Sobre la Ascensión del Señor y la ausencia o el silencio de Dios en el cristianismo

junio 1, 2014 § Deja un comentario


 

Hoy se celebra la gloriosa Ascensión del Señor a los cielos, tras haber transcurrido cuarenta días con sus discípulos, según la medida del tiempo terrenal. Un acontecimiento que es narrado tanto en los Evagelios de Lucas y Marcos como en Libro de los Hechos de los Apóstoles, como un acontecimiento presenciado realmente, al contrario de la Resurreción, de cuyo momento y hecho físico guardan misteriosamente silencio todos los Evangelios, tanto los canónico como los deutoerocanónicos o apócrificos: ¿Por qué esta contradicción? La verdad es que precisamente la Resurrección del Señor, que es acontecimiento central de toda Cristiandad -y en ello no hay discrepancia entre católicos, ortodoxos y protestantes-, no es narrada como “hecho”. De ella, tanto en los sinópticos (Mt 28, 1-15; Mc 16, 1-17; Lc 24, 1-48), como en el Evangelio de San Juan, 1-20, sólo se narran sus efectos. Sin embargo, en el Prólogo del Libro de los Hechos de los Apóstoles, encontramos la descripción más detallada de la Ascensión, por lo que luego diré, y en cuya interpretación personal me aparto algo del relato de Lucas, que dice que los discípulos se fueron de Jerusalén muy contentos, y pasaban el tiempo en el templo bendiciendo a Dios: todavía no había sido infundido sobre ellos de manera plena el Espíritu Santo y, sin embargo, el evangelista Lucas insiste en que “se fueron muy contentos” (Lc 24, 53). Probablemente yo no hubiera sido un buen discípulo de Jesús en aquel momento, como no lo soy ahora. Y es que en el Prólogo de “Hechos” (Hch 1), donde encontramos el relato más detallado de la Ascensión del Señor, contiene tres elementos fundamentales que me interesa destacar: la ausencia de la presencia de Jesucristo. Estos elementos son: el relato una ascensión física de Jesucristo al cielo -el cielo físico- que es presenciado por sus discípulos; la misión de bautizar todos los hombres y mujeres del mundo “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; y la promesa de Jesucristo, realizada en los días previos y el momento de su Ascensión, sobre el envío de un Espíritu Defensor, el Paráclito, del griego “defensor”: el Espíritu Santo mismo, El mismo Espíritu de Dios y que descendió sobre Jesucristo en el momento de su Bautismo, declarándole públicamente como “el Cristo”, el Ungido. No es posible leer críticamente el relato de la Asunción de Hechos, sin relevar, a mi juicio, una cierta perplejidad mezclada con nostalgia en los discípulos que declararon haberla presenciado, a quienes no me cuesta imaginar como inquietos, defraudados e inmersos en la prueba que siempre está presente, por permisión o voluntad divinas, en el crecimiento espiritual de cualquier discípulo. Ello puede ser entendido perfectamente por cualquier lector, cuanto más por quienes hayan sufrido las terribles pruebas de la fe o “noches oscuras del alma”, como las Denominaba San Juan de la Cruz; o las “malas noches en una mala posada”, como se refiriera a ellas Santa Teresa de Jesús; por cierto, ambos santos se cuentran entre los mayores místicos de la Historia, y, en el ámbito profano, también entre los mejores poetas. Jesuscristo, por Quien los discípulos habían dejado todos, se va. Aun a pesar de sus palabras de consuelo de que Él estaría con ellos, “todos los días, hasta el fin del mundo” que encontramos en el Evangelio de Mateo 18, 20 in fine, y que la liturgia católica de la Iglesia latina suele recordar el día de la Ascensión, quizá para hacerlo más llevadero -personalmente me gusta más la traducción más exacta del original griego en el que en lugar de la expresión “hasta el fin del mundo”, puede leerse “hasta la consumación de los tiempos”). Así las cosas, me imagino a los discípulos de Cristo algo inquietos al ver a Jesús, a Quien habían preguntado si habría sido entonces cuando habría de restablecer el Reino de Israel, responderles que no les tocaba a ellos conocer ni el día ni la hora, para, seguidamente, y después de haberles prometido de nuevo el don del Espíritu Santo, desaparecer entre las nubes -y a Quien no verían más a lo largo de sus atormentadas vidas-; después, los apóstoles habrían escuchado este mensaje también de consolación de los ángeles, a los que Lucas describe como “dos personajes vestidos de blanco”, después de que Jesús hubiese desaparecido de la vista de todos, habiéndose ocultado tras una nube: “Hombres de Galilea, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? Este Jesús, que os ha sido arrebatado al cielo, vendrá como lo habéis visto marchar. He querido subrayar deliberadamente la palabra arrebatado. La tentación de la prueba que representa la partida de Jesús puede llevar a muchos, sin la fuerza suficiente del Espíritu Santo, a pensar que Dios les ha abandonado. No es de extrañar que una corriente importante del protentantismo luterano-evangélico -sobre todo el protestantismo nórdico o escandinavo- conceda una importancia fundamental al problema sobre el “silencio de Dios”. Las Iglesias reformadas, a diferencia de la Iglesia Católica romana, las Iglesias de rito oriental en plena comunión con la Iglesia Católica y las Iglesias Ortodoxas, no reconocen el sacramento de la Corfirmación -si bien éste es conferido en un momentos, con ritos y por parte de ministros distintos en las confesiones religiosas mencionadas-, sacramento en el que, según una posición consensuada en dichas Iglesias, es recibido el don del Espíritu Santo en su plenitud. Este sentimiento de falta de acción del Espíritu, suplida por la imposición de manos, por invocaciones y ritos muy dispares en las Iglesias reformadas, unido al sentimiento de experimentar más profundamente su fuerza transformadora, es lo que dio lugar los movimientos pentecostales protestantes en el siglo XIXI, agrupados en torno a una corriente llamada “pentecontalismo”, para organizarse posteriormente en  la Renovación Carismática, movimiento que adquirío gran auge entre varios grupos de oración del ámbito del cristianismo protestante para extenderse después a la propia Iglesia Católica, que lo aceptó como válido a condición de la aceptación de su catecismo oficial y, sobre todo, a condición de la sumisión de sus miembros a la plena comunión con la Iglesia de Roma y con el Papa.

Se trata de un movimiento del que he tenido experiencia personal y, a pesar de la extravagancia de algunas de sus manifestaciones, miro con buenos ojos. En cuanto a la Ascensión, desde años me ha parecido un día triste. Sobre la irrupción de nuestros sentimientos no tenemos responsabilidad ni culpa moral. Simplemente están ahí. Vienen a mi mente resonancias de los Salmos de David, así como otros cánticos cristianos… ¿Jesús, dónde estás?… ¿Ya no escuchas mis súplicas?… Señor, no me escondas tu rostro, no me ocultes tu santo Nombre, no me quites tu Santo Espíritu… ¿Se conoce tu nombre en el país de los muertos?… ¿Por la mañana irá a tu encuentro mi súplica? (cfr. el terrible Salmo 88, de David). Sin saberlo, he puesto en práctica uno de los consejos de contra este sentimiento de melancolía y desamparo, sugerido por San José María Escrivá: “Si, a pesar de todo, la subida de Jesús a los cielos nos deja en el alma un amargo regusto de tristeza, acudamos a su Madre, como hiieron los apóstoles: entonces tornaron a Jerusalén… y oraban unánimanente… con María, la Madre de Jesús (Hch 1, 12-24)” (San José María Escrivá de Balaguer, 1973; cursiva en el original).

Sólo pido a los católicos ortodoxos y más perseverantes que yo en la fe, a los hombres y mujeres piadosos y temerosos de Dios, que tengan misericordia de mí y del mundo entero -parafraseando la Coronilla de la Divina Misericordia de Santa Faustina Kowalska-. Un mundo sin la experiencia de la presencia de Dios y de su Gloria, pero también cada vez más -y esta parte debería preocupar más a toda la jerarquía eclesiástica católica inmediatamente inferior al Sumo Pontífice-, cada vez más carente de la experiencia de la presencia del hombre y de su dignidad.

 

Fdo.: Pablo Guérez Tricarico

@pabloguerez

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