¿Qué es o qué debería ser hoy el “aggiornamento”? De nuevo sobre la posición de la Iglesia en torno a las desigualdades sociales, las injusticas del mundo y los nuevos debates abiertos en y fuera de la Iglesia.

junio 8, 2014 § Deja un comentario


Imagen  Imagen

 

Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros, como yo os he amado (Jn 13, 34)

“Es un sistema injusto” (Discurso del papa Francisco pronunciado el 29 de febrero de 2014 sobre la crisis de los parados españoles, especialmente de sus jóvenes, y sobre la situación económica mundial)

 

 

Hace dos días, el papa Francisco nos sorpendió nuevamente con otra de sus declaraciones, en la que, entre otras cosas, expresaba su valoración sobre el estadio del capitalismo actual con unas breves pero contundentes palabras: “È un sistema ingiusto, che non dignifica la persona”.

Con ello, frente al tradicionalismo dominante en el llamado “pensamiento social cristiano”, las declaraciones del actual papa Francisco sobre la desigualdad social extrema suponen un cambio cualitiativo, y no simplemente cuantitativo, frente a la tímida doctrina social católica compatible incluso con la injusta -como todas- dictadura franquista española, doctrina que iniciara León XIII con su tibia, pero en su momento para algunos sectores cuasi revolucionaria “doctrina social de la Iglesia”, a partir de la publicación de la encíclica “De Rerum Novarum” a finales del siglo XIX. Tal vez el papa haga justicia y rehabilite tanto a los partidarios de la Teología de la Liberación que fueron condenados por la “Administración Ratzinger vaticana” durante el pontificado de San Juan Pablo II, pero lo cierto es que se impone no ya una “nueva evangelización a lo Ratzinger”, sino un nuevo “aggiornamento” de la Iglesia Católica que pase, por de pronto, por el reconocimiento de que la mayoría de la población cristiana mundial vive en países subdesarrollados en los que no son respetados sus derechos humanos. Sin embargo, antes de proseguir por este hilo del discurso, quisiera plantear, con carácter previo, y sin ánimo de hacer sociología ni atropología sobre las cuestiones que sucintamente voy a tratar para el lector, una cuestión sobre el significado de “aggiornamiento” que, en el pensamiento católico, adoptara el papa San Juan XXIII. La cuestión, como veremos, resulta de suma importancia, pues tiene que ver, nada más y nada menos, con la valoración histórica que puedan merecer actitudes de varios de los responsables de la Iglesia, y cuyas conductas desde el punto de vista de una moral crítica que no puede menos de prescindir del factor tiempo, es decir, de la contingencia del contexto sociopolítico propio de la época histórica en la que determinadas actitudes fueron tomadas por la Iglesia, y en la que podía existir, tanto en la filosofía secular, como en la praxis, un concepto socioantropológico de la persona muy distinto al de la actualidad. Ello nos lleva a una espinosa cuestión que excedería en mucho el popósito del presente post: la relación entre la contingencia de la concepción socioantropológica de la persona en un momento histórico dado -pongamos, la Edad Media-, y la eternidad de la verdad revelada en la Palabra. La respuesta a esta cuestión la dejo a la filosofía y a la teología, ciencias respectos de las cuales me considero un diletante, al menos en cuanto me refiero a mi labor investigadora. Me limitaré aquí a decir, para salvar una contradicción que no puedo menos que experimentar -pues soy creyente- como sólo aparente, reside en que, tanto por los defensores como por los partidarios de la Historia de la iglesia -y dejando aparte variables ideológicas que complicarían más un anlálisis elegante de esta difícil cuestión-, no ha sabido desligarse, en general -sobre todo, tanto por parte del aparato eclesial, como parte de las organizaciones antirreligiosas-, la contingencia accidental de la época histórica y la sensibilidad humana dominante en la misma, con una adecuada interpretación y exégesis de los textos sagrados. Ello mismo tendría una explicación teológica menor, cuasi catequética, que es la que los catequistas suelen contestar cuando se les habla del mal que ha realizado la Iglesia a lo largo de los siglos, poniendo multitud de ejemplos, como la Inquisión. Se dice, simplemente, que la Iglesia, como Iglesia de hombres, es una Iglesia de pecadores. Punto. Esta explicación, a mi modo de ver, no hace honor ni a la propia Iglesia como institución humana ni a los responsables que, en determinados momentos, tuvieron que llevar a cabo determinadas cuestiones, de acuerdo con la concepción socioantropológica de la persona, por ejemplo, en el contexto de una sociedad teocrática y la que determinados sentimientos de piedad o compasión estaban orientados hacia difícil mezc la de racionalidad e irracionalidad fundada en sentimientos más ancestrales, como el miedo. He tratado de exponer esta cuestión de la manera más sencilla que me ha sido posible. Sin embargo, quizá sea más comprensible para el elector como un ejemplo. Y voy a utilizar precisamente uno de los ejemplos -si no el que más- clásicos de los detractores de la Iglesia: cuando a un inquisidor que vive en el siglo XI, un siglo enteramente dominado por una conecpión muy pesimista de la regligión, dominado por el miedo al demonio -por cierto, tanto por el poder cil teocrático como por el poder eclesiástico-, se le presentaba una mujer acusada de brujería, uno de los mayores pecados que, en la configuración valorativa de su sociedad, revestía la gravedad mayor, es comprensible que dicho inquisidor hubiese condenado a dicha bruja a la hoguera, por haberse entregado a Satanás. Y no sólo para reparar la ofensa hecha a Dios, sino también para erradicar cualquier rastro de lo que los antropólogos, estudiando sacrificios que obedecen al mismo significado, aunque de menor gravedad, y que todavía siguien realizándose en algunas tribus, denominaran “metempsicosis”, o, con términos teológicos -o demonológicos-, infestación sobre la cosa. Para el monje del siglo XI debía elimiarse cualquier rastro de actividad satánica en el cuerpo de la infeliz mujer o del brujo que se hubiese entregado a tales prácticas, y de ahí una tortura que, en la actualidad, nos parece tan bárbara o inhumana. En ese contexto histórico, en el que la configuración de las sociedades occidentales estaba dominada por el milenarismo y la teocracia, no era concebible ningún rasgo de “aggiornamento”. Sólo después, con la aparición de las primeras órdenes mendicantes, la Iglesia pudo albergar movimientos “desde dentro”, en conreto, con la fundación de las Órdenes mendicantes, primero con Santo Domingo de Silos y poco más tarde con San Francisco de Asís, que denunciaron, desde el seno de la Iglesia, y con su ejemplo, los fastos y boatos de la Curia romana, proponiendo por primera vez en la Historia de l Iglesia Católica ortodoxa, una vuelta a sus raíces evangélicas y a sus consejos de pobreza, castidad y obediencia. Aunque me gustaría seguir este relato, el propósito de este post es limitado, y quiero dejar el análisis historiográfico de la Historia de la Iglesia aquí. Solamente me limitaré a señalar, en relación con los objetivos que me preocupaba destacar, que a mi juicio no merece la misma condena -en el plano de la ética crítica raciona-, las prácticas sin duda bárbaras, desde nuestra perspectiva histórica, del siglo XI-, que la quema en la hoguera de Migel Servet por sus obras teológicas y profanas, escritas a lo largo del siglo XVI -como, por ejemplo, por sus trabajos sobre la circulación pulmonar, no pueden merecer, por la variación en la contextualización histórica a que antes me he referido, una valoración historiográfica análoga; ni siquiera en una monaraquía teocrática como la española de aquella época, pues el protentantismo, y con él, la dignificación del ser humana como criatura racional capaz de interpretar por sí mismo los textos sagrados que una buena parte de las doctrina protestantes trajeron -otras, lamentablemente, como la primera Iglesia calvinista, entre otras, siguieron el mismo esquema de opresión de la Iglesia Católica-, ya había irrumpido por fuerza; y, el pensamiento del humanismo cristiano y del Renacimiento, con importantes contribuciones españolas, como el pensamiento de Francisco de Vitoria, no permitían sin más hablar de una configuración social análoga a la de la Edad Media; ni siquiera en España. A partir de la lucha del poder eclesiástico por acapar más cotas de poder civil, de manera directa o indirecta, sobre todo en los Estados con monarquías teocráticos, puede detectarse un cisma no declarado, conservador y dominante por siglos en el pensamiento católico occidental, consistente en la condena del pensamiento resultante, algunos siglos más tarde, del desarrollo natural del pensamiento humanista y del racionalismo que habría llevado a la Ilustración, a la Modernidad, y a la pérdida del monopolio de la iglesia en la justificación filosófica del poder civil. La hostilidad de la Iglesia hacia todo lo bueno que trajo de la Revolución Francesa -lo que no supone por mi parte ninguna justificación de aquel sombrío período histórico conocido como “El Terror”-, con sus repetidas condenas hacia el pensamiento ilustrado y la modernidad, sólo pudo producir un desajuste con su mensaje evangélico originario, es decir, cuando las clases populares vieron en el ejemplo de los dirigentes eclesiásticos precisamente lo contrario del mensaje de Jesús. En un momento histórico en el que, como diría Hegel, la Iglesia no supo estar a la altura del “Espíritu de los tiempos”, el caldo de cultivo generado a raíz de las nuevas formas de producción y explicación, y la aparición de los movimientos socialistas y comunistas, obligaron a la Iglesia a tomar cartas en el asunto, en lo que puede considerarse como el primer “aggiornamento” de la Historia de la Iglesia: la publicación en este sentido de la Encíclica “De Rerum Novarum”, promulgada por el pontífice León XII, pese a su tibieza a la que ya me he referido en otros posts, se refiere por primera vez a la cuestión social de una manera totalmente nueva, pues la Iglesia era consciente en aquel momento de la gran cantidad de fieles que iban continuamente perdiendo con sus alistamiento en las filas de los nuevos movimientos y partidos socialistas, comunistas y anarquistas, muchos de ellos abiertamente anticlericales. Quisiera sin embargo detener aquí la película. Este breve repaso por algunas de las cuestiones más espinosas de la Historia de la Iglesia Católica ha tenido como objetivo fundamental contextualizar, al mismo tiempo que definir, el “aggiornamento”: éste no sería nada más -y nada menos- que la actitud, promovida por los dirigentes eclesiásticos y difundida por sus pastores, de que la Iglesia conecte con los verdaderos problemas de sus fieles y de la gente en el momento histórico contingente en el que a todos ellos les toca vivir, de acuerdo con las concecpiones socioantropológicas de la personas vigentes en cada momento histórico y con las sensibilidades respecto de cuestiones que, en tiempos anteriores, pudieron plantearse de otra manera, cuando no ni siquiera existían.

En el momento actual, es para mí indudable la necesidad de un aggiornamento de la Iglesia -no sólo de la Iglesia Católica-, tanto en el se como en el ut y en el quantum. En relación al se, es decir, a la oportunidad de dicho “aggiornamento”, a casi ningún lector avezado que viva, sobre todo en países que nosotros, desde nuestro todavía -por poco- opulento “Primer Mundo y medio” -como me ha gustado denominarlo en otras entradas”, podrá ocultarse la lejanía sobre la priorización de los asuntos que parecen interesar, por una parte, a la jerarquía eclesiástica inferior al Papa, y, por la otra, a los asuntos que realmente interesan a sus fieles, que demandan cada vez más la incorporación dentro de la moral católica oficial de la gravedad del compromiso que los países y los individuos más ricos tenemos para con los países más pobres. En este sentido, la gravísima responsabilidad moral que pesa sobre los cristianos, por encima de cualquier discurso económico o economicista, del Problema Norte-Sur, con sus diversas variantes, enquistado demasiado tiempo por la era de la política de bloques y por la centralización de todas las luchas de las fuerzas democristianas en la erradicación del comunismo, se muestra hoy con toda su crudeza. A pesar de las encomiables ayudas de organizaciones que, como Caritas, están dedicadas a la erradicación de la pobreza y a la dignificación de la persona, hace falta más: un cambio de actitud por parte de los máximos responsables de la Iglesia Católica que impulse a este compromiso con acciones prácticas, tanto a fieles como a seglares. Y por lo que se refiere al cómo, así como al cuánto de dicho aggiornamento, baste con volver nuestra mirada hacia  la opresión y a la necesidad de liberación del mundo entero. Son éstos aspectos que ya no pueden ser soslayados en el debate teológico, sobre todo en la teología moral. Y ya es hora que la Iglesia “haga moral” para los países pobres, y no mirándose el ombligo como ha hecho a lo largo de los siglos la Iglesia latina de Roma. No se trata de descuidar cuestiones tradicionales, pero ya está bien de que los obispos y presbíteros occidentales, con la excepción del obispo de Roma, parezcan hablar sólo para el Primer Mundo y de los males del Primer Mundo -para la Derecha, claro-, de aborto, eutanasia, sexualidad fuera del matrimonio canónico y de los males de la “posmodernidad” -puesto que los de la Modernidad y la Ilustración ya fueron condenados en su momento por los papas del siglo XIX, sin darse cuenta de que el pensamiento cristiano racionalista contribuyó, paradójicamente, como he intentado antes apuntar, a las ideas liberales e ilustradas y a los conceptos modernos y laicos de derechos humanos, dignidad humana y democracia, entre otros-. Y aquí donde también quisiera plantaer otros problemas relativos al quantum del aggiornamento. Fundamentalmente, los males que se denuncian en este terreno no difieren en lo sustancial de los que fueran condenados al condenar la Iglesia de los siglos XVIII y XIX la Modernidad en su conjunto, y que podrían resumirse en la condena de cualquier doctrina que pueda suponer un peligro remoto para una sociedad teocrática. Así, se insiste en la condena del olvido de Dios (del Dios de la ortodoxia católica, por supuesto), o en el peligro de surgimiento de nuevos movimientos religiosos tipo “New Age”, que han arrebatado a la Iglesia un sector no desdeñable de sus fieles progresistas. Sin perjuicio de mi opinión sobre estas tendencias -sobre la que adelanto ya su escasa consistencia filosófica, su contradicción y la crítica acertada de ser una mala copia de movimiento gnósticos que han existido en el pesamiento esotérico y ocultista desde el inicio de los tiempos-, la tendencia de muchos de los denominados “curas jóvenes” es una evangelización no basada precisamente en la predicación del Dios Amor del Nuevo Testamento, sino de un temor de Dios mal entendido. En esta línea, auguro un mal pronóstico a lo que percibo como la vuelta en la “nueva evangelización” a una insistencia sobre los novísimos, infundiendo temor a los fieles y hablando sobre nuevos “humos de Satanás”, cosa que sólo conseguirá amedrentar a las conciencias escrupulosas y quizá a las almas más delicadas, cuando no apartarlas completamente de la Iglesia o, en el mejor de los casos, de “la comunión plena con la Iglesia Católica”. Frente a este panorama, desgraciadamente tan ultraconocido en nuestro país como ultramontano, tenemos el discurso del primer papa no nacido ni formado en el Primer Mundo, ni al amparo de los tejemanajes de la Curia romana. Es un discurso tan crítico como esperanzador: el testimonio de incapacidad para criticar a los homosexuales; la tolerancia cero para con los sacerdotes que abusen de niños; la preocupación por la falta de futuro laboral de la juventud, incluida la del Primer Mundo y medio, que parece comenzar a tener problemas de moral social “de verdad”, es decir, de cohesión social; la puerta abierta para el celibato de los sacerdotes… A estas cuestiones deberían seguir otras, como la insistencia y el desarrollo de la opción preferencial de la Iglesia por los pobres, proclamada en varios Documentos del Vaticano II que los pontificados de Pablo VI se encargaron poco a poco de remitir a un segundo plano, cuano no abiertamente de silenciar; la  libertad de crítica e intepretación de los fieles de los textos sagrados -sin perjuicio del valioso aporte de toda la tradición cristiana, y no sólo de la tradición católica anatemizadora-; el control de la manipulación y de la injerencia desproporcionada -a veces sectaria- en la vida privada de los fieles pertenecientes a los movimientos o a ciertas comunidades parroquiales “exclusivas” y excluyentes, que, por mi experiencia, parecen organizarse como sociedades cuasi totales, respetando y haciendo respetar el derecho constitucional a la libertad de conciencia -a través, por ejemplo, de la clásica potestad primaria de régimen del Papa sobre todas las parroquias y comunidades católicas del mundo, de acuerdo con el Código de Derecho Canónico vigente-; el perdón por el uso y el abuso del poder civil por parte de la Iglesia a lo largo de su Historia y de las atrocidades cometidas en nombre del Dios del Amor, de Jesús que murió en la Cruz -léase aquí Inquisición, guerras de religión y, más modernamente, el apoyo abierto a sistemas dictatoriales “de derechas” en varios países del mundo, actuando como una potencia estratégica civil más y desviándose de su misión evangélica-; la condena de todas las formas de gobierno no democráticas y de todas las dictaduras del mundo, ya se proclamen éstas “de izquierdas” o “de derechas” y la remoción de los obstáculos que impidan la efectividad de la -en su momento, aceptada a regañadientes, con la excepción de la magnífica encíclica “Pacem in Terris” de San Juan XXIII- Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU y de la misma libertad religiosa, aceptada por el Concilio Vaticano II. También sería deseable una actitud clara a favor de la abolición de la pena de muerte y del resto de las penas ihumanas y degradantes; la asunción por parte de la Iglesia de un discurso antibelicista, así como el final de la exaltación de los discursos patrióticos más rancios, dejando esta última cuestión a las conciencias de los fieles. Menos probables son la asunción de otras cuestiones, que sin embargo espero que acaben imponiéndose por la fuerza de la razón y de la sensatez: la admisión del sacerdocio femenino y la dignificación de verdad de la mujer en el seno de la Iglesia; la revisión del Derecho canónico y la derogación de la mayoría de los delitos caónicos (sobre todo las censuras, entre las que se encuentran las excomuniones) para los fieles seglares, de manera similiar a lo que ocurre con el Derecho penal militar de los países democráticos, no aplicable a civiles salvo en caso de guerra o salvo que se atente contra graves intereses similares; por ello, de manera similar, los delitos canónicos no deberían ser aplicados a seglares salvo que éstos atentasen contra intereses de la Iglesia; esta profunda revisión de la “parte penal” del CDC  de 1983 -que, por cierto, ya realizó un importante barrido y simplificación, tanto del número como de las clases de delitos canónicos previstos por el CDC de 1917), podría comenzar, por ejemplo, por la derogación de la excomunión “latae sententiae” en general -sencillamente por afectar a la seguridad jurídica, uno de los logros del Derecho penal liberal en el orden civil; en este sentido, a mi juicio, la sin duda positiva previsión de la facultad del confesor para remitir en confesión, por la dureza frente al delincuente, en el foro interno de la conciencia, una excomunión latae sententiae que no haya sido declarada, prevista en el canon 1357 CDC, me sigue pareciendo insuficiente, pues la inseguridad jurídica de haber o no incurrido en tal censura permanece, y el fiel se ve privado del acceso a la gracia proporcionada por otros Sacramentos, en concreto, por la Eucaristía-. También -en la medida en la que ello no sea interpretado como una justificación del error, la Iglesia del siglo XXI debería tomar conciencia de la madurez de sus fieles y de su propia madurez, y, en una línea más respetuosa con el derecho a la libertad de conciencia, así como en consideración al interés en favorecer el debate teológico incluso de las cuestiones más espinosas, sin perjuicio de los dogmas declarados, debería considerar la total eliminación de los delitos canónicos de herejía, apostasía y cisma. Varias razones, en parte ya aducidas, están a favor de esta tesis: en primer lugar, el respeto a la madurez de los fieles en materia de conciencia. La Iglesia ya no debería tener miedo del cuestionamiento de las verdades reveladas. Todo lo que a este respecto puediera contravenir los dogmas de la Iglesia Católica debería poder resolverse en el fuero del Sacramento de la Reconciliación. Comoquiera que las fronteras entre los dogmas y las demás verdades que la Iglesia manda creer son, tanto para el teólogo como para el profano en esta ciencia, cada vez más difusas -en realidad, siempre lo han sido-, la construcción jurídica desarrollada por parte del Tribunal de Derechos Humanos, por ejemplo, en torno al “efecto desaliento” en relación con la libertad de expresión, que consiste básicamente en el efecto de retraimiento de esta libertad en un ámbito lícito por miedo a superar los límites legítimos de la libertdad de expresión, sugirió acertadamente en la jurisprudencia de dicho Tribunal que los Estados no debieran imponer penas severas en los casos en los que, conforme a sus ordenamientos internos, sus ciudadanos pudieran cometer delitos de injurias, calumnias, desacatos u otros que tienen que ver con el abuso del derecho fundamental a la libertad de expresión. Llevado este razonamiento al plano del Derecho penal canónico -así como, por cierto, también debería ser para el Derecho penal militar)-, considero que a mi juicio, en los casos en los que las conductas de herejía, apostasía o cisma -especialmente si se trata de fieles seglares-, fueran realizadas de manera pública, previo apercibimiento de la autoridad eclesiástica competente, y fuera razonable prever una amenaza para la integridad de las verdades dogmáticas que conforman el Tesoro de la Iglesia, bastaría con una pena “ferendae saententia” -de tipo que se quisiera, pero mejor aún si fuese medicinal-, que no privara de la comunión scaramental.  También sería deseable la eliminación de esta censura en el delito de aborto (vid. canon 1398 CDC), dejando al confesor la posibilidad de absolver normalmente de estos pecados; la recuperación del discurso ecuménico comenzado por el Concilio Vaticano II y la progresiva comunión con el resto de las confesiones cristianas, lo que podría pasar por gestos de por parte del Papa de apertura en orden a una dotar de una mayor autoridad y poder a los concilios y a los sínodos eclesiales, e incluso a través de la promoción de convocatorias ecuménicas de los obispos, pastores y patriarcas del resto de las confesiones cristianas del mundo que no están en plena comunión con la Iglesia Católica para tratar asuntos que creo que nos sostienen a todos los cristinaos, cuando a no a todos los hombres y mujeres de la tierra.

Y dejo para el final algunas de las cuestiones más espinosas, por cierto, no en el plano de su relevancia mediática, de la que prácticamente nadie se ocupa, sino en el plano estrictamente teológico: la revisión interpretativa de algunos dogmas clásicos de Teología fundamental y moral relativos sobre todo al “Problema del Mal”, la libertad humana y el concepto de infierno, sobre la base de la concepción de un Dios que es Padre, Hijo y Espíritu infinitamente Amoroso y Misericordioso; una concepción equivocada, preonciliar o directamente “medievalista” que es posible apreciar en el discurso y en las homilías de sacerdotes del Primer Mundo en cuanto a los graves interrogantes que plantean los llamados “novísimos”, pueden llevar a las conciencias más escrupulosas o timoratas a un alejamiento gradual de la práctica de su vida cristiana, que puede ir desde la adopción de un práctica solamente servil o “de rito”, con el consiguiente sufrimiento de estas almas, hasta el caso más extremo de apostasía fáctica pero, sobre todo, de desesperación de la salvación; la consideración de la relevancia moral del ejercicio de la sexualidad en su justa medida, es decir, en un nivel de relevancia muy menor del que ocupa actualmente, y atribuyéndole mayor importancia solamente en los casos de instrumentalización o prostitución de la persona o de conductas sexuales no consentidas o realizadas con personas incapaces de consentir válidamente, así la adopción de una actitud clara para erradir el final de todas las dobles morales -mucho se está haciendo, y es de alabar, en relación con la ya declarada por el Papa “tolerancia cero” frente a los abusos a menores-, y, en esta línea, sobre todo en materia de moral sexual y conyugal; o la enajenación de buena parte del patrimonio de la Iglesia que no revista un valor histórico o artístico para aliviar el hambre en el mundo.

Sea como fuere, a día de hoy, por primera vez se dicen cosas, por parte de la máxima autoridad de la Iglesia Católica que, si bien no contradicen ningún dogma, sí revelan una actitud antidogmática en el mejor sentido del término, no basada en una concepción imperativista del principio de autoridad ni de la imposición de la potestad de las llaves, sino en la autenticidad cristiana, en un intento casi desesperado por volver la mirada al auténtico Jesús de Nazaret. Aquél que, desde siempre se ha predicado que pasó por el mundo haciendo el bien, curando a los oprimidos por el mal, dando pan a los hambrientos, sanando enfermedades y dando a todos, especialmente a los pobres y a los más desfavorecidos, la esperanza de una vida auténtica, verdadera, digna, cuya plenitud se alcanzará con la instauración del Reino de los Cielos.

Que el Espíritu Santo, hoy, Solemnidad de Pentecostés de ocho de junio de dos mil catorce, ilumine al Santo Padre y haga prosperar sus intenciones, con las esperanza de construir un mundo basado más auténticamente en el Santo Evangelio.

 

Creative Commons License¿Qué es o qué debería ser hoy el “aggiornamento”? De nuevo sobre la posición de la Iglesia en torno a las desigualdades sociales, las injusticas del mundo y los nuevos debates abiertos en y fuera de la Iglesia by Pablo Guérez Tricarico, PhD is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial 4.0 International License.
Permissions beyond the scope of this license may be available at ask to the writer on pablo.guerez@uam.es, pablo.guerez@gmail.como or @pabloguerez

Creative Commons es una organización sin fines de lucro.

 

Anuncios

Etiquetado:, , , , , , ,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo ¿Qué es o qué debería ser hoy el “aggiornamento”? De nuevo sobre la posición de la Iglesia en torno a las desigualdades sociales, las injusticas del mundo y los nuevos debates abiertos en y fuera de la Iglesia. en Victimología social, "blaming the victim", teoría social, religión, Derecho y crítica legislativa.

Meta

A %d blogueros les gusta esto: