“Quizá la propiedad, así, sin más, no sea un robo: pero hoy está tramada en tal red de explotación y usura, está inscrita en una estructura tan evidentemente fundada en el hambre de muchos, la ignorancia o el adoctrinamiento miserable de tantos, la violencia organizada de todos, que rebelarse contra ella nunca puede parecer algo en sí mismo reprochable a las almas menos cómplices. ¿No deberíamos empezar ya a desobedecer sistemáticamente sus convenciones como primer paso para revocar de una vez por todas su imperio enraizado en equívocos, tinieblas y temores, pero amparado por las banderas respetadas de la «utilidad» o la «necesidad económica»?” (Prof. Dr. Dr. h. c. Fernando Savater, El contenido de la Felicidad, 1993). Una brevísima recensión a dos frases.

mayo 31, 2014 § Deja un comentario


 

A Fernando Savater, Profesor de Filosofía, filósofo, compañero académico y ciudadano. Felicidades en el día de tu Santo.

 

 

Sorprendente… ¿verdad? Yo no podría haberlo expresado mejor. Por eso he querido reproducir el párrafo entero de Savater. La propiedad está inserta, en la actualidad, en una estructura de poder injusta y opresora. Como he pensado ya desde hace muchos años, la acumulación de la propiedad privada de los medios de producción en manos de unos pocos, en la sofisticada forma que reviste en el estadio del capitalismo posfordiano, afecta de tal manera a la esfera de libertad de cada uno y de todos los ciudadanos que no puede decirse sin más que este tipo de propiedad resulte algo de por sí “natural” o “bueno”, sino que es una artificiosa construcción social de un sistema económico injusto que debe servir para servir al individuo, y no al revés. Sea como fuere, en el párrafo recensionado de Savater encontramos una declaración moral sobre la tendencia a la inmoralidad de la propiedad en el mundo actual tan lúcida,  que me ha despertado al mismo tiempo tanto sorpresa como simpatía. Sobre todo por provenir esta frase de quién viene: El Profesor Dr. Dr. h.c. Fernando Savater, al cual admiro por varias razones, y que no es precisamente un marxista-leninista, sino uno de los pocos intelectuales de este país que realmente merecen ese nombre y que se ha significado notoriamente, hasta el punto de haber puesto en riesgo su vida, en contra de la intolerancia y de la barbarie asesina de ETA, así como de sus cómplices por acción u omisión de un buen sector del movimiento abertxale. Es más, se trata de un firme defensor de la ibertad del individuo frente al Estado y frente a cualquier forma de dominación, sobre todo externa, que no ha dudado, como espero que lean mis lectores en breve, en arremeter contra formas más sutiles de Estado dominador incluso en las sociedades democráticas occidentales; sobre todo, contra la supervivencia de elementos del Estado paternalista y contra el llamado “Estado paternalista terapéutico”; un Estado que, utilizando el lenguaje de la psicología freudiana, “transfiere” los roles tradicionales del Estado absoluto bien entendido como teocracia, bien como suprema realización de la razón hegeliana, a los profesionales de una “salud” definida desde arriba, para el paciente, en beneficio del paciente, pero sin contar con éste. A la defensa de los derechos del paciente, incluso de los que en la actualidad, aun en sociedades democrácticas avanzadas, se niega de iurede facto su libertad, de acuerdo con una  concepción paternalista del proceso terapéutico, he dedicado varias horas durante más de diez años de mi vida, fruto tangible de los cuales han sido una tesis doctoral que probablemente, a pesar de su Premio Extraordinario, quede relegada al olvido, una monografía, un artículo cienttífico largo pendiente de publicación y, sobre todo, una multitud de conocimientos adquiridos y de reflexiones que han quedado para mí y para el resto de mis compañeros. Sin embargo, ya me estoy alargando mucho con esta cuestión. Adelanto la republicaciíon inminente de mi artículo sobre victimización en la psiquiatría, con referencias apropiadas, entre otras, a este magnífico libro “El contenido de la felicidad” de Fernando Savater, ya descatalogado, y que merece más de una recensión. Volvamos por ello a la frase que he querido postear como primicia de la aproximación de este libro, en la línea de mis últimos posts sobre injusticias sociales.

Es por muchos conocida la famosa frase del filósofo, politólogo, economista y trabajador manual francés Pierre-Joseph Proudhon, uno de los mayores pensadores anarquistas de que “la propiedad es un robo”. En realidad, esta frase fue utilizada más a modo de consigna por los movimientos anarquistas revolucionarios y por las encarnizadas discusiones dogmáticas en el seno de la I Internacional sobre las “verdades” de las izquierdas que en su sentido adecuado. En realidad, Proudhon, como el propio Karl Marx, con el cual aquél mantuvo enconadas discusiones teóricas -sobre todo en el ámbito de sus respectivas concepciones de la economía-, nunca sostuvo tal cosa en un sentido radical, es decir, etimológico. Al referise a que la propiedad es un robo, Proudhon habría venido más o menos a defender, contra la propiedad privada de los medios de producción, aquella concepción de la propiedad que venía a considerar el justo precio de la cosa como la suma de su valor originario más el coste proporcional del trabajo realizado para su producción, de manera muy similar a la concepción marxiana -que no marxista-, es decir, del propio Karl Marx, expresada de modo muy clara en el Manifiesto, y de modo algo más sofisticado en El Capital, de que el precio de un bien viene dado por el tiempo de trabajo, y no por la ganancia ulterior del empresario -justificada por el liberalismo por el riesgo de la inversión-, y dada por la economía ortodoxa por el cruce de las curvas de la oferta y la demanda. En ambos casos parece definirse lo que luego, en el pensamientio más elaborado de Karl Marx en Das Kapital, pasaría a la historia del pensamiento socialista como “plusvalía”, o valor añadido. Es significativo que en Alemania se utilice esta palabra (Mehrwert) para indicar ambas realidades económicas, por ejemplo, al definir el IVA (Mehrwertsteuer). De hecho, Karl Marx trata en el Manifiesto, obra genial y cuasi precognitiva -al menos en su primera parte- sobre fenómenos económicos y de globalización consecuencia de la expansión del capitalismo ocurridos un siglo más tarde precisamente en el mundo occidental, y no en el del llamado “socialismo real”, y seguidamente declara expresamente que ni él ni los que pueden denominarse “comunistas” se oponen, ni pueden oponerse, a la propiedad, entendida como un derecho a disponer y administrar los bienes que son fruto del trabajo de la clase proletaria, propiedad a la que prefiere denominar “propiedad personal” en lugar de “propiedad privada”, reservando este términdo para la propiedad de los medios de producción, que es la que el filósofo pretende colectivizar y a cuyo llamamiento llama a los comunistas como vanguardia del proletariado del mundo entero. Es más, la propiedad personal no sólo no debe ser abolida, sino que, a partir de una posición filosófica materialista, constituye un elemento fundamental para el desarrollo de los derechos llamados por el marxismo “burgueses” o “formales”. Esta conclusión está clara y es cierta, y puede ser entendida fácilmente con algún ejemplo, como he propuesto en algún otro post: si yo, el autor de estas líneas, no tengo de qué comer, si no dispongo de un ordenador ni de acceso a Internet, no podría escribir estas líneas y, por lo tanto, no podría desarrolar en plenitud mi derecho a la libertad de expresión y libre difusión de ideas reconocido en el artículo 20 de la Constitución Española. Estaría, en términos marxistas, alienado, pues el ejercicio de mis derechos dependería en definitiva de las pretendidas bondades de un empleador. Contra ello podría argumentarse que podría no tener nada en propiedad, y vivir “de prestado” o, mejor dicho, en precario. Esta situación se parece mucho a la que tengo actualmente. Pero, llevada a sus últimas consecuencias, ello significaría que el ejercicio de mis derechos fundamentales -y esto vale para cualquier derecho de esta clase que podamos imaginar, como el derecho al voto-, estaría siempre en entredicho, pues dependería de otros que quisieran darme muestras de caridad. Un mendigo puede votar, y, por cierto, su voto vale lo mismo que la persona más rica del país, oficialmente el ciudadano Amancio Ortega -igual de ciudadano, al menos formalmente, que el mendigo-, pero si no tiene de qué comer hasta la extenuación, difícilmente le será posible poder desplazarse hasta las urnas. Ni siquiera las ayudas de un Estado social en progresiva deconstrucción -por utilizar un término posmoderno-, podrá garantizarle ese derecho fundamental, derecho que para el ciudadano Ortega -y quiero utilizar la palabra ciudadano deliberadamente, como se utilizaba en la Revolución francesa y tantas veces ha alabado el Doctor Savater- está perfectamente garantizado; tanto, que hasta puede resultarle irrelevante.

Desde una línea de pensamiento formal y aparentemente opuesta, el propio pensamiento católico volvió a tratar sobre la propiedad privada como derecho natural a partir de la publicación en 1891 de la encíclica “De Rerum Novarum”, del papa León XIII, siguiendo la tradición de los Padres de la Iglesia -los cuales, por cierto, eran más colectivistas que la corriente cristiana que ha acabado por ser la dominante, tanto en el mundo católico como en el protestante-. Sobre los motivos de la oportunidad de la publicación de dicha encíclica se ha escrito ya mucho, y ya es conocida la tesis que sostiene que fue publicada para frenar lo que parecía ser una huida imparable del proletariado cristiano, el cual, a la vez que había adquirido conciencia de clase, era cada vez más consciente de la incompatibilidad entre actitud de la jeraquía eclesíastica y el mensaje evangélico originario. Sin embargo, la corriente cirstiana dominante que tanto la Iglesia católica como las Iglesias reformadas han tratado de imponer a sus fieles a lo largo de los siglos, probablemente por las veleidades de la Iglesia de justificar teológicamente un poder civil cada vez más apoyado en el desarrollo del comercio y de la economía de mercado, y cuyas primeras formas empiezan a costituirse, según auotres como Weber, ya en la Baja Edad Media tardía, a partir de los siglos XIV y XV, a partir del afianzamiento del mercadeo que corrió paralelo al florecimiento de llas ciudades (comunes) del Medievo, ha permaecido cuasi inalterada hasta la actualidad, con poquísimas exepciones como la declaración sobre la “opción preferencial por los pobres” que consta en varios documentos del Concilio Vaticano II promovido por San Juan Pablo XXIII y cerrado de manera algo abrupta por el Pablo VI, Concilio del que, por cierto, la mayoría de los obispos y teólogos españoles de la época apenas se enteraron. O, mejor dicho, no quisieron enterarse.

En el siglo XX, probablemente la común lucha del poder civil de la Iglesia y de los países democrácticos dominantes contra el bloque comunista haya favorecido excesivamente la preferencia de la Iglesia institucional por el capital frente a los derechos de los obreros y de los pobres. La publicación en 1991 de la encíclica “Centesimus annus”, por el papa San Juan Pablo II, en la que, además de condenar los ya desaparecidos regímenes comunistas, encontramos feroces condenas sobre los excesos del capitalismo realizados, a mi juicio, de un modo cualitativamente nuevo, parece confirmar esta tesis. Sin embargo, para lo desviarme demasiado de los objetivos de este limitado post, lo que pretendo destacar con estas referencias a la doctrina social de la Iglesia es que la justificaciíon de la propiedad natural realizada por el papa León XIII no se aparta en lo esencial de una comprensión adecuada que tantoi Marx como Proudhon quisieron realizar, al menos en sus primeros escritos, si bien el texto pontificio es heredero de una tradición eclesial viciada durante mucho tiempo por el autoritarismo y por un cierto “despotismo paternalista”, que cabe apreciar sobre todo en la indulgencia con la que el papa trata en su encíclica a la figura del patrón, y que en aquellos tiempos no tan lejanos era un verdadero cacique en casi todos los países católicos occidentales, como hoy lo es el la mayoría de los países del Tercer Mundo. Por ello, a pesar de la indudable valentía del papa de abrir desde la Iglesia Católica la discusión sobre la llamada “cuestión social” o “cuestión obrera”, toda la encíclica, así como otras venideras y conmemorativas de su aniversario, no pueden sino pecar de tibieza en el tratamiento de la cuestión, denotada sobre todo en la primación que se concede en el tratamiento de todas las cuestiones sociales a la caridad sobre la justicia.

Es indudable que la economía actual no puede ser explicada en términos del XIX. Pero lo cierto es que las predicciones de Marx, pensadas en aquella época, y plasmadas en el Manifiesto, librito cuya lectura recomiendo a todos los seguidores de mi blog, cualesquiera que sea su tendencia, se están cumpliendo a marchas forzadas en la llamada por Joaqín Estefanía “nueva economía” o “economía globalizada”. Se trata de una economía en la que los elementos que tienen que ver con el capital y sus derivados -y utilizao esta palabra en toda su ambigüedad-, han adquirido un protagonismo que ha trascendido lo que el filsófo italiano liberal, tanto antifascista como anticomunista Benedetto Croce definiera como uno de los ámbitos del pensamiento y de la actividad humana: lo económico, para pasar a usurpar otros ámbitos -cuando no a desplazarlos total o parcialmente-, como el filosófico, el político e incluso el ámbito religioso. La Economía para ser, si no la ciencia del todo, la ciencia a la que se le pide la solución a los problemas que la gente considera como más impoortantes. No es mi intención extraer las consecuencias de esta afirmación, cuestión que excedería en mucho los propósitos de este humilde post, que nace como comentario a la frase del Dr. Savater. Sí lo es, por el contrario, subrayar la actualidad de la idea de Savater del carácter espuiro y de la -al menos relativa- falta de legitimidad, aunque sea sólo de legitimidad en ejercicio, de la propiedad privada, entendida ésta sobre todo como acumulación de capitial y como fruto de la compraventa de bienes y servicios cuyo precio está fijado por mecanismos que se me antojan tan esotéricos como las cartas del tarot; un ejemplo de ello es la gran aceptación del llamado “análisis técnico” utilizado en los mercados busátiles para tratar de “adivinar” el precio que alcanzarán los valores cotizados, o de los “instrumentos estocásticos”, todo ello fruto de un ámbito del conocimiento humano que otrora los más destacados filósofos y epistemólogos de la ciencia -sobre todo de orientación popperiana, libera-, no vacilarían en catalogar como “pseudociencias”. Con ello no pretendo declarar sin más la iliciitud general del sistema de economía capitalista financiera in abstracto, sino simplemente ceñirme a la reflexión de Savater. Con todo, a mi juicio, el sistema capitalista en un sistema injusto en su raíz, sin perjuicio de que haya manifestaciones concretas del mismo que no lo sean. Pero no puedo menos que pensar que, en la actualidad, el comercio y la propiedad han perdido tanto de lo que pudo haber sido su ética originaria que resulta perfectamente planteable su ilicitud para cualquier intelectual comprometido con la realidad social.

 

Madrid, a treinta y uno de mayo de dos mil catorce, Festividad de San Fernando.

Fdo.: Dr. Pablo Guérez Tricarico

@pabloguerez

 

“Quizá la propiedad, así, sin más, no sea un robo: pero hoy está tramada en tal red de explotación y usura, está inscrita en una estructura tan evidentemente fundada en el hambre de muchos, la ignorancia o el adoctrinamiento miserable de tantos, la violencia organizada de todos, que rebelarse contra ella nunca puede parecer algo en sí mismo reprochable a las almas menos cómplices. ¿No deberíamos empezar ya a desobedecer sistemáticamente sus convenciones como primer paso para revocar de una vez por todas su imperio enraizado en equívocos, tinieblas y temores, pero amparado por las banderas respetadas de la «utilidad» o la «necesidad económica»?” (Prof. Dr. Dr. h. c. Fernando Savater, El contenido de la Felicidad, 1993). Una brevísima recensión a dos frases. by Pablo Guérez Tricarico, PhD is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.
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