Es la Semana de la Octava de Pascua: ¿y ahora qué? Sobre el compromiso en este mundo en crisis

abril 23, 2014 § 2 comentarios


Gloriosa aurora de este nuevo día,
despierta en nuestras almas la alegría
de ver nuestro Señor glorificado,
vencidos ya la muerte y el pecado.

Jesús llena de luz el mundo entero;
de cuantos vivirán, él el primero
entró en la luz de eternas claridades,
glorioso ya sin fin de eternidades.

Torrente de alegría, salte y fluya
el grito jubiloso de aleluya,
los hombres y los pueblos lo repitan,
sus vidas en el Cristo resucitan.

Jesús, presente y vivo en tus hermanos,
acoge nuestras manos en tus manos,
conduce el caminar de nuestras vidas
por sendas de vivir ya redimidas.

Recibe, Padre santo, la alabanza
del pueblo que te aclama en la esperanza
de ser junto a tu Hijo eternamente
reunido por tu Espíritu clemente. Amén.

(Himno de las Laudes Solemnes del día de hoy, miércoles 23 de abril, Solemnidad del Miércoles de la Octava de Pascua; se recita a dos coros)

Jesucristo ha resucitado. Sin embargo, para muchos la noticia, que nos recuerda la liturgia de la Iglesia Católica todos los años, no nos cambie la vida para nada. La mayoría de la población española, después de un período vacacional voluntario o forzoso, a juzgar por las estadísticas oficiales, volverá a sus trabajos, eso sí, este año con mayor miedo a despidos y a condiciones salariales peores que en año anteriores. Una gran minoría, que sigue sin bajar del 27 %, volverá al mundo, después de haber estado retirado de él; y en mi caso, Dios quiera que pueda decir que me cuento entre los que vuelven y están en el mundo sin ser del mundo, como diría el evangelista San Juan. Y descendiendo al mundo, y a la realidad cotidiana, podemos comenzar con un breve repaso de la situación en el ámbito sociolaboral de este país. Como decía antes, una para nada despreciable minoría, entre la que me cuento ya desde hace algún tiempo que ya puede contarse por años, volverá a la conocida por su denominación de “empresa más grande de España”, es decir, el SEPE -antiguo INEM-, y a sus apéndices autonómicos. Otra minoría no despreciable volverá a su situación de exclusión social y a padecer la indiferencia y las burlas de la gente acomodada, pero, sobre todo, de los políticos y, en alguna medida, también de la única casta social que parece haber conservado, pese a sus quejas -que comparadas con el resto de la población no son nada-, unos privilegios decimonónicos mal heredados de la concepción francesa del Estado, y “españolizadas”: me refiero al funcionariado, la mayoría de cuyos miembros nunca serán ricos, pero nunca padecerán la indigencia, y que es sostenida básicamente por la clase trabajadora a través del IRPF y por ricos y pobres a través del IVA, estos últimos mientras sigan pudiendo pagar impuestos o pagar por bienes o servicios. Con ello no pretendo “meterme” con los funcionarios porque sí, o por una presunta corrupción generalizada que no es tal, y sólo se da en capas y sectores determinados, sino sencillamente poner de manifiesto mi concepción de la función pública en el contexto de la sociedad post-post moderna en la que vivimos, y en la que los Estados, y las múltiples -o multiplicadas- Administraciones deben redimensionarse y adaptarse a los nuevos tiempos de crisis, tanto por lo que se refiere a la selección de personal -abandonando el absurdo y memorístico sistema de oposiciones-, como a toda la carrera funcionarial, incluida la posibilidad efectiva de despidos procedentes, como sucede con el resto de los mortales. En cuanto a la casta política, prefiero no opinar, pues no hay mayor desprecio que no hacer aprecio, y ya se ha escrito demasiado sobre ello como para ahondar más. Se encuentra secuestrada por los poderes económicos y así permanecerá hasta que algún acontecimiento lo suficientemente poderoso -no necesariamente violento, pero no lo descarto-, pueda cambiar las cosas. Y ahora que he tratado, en general, sobre las personas “incluidas”, en potencia o en acto, en el sistema, ¿qué decir de la situación de los indigentes, de las personas dependientes, de los discapacitados, de los enfermos, sobre todo cuando se les culpabiliza por su situación, o por no querer salir de ella? De ellos me gustaría ocuparme, D. m., en sucesivos posts, comenzando por retomar mi antiguo post, esta vez enriquecido con referencias bibliográficas suficientes, sobre la medicalización de la moral o la moralización de la medicina, especialmente por lo que se refiere a los enfermos mentales. En cuanto a las personas que sufren la indigencia en España, seguramente ocuparán un lugar en un próximo post, sobre todo en relación con los últimos informes de Unicef y de Manos Unidas sobre la pobreza infantil en España. Es a estas personas, especialmente, a las que hay que llevar la alegría del mensaje pascual dirigido a todos, porque Cristo ha muerto y ha resucitado para todos. Mención a parte merecen las personas afectadas por tantos conflictos armados que se están desarrollando en la actualidad, o cuyas consecuencias padecen, así como las personas que viven en países con situaciones de riesgo de conflictividad; me vienen a la mente las consecuencias de la catástrofe humanitaria en mi querida tierra siria, en Ucrania, en muchas partes del continente africano, donde todavía se desarrollan luchas tribales por el control de mercancías y materias primas cuyos precios se fijan en los mercados occidentales de Londres o Nueva York; la persecución de los cristianos en Liberia, Somalia, Egipto o Nigeria, la violencia que sufre el pueblo venezolano, o la opresión silenciada por el régimen de la República Popular China, por poner sólo algunos ejemplos. Contemplando este panorama, es lógico, y muy humano, que podamos sentirnos desanimados, y preguntarnos dónde está Dios: ¿Dónde está Jesucristo, el Resucitado? ¿Ha vuelto al Padre y se ha desentendido de nosotros? Estas preguntas, lejos de parecer una herejía, son muy sensatas, y la sensación que puedan producir en nuestra alma no tiene por qué ser contradictoria con la alegría del mensaje pascual: los sentimientos humanos son así, hay contradicciones en el alma humana, pero más allá de ello, existe una explicación teológica que quizá, aunque no nos conforte, nos ayude a comprender el por qué de la falta de cambio radical en nuestras vidas, la ausencia de una verdadera resurrección en ellas. Jesucristo mismo dijo que Él nos precedería para abrirnos el camino. Él nos ha abierto el camino por Su Pasión, Su Cruz y Su Resurrección, después de haber sufrido por nosotros un largo y doloroso Via Crucis de ignominia. Nosotros, todavía nos encontramos en nuestro Vía Crucis. Hemos muerto al pecado, pues la muerte de Cristo lo ha borrado y nos ha concedido la gracia de ser Hijos de Dios por adopción; pero para llegar a nuestra resurrección plena hemos de morir, físicamente, como Él murió, después del tiempo de vida terrenal que Él nos quiera conceder. Sin embargo, los que tenemos fe, creemos que en esta vida estamos de paso (paso es precisamente lo que significa la Pascua en su sentido etimológico; pero no es un paso estéril, sino un paso que dé fruto, y fruto en abundancia), y que todo nuestro sufrimiento tiene un sentido, como lo tuvo para Él. Y que con la fuerza del Espíritu Santo, podemos experimentar el gozo de sentirnos amados por Dios y de tener la esperanza de que algún día El que ha resucitado nos resucitará también a nosotros. Si avivamos nuestra fe, cultivándola a través de los medios que Jesús nos propuso y Su Iglesia Universal nos propone hoy, pero, sobre todo, a través de la lectura y meditación de Su Santo Evangelio, podremos tener la fuerza de sentirnos dichosos en esta vida; tanto, como para estar en condiciones de poder vivir en las peores condiciones -tal y como las entiende el mundo-, pues lo único que nos importará será, una vez vaciados de nosotros mismos, de nuestro yo, llevar la noticia de la Presencia de Dios allá donde Sus caminos nos manden y en el estado que Él quiera para nosotros -seglar o sacerdotal, en todas sus variantes-, sabedores de que un día participaremos eternamente de Su Gloria. Sin embargo, esta exigencia, tal y como yo la veo, no puede ser interpretada de manera que caigamos en un reduccionismo simplista, como en otras épocas, es decir, la vocación de todo cristiano a la evangelización reviste una pluralidad de formas y modos, y no se reduce ni a la vida contemplativa -considerada en otros tiempos no muy lejanos, especialmente en nuestro país y desde determinados movimientos religiosos, necesariamente como la vida más excelsa-, ni a la vocación religiosa en sentido estricto (vida consagrada), ni siquiera a una vocación laica misionera, aquí en nuestro país, en nuestro barrio en nuestra parroquia o en el rincón más recóndito sobre la tierra que se nos ocurra. Se trata de una labor que puede realizarse desde muy diversas ocupaciones y desempeñando funciones muy diferentes, pues, de la misma manera que los carismas y los dones del Espíritu Santo son diferentes, también las personas y su vocación en este mundo lo son. Así lo ha querido la Providencia divina, que con dulzura amorosa rige los destinos de los pueblos y guarda a los que temen al Señor.

Dicho esto, y echando un vistazo al mundo, no es difícil que, nuevamente, nos sobrevenga el desánimo. Estando el mundo como está, muchos nos preguntaremos, u os preguntaréis, ¿cómo podemos alegrarnos sin hacer nada? Los cristianos no debemos quedarnos quietos y transmitir el mensaje pascual de esperanza del Señor Resucitado sin más, sino hacerlo presente en la ayuda al prójimo, con quienes debemos sentirnos comprometidos, precisamente como Él quiso, para contribuir a paliar los problemas más importantes y acuciantes del mundo de hoy, como son la extrema pobreza y desigualdad social, el reparto injusto de los bienes derivados de un sistema económico injusto en su raíz y libre de contrapesos como en el pasado, el sistema capitalista, la deuda injusta de los países del Tercer Mundo frente a un Primer Mundo que se ha visto atrapado en su propia deuda, la violencia gratuita y el crimen organizado relativo a delitos “mala in se”, es decir, a crímenes que son malos en sí mismos, conforme al menos a la moral que nosotros sostengamos, y que por ello deben considerarse crímenes contra la Humanidad en su conjunto, a diferencia de lo que está prohibido sólo porque lo decide el legislador -los llamados crímenes quia prohibita-, pudiendo ser el delito moral o inmoral; desde mi punto de vista, éste el caso de muchos delitos contra la propiedad intelectual e incluso contra el patrimonio, de casi todos los delitos contra el orden socioeconómico, desde el momento en que entiendo que este “orden” socioeconómico es injusto, y muchos más. Para cambiar todo esto, y tantas y tantas cosas que me dejo en el tintero, para cambiar el mundo, debemos luchar los cristianos y todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Y, desde el Cristianismo, con la fortaleza y la esperanza procedente de lo Alto que nos da el creer en el Resucitado, El que ya no está en el sepulcro, sino que está entre nosotros, y actúa todos los días promoviendo obras buenas, sobre todo -sin excluir Su intervención providencial directa-, a través de tantas personas y comunidades cristianas que dan su vida por Él en la ayuda gratuita y extrema al prójimo en las parroquias, los servicios de asistencia social de organizaciones religiosas como Cáritas, las organizaciones humanitarias de inspiración religiosa como la Cruz Roja, las Misiones religiosas o seglares en África, América Latina y en los países más desfavorecidos del mundo, o en las parroquias de los barrios más marginales de nuestras pueblos y ciudades.

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