CREE, Y VERÁS LA GLORIA DE DIOS

abril 20, 2014 § Deja un comentario


 

Cuando lo corruptible se revista de inmortalidad, se cumplirá lo escrito: la muerte ha sido aniquilada definitivamente. ¿Dónde queda, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde queda, oh muerte, tu aguijón? (1 Cor 15, 58)

 

 

¡JESUCRISTO HA RESUCITADO! Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya (de la antífona de las Laudes Solemnes de Pascua de Resurrección)

 

 

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Estaba al alba María, llamándole con sus lágrimas. Vino la Gloria del Padre y amaneció el primer día. Envuelto en la blanca túnica de su propia luz divina -la sábana de la muerte dejada en tumba vacía-, Jesús, alzado, reinaba; pero ella no lo veía. Estaba al alba María, la fiel esposa que aguarda. Mueva el Espíritu al aura en el jardín de la vida. Las flores huelan la Pascua de la carne sin mancilla, y quede quieta la esposa sin preguntas ni fatiga. ¡Ya está delante el esposo, venido de la colina! Estaba al alba María, porque era la enamorada. Amén.

  Resurrección1

 

Queridos lectores; familiares, compañeros y amigos:

Esta es la noche más clara del año. La noche en la que la oscuridad se ve derrotada por la Luz verdadera. La muerte ha sido vencida para siempre y ya no puede alardear de nada. Porque Jesucristo, el Crucificado, ya no está en el sepulcro. Ha resucitado, como Él mismo dijo y predijeron los profetas del Antiguo Testamento. La muerte ya no tiene dominio sobre Él. Él ha triunfado, porque el Amor es más fuerte que la muerte. ¡Cuánto he esperado este momento, y las palabras que iba a escribir, durante el sufrimiento con el que he acompañado a Nuestro Señor durante los oficios de la conmemoración de Su Pasión y Su Muerte! Todavía no me salen las palabras, y es que la alegría de la Resurrección ha producido en mi alma un gozo inefable. Un gozo que desplaza, siquiera por un momento, todos los sufrimientos y los pesares de mi existencia. Se trata de un gozo que no es de este mundo, pues emana del don de nuestra participación en la misma Gloria de Dios que Él mismo, con Su Resurrección, nos da con plena gratuidad, y que tan sólo nos pide que lo aceptemos en nuestro corazón. Un gozo que –y de esto estoy convencido-, es compartido por millares de personas en todo el planeta, aun por aquellos que viven en medio de terribles sufrimientos, víctimas de la maldad humana, de la guerra, del hambre y de todos los males que las estructuras de poder del mundo han diseñado. Frente a este panorama, la buena noticia de la Resurrección del Señor, proclamada por las campanas de todas las iglesias del mundo, desde las grandes catedrales góticas del Primer Mundo hasta las humildes iglesias de las favelas de Brasil y las iglesias de Filipinas, por poner sólo unos pocos ejemplos, es un mensaje de esperanza para todos. Dios no hace acepción de personas, pero se siente especialmente cercano a los más débiles, a los desfavorecidos, a los pobres, a los miserables, a los enfermos, a los discapacitados, a los más vulnerables, a los niños, a los no nacidos, a los moribundos, a los más inocentes, a los atribulados y a los desesperados por cualquier causa: es decir, a los marginados, a los excluidos por el mundo, a las víctimas; a las personas que más tengo presentes y que motivaron la apertura de este humilde blog.

El mensaje de la Resurrección del Señor es un mensaje de esperanza para toda la Humanidad y para el mundo de hoy, aquí y ahora. Sobre todo para las personas que viven en el mundo, sin ser del mundo. Para aquellos que, lejos de vivir con lo necesario, más bien malviven. Aquellos cuya dignidad está siendo pisoteada por un sistema económico injusto creado por el hombre, el sistema capitalista, el cual, libre de trabas como en el pasado, ha producido un reparto tan desigual de la riqueza del mundo que debe motivarnos a cambiarlo imperiosamente, cada uno con los medios que tengamos, de acuerdo con el mensaje evangélico, que nos manda amar a los demás, atendiendo sus necesidades básicas, reconociendo sus derechos humanos y su dignidad y aliviando sus padecimientos. El capitalismo actual es contrario al mensaje evangélico. Y es que el hombre de nuestro tiempo –especialmente en el Primer Mundo-, habiéndose olvidado de Dios, ha acabado por olvidarse del hombre. El ser humano es tratado como una mercancía y sometido al dios Dinero, al que, como dijo claramente Jesús, no se puede servir si se quiere servir a Dios y contribuir a la edificación de Su Reino en la tierra. Un Reino de paz y justicia, de misericordia y de perdón, donde no quepa la opresión ni la desigualdad. Es una exigencia no sólo de caridad, sino de justicia social. Y ello es así porque Él, en su condición de hombre, aceptó vivir de esta manera: pobre, cercano a los enfermos y a los oprimidos por el mal, criticado, excluido, marginado; y al final, repudiado por los suyos, aceptando, con plena sumisión a la voluntad del Padre, una Pasión dolorosísima y una muerte de Cruz. Por amor. Por amor a nosotros, a ti y a mí. Hasta el final. Para salvarnos.

La Resurrección del Señor no es un acontecimiento milagroso sin más. No es como la resurrección de Lázaro, que después volvería a morir, sino que Jesucristo, una vez resucitado, ya no muere más. Es un acontecimiento cualitativamente distinto, que debe situarse en el centro de nuestras vidas como cristianos. Y para los que no creen en Él, sigue siendo un mensaje de esperanza abierto que siempre puede ser acogido, como la herida abierta en Su costado, de la cual manaron Sangre y Agua, inundando al mundo con Su Misericordia. Pero de los que nos proclamamos cristianos, de nuestro testimonio y de nuestras obras en pro de la edificación del Reino de Dios en la tierra, a través de nuestros actos de justicia y de misericordia, y de nuestra actitud benevolente, iluminada por el Espíritu Santo, depende en muy buena medida que se cumpla lo que escribió San Pablo en su primera epístola a Timoteo, cuando dice que “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2,4). Debemos preguntarnos cuántas veces no nos hemos comportado conforme al Evangelio, cuántas veces hemos obrado en contra de lo que proclamamos como la Verdad. Esta reflexión no debe inducirnos al desánimo, y menos en el día de hoy, pues sabedores de que todos somos pecadores, hoy se nos anuncia la buena noticia de la Resurrección de Nuestro Señor y su victoria. Cristo está vivo y ha vencido, y está entre nosotros, siempre dispuesto a perdonarnos y a interceder ante el Padre por nosotros. Porque si con Su muerte pagó nuestra culpa, con su Resurrección nos ha dado nueva vida: la vida eterna. No sólo nos ha devuelto a la antigua condición originaria de Adán, borrando con Su sangre el antiguo pecado, sino que nos ha hecho partícipes de Su naturaleza divina, haciéndonos Hijos de Dios por adopción: ¡Feliz culpa, que mereció tan grande Redentor!, canta con alegría el Exultávit pascual. La Resurrección de Nuestro Jesucristo es la victoria del Bien sobre el mal, el comienzo del Reino de Dios, la apertura del Cielo para los hombres, el triunfo de la Vida sobre la muerte y el triunfo de un Amor que nunca se acaba. Del Amor de Dios que nos acogerá en su seno como hijos suyos durante toda la Eternidad, haciéndonos eternamente dichosos: ¿Qué más se puede esperar? ¿A qué otra cosa más grande podemos aspirar? Todo esto puede parecernos muy etéreo, muy bonito, sobre todo para los no creyentes. Pero en el fondo se trata de algo muy humano. Es más, se trata del anhelo más profundo del ser humano, el del encuentro con Su Creador y el de la felicidad completa, que en la tierra no podemos alcanzar. Como reza el Exultávit de la Solemne Vigilia Pascual, en esta noche se unen el Cielo y la tierra, lo humano y lo divino, precisamente porque Dios, con Su Encarnación, se ha humanizado, y, con Su Resurrección, nos ha divinizado. Pero por medio de la Cruz; por medio del Amor sin límites, para enseñarnos el Camino. Jesucristo nos ha precedido en un camino difícil, ha elegido un camino muy difícil, que no es el camino del mundo: El camino de la Cruz. Escándalo para los judíos y necedad para los gentiles, diría San Pablo. Pero es el Único camino que puede salvarnos. Para que resucitar hay que morir, hay que pasar por la cruz, por mucho que no queramos, humanamente, y que nos duela. Muchas veces nos sentiremos atribulados, abatidos, derrotados, desesperados por tanto dolor y tanto sufrimiento. Por la incomprensión de los nuestros, por el vacío, por el abandono. Los Salmos más terribles, de muerte y de abandono, se cumplirán en nosotros. Pero todo eso lo experimentó Nuestro Señor. Nosotros todavía estamos en nuestro Vía Crucis, y cargamos con las cruces que nos van llegando en la vida. A veces no podemos con ellas, y caemos bajo su peso. Como Él cayó tres veces bajo el peso de la Cruz durante Su camino hacia el Gólgota. Pero tened fe. Él carga con nuestra cruz. La Resurrección del Señor, muy probablemente, no nos cambiará nuestras vidas, al menos en el sentido en que lo entiende el mundo. No nos dará trabajo, ni nos curará nuestras enfermedades, ni nos devolverá ahora a nuestros seres queridos que hayamos perdido, ni nos quitará las consecuencias de nuestras faltas y de nuestros errores. No nos librará del dolor y de la muerte. ¡Cuántas veces diremos, como Él dijo en Su Oración en el Huerto de los Olivos, “que pase de mí este cáliz, ¡no quiero, no puedo beberlo”! Pero, en medio de tanta oscuridad, en medio de tanto sufrimiento, si creemos el Él, sí nos dará la paz de corazón que nunca nos podrán arrebatar, ni la muerte, ni el pecado, ni el mal, ni el enemigo, así como la fortaleza necesaria para sobrellevar nuestra cruz; todas las cruces que nos lleguen, con perseverancia, sabedores que, si participamos del sufrimiento y de la Muerte de Cristo, también participaremos de Su Resurrección. Como dice una preciosa canción de alabanza que suele cantarse en mi parroquia en la noche santísima de la Vigilia Pascual, “¿De qué alardeas, muerte? ¿Dónde está tu victoria? Y no tienes poder sobre Él. Sólo tres días te lo has llevado, y nosotros lo hemos llorado (…) Amigo mío, alégrate, un tercer día a ti también te llegará”. Él mismo, en la noche en que iba a ser entregado, pronunció las siguientes palabras: “Os he dicho esto para que gracias a mí tengáis paz. En el mundo pasaréis aflicción; pero tened valor: yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33). Y después de resucitar de entre los muertos, se apareció a su Madre, la Virgen María, y a María Magdalena, que habían ido a visitar al alba el sepulcro y lo habían encontrado vacío, y el Ángel del Señor les dio la buena nueva de que Jesús había resucitado de entre los muertos, tal y como Él había dicho. Poco después, Él se apareció a ellas y les dijo: “No temáis; id a avisar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán” (Mt 28, 10). Ésa es la alegría principal del mensaje pascual. Nosotros debemos aceptar la Cruz, pero a la vez, poder contemplar en ella la Gloria de Dios. Y no debemos desesperar. Dios puede hacerlo todo en nosotros, si nosotros le dejamos. Y si es Su voluntad, puede sanar todas nuestras heridas, todas nuestras dolencias, reparar por nosotros todas nuestras faltas y curar todas las enfermedades, físicas y mentales, por mucho que se opongan a ello los incrédulos, especialmente algunos y algunas descreídas médicos -especialmente en el ámbito de la Psiquiatría, que cree comprender en su totalidad el interior del corazón del ser humano y su mente, cuya naturaleza la ciencia apenas ha conseguido vislumbrar; y ello, en el mejor de los casos, a través de la administración de fármacos (que es de lo que suelen saber), y en el peor, a través de psicoterapia (que es de lo que no suelen saber, pues de eso saben más los psicólogos, en general)-. Puede sanarnos y curarnos de todo: de la enfermedad, de la opresión, del egoísmo y del pecado. Para que cantemos Sus maravillas por siempre y la obra que ha hecho en nosotros, y seamos testigos suyos hasta el final. El Dios resucitado es el Dios de los imposibles, cuya Sabiduría ha sido ocultada a los sabios y entendidos de este mundo, y le ha sido revelada a la gente sencilla. Porque si tenemos fe, “para Dios, nada hay imposible” (Lc 1, 37). Dios es un Dios de vivos, y no un Dios de muertos. Jesucristo está vivo y su Espíritu actúa todos los días en el mundo para bien de los que le aman (cfr. Rom 8, 28). Todos los días hay milagros más o menos silenciosos en el mundo, cuya suerte está en manos de la Divina Providencia de nuestro Padre celestial. Quizá Dios no nos quite la Cruz, pero nos mande un Cirineo para ayudarnos a sobrellevarla. No nos haga ricos, pero nos haga encontrarnos con alguien que nos de lo que necesitemos para cada día. En el momento adecuado. Cómo y cuando Él quiera. Y al día siguiente, Dios proveerá. Porque Él vela por nosotros, y nos guarda cada día. Tanto que entregó a su Hijo amado a la muerte y le resucitó por nosotros.  “Porque no me entregarás a la muerte”, reza el Salmo. Mas esto, sin duda asombroso y digno de alabanza, no es lo más importante del mensaje pascual. Pascua significa paso. El paso a una Vida nueva, que se nos otorga gratuitamente y a la que podemos adherirnos siempre que queramos. Lo fundamental es que nuestro Dios está vivo, ha resucitado, y habita en nuestros corazones para siempre; que nos ha dado el agua viva que nos ha renovado por completo y se ha convertido en nosotros en un manantial que brota hasta la vida eterna. Nos ha resucitado a una Vida completamente nueva. Una vida que puede comenzar ahora y está siempre comenzando, porque es eterna y dura para siempre. El Corazón de Jesús no se cansa de amar, y nos lo ha demostrado sobradamente con su Pasión, Muerte y Resurrección.

Cristo se entregó por nosotros. Pero al final el Amor triunfó sobre la muerte, y el Padre le resucitó de entre los nuestros, tal y como estaba escrito. Y El que resucitó a Jesús de entre los muertos, nos resucitará a nosotros, aunque muramos, si creemos en Él. Por tu Muerte y tu Resurrección nos has salvado, Señor. Gracias, Señor, por Tu Resurrección Gloriosa. Gracias, Jesús, por habernos salvado. Por haberme salvado. Feliz Pascua de Resurrección a todos. Cristo ha resucitado: ¡Aleluya!

A continuación os pongo un enlace de la mejor versión, en mi opinión, del Hallelujah de Leonard Cohen, la versión de Jeff Buckley, interpretada magistralmente por la cautivadora y seductora voz de Hannah Trigwell. Es desgarrador, pero, al mismo tiempo, esperanzador. Una música de nuestro tiempo y para nuestro tiempo, donde la luz brilla en la desesperanza. Que lo disfrutéis.

 

 

 

CC0
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A.M.D.G.

 

 

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