Fin de Fiesta e inicio de curso. 1 de septiembre de 2014: la vuelta.. ¿a qué? A propósito de mi cese como profesor honorario de la Universidad Autónoma de Madrid

septiembre 1, 2014 § 4 comentarios


Ubi sunt qui ante nos in mundo fuere? (Gaudeamus igitur)

A los que vuelven, a los que se quedaron atrás y a los que no vuelven a ninguna parte

A mis compañeros de la Universidad Autónoma de Madrid, desde las señoras de la limpieza al Magnífico Sr. Rector 

 

Gloria a Dios en las alturas, recogieron las basuras

de mi calle ayer a oscuras y hoy sembrada de bombillas (…)

(…) Vuelve el rico a su riqueza, vuelve el pobre a su probreza

 y el señor cura a sus Misas.

Ya se despertó el bien y el mal

la pobre vuelve al portal

la rica vuelve al rosal

y el avaro a sus divisas.

Y se acabó, el sol nos dice que llegó el final…

por una noche se olvidó que cada uno es cada cual…

¡Y vamos, subiendo la cuesta, que arriba en mi calle se acabó la Fiesta! (Fiesta, Joan Manuel Serrat)

Volveré (Terminator, 1984, dir. por James Cameron, guión de James Cameron y William Wisher, Jr).

Queridos compañeros, amigos, seguidores y más de seis mil visitantes de los cinco continentes:

En estos tiempos de “operación retorno” en el viejo continente y, en especial, en mi país, es frecuente escuchar las quejas de quienes protestan por no tener más tiempo de vacaciones pagadas, de playa, de diversiones. Es normal, y no debería escandalizarnos. Lo que nos escandaliza es que estas inocentes “quejas”, que deberían ser las propias de un país civilizado, no sean las prioritarias ni las compartidas por la mayor parte de la población. Incluso quien protesta por la vuelta a su puesto de trabajo, lo dice con la boca pequeña. No sea que que el empresario de turno, deseoso de “recortes” en “recursos humanos”, contribuya con él y mediante cualquier artimañana económico-jurídica a engrosar las listas de paro. Y en la cola del paro, a la que vuelvo por cuarto año consecutivo, se pasa mucho frío. Con el añadido de que este “curso académico”, como en una mala interpretación de la parábola de los talentos, aun lo que no tenía me ha sido quitado. He sido desahuciado de mi despacho tras tres años de mantenerlo con un título de Profesor Honorario, sujeto a fecha de caducidad. Para mí, que no considero el salario como la única satisfacción del trabajo -especialmente cuando aguien desarrolla un trabajo que le permita poner en práctica sus talentos-, como algo absolutamente necesario a nivel satisfactivo -lo cual no excusa al empleador, público y privado, de la exigencia de su pago inmediato en estricta justicia, pues el obrero merece su salario-, de lo que se me ha despojado es de un espacio de libertad intelectual que, con todas sus limitaciones, constituía una proyección, siquiera muy limitada, de mi vida privada y pública. Aunque lo que he pretendido escribir es un post de despedida, es imposible que, tras 13 años de servicio institucional -17 si sumamos los cuatro años de Licenciatura, a los que siempre me dediqué como “buen estudiante” como el que presta un servicio-, no pueda mezclar algunas reflexiones personales con algunas consideraciones más generales de orden social y macroeconómico. Sin embargo, antes de ello, quisiera llamar la atención sobre el hecho de que a día de hoy, 1 de septiembre de 2014, mi relación -desde el punto de vista formal- con la Universidad Autónoma de Madrid, no desaparece del todo, al menos indirectamente. En primer lugar, porque conservo mi puesto de Investigador en el Instituto de Ciencias Forenses y de la Seguridad de la UAM, Instituto con personalidad jurídico-pública propia vinculado a la UAM; y, en segundo lugar, porque como miembro de la Asociación de Antiguos Alumnos de la UAM conservo el derecho a utilizar todas las instalaciones comunes del Campus, incluyendo todas sus Bibliotecas y las instalaciones deportivas, entre otras.

Yo me considero un investigador. Por esta razón, nunca he podido ver mi puesto en la Universidad simplemente como un “puesto de trabajo”, del mismo modo que mi concepción del ser humano en el mundo me impide ver a otro ser humano solamente como un conglomerado de células o como un “recurso”, palabra tan en boca de las reponsables de los departamentos de recursos humanos de las empresas del país, a causa de los desvaríos lingüisticos y materiales de la hegemónica ciencia económica. La Universidad ha sido para mí, siempre, una comunidad de vida. Un lugar, pero también una experiencia colectiva de afectos, relaciones, conocimientos y sensibilidades compartidos que ahora, por lo que a mí respecta, toca a su fin. Es imposible guardar todo eso en cajas de mudanza.

Sin embargo, en este momento, mis sentimientos más fuertes ante esta situación de auténtico desahucio institucional, por consideración a estos trece años en los que creo sinceramente haber prestado servicio fiel a la Universidad Autónoma de Madrid, a la comunidad científica y a la sociedad en su conjunto, sólo pueden ser de gratitud a mis compañeros de la Universidad.

Cuando empecé en esto, corrían tiempos de “bonanza económica”. La economía española se basaba fundamentalmente en el sector de la construcción y el sector de los servicios inmobiliarios, por los cuales fueron detraídos muchos jóvenes al sistema universitario. Frente a ello, la expectativa de ganancias fáciles e inmediatas, la insensatez de nuestra “clase emprendedora” y la colaboración de los bancos en los préstamos “sin fin” dibujaban en los años 2002-2003 un panorama de crecimiento económico que luego supimos que no podía mantenerse, pero en el que hasta entonces creía no sólo buena parte de la población, sino las fuerzas económicas y políticas del país. Pero los ciclos económicos llegan a su fin, y la rueda del consumo no puede mantenerse indefinidamente si no es a costa del incremento de la producción: y si ésta no “real”, echemos mano de los activos financieros, más reales que cualquier bien de la llamada “economía real”. Y así, en octubre de 2007, estalló lo que muchos no vimos o no quisimos ver: una crisis de proporciones devastadoras que se llevó por encima no ya los sueños, sino la pequeña riqueza de buena parte de la clase media, que fue “desacreditada” después de haber sido engañado con falsas promesas de créditos impagables, muchos de los cuales, con el pretexto del interés general de “salvar al sistema financiero”, fueron asumidos por el Estado, pero nunca llegaron a la ciudadanía. Pretender que toda la responsabilidad de lo ocurrido deba recaer sobre el usuario o consumidor y que no hayan desempeñado un papel fundamental, desde una posición dominante de información y poder, variables sistémicas que hayan contribuido muy decisivamente a esta situación, es más ilógico que hipócrita. Al igual que pretender que la crisis fue “prevista” con antelación por los gurús economistas que hoy llenan los platós de televisión.

En cuanto a la Universidad, y aunque siempre se me advirtió que “no corrían buenos tiempos para ella”, al menos la aparentemente estable situación macroeconómica que España presentaba hace 10-12 años permitía que nosotros, los investigadores, a los cuales no nos habían sido enviados los Gobiernos de la alternancia política oficial, pudiéramos comer “de las migajas que caen de la mesa del Señor”. A un joven como yo, de veintipocos años, ¿qué más le podía ilusionar que entrar a formar parte de un proyecto colectivo superior a sí mismo, precisamente en el seno de la Academia que entonces consideraba, y sigo considerando, una auténtica vocación, sobre todo teniendo en cuenta el gran reconocimiento que obtuve por mis compañeros y la gratuidad con la que éstos enseguida se aprestaron a ayudarme? ¿Podía prever las consecuencias del deterioro que, por razones macroeconómicas, pero también de convivencia, habría de llevarme ese camino?

A las, según las dos fuerzas políticas de la alternancia, generaciones más preparadas de la Historia de España, no sólo no se nos atendió en absoluto ni por las fuerzas parlamentarias ni por los macroleviatanes rectorales de las Universidades Públicas, más centradas en cuadrar su déficit, en construir plazas mayores o en promocionar de golpe a todos los Profesores Titulares a Catedráticos, que en atender las justas reinvindicacioens de los colectivos más débiles de la Universidad. Los derechos que adquirimos los investigadores y trabajadores de hecho de las Universidades españolas los obtuvimos fundamentalmente por la presión promovida por la Federeción de Jóvenes Investigadores – Precarios, Federación en la que milité, como nuestra asimilación al alta en el Régimen General de la Seguridad Social a partir de la aprobación del Estatuto del Becario en 2003. A lo largo de mi actividad representativa en varios órganos colegiados y comisiones de la UAM tuve que sufrir personalmente las críticas más feroces, más o menos sutiles, como representante del llamado “Profesorado Investigador en Formación”, por parte del stablishment corportativo universitario sólo por defender el derecho de mis brillantes compañeros de todas las áreas de conocimiento -ni siquiera el mío- de poder concurrir a las plazas de promoción como en cualquier empresa u organización, de acuerdo con los ya de por sí difíciles requisitos legales.

En el momento actual, a pesar de todo lo comentado, no me gustaría que éste fuera un post de lamentaciones. Comenzaba diciendo que sería un post de agradecimientos, además que de reflexión. Y es mi deseo que lo sea también de agradecimientos personalizados: En primer lugar, quisiera mencionar a mi primer director de tesis, Agustín Jorge Barreiro, hijo de tiempos más nobles y “viejo profesor”, como a él le gustaba llamarse, en sentido cariñoso, así como a nuestro maestro común el Prof. Gonzalo Rodríguez Mourullo. En segundo lugar, pero en el mismo nivel de importancia, a mi codirector y amigo Fernando Molina Fernández, con quien concluí mi tesis doctoral. A Enrique Peñaranda, por todo lo que él y yo sabemos. A Mario Maraver, compañero y amigo, por tantas cosas compartidas. También a Juan Antonio Lascuráin, a Blanca Mendoza, a Laura Pozuelo y a Yamila Fakhouri, por tantos pequeños detalles que no se olvidan. A mi amiga y compañera de despacho Raquel Benito, y a  mis compañeros más jóvenes Daniel Rodríguez y Gonzalo Basso, deseándoles lo mejor para sus vidas personales, que es lo que importa. A todos los becarios de investigación y colaboración que han pasado por el Área de Derecho penal, menos orgullosos que yo, quienes sabían que en el juego de la Academia también se puede perder, pero no sólo en un concurso o en una oposición, sino en un sentido trágico. Se puede perder simplemente por el capricho de los dioses que deciden cambiar las reglas a mitad de la partida. O porque otros dioses superiores, llamados “coyuntura”, ” crisis”, “situación del país”, se hagan responsables de la tragedia. En el fondo los dioses nunca han sido responsables, sino sólo los humanos…

Tampoco me olvido de todas las buenas personas de dentro y de fuera de la UAM que he tenido oportunidad de conocer a lo largo de mi actividad de estudio, gestión, representación, docencia e investigación, dentro y fuera de España. De Alfonso Iglesias, de José Luis López González, de Pedro Dalmau, de Pablo De Lora, de Irene Martín, de David García, de Gilberto Pérez, de la actual Decana de la Facultad de Derecho Yolanda Valdeolivas, de Evaristo Prieto, de Joaquín Almoguera, de Liborio Hierro, de Tomás de la Quadra Salcedo-Yanini, de José María Miquel, de Andrea Macía, de Pilar Benavente, de Maravillas Espín, de Eduardo Melero, de Raquel Escutia, de Rosa María Fernández, de Susana Sánchez, de Carlos Crivelli. De Antonio González-Cuéllar y de Anibal Sánchez Andrés, IN MEMORIAM. De Josetxu Linaza, de Carmen Almendros, de mis compañeros de Psicología. Del Prof. Dr. Wolfgang Frisch, cuyo profundo conocimiento sólo es superado por su bonhomía, a quien siempre le agradeceré su interés hacia mi persona. De André Callegari de la Universidad de Portoalegre, de Mayra del Poggio de la Universidad del Istmo de Guatemala. De mi querida compañera de la Universidad de Valencia Carmen Tomás-Valiente, de Mirentxu Corcoy, de Andrés Domínguez Luelmo. De mi compañera y amiga Ana Garrocho, próxima Doctora de la Universidad Carlos III de Madrid. De Patricia Esquinas. De Javier Sánchez Vera. De Jesús Santos. De Raúl Villar, mi  mejor Rector; de Celia, de Investigación; de Antonio, de Nóminas; de Antonio, de la Secretaría de la Facultad; de Ángel, de Información; de Victoria y Araceli, antigua y nueva Secretarias del Área de Derecho Penal; de Ramón, de Informática; de Jose, de la cafetería; de las señoras de la limpieza, y de tantos hombres y mujeres buenos que no caben en una lista y que la Providencia, en medio de mi andadura universitaria, tuvo a bien poner en mi camino, pues de todos aprendí. De verdad, gracias a todos.

Me voy, me echan o, mejor dicho, me retiran, como a los replicantes de Blade Runner, lo cual me produce algo bastante más amargo que un sentimiento de pérdida de empleo o de lo que fuera que yo haya tenido estos últimos años como profesor honorario sin cobrar. Supongo que se refiere a la pérdida del honor representado por el reconocimiento de un espacio vital, comparable a un deshaucio institucional. Frente a este sentimiento, incluso el horror de conocer a dónde me mandáis, a la calle sin adjetivar, de cuyas condiciones podréis haceros una ligera idea a poco que pongáis cualquier telediario, se me hace menos duro. ¿A dónde iré? Sinceramente, no creo que a los máximos responsables institucionales de la Universidad les preocupe lo más mínimo mi destino, como el de otros que me han precedido. No les guardo rencor. Sólo sé que me queda la Casa de mi familia y la Casa de mi Padre del Cielo, donde siempre podré encontrar a Aquél que, habiendo preguntado a Sus discípulos, después de una dura prueba de fe, si también ellos querían marcharse, contestaron: “¿Y a dónde iremos, Señor? Sólo tú tienes palabras de vida eterna”.

Me despido de todos vosotros, amigos y compañeros, con lo mejor que me habéis dado: un cúmulo de buenas experiencias y recuerdos, que será prácticamente imposible borrar de mi experiencia y mi crecimiento vitales. Sólo os pido, desde alguien que ya no está en situación de pedir nada, que mi paso por la Autónoma -como el de todos, pues todos estamos de paso- no quede en el olvido, ni mucho menos pueda decirse que yo haya pasado por ahí sin pena ni gloria.

Fdo.: Dr. Pablo Guérez Tricarico

           Doctor en Derecho por la Universidad Autónoma de Madrid

Vivat Academia, Vivant Professores

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Vivant membrum quodlibet

Vivant membra quaelibet

Semper sint in fiore, sempre sint in fiore. 

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§ 4 respuestas a Fin de Fiesta e inicio de curso. 1 de septiembre de 2014: la vuelta.. ¿a qué? A propósito de mi cese como profesor honorario de la Universidad Autónoma de Madrid

  • Maite dice:

    Siento mucho que no sepan valorar a personas que valen de verdad,personas que han dado su juventud estudiando e investigando y cuando más preparadas están las dejan marchar o lo que es peor las hechan,muchos tienen suerte en que en otros países las valoran más que en el suyo propio , como a ti te valoraron en muchas ocasiones,pero cuando uno tiene más ganas de seguir dando lo que uno sabe entonces no te dan la oportunidad.
    Yo y muchas personas que te queremos y conocemos sabemos lo que vales y nunca te rindas porque algún día tendrán que abrir los ojos y ver la realidad ,que hay tantos jóvenes que valéis mucho y os darán un puesto de trabajo reconociendo y agradeciendo lo que valéis.
    Un fuerte abrazo de alguien que te tiene mucho cariño y sabe lo que vales.Maite

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  • pabloguerez dice:

    Gracias a todos los que me estáis mostrando vuestro apoyo, en diversas formas, en estos días tan duros para mí. Sabed que esto no va a quedar así: no soy tan importante, pero tampoco soy tan poca cosa como suponen algunos. Algunos contactos políticos están enterados, y el mensaje, así como los contenidos de este foro, que proclaman la verdad, se difunden en red por el ciberespacio de todo el mundo, de una manera prodigiosamente exponencial. Al mismo tiempo ruego a Dios que se me haga justicia, en el sentido hebreo primitivo del término; es decir, que Él me “ajuste” a mi primitiva y digna condición de Hijo Suyo, ante Él y ante los hombres. Y que me devuelva lo poquito que, en Su insondable y sabia Providencia, ha permitido que me quitaran, como todo le devolvió a Job. Porque al final, “el Señor me hará justicia”, en todos los aspectos de mi vida (Sal 42). “Oíd lo que dijo el juez injusto: -¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Tardará en responderles? Os digo que pronto les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará esta fe en la tierra?” (Lucas 18, 6-8).

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  • pabloguerez dice:

    El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó: ¡Bendito sea Su Santo Nombre!

    Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

    Jesús vive: ¡Aleluya!

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