LA SANTÍSIMA TRINIDAD: MISTERIO DE COMUNIDAD DE AMOR Y MODELO DE COMPROMISO Y ENTREGA PARA CON EL PRÓJIMO.

junio 15, 2014 § Deja un comentario


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“Con el uno y con el otro en igualdad y valía, Tres Personas y un amado entre todos tres había, y un amor en todas ellas y un amante las hacía, y el amante es el amado en que cada cual vivía; que el ser que los tres poseen cada cual le poseía” (San Juan de la Cruz) 

 

En el Domigo de hoy, la Iglesia Católica contempla el Misterio de la Santísima Trinidad, progresivamente revelado a lo largo de la Historia Sagrada y esclarecido por los Padres de la Iglesia, aunque incomprensible del todo a la razón humana. Dios se revela como una Comunidad de Amor de tres Personas que comparten la misma sustancia o la misma naturaleza: el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo. Lejos de ser ésta una revelación estática, el propio Jesucristo y, más adelante, los Padres de la Iglesia, nos revela la incesante comunicación entre las tres divinas Personas que componen la Trinidad, como comunicación constante de Amor entre ellas y como Fuente del Amor inagotable que quiere derramarse sobre el hombre, hecho a imagen y semejanza de la Trinidad, como explicara en una de sus últimas catequesis el papa Benedicto XVI.

Por ello, lo importante del Misterio que hoy contemplamos, más allá de cualquier explicación teológica, como ha sido señalado por los últimos papas, es que se trara de un Misterio de comunión y comunicación que expresa la esencia última de Dios: el Amor. Dios no puede entenderse sino como relación de entrega entre sus tres Personas, todas Ellas iguales en dignidad y naturaleza, naturaleza que no es otra que el Amor sin límites. En esta Comunidad de Amor, como ya explicaron los primeros Padres, Jesucristo nos revela el misterio íntimo de Dios, “no en la unidad de una sola Persona, sino en la Trinidad de una sola naturaleza”, como reza el prefacio de la Misa de la Santísima Trinidad.

La Solemnidad de la Santísima Trinidad es también el día dedicado por la Iglesia Universal a las vocaciones contemplativas. A mostrar a todo el pueblo de Dios como modelo de vida evangélica -aunque no único- la vida de todos aquellos hombres y mujeres que, habiendo recibido esa específica vocación, se retiran del mundo no como huída egoísta, sino para cumplir una vocación contemplativa de Dios que se realiza en los conventos y en los miles de lugares sagrados de retiro, auténticos oasis en medio de la premura y de las obligaciones de la sociedad actual. Desde ahí, los religiosos y religiosas regulares -típicamente los monjes-, no se limitan a contemplar a Dios, sino que, al integrarse por la Comunión de los Santos en el Cuerpo Místico de Cristo y de Su Iglesia, oran por el resto de las vocaciones de la llamada Iglesia militante, la que formamos los cristianos de toda la Tierra. Debemos estar agradecidos a los hombres y mujeres contemplativos, pues éstos no se limitan a vivir ellos solos para Dios, sino que, viviendo para Dios, constituyen un auténtico estímulo para cualquier cristiano -que puede, por períodos limitados de tiempo, dedicarse a este tipo de vida como alimento espiritual para preparar su acción en el mundo-, al tiempo que dichos hombres y mujeres interceden por nosotros y viven para Dios orando por la salvación del mundo. Para la mayoría de los cristianos, ya seamos religiosos o seglares, los que no nos hemos retirado del mundo, sino que “vivimos en el mundo, sin ser del mundo”, utilizando prestadas las palabras del evangelista San Juan, la labor de las vocaciones contemplativas debe servirnos como estímulo para la acción en el mundo y para el mundo de hoy: para la edificación aquí y ahora del Reino de Dios. Sólo así puede comprenderse en su plentitud el sentido del mensaje evangélico y la importancia que el propio Jesucristo da a las bienaventuranzas y a las llamadas obras de misericordia, tanto corporales y espirituales, en un mundo tan necesitado de la Presencia de Dios; Presencia que, lejos de limitarse a una predicación estéril y autocomplaciente -error en el que muy frecuentemente caemos los cristianos-, debe comunicar la autencicidad y la actualidad del mensaje evangélico con la finalidad de contribuir a cambiar el mundo, demoliendo lo que San Juan Pablo II llamara las “estructuras de pecado” del mundo actual. Ello implica una decidida acción comprometida en el mundo en pro del Reino de Dios, que pase, entre otras coas, por la denuncia de las injusticias más sangrantes del mundo contemporáneo, precisamente para hacer este mundo lo más compatible con el Amor que, manifestado en la Trinidad, constituye la misma esencia de Dios. En esta línea, hace menos de una semana, el papa Francisco, en la última de una serie de catequesis sobre los dones del Espíritu Santo, hacía una reflexión sobre quienes viven en el mal, explotando a otros, viviendo para el poder y el dinero, la violencia y la muerte. En su corazón, se lamentaba Francisco, no hay sitio para Dios y no podrán ser nunca felices.

El Papa terminaba la catequesis aludiendo al Salmo 34: “Este pobre hombre invocó al Señor: Él lo escuchó y lo salvó de sus angustias. El Ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los libra”, e instándonos a los fieles la gracia de unir nuestra voz a la de los pobres, para acoger el don del temor de Dios y podernos reconocer, junto a ellos, revestidos por el Amor y la Misericordia de nuestro Padre.

En su mensaje después del Ángelus del día de hoy, el Santo Padre ha hecho alusión a la grave idolatría que sufre nuestra sociedad en general, especialmente el Primer Mundo, que adora al Dinero de una manera prácticamente religiosa, al tiempo que ha llamado la atención sobre la lacra del paro juvenil que afecta sobre todo a los países del Sur de Europa, países caracterizados por un gran arraigo en la fe católica. De acuerdo con este mensaje, el Papa ha llamado la atención sobre la necesidad de intervenir a los fieles, sobre todo a aquellos que revisten cargos de relevancia pública, para remediar una situación de crisis injusta en la que se ha producido ya una total inversión de los valores tradicionales que inspiraron Europa, y donde las personas están al servicio del dinero, y no al revés, como debería ser.

Volvamos, pues, nuestra mirada y nuestro corazón al Dios único y trino y pidámosle, con humildad, que atienda las súplicas de Su pueblo, especialmente, de las personas más necesitadas de consuelo y misericordia, con la oración colecta de esta Solemnidad “Santísima Trinidad, Escúchanos”.

 

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