¿Podemos emprender una política de rostro humano? Compromiso político y religión.

agosto 24, 2014 § Deja un comentario


 

Jesús, llamándolos junto a sí, dijo: Sabéis que los gobernantes de este mundo se enseñorean de ellos, y que los grandes ejercen autoridad sobre ellos. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera entre vosotros llegar a ser grande, que sea vuestro servidor, y el que quiera entre vosotros ser el primero, que sea vuestro siervo (Mt 20, 25-27, ca. 80 d. C)

The brave men, living and dead, who struggled here, have consecrated it far above our poor power to add or detract. The world will little note, nor long remember, what we say here, but it can never forget what they did here. It is for us the living, rather, to be dedicated here to the unfinished work which they who fought here, have, thus far, so nobly advanced. It is rather for us to be here dedicated to the great task remaining before us—that from these honored dead we take increased devotion to that cause for which they here gave the last full measure of devotion—that we here highly resolve that these dead shall not have died in vain—that this nation, under God, shall have a new birth of freedom—and that, government of the people, by the people, for the people, shall not perish from the earth (Abraham Lincoln, given to Edward Everett, 1864)

Todo el mundo quiere cambiar a la Humanidad, pero nadie quiere cambiarse a sí mismo (Lev Tolstói, ca. 1900)

Cambia tu corazón, y cambiarás el mundo. Porque el que es fiel en lo pequeño será fiel en lo grande

A todas las personas de buena voluntad de los movimientos sociales, especialmente de los vinculados a Izquierda Unida y a PODEMOS

A Tania Sánchez, cuyo discurso sigue ilusionando como un vergel en el desierto mediático previamente repartido por los responsables de la información

 

El problema: buena parte del mundo crítico del panorama sociopolítico español, no sin mucha razón, propone lo siguiente para

+EL PUEBLO UNIDO CONTRA LAS INJUSTICIAS

La lectura de estos puntos programáticos que me han hecho llegar a través de Google + algunas personas próximas al movimiento PODEMOS me ha producido, por una parte, simpatía, y, por el otro, impotencia. Simpatía porque estaría de acuerdo en el 90% de sus puntos si pudieran cumplirse sin que los poderes de este mundo -no sólo los económicos- no tuvieran capacidad de reacción. Es más: aun si pudiera ser posible, como hacker, extender un virus que destruyese todos los títulos de propiedad, legal o ilegalmente adquiridos, esa opción robinhoodiana me merecería simpatía, como en la película Los fisgones, 1991, aunque no considero que ésta fuese una opción razonable, ni menos deseable o generalizable. Lo que ocurre es que, leyendo los puntos programáticos del ámbito de PODEMOS, y a pesar de algún nuevo lenguaje, me suenan a viejo marxismo, el cual, en sus concretas aplicaciones históricas nunca favoreció del todo a las clases más bajas -aunque a favor de algunos regímenes marxistas occidentales “mitigados”, como algunos países del Este de Europa, o la propia URSS posterior a Kruschev, hay que decir que las necesidades más básicas de toda la población fueron atendidas, si bien a costa de reducir las oportunidades de aumentar la riqueza nacional y un reparto equitativo de mayores bienes, como denunciaran muchos marxistas críticos o teóricos de la justica como John Rawls-; más bien, a las clases populares y profesionales -por cierto, todavía enfrentadas en los países “libres” por el voto por los partidos del centro-izquierda, sociológicamente preferidas por las clases populares, o del centro-derecha, sociológicamente preferidas, al menos hasta ahora por los llamados “profesionales” que se sienten superiores- se las sometió, en los tiempos del “socialismo real”, al opio de la doctrina comunista oficial, que no de la religión. Dicho esto, he querido aprovechar este mensaje para expresar mi opinión sobre PODEMOS y los movimientos sociales, respecto de los cuales, y a pesar de sus buenas razones -sí, buenas, por si a algunos “hombres de bien” o de law and order no se lo parece-, y sobre su capacidad transformadora de la sociedad no puedo menos que mostrar un triste escepticismo. Y no precisamente por las razones más apuntadas por la prensa al uso: desconfianza de la población general para que PODEMOS pueda convertirse en una alternativa de gobierno viable, preferencia del movimiento por puntos programáticos en lugar de una nueva manera de hacer gobierno, así como algunas otras acusaciones al menos dudosas de que la formación y sus simpatizantes han sido y continúan siendo objeto de la prensa conservadora.

A estas alturas de la evolución humana, está visto que cualquier sistema económico, ya sea capitalista, ya comunista o intermedio, está sujeto a la necesidad de los poderosos de utilizar el poder para mayor gloria de ellos, y no de la comunidad política. Con ello no pretendo adherirme a las tesis del liberalismo político tradicional, que proclama que el hombre es egoísta por naturaleza -personalmente sostengo que hay hombres más egoístas y hombres más altruistas; incluso la misma persona puede actuar de una manera u otra en función de su entorno y de su aprendizaje-. Por ello, me cuento entre los que consideran que precisamente debe limitarse cualquier poder, incluido el poder político, uno de los mayores enemigos de la libertad del hombre, junto a las riquezas, y no sólo para los que lo padecen, sino para los que lo practican, que se convierten en esclavos de ídolos modernos, auténticas dependencias -y mucho más fuertes que las estigmatizadas, como las drogas o los comportamientos “antisociales” o desadaptativos- en el mundo actual.

Lo que parece haber demostrado la Historia de la Humanidad es que tanto las riquezas -entendidas como objetivo último, y no como instrumento para una justa, equitativa y caritativa distribución y, si es necesaria, redistribución del welfare o de la riqueza- o el poder -entendido como poder para gloria del que lo ejerce y no como servicio-, no sólo son nocivos para las personas que tienen que padecer los desmanes de los ricos y de los poderosos-, sino para ellos mismos, debido a la tendencia natural que proporcionan estos instrumentos a la acumulación y a la maldad: porque, ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recuperarla?

Los ricos y poderosos de este mundo, asistidos por “coaches” intrusistas que han ocupado el papel de los antiguos magos y chamanes, prometen a sus aspirantes e iniciados la dominación, primero de sí mismos, y luego la de los demás. Ellos deberían saber a dónde conduce este camino, muy diferente al que conduce la vía estrecha de las disciplinas prácticas de las grandes religiones como la ascesis y la mística. Por ello, llegadas las cosas a la entronización de la economía como disciplina desacralizada, en términos de Mircea Eliade, a la que hay que sacrificar a la persona, es necesaria una reflexión transversal, que vaya más allá de los objetivos de los partidos políticos y de las personas que de verdad quieren cambiar el mundo. Porque no se hizo la economía para el hombre, sino el hombre para la economía. Para ello, es necesario un cambio personal radical, que no sé hasta qué punto las personas estamos verdaderamente dispuestos a emprender.

Me considero una persona cristiana que intenta vivir su fe sobre todo desde la autenticidad y no desde la autoridad. Pertenezco a la Iglesia Católica, que para mí no es otra cosa que el pueblo de Dios y mi casa espiritual. Una Iglesia que no entiendo excluyente, sino más bien abierta a todo el mundo, incluidos a los que no quieren entrar en ella formalmente pero buscan la verdad como ellos la entienden, y realizan realmente la voluntad de Dios, como en la parábola de los dos hijos. En relación con esto, simplemente quisiera realizar dos matizaciones a los “puntos programáticos” que me han llegado desde la esfera de PODEMOS, y que intentan, desde mi posición, que no es la de un “hombre de bien”, perfectamente integrado en la sociedad conservadora que criticara Jesús de Nazaret y que le costó la vida, en la defensa de los débiles, de los necesitados, de los marginados y de los excluidos por el status quo de la época, tanto político como religioso; pues la política era religión y la religión era política: algo, por cierto, no muy diferente en nuestros días, en las que hay pseudorreligiones desacralizadas, en palabras de Mircea Eliade, como la economía, a la que sirve la política formal. En primer lugar, en cuanto a la eliminación de los privilegios de la Iglesia, la Iglesia Católica declaró en 1964, en un documento conciliar del máximo nivel institucional, la Gaudium et spes, que estaría dispuesta a renunciar a dichos privilegios si ello redundara realmente en favor del bien común. Pues bien, a mi modesto entender ha llegado este momento, y el papa Francisco está dando muy buenos ejemplos de ello, de auténtica actitud evangélica que constituye el espíritu de la Iglesia. No es éste el lugar adecuado para explicar la falta de desarrollo de esta propuesta de la Iglesia. Por otra parte, los críticos de la Iglesia Católica deberían ver los fondos que se destinan en las colectas y en otras actividades, auditados por empresas independientes, y, sobre todo, la labor desarrollada en este ámbito por muy diversas organizaciones católicas, diocesanas o de adscripción diversa, como Cáritas, aquí y en el Tercer Mundo. No hay nadie, ni en cifras ni en dedicación – y de ello tenemos cada día ejemplos de personas que, por Cristo y su Evangelio, que proclama en la práctica fundamentalmente el amor al prójimo-, que lo haga mejor. Y a su vez, los católicos instransigentes, o “de rito”, deberían reflexionar -si es que muchos pueden hacerlo y no están obcecados por el fanatismo, en ocasiones incluso violento-, sobre la realidad y el compromiso de su fe, abandonando una falsa piedad y una falta de mezcla con la gente que no es como ellos, y que ha sido una de las causas que más ha contribuido al abandono de muchas personas de buena voluntad del seno de la Iglesia; por cierto, de cualquier Iglesia, no sólo de la católica. Porque, advertidos por Jesús, no todos los que dicen “Señor, Señor” serán admitidos en el Reino, sino sólo los que hacen la voluntad de su Padre. Un Padre que, por lo demás, es misericordiosísimo y que, tal y como se nos enseña en las parábolas de validez universal del hijo pródigo y de las otras parábolas pequeñas de Lucas 15, está siempre dispuesto a perdonar y a devolver al hombre su dignidad perdida, ensalzándolo incluso sobre aquellos que se consideran a sí mismos como “justos”; así nosotros, pecadores, deberíamos perdonar a los que nos ofenden, como rezamos en el Padrenuestro.

Llegamos entonces al punto fundamental de mi crítica constructiva y de mis reflexiones para cualquier proceso de regeneración política y social. Ahora que todo el mundo -con mayor o menor preparación- habla de economía, ahora que lo que es llamado economía detenta la hegemonía cultural del pensamiento a todos los niveles del conocimiento práctico occidental, vamos a hablar también de economía. Es una disciplina más sencilla que sus espurias derivadas pseudocientíficas que estudian los estocásticos, el análisis técnico y el análisis de los mercados de valores, cuestiones que intentan predecir, normalmente retroactivamente, sobre la base de “modelos”,  y no de personas. La economía trata de algo mucho más sencillo: la distribución de las necesidades. Y es aquí donde quisiera expresar mi reflexión fundamental: no es posible pensar en emprender un esfuerzo colectivo de cambio social -en sentido progresista-, de regeneración política o de sumisión de la macroeconomía a las necesidades reales de la gente sin tener en cuenta  precisamente la cuestión de las necesidades. Es necesario redefinir las necesidades. Como expresa el lema de Cáritas, vive sencillamente, para que otros, sencillamente, puedan vivir. Algunos economistas que han tratado de volver a los orígenes de su ciencia -por cierto, muchos de ellos no procedentes de países “desarrollados”-, han comprendido realmente lo que la economía significa, y no sólo a nivel teórico, como hicieran en el ámbito occidental los epígonos del marxismo metodológico como Horkheimer, Adorno o Marcuse en los años 60 y 70, sino a nivel práctico e intercultural, como el tachado de heterodoxo por sus colegas del pensamiento único de la Escuela de Chicago Amartya Sen, bengalí de nacimiento y Premio Nobel de Economía en 1998. Era necesario que el genio espiritual de un país como la India se hiciera notar también en el pensamiento económico, como también lo era que el espíritu del catolicismo ortodoxo, despojado de su lucha geopolítica en favor del mal menor -el capitalismo de los años 60- frente al socialismo real de entonces, volviera a sus auténticas raíces -el Evangelio- con documentos conciliares sobre economía y vida política, a juzgar por eminentes teólogos -fundamentalmente pertenecientes o simpatizantes al movimiento de la teología de la liberación, como Ellacurría o Tamayo, pero no sólo, sino también según buena parte del jesuitismo y del franciscanismo “otrodoxos”, insuficientemente desarrollados por la realpolitik vaticana de los años anteriores a la caída del Muro. Ya antes, teólogos tanto católicos de la talla de Urs von Balthasar, Vito Mancuso o Hans Küng -este último todavía en activo-, en el ámbito católico, o Robert Bultmann o Karl Rahner, para el ámbito protestante, así como pensadores ecuménicos norteamericanos como R. W. Emerson mostraran su compromiso por las tesis sobre la parcialidad de Dios y la opción preferencial por los pobres, que debe implicar la labor de la Iglesia. Es algo todavía proclamado por representantes de algunas parroquias abiertas incluso en barrios conservadores y excluyentes como en el que habito, como el párroco Alejandro Fernández Barrajón, fraile mercedario, o el conocido Padre Ángel.

Volviendo al tema de las necesidades… ¿De verdad necesitamos tantas cosas, cuando sólo una es importante? La gestión de las necesidades es la base de la ciencia económica. No es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita. Y, aunque suenen a tópico, estas expresiones muestran con una sencillez perfectamente intersubjetiva la verdad que se esconde tras de ellas, accesible tanto al campesino analfabeto como al catedrático de Filosofía Moral. Como que hay gente tan pobre, tan pobre, que sólo tiene dinero. Pero entiéndaseme bien: con ello no pretendo quitarle valor, en primer lugar, a la necesidad de trabajar, aquí y ahora, por un mundo más justo, que yo entiendo con el Reino anunciado por Jesús, cada uno a su manera y ayudando a los más desfavorecidos, poniendo en práctica sus carismas pero también aceptando sus limitaciones. Tampoco pretendo criticar el valor de liberación personal y social del trabajo, el progreso e incluso las riquezas, salvo que quiera seguirse una, por cierto, respetabilísima, vocación contemplativa, monacal o eremítica. Precisamente por ello, en el momento actual es necesario devolver a muchas personas la dignidad de poder aspirar a un trabajo digno o de recuperar el que tuvieron -a mi juicio, no todos los “trabajos” lo son-, que en un Estado capitalista casi “puro” en crisis, precisamente como el nuestro, ha escindido la formación superior, todavía a su cargo en más de un 80% según cifras del INE, de la empleabilidad, que ha “dejado” al mercado -no sin mantener organismos de intermediación laboral cuya efectividad deja mucho que desear-, hay que ir mendigando a las responsables de recursos humanos de las grandes empresas, para las personas con formación, o a los gerentes machistas de la pequeña empresa, para las personas sin formación. Sí, soy políticamente muy incorrecto, y además, me gusta serlo. Hay que poder comer y beber para vivir con dignidad, tener vestido y techo. Lo que hace falta es un cambio de actitud hacia las “cosas del mundo”, que nos conduzca a otorgar a los bienes materiales el valor instrumental y relativo que realmente les corresponde, es decir, ser capaces de no perder al mismo tiempo de vista que sólo una cosa es importante. Ésta es la idea que, en mayor o menor grado, está detrás de todas las religiones: el desapego, comenzando por el de los bienes materiales. Pero para ello es necesario un cambio de actitud, muchas veces, radical. Es necesario renunciar a muchas necesidades artificiales a las que muy a menudo nos cuesta renunciar. Lo que sí tengo claro a estas alturas es que, si no cambiamos nuestro corazón, no podremos experimentar la auténtica alegría de la libertad que nos lleve de manera natural, como un niño, a ayudar a nuestro prójimo, movidos por la empatía, la compasión y el Amor, y con ello, a irnos desprendiendo poco a poco de nuestros propios egoísmos, de nuestros problemas y de nuestro “yo”. Pues no hay mejor manera, como ya señalara el siglo pasado el gran psicólogo Adler, de curar nuestras neurosis que saliendo de nosotros mismos y ayudando a los demás. Algo que ya nos enseño Jesús con su mensaje de que “el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí y por mi evangelio, la salvará”. Se trata de un mensaje a mi juicio universal, que puede ser aplicado, como todas las ideas de fondo de este artículo, a las personas de cualquier religión, credo, ideología y a las que no profesan religión alguna, pues todas somos hermanas y nos unen al menos dos cosas radicalmente fundamentales: la conciencia de nuestra muerte y el deseo de sobrevivir a ella, nuestro deseo de inmortalidad. Es este sentido, desde el punto de vista teológico-religioso, me ha interesado hablar más de actitudes y de comportamientos que de “verdades” dogmáticas, precisamente con vistas a la construcción de un terreno común para la acción práctica de todas aquellas personas de buena voluntad que realmente quieran, cada una desde su posición, contribuir, literalmente, a cambiar el mundo. Estas ideas no pueden ni deben ser ajenas al discurso y a la praxis política y social. Precisamente por ello he querido ser radical en el sentido etimológico de la palabra, para manifestar mi convicción de que cualquier cambio político y social debe venir “desde abajo”, desde un cambio en nuestra actitud egoísta de la que todos somos esclavos. Sólo así podrá desenmascararse por las buenas, generando credibilidad en nuestro entorno más inmediato, a modo de “luz del mundo”, es decir, sin enemistad, la actitud de muchos representantes religiosos, de esos “hombres de bien” respetables que cumplen los ritos de la religión católica, las dobles morales, las cargas illevaderas ordenadas por estas personas con poder como para ejercer presión social. No se me oculta que el condicionamiento social de la conducta -que incluye pensamiento como conducta verbal, en términos skinnerianos, y acción- resulta muy difícil para todos, no sólo para aquellas personas que no tienen tiempo material para plantearse esta cosas, o para aquellos que, pensando solamente en sí mismos y en su “bienestar” material, constituyen el “rebaño adormecido del que hablara Noam Chomsky. También algunas personas cultas caímos en el pasado en la trampa del consumo como sustitutivo de la necesidad de reconocimiento social a que se refierera el psicólogo Maxwell en su teoría piramidal de las necesidades humanas, y con ello, en el ciclo kármico -por emplear un término religioso panindio pero de validez mítica universal, como expresara Mircea Eliade- de la rueda del consumo-disfrute-trabajo-crédito-más consumo. Para todos es difícil sustraerse a la presión del entorno sofisticadamente diseñada por aquellos que detentan la economía cultural, pues todos somo esclavos de nuestras pasiones, jóvenes y mayores, y nadie está exento de tomar el camino equivocado -o el pecado-. Pero precisamente por ello, la novedad del mensaje de Jesús reside en el hecho de que todos estamos perdonados, y con ello, justificados. Sólo es necesaria una actitud de reconocimiento, de conversión y de lo que, en otras épocas no muy lejanos, estaba abarcado no sin ambigüedad en lo que llamábamos “penitencia” (Küng, 2014). Por ello, el momento de crisis en el que nos encontramos, si no caemos en el desánimo, puede ofrecernos una oportunidad real -es decir, sujeta a vaivenes, a la vuelta a los mismos errores, a pasos atrás, como no puede ser de otra manera- de cambiar nuestra actitud hacia nosotros mismos, nuestras necesidades, nuestro modelo de sociedad y nuestras relaciones entre nuestro prójimo y entre otras sociedades -de personas, se entiende-. Ello sólo podrá ser posible, a mi juicio, cambiando nuestro corazón, con la ayuda de Dios -cada uno como lo entienda-. Sólo así, desde lo pequeño, podremos trabajar con impecabilidad en tareas humildes que nos consigan el respeto de los demás. Porque el que es fiel en lo pequeño, también lo será en lo grande. Desde el que ha pasado por la experiencia de la humildad, podremos aspirar a puestos en los que la Providencia nos ponga, pues para Dios, que quiso nacer como hijo de un carpintero, no hay nada imposible. La predicación de Jesús cambió el mundo, y si el reino de Dios, que él proclamó ya entonces en medio de nosotros no ha llegado a la tierra ha sido por la dureza de los corazones.

En cuanto a promover cambios positivos en la sociedad, comencemos planteándonos objetivos concretos, y se nos irán dando los cometidos de lo grande. Así, por ejemplo, centrémonos en combatir la situación de pobreza -material y espiritual- de nuestro prójimo; la degradación material y moral de los barrios de nuestras urbes deshumanizadas y caracterizadas cada vez más por contactos anónimos aplaudidos por insignes sociólogos, que ven sociedades de comunicaciones donde deberían ver sociedades de personas. También podremos darnos cuenta de que la intolerable degradación y contaminación de nuestros espacios naturales acaba a la larga con la supervivencia de la propia especie humana, superando el cortoplacismo imperante en este tiempo de la instantaneidad. Y sólo así podremos devolver la dignidad a continentes enteros deliberadamente excluidos de las bondades del consumo y de la globalización, como África, gran parte de Centroamérica, la mayor parte de América Latina y buena parte de Oceanía, aliviando la situación de miseria extrema que clama al Cielo.

Desde la opinión que quiero sostener, todas las personas, de cualquier credo, o de ninguno, pero que compartan esta necesidad de cambio de actitud individual antes de adquirir cualquier compromiso social, sobre todo político, son capaces, desde su ser y sus circunstancias, como diría Ortega, de contribuir al bienestar y a la justicia social, a la caridad, al fomento de un empleo cuya adjudicación se realice en equidad, es decir, en función del reconocimiento de los talentos y carismas y de las limitaciones y debilidades de cada uno, así como a una distribución de la riqueza basada en las necesidades de toda la comunidad política, especialmente, de los más pobres, de los excluidos, de los marginados, de los victimizados y de los estigmatizados, para que éstos, superando su situación, puedan contribuir realmente al bienestar de la Nación y de todo el orbe y recuperar con ello la dignidad que proporciona el trabajo, aportando sus habilidades y sobre todo su humanidad, y convirtiéndose de este modo en protagonistas activos de su destino y del bien común.

 

A.M.D.G.

 

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¿Podemos emprender una política de rostro humano? by Dr. Pablo Guérez Tricarico is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.
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