De nuevo sobre “la crisis”: ¿es necesaria en nuestro “Primer Mundo” una nueva “revolución burguesa”? (A propósito de la última encuesta de la EPA en España)

abril 30, 2014 § Deja un comentario


 

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1. Todos los españoles tienen el deber de trabajar y el derecho al trabajo, a la libre elección de profesión u oficio, a la promoción a través del trabajo y a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia, sin que en ningún caso pueda hacerse discriminación por razón de sexo.

2. La ley regulará un estatuto de los trabajadores. (Constitución Española de 1978, art. 35)

 

 

Desde luego, la encuesta sobre población activa publicada ayer nos ha dejado perplejos a muchos. Desde mi supina ignorancia de macroeconomía no he podido evitar hacerme esta pregunta: a la vista del pequeño, pero real, crecimiento económico ¿cómo es posible, o cómo dejamos que sea posible, a nivel político, que no se esté creando empleo? ¿Realmente nos encontramos ante una falta de voluntad de los poderes políticos, en connivencia con los poderes financieros, que no quieren que se creen trabajos cualificados? Porque es lo que parece, a juzgar por las estadísticas de empleo, máxime si examinamos los tramos por edades. No sólo no se crea empleo, sino que en los tramos más altos por edad, parece que se están incentivando las jubilaciones anticipadas, mientras que en los tramos más bajos el llamado paro juvenil (hasta los veinticinco años), desde el que se podría incorporar al mercado laboral a las tan elogiadas por los políticos de los dos grandes partidos como “las generaciones mejor preparadas de la historia de España (por supuesto, gracias a haber sido formadas bajo sus respectivos sistemas educativos, y a pesar de las Universidades y del esfuerzo personal de miles de jóvenes)  sigue en tasas del 45-46%. La conclusión parece muy clara: no hay voluntad política de incorporar al mercado laboral a trabajadores cualificados. Y no digamos ya nada con respecto a los denominados trabajadores “hipercualificados”, cuya sola mención parece un insulto, algunos de los cuales tienen que rebajarse, no ya a aceptar puestos de trabajo de inferior categoría a la que les correspondería según su formación –lo cual, sin dejar de ser una injusticia, supondría en ellos seguramente un signo de humildad y admiración que nunca tuvieron que demostrar, por lo general, las generaciones precedentes-, sino a  adelgazar sus currícula, cosa que ya no supone humillarse, sino una cosa bien distinta, es decir, mentir. Mentir sobre una cualificación que, en la gran mayoría de los casos, ha costado esfuerzo y años de estudio no sólo a las personas directamente concernidas o sus familias, sino a toda la sociedad, que ha contribuido por años a sufragar una formación de élites con sus impuestos y que no ahora se ve privada de su derecho legítimo a verse beneficiada por las competencias y habilidades adquiridas por las personas, jóvenes y no tan jóvenes, altamente cualificadas.

Pareciera que los poderes que actualmente configuran el status quo a todos los niveles (político, burocrático, económico, financiero, cultural e incluso académico), hubieran pactado una suerte de congelación por lo que respecta a nuevas incorporaciones. Me viene a la mente, con respecto al mundo financiero, aquella famosa frase que pronunciara el inversor británico George Soros, aquel hombre que él solo era capaz de hacer temblar la cotización de la libra y, como veis, nada sospechoso de marxista: “Es sencillamente inmoral que permitamos que el mundo esté en manos de jóvenes aprendices de treinta años que sólo piensan en ganar dinero”. Pero por aquel entonces todavía existía una ética –no necesariamente la nuestra, o la mía-, pero una ética del comerciante, que pareciera haber desaparecido casi por completo.

Ya hace años que el historiador Eric Hobsbawn se refiriera a las sublevaciones de 1848 acaecidas en varias partes del continente europeo (sobre todo en Centroeuropa, pero con repercusiones importantes también en áreas como la península itálica o los Balcanes), como la última de las revoluciones “burguesas”, en las cuales la burguesía afianzó definitivamente su poder y tomó su lugar en la sociedad, como eje motriz del desarrollo industrial, entre la nobleza y el proletariado. Así ha sido, ciertamente, a pesar del triunfo, en una buena parte del planeta, de las revoluciones proletarias que habría de llevar al comunismo o, mejor dicho, al socialismo real, al poder, en Rusia, China y el Este de Europa, además de otros países, hasta su derrumbe final como contrapoder al sistema económico capitalista a partir de la caída del Muro en 1989 y de la desaparición de la Unión Soviética en la Navidad de 1990.

Desde finales de la Segunda Mundial, al menos en Europa, en nuestra vieja Europa, se ha dicho muchas veces, tanto desde los partidos democristianos como desde los partidos socialdemócratas, que la clase media era la que sostenía un país avanzado: por un lado, porque, a través del voto y de otros instrumentos de presión más o menos estandarizados, impediría los abusos de la clase alta, en defensa de su interés en conservar determinados derechos sociales adquiridos, hasta hace poco considerados como básicos, como la educación o la sanidad; y, por la otra, porque “tiraría” de la clase baja a través del apoyo solidario a medidas gubernamentales de ayudas y de fomento a la igualdad de oportunidades. En definitiva, la existencia de una clase media es la que ha garantizado la cohesión social en los países más desarrollados económicamente, y ello tanto a nivel político, como económico, habiendo representado el principal motor de la sociedad, basado en su núcleo en la existencia de un tejido productivo compuesto por la pequeña y mediana empresa. Es precisamente por esta razón que su desaparición, hacia la que parece abocarnos la crisis, constituye un craso error, tan históricamente comprobable a través de un detenido análisis de la mayoría de los países del mundo –los cuales carecen de una clase media consistente, o de clase media en absoluto-,  como el fracaso de los regímenes socialistas. Se impone, por lo tanto, una revolución social –no necesariamente violenta-, y, por de pronto, no se me ocurre una manera mejor de llevarla a cabo que a través del fortalecimiento de una sociedad civil capaz de moverse en red y de realizar iniciativas de ayuda a microempresas o empresas cooperativas, prescindiendo, en la medida de lo posible, de intermediarios políticos o financieros, como la Banca. Por supuesto, ello constituye una tarea muy ardua, en cuanto este tipo de iniciativas, aquí tan sólo esbozadas, encontrarán todo tipo de obstáculos por parte de los poderes fácticos –especialmente por parte del poder de las corporaciones y del poder financiero-, sobre todo en una sociedad, como la nuestra –y a pesar de lo que se diga-, en su gran mayoría envejecida en edad y pensamiento y altamente conservadora. Pero esta consideración no debe inducir a desfallecer a las generaciones más jóvenes que quieran hacer algo por este país o que, desde fuera, puedan importar fórmulas de gestión económica más societarias o cooperativas. A ello mes gustaría animarles con esta breve reflexión, esperando que suscite en ellos reflexiones mejores, comentarios y vaya calando la idea, tan arraigada en movimientos del estilo del 15-M, de que “otro mundo es posible”.

 

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De nuevo sobre “la crisis”:¿ es necesaria en nuestro “Primer Mundo” una nueva “revolución burguesa”? (A propósito de la última encuenta de la EPA en España) byPablo Guérez Tricarico, PhD is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.
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