseñar que sólo las personas culpables, suponiendo que exista el libre albedrío -cuestión sobre la que me encantaría disertar, pero seguramente no acabaría nunca-, merecen una pena, y que el fundamento para encerrar, cuando lo consideramos necesario en una sociedad democrática, a las personas que consideramos inimputables, no es su culpabilidad, que no existe, sino su peligrosidad criminal. Y precisamente porque no tenemos claro que exista empíricamente el libre albedrío –más bien las Neurociencias nos estarían dando indicios de lo contrario-, o porque hemos convenido que no nos gusta una sociedad en la que una persona, siquiera la más sana y auotocontrolada, o automotivada para comportarse según las normas, pueda ser hecha responsable completamente por sus actos –por influir en su comportamiento factores involuntarios, tanto internos como externos, sobre los que no es preciso detenerme aquí-, con mayor razón no entiendo, es más, me parece una aberración el hecho de culpabilizar al enfermo. O de que el psiquiatra realice juicios morales en terapia. Los juicios morales pertenecen al terreno de la Filosofía moral y, si queremos, jurídica, pero no al de la Medicina. La Medicina –y esto… ¡qué curioso! lo suelen tener muy claros los médicos “del cuerpo”, es decir, todos, excluyendo a los psiquiatras e incluyendo a los neurólogos, que son los médicos del cerebro y que quizá deberían asumir (y soy consciente de que abro aquí un debate) el papel que ahora desempeñan los psiquiatras como autoridades prescriptivas en cuestión de psicofarmacología, sólo puede realizar juicios clínicos, y éstos deben ser lo más neutros posibles moralmente, sin perjuicio de que en los mismos puedan y deban incorporarse elementos subjetivos relativos a la personalidad del paciente, o a datos más concretos, como su profesión, sus relaciones personales, su situación socioeconómica y, en definitiva, sus propios planes de vida, conforme a los cuales éste quiere conducirse. Todo ello forma parte del juicio de indicación clínica, y aun es posible y deseable, desde mi punto de vista, construir un bien jurídico denominado “salud personal” en cuya configuración cobren un papel decisivo las representaciones valorativas del paciente y sus propios planes de vida conforme a dichas representaciones. Pero esto, como se ve, es garantía para el paciente, y no derecho del médico, y dista mucho de suponer la legitimidad de la realización de juicios clínicos en la terapia. Publicado por Pablo Guérez, PhD.

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§ 8 respuestas a VICTIMIZACIONES (I): SOBRE LA MORALIZACIÓN DE LA PSIQUIATRÍA O LA MEDICALIZACIÓN DE LA MORAL. UNA CRÍTICA DESDE LA EPISTEMOLOGÍA DE AMBAS DISCIPLINAS Y DESDE UNA TEORÍA DEL DERECHO LIBERAL

  • Blanca E. dice:

    Una reflexión realmente interesante aunque bajo mi punto de vista habría que matizar la “culpabilidad” del paciente. Si bien no le considero culpable, sí que le considero responsable de muchas de sus actuaciones; ya que no siempre se encuentra en el punto álgido de la enfermedad o del trastorno. Si un diabético se encuentra en hiperglucemia no es responsable de sus mareos, pero si esta situación se ha producido porque no se ha inyectado la insulina, entonces la perspectiva cambia y habría que valorar el hecho en concreo.

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    • pabloguerez dice:

      Tienes parte de razón, aunque, para empezar, como apunto en el post, habría que empezar por fundamentar el origen del hipotético “deber de sanidad” del paciente. La salud es un derecho, no una obligación. Por otra parte, es indudable que en casi todos -por no decir todos- los llamados trastornos mentales, la propia “fuerza de voluntad” del enfermo se ve de tal manera mediada por la enfermedad -sobre todo en las enfermedades con un importante componente compulsivo, impulsivo o adictivo-, que hace que el enfermo, al menos, no pueda ser considerado culpable al igual que una persona “sana”, sino que su situación debería tenerse en cuenta para valorar una culpabilidad atenuada, con una atenuación incluso muy cualificada. En cualquier caso, lo que quería poner de manifiesto, en primer lugar, es que el enfermo bastante tiene con lo que tiene, y, en segundo lugar, pero no por ello menos importante, sino más, es que el lenguaje del reproche no pertenece a la Medicina, sino a la Ética, a la moral social -si queremos-, a la Filosofía, a la Religión y a la Teología, e incluso al Derecho, incluyendo el propio Derecho Penal, cuyos especialistas -entre los que tengo el honor de contarme-, nos debatimos encarecidamente por fundamentar una culpabilidad penal individual incluso en el caso de personas sanas, comenzando con dar entrada en las discusiones sobre teoría del merecimiento de la pena a cuestiones tan clásicas como la cuestión -nada más y nada menos- de si existe o no el “libre albedrío”, cosa que parecen negar los descubrimientos de los neurocientíficos, a partir de Libeth en adelante. Otra cosa es que creamos en él desde una determinada concepción de la moral o de la religión. Pero eso me pasa por no haber incorporado referencias bibliográficas mínimas que tengo pendientes de incorporar. Gracias por tu comentario. Un saludo, Pablo.

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    • pabloguerez dice:

      Por cierto, que la palabra “responsabilidad”, como comento en el artículo, muchas veces no hace más que designar el mismo objeto de la culpabilidad, es decir, un juicio de reproche. Por supuesto que en el Derecho cabe una responsabilidad objetiva, por riesgo, y sería saludable también que ello cupiera en la vida social sin reproche. Ejemplo superclásico en Derecho Penal, en una variante: el esquizofrénico que rompe un valioso jarrón chino de la dinastía Ming no es culpable de su actuación, pero puede ser razonable que lo pague en virtud de que la acción procede de su ámbito de control o de riesgo, en un modelo de sociedad liberal en la que se distinguen claramente esferas de responsabilidad individual. Es algo que todavía no he desarrollado en el post. Por cierto, en un modelo de sociedad más “socialdemócrata”, también podría ser razonable que el jarrón lo pagásemos entre todos. Se trata de una cuestión de configuración social y de decisión política de atribución del riesgo que el legislador traduce en reglas concretas, más o menos razonables, de atribución, bien sean éstas civiles o de otra índole.

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  • Pablo dice:

    Pablo…muy interesante tu artículo. Justamente estoy escribiendo hace un tiempo algo sobre esto, pero más que nada sobre los modos asistencialistas y paternalistas de atención, que, en el fondo, victimizan.
    Pienso seriamente en la cuestión de la victimización desde el punto de vista que se objetaliza al sujeto. Sujeto al que, por lo menos en las demandas que a la salud refieren, se lo despoja de su padecer, quedando este en manos del especialista. Allí donde el individuo sufre es donde se lo vacía, y en su lugar, se instaura un nuevo sentido, construido por el portador de un saber. Allí donde se victimiza, se desubjetiva. Y creo que lo que victimiza (en relación a la objetalización) en cierta parte es que las intervenciones y lecturas diagnósticas (entre mil cosas más) se apoyan en una idea de bienestar. Se cree saber que es lo mejor para todos (Salud está plagado de programas “para todos”).
    Es aquí donde la diferencia que hace de esencia al sujeto se pierde en las intenciones masificadoras de bienestar.
    Cuando los modos asistenciales intervienen sobre el sujeto, lo despojan inmediatamente de cualquier posibilidad de implicancia en su dolor, ya que se lo supone desvalido como para afrontarlo y a su vez, la inaccesibilidad del saber técnico lo deja por fuera de la gestión de su propia salud. No se genera responsabilidad (lo que promovería un modo autogestivo de tratamiento -sujeto parte de su tratamiento / cura) sino culpa (por lo que padece o por seguir padeciéndolo), y se instala una instancia de control y cumplimiento con ciertas normas externas.
    Por último, y con respecto a todo esto, dejo una cita de Canguilhem que me parece muy interesante: “Hay medicina ante todo porque los hombres se sienten enfermos. Los hombres sólo secundariamente, porque hay una medicina, saben que están enfermos”.
    Perdón por lo extenso de mi comentario.
    Un saludo de Pablo para Pablo.-

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    • pabloguerez dice:

      Estimado Pablo: no tienes que pedir perdón por lo extenso de tu comentario, sino todo lo contrario. Me ha agradado mucho que alguien haya leído un post como el que publiqué en su día sin referencias bibliográficas y se lo haya tomado tan en serio como para realizar las profundas reflexiones que he acabado de leer. Te informo que tengo intención de republicar mi post, incorporándole algún aparato bibliográfico médico y jurídico -lo justo-. Tienes razón a mi juicio cuando hablas de que todavía entendemos -o nuestra sociedad- entiende la salud bajo un prisma objetivo, cuando los propios médicos todos los días saben que esto no puede ser así, sencillamente porque ya para la formulación del llamado juicio de indicación terapéutica -que no es un juicio jurídico, sino técnico- hay que tener en cuenta circunstancias o aspectos subjetivos del paciente, entre los que se han citado, por autores de Medicina Legal y de Derecho médico, la profesión del paciente, su modo de vida, y, sobre todo, sus preferencias valorativas de acuerdo con su esquema de valores, especialmente en los casos difíciles en los que es muy difícil poner en la balanza lo que es “objetivamente mejor” (the best interest) para el paciente. Precisamente en mi tesis doctoral, de la que surgió la monografía que tengo publicada en Thomson/Reuters/Civitas-Aranzadi, “El tratamiento médico curativo y su licitud: el papel del consentimiento del paciente”, Navarra, 2012, me ocupé, desde el punto de vista del Derecho, pero también de la moral social y de la Psicología social, de la cuestión de la “reconfiguración” del bien jurídico “salud”, entendiéndolo como “salud personal”, en cuya configuración debemos tener en cuenta las preferencias valorativas personales del paciente, de acuerdo con sus propios planes de vida. La salud, entendida en este sentido como bienestar objetivo/subjetivo, tiene mucho que ver con el derecho de autodeterminación del enfermo, que no es otro que el derecho de autodeterminación de la persona, sin necesariamente confundirlo conceptualmente con éste. Te regalaría el libro, con la advertencia de que, al modo de los medicamentos, es un potente somnífero que hay que tomar en dosis limitadas, si no fuera porque no tengo dinero ni para comprar mi propio libro con el 15% de descuento que me hacen a mí como autor. En cualquier caso, mi tesis doctoral, cuya redacción es manifiestamente mejorable por estar llena de erratas y errores, y, sobre todo, no incorporar algunas referencias interesantes del ámbito de la psicología y de la medicina, así como consideraciones socioantropológicas (pese a ello, todavía me extraña que obtuviera el Premio Extraordinario), está disponible en la web para el público en general, con el título “Presupuestos de la licitud-jurídico penal del tratamiento médico curativo: el papel del consentimiento del paciente”.

      Igualmente, un saludo del otro Pablo para el primero, y gracias por tu comentario.

      Pablo

      PD. Si me lo permites, me gustaría volver a publicar tu comentario cuando retome el texto y le dote de un breve aparataje bibliográfico en este mismo blog. Muy interesante y certera la cita de Canguilhem, que me recuerda a algunas ideas de Comfort, Gregorio Marañón o Savater.

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  • Pablo dice:

    Acabo de bajar tu artículo. Será cuestión de ponerse a leer.

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  • Thanks for being so helpful as a blogger and leader in the field.

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