Secuencia de Pentecostés

junio 7, 2014 § Deja un comentario


Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra (Salmo 103)

Ven Espíritu Divino, manda tu luz desde el cielo. 

Padre amoroso del pobre, Don, en tus dones espléndido.

Luz que penetra las almas, fuente del mayor consuelo.

Ven, Dulce Huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma, Divina Luz y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado, si  tú no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo.
Lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones según la fe de tus siervos.
por tu bondad y tu gracia dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno.
Amén. Aleluya.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo,

como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. 

Para aquellos lectores que no la conozcáis, ya seáis cristianos o no, de otras confesiones religiosas, agnósticos, ateos o antirregliosos, esta es la Secuencia que, mayoritariamente, ha ido rezando la Iglesia Universal en las últimas semanas del tiempo pascual, para que, según la promesa de Jesucristo, descienda sobre nosotros el Espíritu Santo, el mismo Espíritu de Dios, “por medio del cual”, como reza la liturgia católica latina, en su oración a Dios Padre durante el Ofertorio en la Santa Misa, “das vida y santificas todo”. Para que el Espíritu Santo Paráclito (que, en griego, significa “Abogado”), sea precisamente nuestro Defensor, precisamente en los casos de mayor tribulación. El Hijo asciende  a los Cielos, pero su Presencia amorosa permanece entre nosotros, y, para los católicos, de modo especialísimo por medio de Su “presencia real” en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, en el que Él mismo se hace pan para alimentarnos espiritualmente y confortarnos en los momentos de duelo por los méritos de Su Pasión y Su Cruz, como expresa magistralmente la Oración de poscomunión y acción de gracias atribuida a San Ignacio de Loyola: “Pasión de Cristo, confórtame”. Pero para comprender -siempre limitadamente, pues la verdad sólo podrá mostrarse a nosotros de forma completa en la otra vida, salvo quizá casos especialísimos reservados a las almas más santas a través de la mística-, y, sobre todo, para experimentar el gozo derivado de la presencia de Dios, frente al vacío experimentado por su ausencia, es necesaria la acción del Espíritu, que es Dios, junto con el Padre y con el Hijo. Él será nuestro Defensor si le dejamos entrar en nuestros corazones, y ha sido Él el que ha guiado a los discípulos de Jesús a dar testimonio de la verdad y, en muchísimos casos a través de la Historia, a dar su vida por Él. Si le invocamos, el Espíritu Santo siempre actuará; pero la intensidad de su acción dependerá fundamentalmente de la apertura de nuestro corazón. Si nuestro corazón permanece cerrado por miedo, por iras o por resentimientos, poco o nada podrá hacer, porque no le dejaremos moverse libremennte en nuestro interior; pero si, por el contrario, hacemos, aunque sólo sea un pequeñísimo esfuerzo para que el Espíritu entre en nuestro corazón y transforme nuestro Ser, Él actuará en nuestra alma y nos glorificará, como glorificó al Hijo. Aun el primer caso, la Luz del Espíritu es tan poderosa que, aunque nuestra disposición sea muy poca, siempre se colará como por una pequeña rendija. Dios quiera que podamos disponernos adecuadamente, cada uno con nuestras cinrcunstancias y con nuestra miseria, para recibir la mayor efusión que el Espíritu quiere darnos, pues no es otra cosa que una Persona fruto del Amor entre el Padre y el Hijo, en sí misma Amor infinito, y que cuya efusión plena a los Apóstoles en el Cenáculo la Iglesia Universal conmemora mañana. Dispongámonos pues a recibir esa acción benéfica en medio de nuestros tormentos y dificultades, para que sane nuestros corazones y nos conceda sus dones, entre ellos, el don de fortaleza, con el cual podremos ser capaces de vencer las tribulaciones del mundo, incluidas las que son consecuencia de nuestro propio pecado. Porque el Amor de Dios es más fuerte que el pecado del hombre. Recordémolos una vez más. Él, frente al llamado “acusador desde el principio” (el diablo), o frente a nosotros mismos que muchas veces nos acusamos demasiado, tanto a los demás como a nostros mismos, es el Paráclito, el Defensor. Y lo precioso de esta afirmación es que Él, como Dios, no sólo “nos hará justicia”, sino que nos dará la paz de corazón, y Su gozo eterno.

Y si nuestro corazón está herido, recordemos el Salmo de David: “un corazón contrito y humillado tú nunca lo desprecias, Señor” (Salmo 51). Si aun así nuestra alma no está en paz, recurramos a la Madre de Dios, por ejemplo, con el rezo del precioso “Acordaos” de San Bernardo, cuya oración comienza “Acordaos, o piadosísima Virgen María, que jamás se oyó decir que ninguno hubieran acudido a Vos, imporando Vuestro auxilio o reclamando Vuestra protección”, haya sido jamás abandonado de Vos”. La omnipotencia suplicante de la Virgen resulta especialmente efectiva en estos casos.  Si estamos pasando momentos difíciles de prueba en los que sentimos que no se nos ha hecho justicia, y no sentimos la presencia de Dios a nuestro lado, pidámosle a Ella, con infinita confianza, encomendándonos en su mes a su Inmaculado Corazón, que nos conceda la gracia actual suficiente para acudir al Sacramento de la Reconciliación, especialmente parra desterrar de nuestra alma sentimientos de miedo, ira o cólera, así como para prevenir o reparar cualquier sensación de desesperación que pueda hundir nuestra vida espiritual. Con confianza, dirijámonos a la Confesión, pues Dios lo Está deseando y su Espíritu quiere actuar en nosotros, para que cantemos Sus maravillas, incluso -y sobre todo- en la adversidad. Es ahí donde el alma del cristiano se ve auténticamente probada y, con la confianza en su Dios, se ve santificada en el camino a su perfección espiritual.

  Que el Espíritu de Dios mueva, en este final del tiempo pascual, muchos corazones sendientos de de Él a recibir la gracia y la paz que emana del Sacramento de la Confesión, del perdón de los pecados conferido por Jesucristo a los Apóstoles, como muchos, D. m., escucharemos mañana en el Evangelio.  Y que las palabras de la fórmula sacramental completa  que para el Sacramento de la Confesión prevé la Iglesia Católica latina, calen en el alma del cristiano como una lluvia fina purificadora que, al mismo tiempo que borra la culpa el pecado y concede la paz al pecador, le dá asimismo la fuerza para seguir viviendo cristianamente y aceptar pacientemente los sufrimientos que pudiéramos padecer para nuestra santificación. No está de más reproducirla, para que incluso su mera lectura resulte reconfortadora y alhentadora para el lector, preparándole así para una mejor recepción del don del Espíritu Santo, con sus siete dones y sus doce frutos, en la inminente Solemnidad de Pentecostés: Dios Padre Misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por medio de la muerte y resurreción de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espítitu Santo. La Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, los méritos y la intercesión de la Virgen y de Todos los Santos, el bien que realices y el mal que puedas padecer, te sirvan como remedio de tus pecados, aumento de gracia y prenda de vida eterna. El Señor te ha perdonado; vete en paz.

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