Comentario al artículo “El grito de Dios”, del Dr. Ignacio Sánchez Cámara

julio 19, 2014 § Deja un comentario


 

En la Cátedra de Moisés se han sentado los letrados y los fariseos.  Haced lo que ellos dicen, pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen. Ellos mandan liar a los demás fardos pesados y cargas illevaderas y se los cargan en la espalda, mientras ellos no son capaces de moverlos con un solo dedo (…) El mayor entre vosotros, que sea vuestro servidor. El que se enaltezca será humillado, mientras que el que se humille será enaltecido (Mt 23, 1-4; 11-12).  

 

La lectura del artículo “El grito de Dios”, publicado en el diario abc el pasado 6 de julio, inquietante, no exento en parte de verdad, pero a mi juicio sesgado por un catolicismo tradicionalista que no puede ni quiere dar respuesta a los problemas de hoy, del Dr. Ignacio Sánchez Cámara, Catedrático de Filosofía del Derecho, me ha movido a dirigirle, respetuosamente, una contestación, desde el deseo de manifestar mi posición sobre un tema sobre el cual los mayores pensadores de la Historia de la Humanidad, incluido San Agustín, no han conseguido a mi juicio hasta la fecha ofrecer una respuesta satisfactoria, al menos en el nivel lógico formal o teológico clásico: el problema de la permisión del mal por parte de Dios. La insatisfacción a la que he llegado tras la lectura del artículo se ha visto reforzada por el hecho de que no he encontrado ninguna referencia al mayor argumento defendido hasta la fecha por todos los grandes pensadores clásicos para hacer compatible el mal con la Bondad infinita de un Dios todopoderoso: el respeto a la libertad del hombre. Más allá de ello, el artículo -aunque su autor lo niegue- es un sofisticado panegírico del dolor y del sufrimiento “porque sí”, sin conexión teológica alguna con las verdades que enseña la fe católica, que parecen despreciarse conjuntamente con una pavorosa y casi soberbia preterición del mensaje evangélico. El artículo se basa en unas ideas contenidas en el ensayo El problema del dolor, de C. S. Lewis, en unas pocas reflexiones de San Agustín, y, sobre todo, en la propia ciencia teológica del autor.

Después de leer artículos como éstos, a estas alturas, y en relación con el problema que nos ocupa, me parecen mucho más honestas las respuestas que rehúyen una explicación sistemático-teológica basada en sistemas hoy por hoy bastante alejados del sentimiento religioso del hombre de nuestro tiemplo y se contentan con una “suspensión del juicio”, al modo de los antiguos griegos (epoché) o con el reconocimiento de la impotencia de la razón humana, al modo del propio Kierkegaard, citado en el artículo que comento. Todas estas respuestas son en cierto modo fruto de un “pensamiento débil” pero más sincero, a mi juicio; hablan de “misterio”, como el Catecismo Oficial de la Iglesia Católica, y están, en su parte más valiosa, acompañadas de las actitudes morales que podemos tomar ante el “problema”, y que deben pasar a mi juicio por la confianza en la Providencia y la confianza en Dios.

Utilizando el derecho de cita, redirijo a mis lectores a la página web donde se encuentra alojado el artículo original de D. Ignacio Sánchez Cámara: http://www.almendron.com/tribuna/el-grito-de-dios/, en la que espero hayan publicado también mi comentario. En cualquier caso, éste último, al ser de mi autoría, lo reproduzco aquí en su integridad, licenciándolo asimismo con una licencia de creative commons.

Ahí va, espero que no os aburra mucho 😉

 

Estimado Colega:

Tras la lectura de su artículo no puedo resistirme a realizar una serie de consideraciones sobre el Dios que, seguramente por su formación agustiniana, intenta presentarnos. Lo conozco muy bien: es el Dios del Antiguo Testamento -por cierto, no de todos sus Libros, pues Jahvé, como bien sabrá, es en unos presentado como Dios colérico y celoso, ávido de sangre (no voy a entrar ahora en la correcta exégesis, por ejemplo, del Pentateuco o de otros libros canónicos), y en otros como Dios misericordioso, lento a la ira y pronto al perdón (como el Libro de los Salmos), que no quiere sacrificios y holocaustos, sino para Quien el mejor sacrificio es un espíritu quebrantado y humillado, que el Señor nunca desprecia (Sal 51, 17)-.

Sin descuidar aspectos muy lúcidos y en parte verdaderos de su artículo, considero sinceramente errónea su visión del Dios-Dolor, en gran medida incompatible con la del Dios Amor predicado por Jesucristo. Como Ud. nos explica, ante un Dios que hace del dolor infligido al hombre el “instrumentum santificationis” por excelencia -sin importar su culpa, puesto que Ud. justifica, y a un más, intenta, a mi juicio sin éxito, integrar sistemáticamente en el plan divino el mal sufrido por niños inocentes-, prácticamente la única vía de comunicación divina y de salvación, la influencia agustiniana se hace patente; influencia cuyo pesimismo existencial habría llevado a Lutero, siglos más tarde, a apartarse de la Iglesia Católica y a emprender la Reforma, con su pesimismo cuasi determinista, que intenta muchas veces negar valor al Sacrificio de Cristo, por cierto, el único por el que nos salvamos, si Ud. lee el Evangelio. A mayor abundamiento, el silencio de Dios, como Ud. sabrá, es un concepto que nace y es sentido profundamente en algunas Iglesias reformadas de origen luterano, especialmente en las Iglesias evangélicas escandinavas. Unamuno, que Ud. cita, con su conocimiento de Kierkegaard -por cierto, pensador heterodoxo en su Iglesia de origen-, une su tan hispánico “sentimiento trágico de la vida” para acercarnos a su preocupación existencial del “silencio de Dios”.

Hablemos entonces del dolor dentro del plan divino. Ud. parece muy influido por el Libro de Job y, en este sentido, tras incurrir en una falacia de petición de principio -pues sólo se puede, utilizando su expresión, “quebrar la voluntad” desde una decisión voluntaria-, incurre en una falacia de composición, falacias que Ud., como filósofo del Derecho, conocerá muy bien. Pero volvamos a su “razonamiento” teológico. Afirma Ud. que “El hombre no se ve obligado a quebrar su voluntad para entregarla a Dios mientras las cosas le vayan bien”. Cierto en algunos casos. En la experiencia personal del sufrimiento podemos encontrar a Dios, en la contemplación de los Misterios de su Pasión y Muerte. Personalmente, el episodio que Ud. relata de Getsemaní me parece una excelente meditación sobre el abandono y el sufrimiento psíquico, que conlleva la anticipación de todo el sufrimiento psicofísico y espiritual de la Pasión de Nuestro Señor: el cáliz que pide al Padre que le sea apartado. También es verdad que en episodios en el que las cosas “nos vayan bien” según los criterios del mundo, corremos el riesgo de olvidarnos de Dios y de no reconocerle como critaturas como causa y dador de todo bien; el riesgo de dejar de alabarlo y darle gracias y erigirnos en nuestros propios dioses. La Historia del Pueblo de Israel está lleno de ejemplos: “Que se me pegue la lengua al paladar si me olvido de ti”, reza la antífona del Salmo 136. Sin embargo, y a pesar de todas estas reflexiones, no creo que esto se extrapolable a todos los hombres ni a todas las épocas; ni siquiera a todos los santos. Es cierto que un recorrido muy semejante se ha dado en muchos santos (San Pablo, el propio San Agustín, y en todos aquellos que se han convertido a Dios tras vías disolutas; la parábola del Hijo pródigo que regresa a la Casa del Padre contenida en Lc 15 es precisamente una bellísima analogía condensada de la caída, vuelta y perdón del hombre con el que puede resumirse la historia soteriológica de la Humanidad, relatada por el mismo Redentor). Pero no resulta siempre un camino mejor ni, mucho menos, necesario. En este sentido, no es tanto en el dolor crudo en el que se manifiesta, como en su tesis, la voz de Dios, sino en la prueba: en la prueba, en las “noches oscuras del alma”, como las llamara San Juan de la Cruz, Dios se manifiesta como Amado que se esconde y al cual tendemos, mientras nuestro camino se nubla por el miedo y la tentación. Y sobre todo, Dios se manifiesta en su esencia, que es Amor (1 Jn 4-8). La historia está llena de santos que, vencedores de la prueba y del dolor que conlleva, han merecido -a través del Sacrificio redentor de Jesucristo-, la salvación, o así debemos suponerlo los católicos. El dolor sólo cobra sentido tras el Sacrificio redentor de Cristo en la Cruz, y es éste el dolor que santifica, tras la caída del hombre y el Sacrificio de Cristo -éste, precisamente, es el punto que me parece importante destacar del dolor o del sufrimiento, no el dolor en sí en el que “gritaría Dios”, casi al modo desgarrador con que lo hizo en la Cruz con la expresión “Eli, Eli, lanma sabactani”, dolor que, como Ud. mismo reconoce, es un mal-. Así, más bien creo que el dolor que purifica y conduce a la salvación es el que provoca la aceptación de la cruz con la que Jesucristo nos invita cargar a cada uno, sea cual sea, a imitación -que no equivalencia- Suya (“El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga” (Lc 9, 23). Es la cruz de cada día, no la Suya, la que el Maestro nos invita a cargar. Y cada cual tiene la suya, no porque sea “enviada” por Dios a modo de castigo, sino porque las cruces permanecen en el mundo como secuelas del pecado. Y por supuesto que el Maestro nos acompañará siempre en ese camino, conforme a Su promesa, pues, como Él mismo nos dijo, “yo estaré con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Es verdad que, a veces, Dios puede “llamar a parte”, como lo hizo a sus discípulos, a cualquiera de nosotros para que recapitulemos sobre la verdadera jerarquía de valores que debe regir nuestras vidas, por medio del sufrimiento, pero para que descubramos, por ejemplo, que ha sido nuestro mal moral -nuestra idolatría, nuestra inmoderación-, lo que ha llevado a una ruina física perceptible por los hombres. De todo eso Dios, en su infinita Providencia, puede y quiere prevenirnos si nosotros nos abrimos a su voz y le dejamos espacio en nuestro corazón. Sin embargo, con la insistencia -Ud. dice que no es una apología, pero si no lo es le falta muy poco-, sobre el poder del dolor, recuerda Ud. más al Satanás del Libro de Job que a Jesucristo, el Hombre Nuevo, como lo definiría San Pablo, para Quien hay un tiempo para todo, para gozar y para sufrir, Quien no dudaba en sentarse a la mesa y comer y beber con publicanos, Quien invitaba a cenar a los pecadores y no parece que practicara -excepto en su retirada al desierto- una ascesis extrema, como sí practicaba su predecesor Juan el Bautista, de la secta judía de los esenios. A Jesús lo que realmente parece importarle, según el relato evangélico, es la actitud del corazón, y en esto parecen estar de acuerdo tanto el Evangelio de San Juan (conocido también por su merecido nombre de Evangelio del Amor), como los sinópticos.

Por el contrario, parece que Ud. se ha quedado anclado en el AT y en concreto, en el modelo de Job, el cual, además, no ha sabido interpretar bien, dicho sea como el mayor respeto. Satanás, como nos recuerda el relato bíblico, tras darse una vuelta por el mundo, sube al trono de Dios con el resto de los ángeles: “Un día fueron los ángeles y se presentaron al Señor; entre ellos llegó también Satán. El Señor le preguntó: – ¿De dónde vienes? El respondió: – De dar vueltas por la tierra. El Señor le dijo: ¿Te has fijado en mi siervo Job, es un hombre justo y honrado, religioso y apartado del mal. Y Satán le respondió: ¿Y crees que su religión es desinteresada? ¡Si tú mismo lo has cercado y protegido, a él, a su hogar y todo lo suyo! Has bendecido su trabajo, sus rebaños se ensanchan por el país. Pero tócalo, daña sus posesiones, y te apuesto a que te maldice en tu cara. El Señor le dijo -Haz lo que quieras con sus cosas, pero no le tocarás la vida. Y Satán se marchó” (Jb 1, 6-12). El resto de la historia es bien conocida. Job permanece fiel al Señor (“El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea Su santo nombre”). Al final Dios, tras haber permitido que Satán le quitara todo -incluidas su mujer, sus hijos, su salud-, le reestablece en todo su honor vejado por Satán y le da el ciento por uno de sus bienes, incluidas nueva mujer e hijos.

Aunque esto sea Historia Sagrada, ésta evoluciona hasta la llegada de Jesucristo, el Redentor del Hombre, para, en la culminación de los tiempos, no sólo devolver al hombre su primitiva libertad que había perdido por el pecado de Adán, sino para darle gratis algo mucho más valioso: la libertad de ser Hijo de Dios por adopción. Y Ud., querido colega, parece que se ha quedado en las valiosas, pero incompletas, enseñanzas del Libro de Job.

Como he dicho antes, Jesús no fue un asceta principalmente. Fue una Persona que llevó un mensaje de esperanza y de Amor a todos los hombres que no estuvieran cegados para aceptarlo. Y no sólo cegados por el dinero y por los bienes materiales, sino por el orgullo o la soberbia de los fariseos, que no supieron reconocer en Él al Hijo del Hombre. Un Hombre que, como todavía se recuerda en la liturgia católica del rito romano, pasó haciendo el bien, curando a los oprimidos por el mal, sanando enfermos, expulsando espíritus inmundos y anunciando la inminente llegada del reino de Dios, que Él mismo proclamó -y para ello no hace falta irse a los escritos gnósticos o a los apócrifos, pues me basta, entre otras fuentes canónicas, el Evangelio de Lucas, que dice que el reino de Dios “ya está entre vosotros” (Lc 17, 21)-.

A diferencia de Juan el Bautista, no costa que Jesús practicara intensas privaciones y autoflagelaciones para alcanzar un fin divino, hasta que llegó su hora. Los Evangelios están llenos de pasajes en los que se relata que Jesús pudo morir como consecuencia de la ira de los fariseos o de las turbas y se zafó de ellos, pues no había llegado su hora. La hora de ofrecerse a sí mismo por Amor, pues Él mismo es Amor, otorgándonos, como Él mismo había ya anunciado, ese morir a una vida estéril y un renacimiento para Dios, como diría San Pablo: la vida eterna y la Resurrección. No es el dolor el que mueve a Jesús, y como mal, no quiere que éste sea el que mueva a sus discípulos, aunque Él les prevenga que para llevar a cabo su misión habrán de soportar y padecer grandes tribulaciones, pues el mundo en el que sus discípulos se iban a mover no estaba regido precisamente por el Amor y la comprensión. Precisamente en una buena comprensión de este mensaje reside uno de los frutos más importantes y que de verdad conquista el corazón de todo el Evangelio, aunque debo de admitir mi preferencia subjetiva por este pasaje. Los caminos del Señor son infinitos, y a mí, un pobre hombre pecador, este pasaje es uno de los que más me llega y me toca el corazón. Es del Evangelio de San Juan, y son palabras de Jesús durante la Última Cena que son pronunciadas antes de la Oración Sacerdotal. Jesús, por primera vez, no habla en parábolas -expresión del mito que no puede captar el entendimiento humano, del “todo el en fragmento”-. Los discípulos se dirigen a Jesús y le dicen: “Ahora sí que hablas claro, sin usar parábolas. Ahora sabemos que lo sabes todo y que no hace falta que nadie te pregunte; por eso creemos que vienes de Dios. Jesús les contestó: -¿Ahora creéis? Mirad, llega la hora, ya ha llegado, en que os disperséis cada uno por vuestro lado y me dejéis solo. Pero yo no estoy solo porque el Padre está conmigo. Os he dicho esto para que gracias a mí tengáis paz. En el mundo pasaréis aflicción; pero tened valor: yo he vencido al mundo” (Jn 16, 29-33; la negrita es mía). En buena parte como el mundo actual. Es ése el lugar que hay que dar al sufrimiento cristiano, que cobra así su sentido. No se trata de coger cualquier cruz para darse cuenta de nuestra infelicidad, como Ud. parece sugerir, sino de estar dispuesto a coger cualquier Cruz por Jesús. Porque Dios, como Bondad infinita, no es dolor, sino Amor (1 Jn 4, 8).  Mucho me temo que, la mayoría de los hombres, ante una situación de sufrimiento extremo, optarían por algo mucho más banal, como es el refuerzo de un ateísmo práctico y a la renuncia a cualquier liberación “buena”, no digamos ya que contemplasen la opción por un renovado gnosticismo que Ud. parece ningunear. La liberación del sufrimiento por medio del ascetismo, las mortificaciones y la gnosis han sido una constante en la Historia de las ideas y de las creencias religiosas de la Humanidad, desde los vedas indoarios de los Upanishads hasta el hinduismo advaíta o Buda, o las escuelas ascéticas iniciáticas del antiguo Egipto, Sumeria o China. La ascesis, como Ud. sabe, no es prerrogativa del cristiano, pero el cristianismo se configura como una religión lo suficientemente amplia en cuanto a sus exigencias que comparte con el resto de las religiones semíticas un mínimo común denominador soteriológico capaz de “validar”, en la economía de la salvación, varios “estados” o modos de vida, todos ellos igualmente respetables unidos por la vocación universal a la santidad, como proclamó el Concilio Vaticano II. En este sentido, “la voluntad de Dios” -que Ud. parece identificar con un acrítico sufrimiento-, puede realizarse por muchos caminos, algunos de ellos compatibles con una vida como la que puede y deseo que pueda llevar Ud., Catedrático de Universidad de un país que, pese a la crisis, no es precisamente la India, por poner un ejemplo de miseria. Un país cuya religiosidad, desde los tiempos védicos, ha sido caracterizada por la dura práctica de la ascesis, la introspección y la gnosis: todos estos elementos tienen en común y parten de la aceptación del sufrimiento como primer paso hacia la liberación o “iluminación”, según las distintas escuelas de pensamiento orientales: esta idea, con sus innumerables matices, ha sido una constante en la Historia de la Humanidad, y por cierto, tanto en el pensamiento oriental como en el pensamiento religioso “occidental”, al menos en los orígenes de este último, si por Occidente incluimos al mundo helénicoi antiguo y a Oriente Medio, algo muy cuestionable. En el pensamiento judeocristiano, la importancia de la ascesis ha atravesado la religiosidad humana hasta llegar a Juan el Bautista, “el mayor de los profetas nacido de madre” según Jesucristo. Pero he aquí otro escolio fundamental que Ud. a mi juicio no aborda: el del sufrimiento, la instrumentalización y lo que Ud. llama “educación” de los niños, que a mi juicio no es otra cosa que un intento de doblegar una voluntad pura por las doctrinas exageradas y los poderes de un mundo, éste sí, deshumanizado, como bien explica su colega Fernando Savater en “El contenido de la felicidad”, cuya lectura le recomiendo encarecidamente, especialmente a todos los que, como Ud., parecen más dedicados a ponerse cilíceos que a amar al prójimo. Ud. ha sido duro en su artículo, descarnado, diría yo, y me permitirá que, desde el debate intelectual, pueda serlo yo, respetuosamente, con las ideas expresadas por Ud. Permítame recordarle la delgada línea que separa el noble objetivo de “doblegar la voluntad y las pasiones” propio de los ascetas del idéntico objetivo -si bien intermedio- perseguido por la magia y las ciencias ocultas, por cierto condenadas por la mayoría de las religiones “oficiales”, como bien explica el gran mago francés del siglo XIX Eliphas Elí. Desde luego, no le vendría mal leer a Savater, ya que Ud. lee a Nietszche,  pensador mucho más polémico y extremista, cuya lectura le recuerdo que estuvo prohibida en nuestro país en una época que, de sus escritos, debo colegir que Ud. prefiere a la actual: la DICTADURA de Franco, autoproclamado Caudillo de España por la Gracia de Dios (¡!) y que cometíó, además de varios crímenes penales según la ley natural y civil, al menos el acto externo del pecado de idolatría, al reclamar para sí el privilegio de ir bajo palio: ¡Ud., como es un hombre de honor y piedad, deberá saber que bajo palio sólo va el Cuerpo de Cristo!

. Ah, pero se me olvidaba que Savater es ateo: seguramente no habrá experimentado nunca el sufrimiento, como Ud. parece colegir de su visión del “valle de lágrimas” elevado a la enésima potencia.

Así las cosas, escuchemos al propio Jesús hablar de Juan el Bautista en Mt 11, 11: “Os aseguro: de los nacidos de mujer no ha surgido aún alguien mayor que Juan el Bautista. Y sin embargo, el último en el reino de Dios es mayor que él”. Y ¿qué dice Jesús de los niños? Habla de “quebrar su voluntad”? ¡No! Porque el niño es inocente. Ud. quiere cargar al niño con la misma cultura farisaica que Él mismo denunciara veinte siglos atrás, y lamentablemente ha sido reproducida, seguramente sin malicia, por varias instituciones educativas, religiosas o laicas, representantes de una cultura del mundo castradora, como acertadamente denunciaran en el siglo pasado Bertrand Russell y, en nuestro país, Fernando Savater. Y si no está de acuerdo con el núcleo de esta afirmación, lea el siguiente pasaje: de Mc 10, 13-16: “Le traían niños para que los tocara, Y LOS DISCÍPULOS LE REPRENDÍAN. JESÚS, AL VERLO, SE ENFADÓ Y DIJO: -Dejad que los niños se acerquen a mí; no se lo impidáis, porque el reino de los cielos pertenece a los que son como ellos. Os aseguro. El que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él” (la mayúscula es mía).

La voluntad del niño, conforme se hace mayor, deberá confrontarse con el problema del mal y dar su propia respuesta, nunca ser anestesiada con una “dosis de dolor, “ya sea con suave firmeza o con sórdida crueldad”, por utilizar su propia expresión. Y nunca deberá infligirse dolor al niño en crecimiento si no es como consecuencia no querida de un proceso de aprendizaje en el que deberá aprender lo que agrada y lo que no agrada a Dios. Por lo tanto, no es dolor el que nos salva, sino la redención operada por Jesucristo con su Pasión, Muerte y Resurrección después de nuestra caída tras el pecado. No lo olvidemos. Y no caigamos en la soberbia de querer clavarnos los mismos clavos de Cristo para ser mejores, pues nuestra “mejoría” Él ya la mereció por nosotros. Como mucho podemos colaborar con su gracia, que es gratuita -mal que le pese a alguien como Ud., que es también Doctor en Ciencias Económicas-, aceptando nuestro sufrimiento, pero ofreciendo también nuestras alegrías al Dios que ha hecho posible, por su Amor, que nosotros hayamos recuperado Su amistad. El sufrimiento puede hacernos conscientes, incluso más que otros sentimientos, de nuestra realidad caída y de nuestra banalidad -o maldad-, pero está al servicio de esa verdad teológica. Lo cierto es el Catecismo de la Iglesia Católica, de acuerdo con el Evangelio, los Padres de la Iglesia, los teólogos y el Magisterio eclesiástico, resumiendo, no pone el dolor en el centro del mensaje cristiano, sino el AMOR. Un AMOR que, como he querido expresar antes con la cita de la Primera Carta de San Juan, constituye la esencia misma de Dios, que en el Misterio de la Santísima Trinidad se revela como Comunidad de entrega y de Amor. Y la Cruz no es otra cosa que una prueba de Amor. Una prueba de Amor de Dios Padre, que nos amó cuando todavía éramos pecadores, enviando a Su Hijo para rescatarnos precisamente del poder del pecado, de la muerte y del dolor, que vinieron al mundo con el pecado de nuestros primeros padres. Una prueba de Amor de Dios Hijo que por amor somete su voluntad humana al plan divino, para salvar al género humano; y si la salvación implica la aceptación del terrible sufrimiento de la Pasión y la Cruz, Jesús la acepta porque confía en su Padre, por Amor a Él y a los Hombres, Amor manifestado en la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, el Espíritu Santo. Jesús confía en el que el Amor triunfa sobre el sufrimiento, sobre el pecado y sobre la misma muerte. El plan originario de Dios, frente a lo que se dice en la última parte del artículo de mi colega, no contemplaba el dolor, ni la muerte. Es interesante la observación que Ud. realiza al respecto sobre la posible ausencia del mérito moral en un mundo sin dolor. Dando por bueno que el heroísmo, que Ud. cita como ejemplo de mérito humano -dejando al margen sus verdaderas causas psicológicas-, es fruto del dolor, no debemos olvidar que el dolor a estos efectos es neutro. Del dolor -y de su experiencia generalizada, como en una situación de guerra-, han nacido quizá las mayores hazañas humanas, pero también las actitudes más miserables, pues el dolor, al igual que puede llevar compasión y solidaridad, también puede engendrar odio y rencor. En las guerras precisamente se ha observado lo más sublime y lo más atroz del comportamiento humano.  Pero volvamos a la Historia de la salvación. Partiendo que el dolor no fue querido por Dios, no puede ser bueno, “aunque de él salgan muchas cosas buenas”, como Ud. explica en el artículo.  Si bien la teología moral católica -y casi todos los sistemas morales del mundo- reconocen que no es lícito inligir un mal para conseguir un bien, cabría preguntarse, dado el status privilegiado que Ud. otorga al dolor, si éste para Ud. -por supuesto, in abstracto– es realmente un mal. Porque una cosa es que Dios permita el dolor para sacar un bien mayor, como explicaron los teólogos clásicos, y otra muy distinta que el dolor tenga una virtualidad tan clara para producir por sí mismo tantos efectos buenos. En buena lógica de un mal no pueden seguirse consecuencias buenas, y si éstas se producen será más bien con ocasión de éste. Luego su causa debe buscarse fuera del mal; éste, en su caso, sólo puede servir como acicate, y nunca como un acicate generalizado, a modo de prototipo de comunicación divina, que es lo que Ud. sugiere en su artículo. Ud. parece generalizar los efectos “benéficos” del dolor a todo el plan soteriológico de Dios, lo que contradice la doctrina judeocristiana. Volvamos pues, a ella, al plan originario de Dios. Como dije, ni el dolor ni la muerte fueron queridos por Dios. Pero una vez que el hombre desobedeció el mandato divino, la solución de Dios al extravío de los hombres fue la compasión y la misericordia. Todavía hoy se reza en la liturgia canónica la frase “Dios, compadecido del extravío de los hombres”. Así que, como dice San Pablo, “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”. Y, como reza la liturgia pascual, “Feliz culpa, que mereció tan grande redentor”.

Ante su afirmación de que en los dolores colectivos extremos se dan las mayores heroicidades, oculta Ud. el hecho de que, en las guerras, por ejemplo, aquéllas se dan junto con las mayores atrocidades. El dolor extremo puede poner al hombre tanto en disposición de convertirse en un héroe como en un criminal; o simplemente de resignarse o desesperarse, ante su percepción de la imposibilidad de hacer nada y combatiendo el dolor no externamente, eliminando sus causas por cobardía o por conciencia de impotencia, sino internamente, “hacia adentro” muchas veces llegando hacia el suicidio. Además, en consonancia con este hecho, la psicología moderna ha estudiado que la mayor parte de los comportamientos llamados heroicos son más bien instintivos, y no obedecen a un cálculo frío de la moral racional del individuo; de hecho, cuando muchos héroes de guerra son preguntados por las razones de su acción, la gran mayoría simplemente comentan: lo hice así porque “me salió”, “algo me empujó” a hacerlo. Es muy raro a encontrar a un héroe que, tras haber realizado una hazaña humanitaria, comentara: “Actué de ese modo porque, sopesando racionalmente las circunstancias, la filosofía moral tomista, única verdadera, me llevó a la conclusión de que debía procurar la salvación de un bien temporal mayor, aun exponiendo mis propios bienes temporales menores, para alcanzar así un mayor aumento de gracia, bien espiritual e incremento del Bien Común de la sociedad según la recta ordenación de la Ley de Dios ordenada por mi razón”. Quizá la explicación más racional que podríamos aspirar a escuchar fuera alguna como la siguiente: “actué así porque era mi deber”. Y muchas veces esta frase no pasaría de ser un simple coletilla de las verdaderas razones de la actuación moral. Dicho esto, ¿negaríamos por ello valor moral a los actos heroicos realizados por estas personas? Indudablemente no.

Por otra parte, como ya he tratado de argumentar, en los desastres colectivos, o en las experiencias colectivas de dolor, como guerras, situaciones de emergencia, calamidades o accidentes naturales, lo normal que es que se mezclen tanto comportamientos heroicos como comportamientos incorrectos, a veces procedentes de la misma persona, explicables por la banalidad del mal o por la debilidad de la naturaleza humana, explicación que dejo a elección del lector. Un gran ejemplo de estos “grises” del comportamiento humano en la cinematografía moderna es la película “Crash”, (guión de Paul Hagis, 2005).

Como Ud. advierte en su entusiasta glosa al libro de C. Lewis, “el dolor como megáfono de Dios puede ser algo terrible y conducir a la rebelión definitiva”. Aquí debo leer impenitencia final; pregunta: ¿se jugaría Dios nuestra salvación eterna al contemplar la posibilidad de que cometiésemos el clásico pecado imperdonable contra el Espíritu Santo, con su acción directa, de ponernos ante una encrucijada que más bien parece más próxima al capricho de los dioses de la mitología griega,  o por el contrario Él, en el uso de su “ciencia media” desarrollada por el molinismo jesuita del siglo XVII con su polémica “De auxiliis”, sabiendo que el hombre escogería la mejor opción, forzaría así la salvación de todos los hombres, los cuales serían además, tal y como parece deducirse de su afirmación, impenitentes por naturaleza? ¿Comprende Ud., como jurista, las implicaciones teológicas de lo que escribió? Imagino que sí. Sigo comentado su cita… “pero también puede ser la única oportunidad del “malvado” (escolio: ¿somos todos malvados, como en el AT en que se distinguía muy bien entre píos e impíos o estamos todos rescatados por la Sangre de Cristo, que nos hace pecadores redimidos, hijos de un Padre que hace salir el sol sobre malos y buenos y manda la lluvia sobre justos e injustos, algo muy distinto?). Además, ante su épica y trágica visión de la existencia cristiana más próxima al protestantismo que al cristianismo originario al que Ud. dedica una lacónica cita, ¿de verdad considera que la opción ante la cual pondría al hombre la prueba del dolor por la Cruz o por la rebeldía constituyen un aut-aut kierkegaardiano del hombre de nuestro tiempo, de tal manera que “tertium non datur”? No es el dolor el que hace más grande al hombre, como cita Ud. en una frase de Nietszche -me sorprende queUd. lo cite, la verdad-, al mismo autor del “Anticristo” y opuesto a los valores de la compasión y de la misericordia que tímidamente Ud. valora como positivos, sino su capacidad para humillarse ante una Voluntad que, por las causas que sean -incluida la experiencia del dolor, pero no exclusivamente-, la reconoce como perteneciente a su su Padre Creador, infinitamente bueno y misericordioso, y se fía de Él. En esto consiste tener fe.  Por tres veces le pide Jesús a su Padre en Getsemaní que aparte de Él ese cáliz. Y el Padre no lo aparta, pero le ofrece ayuda y consuelo en la terrible prueba a la que su Hijo tendrá que enfrentarse: cargar con los pecados de la Humanidad a través de la entrega total de Su Cuerpo y de Su Sangre en la Cruz. Como dijera antes Jesús, “quien se enaltece a sí mismo será humillado, y quien se humilla será enaltecido” (Lc 14, 11). Es lo que hizo el propio Jesús aceptando la misión salvífica que le había encomendado Su Padre, obedeciendo Su plan hasta el final. Pero por Amor. La obediencia obligada de la criatura para que se convierta so pena de sufrir en ésta o en la otra vida los peores dolores puede vencer, puede bastar para la salvación como ya defendieran los “atricionistas” de la Segunda Escolástica; pero ellos mismos reconocieron que la contrición derivada del miedo era una contrición imperfecta, ya que no se fundaba en el Amor a Dios, sino en el temor. Y es que la conminación a la obediencia puede que venza, pero no convence. Por ello la experiencia de verse privado de todo puede conducirnos a algunos -y a mí me han sucedido experiencialmente las tres cosas- tanto a la indiferencia práctica, a la rebelión o a la aceptación de la Cruz-. Pero no es suficiente. El hombre dejará de ser “siervo” de Dios para convertirse en “hijo” al contemplar al Enmanuel, al Dios-con nosotros crucificado, como decían los Madrigales, “por amor herido”. Porque es el Amor, y no el dolor, el que convence. El que mueve los corazones y el que lleva a la conversión verdadera, de tal suerte que cualquier dolor o privación aceptados, no buscados, para unirse con el Amado, como siempre han expresado los grandes místicos, nos parecerán livianos.

El Señor no quiere nuestro sufrimiento. Bastante sufrió Él en la Cruz por Amor, bastante le hemos costado, y ya he intentado decir algo sobre el sentido de aquel sufrimiento. El gran teólogo Urs von Balthasar dijo en alguna ocasión que no habíamos comprendido del todo el gran sacrificio de amor realizado por Jesucristo en la Cruz, que nos había liberado de todas las cadenas, de todas las ataduras. Así que satis. Suficiente. La vida del cristiano no puede ni debe convertirse en una tortura, sino en una alegría, aun en medio del sufrimiento, en el cumplimiento de la Voluntad de Dios que es expresada tan gráficamenete por Jesús cuando le preguntaron por la Ley y los profetas. La respuesta de Jesús es conocida: “Tratad a los demás como queráis que os traten a vosotros. En esto consiste la Ley y los profetas” (Mt 7, 12; la negrita es mía). Y en Juan encontramos unas de las palabras más preciosas y verdaderas que jamás hayan sido escritas, pronunciadas por Jesús durante la Última Cena: “Os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros como yo os he amado: amaos así unos a otros. En eso conocerán todos que sois mis discípulos, en que os amáis unos a otros” (Jn 13, 34; la negrita es mía).

Resumiendo, el Señor quiere nuestro desapego de las cosas mundanas y que le busquemos y amemos a Él por encima de todas las cosas, valorando cada una de ellas como un regalo, y según su justa medida. Mensaje que, en lo más profundo, estaba y está presente en todas las religiones de la Tierra, las cuales, según el propio Concilio Vaticano II, son como un puzzle de preparación cristocéntrica que contienen todas ellas “destellos de verdad”, aun las que no reconocen un Dios personal; como atestiguan los grandes antropólogos e historiadores de las religiones como, entre otros, Mircea Eliade y Franz König, autor cristiano de la gran obra enciclopédica Cristo y las religiones de la Tierra, cuya edición en lengua española fue publicada por la Biblioteca de Autores Cristianos en 1968. Dios quiere que amemos a nuestros hermanos, tal y como Él nos mandó hacer en la noche de Su Pasión. Y que encontremos en Él nuestro descanso. Que vayamos a Él los que estamos cansados y agobiados -doloridos-, y que le sigamos; porque su yugo es llevadero y su carga ligera.

 

A. M. D. G. 

 

Dr. Pablo Guérez Tricarico, Profesor de Derecho Penal de la Universidad Autónoma de Madrid.

@pabloguerez

pabloguerez.com

 

Licencia de Creative CommonsComentario al artículo “El grito de Dios”, del Dr. Ignacio Sánchez Cámara by Pablo Guérez Tricarico, PhD is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License. Puede hallar permisos más allá de los concedidos con esta licencia en preguntar al autor en pablo.guerez@uam.es, pablo.guerez@gmail.com, @pabloguerez

 

Creative Commons.
Donate

Creative Commons es una organización sin fines de lucro.
Necesitamos de tu apoyo para seguir entregando estas herramientas.
¡Colabora hoy donando!

 

 

 

 

 

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo Comentario al artículo “El grito de Dios”, del Dr. Ignacio Sánchez Cámara en Victimología social, "blaming the victim", teoría social, religión, Derecho y crítica legislativa.

Meta

A %d blogueros les gusta esto: