TREINTA MONEDAS. Carta abierta a S.E.R. Ignacio Ducasse, Presidente de la Conferencia Episcopal Chilena.

junio 23, 2014 § Deja un comentario


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Acogiéndome al derecho de cita, para mayor conocimiento de mis lectores, he considerado interesante postear abajo las declaraciones de Monseñor Ignacio Ducasse, Presidente de la Conferencia Espiscopal de la República de Chile, en formato similar al que me fue retwitteado a mi cuenta particular de Twitter hace unos días. No en vano he escogido estas declaraciones por proceder de una persona que vive en un país cuyo pensamiento económico se fundó durante muchos años en las corrientes doctrinarias más ultraliberales e incluso antidemocrácticas de la Escuela de Chicago, perfectamente compatibles con una dictadura como fuera la chilena, o las actuales dictaduras del competitivo Sudeste asiático. En ellas se aborda la espinosa cuestión del valor o el precio de las personas, en relación con el mercado del fútbol. Más bien sobre el precio, porque, como bien dijera Antonio Machado, “todo necio confunde valor y precio”. Mi intención con esta Carta, a la que puede que le sigan más desarrollos, es ir mucho más allá, y expresar mi opinión sobre la diabólica inversión valorativa que se ha producido en nuestras sociedades posmodernas, en las que todo se compra y se vende. También la vida y la dignidad. Y ya no “sólo” en el Tercer Mundo, sino en todo el ancho mundo. Más aún, el mercado y la compraventa constituyen para nuestras sociedades y economías actuales lo que algunos filósofos o sociólogos del siglo pasado habrían llamado “la cifra” (Jaspers) o “la relación comunicativa por excelencia que conforma la identidad social de nuestros sistemas y subsistemas sociales” (Luhmann).

 

Eminencia:

En pocos casos como en los deportes-espectáculo, S. S. el papa Francisco, a pesar de su procedencia argentina, se ha mostrado tan crítico con el fenómeno que se da, no sólo simbólicamente, como S. E. explica tan bien en sus declaraciones, de la tasación de la vida humana. Sobre esto, que creo que se sitúa en el centro de su mensaje, y no sobre el fútbol, quería compartir con S. E. una serie de reflexiones, no sin antes dejar de expresar mi opinión sobre la gran razón que tienen, a mi juicio, la mayoría de las personas que en Brasil, país donde el fútbol es vivido por muchos como una pseudorreligión, con ocasión de este mundial, han manitestado una postura muy crítica en torno a la suntuosidad de los gastos públicos realizados a mayor gloria del evento, teniendo en cuenta la situación de extrema desigualdad y de pobreza que asola al país.

En cuanto a la cuestión de fondo: el valor de la persona y su tasación. Procedo de un país todavía más cohesionado que el de Su Eminencia, España, y al que todavía nos atrevemos a definir como “desarrollado”, solamente porque mantiene un régimen democrático formal y las desigualdades, aunque graves, no son extremadamente sangrantes. Sin embargo, si seguimos el ritmo que llevamos en Europa -especialmente en Europa del Sur-, sometiendo nuestra política, nuestras propias personas y nuestra dignidad a los dictados de los mercados financieros, o a las “economías idolátricas”, como las denominara recientemente el papa Francisco, acabaremos llegando a una situación social en la que se junten, además de la crisis de fe propia del Primer Mundo, la pobreza y la miseria propias del Tercero. Ya antes de que se produzca esta situación, muchas personas en situación de desempleo y en riesgo de exclusión social, anteriormente “socialmente integradas” en un sistema capitalista con contrapesos sociales, nos sentimos pisoteadas en nuestra dignidad, y con razón. Es algo más que un sentimiento de privación, de inutilidad y de carencia de valor, algo de por sí suficientemente grave como para despertar la conciencia colectiva de un pueblo en torno a la cuestión de que su economía no puede seguir cimentándose en los mismos engranajes -pues no me atrevo a llamarlos principios- que han llevado a nuestro país al borde de la ruina económica y moral. Se trata de una crisis que ha golpeado en Europa de un modo especialmente duro a los países del Mediterráneo, los por algunos llamados “PIGS”. En este sentido, resulta muy significativo que personalidades de la máxima autoridad moral, comenzando con S. S. el papa Francisco, S. M. el rey Don Juan Carlos I, S. M. el rey de España Don Felipe VI, el Presidente de la República italiana Giorgio Napolitano, así como políticos de diversas posiciones ideológicas que merecen todos mis respetos, como el ex primer ministro italiano democristiano Enrico Letta o el candidato a la Presidencia de la Comisión Europea Tsipras por la Izquierda Unitaria Europea-Izquierda Verde Nórdica, por poner sólo algunos ejemplos, hayan tenido en el centro de sus mensajes sobre el desempleo la misma idea: la pérdida prolongada del empleo acaba afectando no sólo al país, por cuanto el absoluto desprecio de los mercados y de los llamados “emprendedores” del talento de varias generaciones muy preparadas y, en muchos casos, hipercualificadas, conducen a la pérdida irreparable de una oportunidad histórica para el progreso del país en términos de desarrrollo, sino, sobre todo, porque dicha situación prolongada de desempleo nos ha llevado a muchos a ese sentimiento legítimo de pérdida de nuestra dignidad.

No soy yo quién para hablar de deuda, cuando la deuda de los países mediterráneos, tanto pública como privada, no se acerca ni de lejos a la injusta deuda que el Tercer Mundo mantienene como una losa frente al Primero, y que en la mayoría de las ocasiones no va a poder pagar si no media una condonación total o parcial. Como ciudadano comprometido con mi entorno social que nunca he dejado de ser, en mis tiempos de bonanza, creo hice lo que pude para exigir a nuestros gobiernos, responsables -que no causantes, que es distinto, pues los causantes son los principales mercados occidentales de materias primas-, la condonación de la deuda. Hoy resulta absolutamente imposible abogar por un comercio justo en una economía regresiva cuyo curso sólo se explica por la especulación de unos pocos. Así que, Eminencia, si le llegan estas breves líneas, le diría que tiene razón en el mensaje, pero que “el mundo” -tal y como lo entendió conceptualmente el evangelista San Juan-, no se rige ya por estos criterios. El ampuloso discurso de la tradición jurídico-política del Norte occidental, en el que nuestros mediocres políticos repiten incansablemente palabras y expresiones ya desgastadas como “dignidad humana”, “dignidad de la persona”, “derechos humanos”, “derechos sociales”, muchas de las cuales encontramos en nuestras leyes y en nuestros textos constitucionales, resulta ya hueco y falto de toda credibilidad. A diferencia de tiempos pasados, no se rige en parte por estas leyes, sino por el capricho y los dicterios de “los mercados”, a los que hay que satisfacer como a “ídolos”, sacrificando públicamente ante sus altares, por ejemplo, la dignidad, la salud, y la integridad física y moral de personas que han perdido su empleo por causa de una crisis que ha sido causada por el hombre, y que, utilizando las palabras que empleara J.F. Kennedy tras la victoria de la cordura frente a la locura tras un oscuro episodio de nuestra Historia mundial no tan lejana, “es el hombre el que debe resolverla”. En en mi país, muchos no podemos pagar deudas contraídas con entidades usureras que tienen, de facto, mayores derechos que nosotros, a los que se nos considera ciudadanos. En este contexto de pérdida de empleo, peso de la deuda y pérdida de expectativas de lograr una vida digna, que afecta de un modo sangrante a personas jóvenes y no tan jóvenes, de pérdida de derechos básicos como el derecho a la educación o el derecho a la sanidad, cuando no de “derechos formales” como el derecho de manifestación o la libertad de prensa -incluida la propia libertad religiosa cuando lo que se diga en su amparo no convenga a los intereses financieros-, muchos hemos sentido que hemos perdido la dignidad, y por qué no, la vida. Quizá no estemos muy lejos de un escenario distópico en el que por fin se diga claramente lo que cuesta cada ser humano por parte de un Gobierno mundial tecnológico de tintes totalitarios, como muchos se aventuran a prececir. Aunque no se trata de algo completamente nuevo, pues siempre se puso precio a la vida de los hombres por parte de los hombres. Personalmente, mi posición es que no vivimos en democracias reales, sino, a lo sumo, en democracias reales que respetan algunos derechos mientras su ejercicio no les sea demasiado incómodo a los poderosos, que son los que verdaderamente nos gobiernan; élites -y ya es atribuirles una cualidad moral que dudosamente poseen- plutocráticas; estamos ante un gobierno de los mercados, pero que no es el exigido por la tradición del constitucionalismo social del siglo XX, que demanda un gobierno de los mercados ejercido por representantes políticos elegidos democráticamente, en la línea de defender una recuperación de la primacía de la política frente a la economía que reclamara hace poco el papa Francisco en su entrevista. Por el contrario, nuestro sistema socio-económico-político, o simplemente nuestras sociedades, están regidas por un gobierno de los mercados ejercido desde éstos, por éstos y para éstos, con instituciones que les bailan el agua, y frente al cual los antiguos valores defendidos tanto por ideologías políticas tradicionales “de derechas” o “de izquierdas”, que antiguamente podían haber servido de contrapeso al pensamiento único y a la hegemonía cultural del mismo expresado por la primacía de la economía como ciencia comprensiva de la totalidad de la realidad social actual, ya no cumplen ninguna función de contrapeso al afán de codicia del ser humano. Algo similar sostiene el propio papa Francisco, cuando dice que vivimos en “economías idolátricas”, que ponen precio a la vida y a la dignidad humanas. En cuanto a la mía, ya sé su precio, y corresponde exactamente a la cantidad que debo a las entidades financieras. El propio Rey Felipe VI de España, por su parte, en su discurso de inauguración de su reinado en las Cortes Generales, habló de los efectos de la lacra del desempleo, que han llegado, en sus propias palabras, hasta el punto de que muchas personas hayan perdido su dignidad como tales, y de la responsabilidad colectiva del Estado y de la sociedad civil en orden a que estas personas seamos “recuperadas” para el bien de la comunidad. El nuevo Rey juró defender los derechos “de los ciudadanos y de las Comunidades Autónomas”, y, que yo sepa, los que mandan, las entidades financieras y los mercados no son “ciudadanos ni Comunidades
Autónomas”. Y, sin embargo, me encuentro personalmente en la paradoja de que pronto seré juzgado por las autoridades humanas de este país en su nombre, y condenado. Recordando a Shakespeare, sólo podré ofrecer una libra de mi carne como tributo a las entidades usureras que me demandan. Algo anda podrido en este país y en el sistema económico mundial cuando se permiten estas cosas, y, personalmente, me va bastante bien si me comparo con otras personas que han sido tasadas por los créditos hipotecarios, y se ven ahora desahuciadas y con el peso de la deuda, como he expresado antes. Y no digamos frente a personas del Tercer Mundo que mueren todos los días literalmente por un puñado de dólares al amparo o bajo la complicidad de los gobiernos del Primer Mundo, los cuales dicen defender “sus intereses nacionales”, cuando realmente lo que defienden son los interereses de unos pocos. En fin, no quiero extenderme más. No creo haber dicho mucho más de lo que ya todos sepamos, y que algunos defienden, otros criticamos, y a otros les resulta indiferente. No creo en la justicia humana, y apelo a la justicia y a la misericordia divinas. Porque, como no me corresponde a mí juzgar, si a mí, y a muchos, no se nos ha hecho justicia en este mundo, como dice la sabiduría de los Salmos, “el Señor me hará justicia”.

A modo de epílogo: lo que escribo en esta carta quiero hacerlo sin rencor ni resentimiento a los que me juzguen, aunque me resulte difícil, pues, como he dicho antes, no me correspode a mí juzgar, y está escrito: “no juzgues, y no serás juzgado”. Dicho lo cual, la correción fraterna me aconseja, es más, considero que me obliga en conciencia a denunciar las graves inversiones valorativas del mundo de hoy regido por el dios Dinero, en la línea expresada por el propio Santo Padre. Mi Dios, espero que sea siempre el Dios crucificado. El Dios que se rebajó a la altura de los hombres, y no precisamente a la de los más ricos. El que siendo rico, se hizo pobre, haciéndose en todo semejante a nosotros, salvo en el pecado. Su Vida, precisamente la de Aquél inocente que era y que es la Vida, también fue tasada por los hombres: concretamente en treinta monedas de plata. Mi vida y mi dignidad están hoy tasadas en unos cuantos miles de euros. Suficientes para que me maten en el Tercer Mundo o para que en el Primer Mundo me perdonen la vida pero me condenen a la muerte civil. También Nuestro Señor sintió la infamia, el ostracismo de Su pueblo y el abandono de los suyos, hasta el punto de exclamar: “Me muero de tristeza” (Mt 26, 38). Por no mencionar el grito de abandono al Padre justo en el momento más doloroso de Su Crucifixión (Mt 27, 46). La Pasión de Nuestro Señor Jesucristo es lo único que puede confortarme en momentos vitales en los que uno parece tener que enfrentarse solo a las estrcuturas de poder y de pecado, como las denominara el papa San Juan Pablo II. Y, claro, la impotencia y la amargura, cuando no cosas peores, se apoderan de mi espíritu, que va atravesando sin cesar noches oscuras, malas noches en malas posadas…. Solamente contemplar la comparación entre ambas “tasaciones” debería hacerme desfallecer, no ya por la cuantía, sino por la meditación sobre la Bondad y la Majestad de Quien fue entregado aceptando el precio de la traición por nuestra causa, desde la conciencia de mi miseria como hombre pecador. Tal vez quisiera el mundo sojuzgado por el peso de sus deudas y sus culpas -por cierto, la raíz etimológica de ambos términos es en muchos idiomas la misma, y la historia de la liturgia cristiana los ha intercambiado muchas veces, como en el rezo del Padre Nuestro-, no ya sólo saber, sino experimentar, lo que Dios ha hecho por mí, y que ahora, sin embargo, en una situación de grave desánimo, apenas puedo recordar con alegría. A veces no es culpa nuestra. Los sentimientos, simplemente, aparecen, y también el desánimo, la desesperación frente a un Dios silente que, como en muchos de los Salmos de David, parece dar la espalda al hombre afligido y cercaado por sus enemigos. Pero Dios actúa en el mundo, y siempre tiene la última palabra. Porque Él, que era inocente, por mí, por ti, y por todos los hombres, aceptó el precio de la ignominia, de ser contado entre los criminales, para salvar a toda la Humanidad. Con ello no sólo pagó la antigua deuda de Adán, sino todos nuestros pecados y nuestras culpas, justificándonos por Su Pasión y Su Cruz ante Dios Padre, y regalándonos el don de la filiación divina por adopción: ¡Qué alejado parece este discurso de la mentalidad contemporánea y del pensamiento economicista que parece vertebrar nuestros sistemas socioeconómicos y políticos! Y es que el Amor sin límites es el Único que nos puede salvar, como nos recordó recientemente el papa Francisco en una de sus últimas publicaciones. Sobre todo en los momentos de tribulación, de prueba, de humillación, de vejación y aun de pecado, volvamos nuestra mirada a Jesús compasivo y misericordioso, crucificado, y a la Cruz, y unámonos solemne y silenciosamente al canto de la antífona del Oficio de la Adoración de la Cruz de la Liturgia del Viernes Santo, “mirad el árbol de la Cruz, en el que estuvo clavada la salvación del mundo”. Porque Jesús no se bajó de la Cruz, hasta que todo estuvo consumado. Ayer celebrábamos en España la Solemnidad del Corpus, del Misterio Eucarístico de la Sangre y del Cuerpo de Cristo. Pidámosle a Él, que ha querido quedarse en este Sacramento como Memorial de su Pasión que nos conceda, como reza la liturgia final de la Adoración Eucarística, venerar siempre los sagrados Misterios de Su Cuerpo y de Su Sangre, de tal modo que experimentemos siempre el gozo de Su Redención. Pidámosle a Jesús también, a través de su Madre, Mediadora de todas las gracias, y al Espíritu Santo Defensor, poder contemplar con los ojos de la fe la verdad de que una sola gota de la Sangre de Cristo derramada por nosotros vale infinitamente más que todas las deudas y todos los pecados de todos los hombres cometidos durante la Historia de la Humanidad, desde su comienzo hasta su final. Él ha pagado por nosotros a Dios Padre, y el Padre le ha hecho Señor de todas las cosas. Dios es el verdadero dueño de todo lo creado. Dios quiera que podamos experimentar la alegría de que su Hijo Jesucristo pagó y satisfizo por nosotros, de una vez para siempre, nuestras deudas. Por el inmenso Sacrificio de Jesucristo éstas están pagadas ante la Justicia divina, y nosotros en amistad con Dios. Y, recordando a San Pablo, si Dios está con nosotros… ¿Quién contra nosotros?

Ruego, Eminencia, rece por mí, para que lo que acabo de escribir pueda calar en mi corazón como lluvia fina, y por todos los que en estos momentos experimentamos un ataque constante a nuestra dignidad como personas en una sociedad inhumana, que se desentiende arbitrariamente de las aportaciones que le podemos y debemos prestar, para que nosotros, los excluidos, llenos de nuevo del Espíritu Santo y de Sus siete dones, especialmente del don de fortaleza, y con Sus frutos de paz y gozo, podamos experimentar de nuevo la alegría de nuestra salvación, en nuestra conciencia de sabernos Hijos perdonados y amados por Dios.

El Señor le bendiga, le guarde de todo mal y le lleve a la vida eterna.

 

Pablo Guérez Tricarico

@pabloguerez

 

Mundial FIFA Brasil 2014 debe recordar que la persona no vale por el dinero, expresa Obispo

Mons. Ignacio Ducasse. Foto: iglesia.cl
    Mons. Ignacio Ducasse. Foto: iglesia.cl

SANTIAGO, 19 Jun. 14 / 03:28 am (ACI/EWTN Noticias).- El Secretario General de la Conferencia Episcopal Chilena (CECh),   Mons. Ignacio Ducasse, expresó su deseo de que el mundial de fútbol que se disputa estos días en Brasil sea una oportunidad para recordar que la persona –incluyendo el futbolista-, vale por su dignidad humana y no por su condición física o la tasación de su pase.

En un artículo publicado en el sitio Iglesia.cl, el Prelado destacó los valores que inculca el deporte, así como los beneficios económicos que trae a las personas que trabajan alrededor de los espectáculos deportivos.

“Muchos piensan que los tiempos de ir al fútbol en familia son parte del pasado. Explican que la violencia ahuyentó a la familia de los estadios y que la tecnología nos lleva el espectáculo deportivo a la comodidad del hogar. Sin embargo, el público no decae y son múltiples las industrias que se benefician con el fútbol, desde la industria de los mega-auspiciadores globales, pasando por las grandes redes de televisión, hasta los vendedores de comida y los acomodadores de autos”, afirmó.

Asimismo, recordó que “en la competencia futbolística se aprende a trabajar en equipo y a promover el respeto, que cada uno puede desplegar con sus mejores talentos. ¡Cuántas veces el fútbol ha sido capaz de silenciar metrallas y superar barreras políticas, económicas, idiomáticas y culturales!”.

“El fútbol enseña a ser leales, coherentes y consecuentes con la palabra empeñada, capaces de levantarnos con esperanza para volver a la lucha cotidiana”.

Sin embargo, “también en el deporte el egoísmo humano puede ensuciar hasta la más sana y noble de las ilusiones. Cuánto talento juvenil termina enmarañado en las usureras redes del tráfico de talentos. Cuántas veces la competencia se ensucia con límites extremos y violentos”.

Por ello, expresó su deseo de que el mundial de fútbol sea “una buena oportunidad para recordar que los seres humanos valen por su dignidad de personas, no por su condición muscular ni la tasación de su pase. Y que los verdaderos triunfos en la vida se logran a punta de esfuerzos colectivos y no exentos de sufrimiento. La vida no se resuelve por penales”.

 

Etiquetas: BrasilChileDeporteIglesia en ChileDignidad humanaMundial Brasil 2014Obispos de ChileMundial FIFA Brasil 2014

 

 

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