Movilización climática de los pueblos

septiembre 20, 2014 § Deja un comentario


Sobre la movilización climática.
No soy experto en cambio climático, pero como ciudadano y como persona comprometida con el mundo y con la sociedad he podido aprender algo sobre este fenómeno en los últimos años. Básicamente, lo que todos sabemos y algunos intentan justificar incluso con argumentos científicos diciendo que no es para tanto. Pues mientras no sea para tanto, el nivel de las aguas provocado por el deshielo de las superficies heladas crecerá lo suficiente como para que, en tres o cuatro décadas, en varios países del norte de Europa, Asia y América, el mar vuelva a ganar el terreno que la aparición de la vida en el Planeta y los cambios geológicos le quitaran hace millones de años; para que las temperaturas y el efecto de la radiación ultravioleta siga creciendo y alterando el hábitat natural de los ecosistemas en buena medida responsables de que nosotros, los hombres, los animales más peligrosos de la Tierra según el Guinnes de los Records, podamos seguir esquilmando los pocos recursos que quedan en la biosfera fundamentalmente para hacer negocio con ellos y, con ello, cerrarnos las puertas a nuestra propia supervivencia como especie. A mucha gente le da igual, porque no piensa de aquí a treinta años, y le da igual que le dejemos a nuestros hijos un mundo sin bosques, sin alimentos naturales sin recursos mientras les reprochamos que pasen demasiado tiempo ante videojuegos de realidad virtual. Si las cosas no cambian, lo virtual será poder realizar en el futuro un sencillo paseo en bici o a pie por el campo, o simplemente cultivar la tierra, único recurso de millones de personas excluidas de la economía de consumo y de las necesidades impuestas por un capitalismo inflexible. En cualquier caso, cualquier experto sobre cambio climático, ya sea físico, biólogo, bioquímico, geólogo, ecólogo, periodista o simplemente un ciudadano bien informado podrá hablaros mejor de la realidad de este fenómeno. En cuanto a la responsabilidad que debamos asumir ante él, no les toca a los científicos definirla, sino a la sociedad, a los políticos y a las personas a las que algunos concedemos autoridad. Los científicos, desde su parsimonia y humildad, simplemente advierten, pero el cambio lo debemos dar nosotros, comenzando por cosas tan aparentemente inútiles y pequeñas como el reciclaje o la separación de basuras. A lo mejor será lo máximo que podamos hacer para “salvar al Planeta”, y, con ello, salvarnos a nosotros mismos como especie consciente, es decir, especie con el enorme poder evolutivo de cambiar radicalmente su entorno. Conservando y fomentando los ecosistemas que sabiamente regulan los ciclos naturales que hacen posible la vida en la tierra o destruyéndolos. Está en nuestras manos.
Abandonemos pues ya nuestra concepción trasnochada, propia también de buena parte de las personas que se declaran cristinas, de interpretar el mandato bíblico de “llenad la tierra y sometedla” (Gn 1, 19). Dicho pasaje debe ser interpretado -y aquí pretendo echar mano de mi pobre conocimiento teológico-, en el sentido de una encomienda. Somos administradores de la Creación, de la cual nos podemos servir para nuestros fines lícitos, pero no nos es dado hacer lo que queramos y, mucho menos, destruir el mundo y nuestra propia presencia física en él antes de que el designio del Creador en tal sentido -el Apocalipsis o fin de los tiempos- tenga lugar. Y deberemos de responder de los vertidos, de las contaminaciones, del uso imprudente de la energía, de los desastres ecológicos provocados por la codicia del hombre y por sus guerras inútiles.
En ciertos ambientes corre el rumor de que el papa Francisco va a sacar dentro de poco una encíclica sobre la cuestión ecológica, cuyo entendimiento, como argumentaré enseguida, no puede desligarse del compromiso con nuestros congéneres y con nuestras generaciones de vida, especialmente teniendo en cuenta la calidad de vida de las personas más pobres y desfavorecidas del planeta, que son la inmensa mayoría.
Si bien la cuestión ecológica no fue tratada expresamente en las encíclicas sociales de los años 60 y 70, las constantes referencias que en ellas, así como en las declaraciones conciliares del Vaticano II encontramos al destino común universal de todos los bienes y de los recursos naturales de los que se extrae la “riqueza” de la economía productiva, el constante mandato de repartirlos en justicia y en caridad entre todos los hombres, así como la necesidad de revalorizar la agricultura, sobre todo en los países menos desarrollados, y el comercio justo entre los recursos de esos países y los llamados “países desarrollados”, lo que suponen, a mi juicio, pequeñas semillas de lo que posteriormente sería incorporado al Catecismo de la Iglesia Católica en su doctrina sobre el séptimo mandamiento y el respeto a la integridad de la Creación. Hace siete siglos, santos como el propio San Francisco de Asís advirtieron la necesidad del respeto y la comunión del hombre con el resto de la Creación -“pues vio Dios que era bueno” (pasaje repetido varias veces en el primer Capítulo del Génesis-.
Sin embargo, la falta de desarrollo dogmático de una cuestión de suma importancia en la actualidad en la teología oficialista posconciliar se debió probablemente a la priorización de otros asuntos más ligados a la defensa del poder geoestratégico de la Iglesia Católica en su lucha contra el socialismo real, a través del reforzamiento de la moral personal y familiar. Las cosas, sin embargo, si tenemos en cuenta el espíritu evangélico, el propio espíritu del Concilio y las declaraciones de varios teólogos sobre la importante responsabilidad del hombre en la administración del patrimonio común representado por la biodiversidad del planeta, deben motivar pronto declaraciones de los máximos líderes eclesiásticos, sobre todo teniendo en cuenta el tiempo transcurrido desde las primeras declaraciones conciliares progresistas, en éste y en otros terrenos a mi juicio inseparables de éste como la cuestión social, el reparto de la riqueza y la redefinición de las necesidades, de las relaciones de riqueza y de poder entre los hombres y los pueblos y del papel de la propia Iglesia en el mundo. Por otra parte, los efectos científicamente comprobados producidos por el cambio climático debe conducirnos a tomar una postura activa de lucha contra los hombres y las corporaciones que anteponen sus intereses o los de sus empresas al interés común de la conservación del medio ambiente. Tampoco una suerte de “regeneración espontánea” o adaptación evolutiva de la Tierra a los cambios realizados por el hombre justifica los graves atentados producidos al medio ambiente, y éste, si bien es verdad que ha logrado adaptarse, a diferente escala, a durísimas condiciones impuestas por la industrialización humana, lo ha hecho pagando un peaje ecológico incalculable y, desde luego, no deberíamos extrañarnos que las adaptaciones de la tierra al comportamiento hostil provocado por el hombre tengan un límite moral para el propio hombre. Bastantes avisos nos está ya dando la naturaleza, sobre todo tras la verificación de la paulatina destrucción de la capa de ozono o la finalización del deshielo, de hace apenas un par de años, de Mar de Bering y de buena parte de las banquisas del Ártico, lo que ha provocado, además de la apertura de nuevas vías de navegación, una justificada alarma sobre los efectos que, a más corto plazo de lo que pensamos, puede tener la subida del nivel medio de las aguas. Por poner solamente un par de ejemplos.
Por otra parte, ni qué decir tiene que la defensa del ecologismo que promuevo es una defensa que no puede ser desligada de la defensa de los hombres y de las poblaciones más pobres del planeta, de aquellos cuya subsistencia depende exclusivamente del cultivo y de la exportación de materias primas cuyos precios son abusivamente fijados en los países occidentales. En este sentido, no defiendo un ecologismo “de ricos” y “para los ricos” basado en primar la calidad de vida de la clase media acomodada frente a la situación, enormemente desventajosa, de miles de trabajadores industriales, promoviendo soluciones “inmediatas” del estilo de “cerrar de inmediato determinadas fábrica o centrales energéticas”, sino una concepción del patrimonio ecológico como un patrimonio común cuya riqueza, en forma de energía, vida y posibilidad de sustento debe llegar a toda la Humanidad. Para mí, o el ecologismo es “humanista”, o sencillamente no tiene sentido como problema moral, ya que, siguiendo el propio razonamiento de varios ecologistas “extremistas”, si el hombre no contribuye a dar marcha atrás en su desenfrenada carrera hacia una producción insostenible, será la propia naturaleza la que le barrerá del mapa de la tierra. Y la vida volverá a resurgir, probablemente, desde las bacterias, o las recientes algas “resistentes” al cambio climático recientemente descubiertas. Desde la perspectiva que aquí pretendo sostener, la defensa del medio ambiente y la lucha contra el cambio climático no puede desligarse de la defensa por la garantía de unas condiciones de vida digna de los hombres y de las generaciones futuras a las que dejaremos este planeta, el único que habitamos, por el momento, como herencia. Po ello, permitamos que la herencia medioambiental que dejamos a nuestros hijos, a nosotros mismos y a y nuestros congéneres, y especialmente a los hijos de las personas más desfavorecidas -los cuales, previsiblemente, según la tendencia de nuestra economía idolátrica y sumisa al Dios dinero y al cortoplacismo de la ganancia inmediata seguirán siendo, si cabe, personas más desfavorecidas que sus padres- sea una herencia llena de deudas.

Fdo.: Pablo Guérez Tricarico, PhD
Doctor en Ciencia Jurídica por la Universidad Autónoma de Madrid
Candidato independiente por la lista de “Los Verdes” a las elecciones municipales de 2003 a concejal por la localidad de Tres Cantos y miembro del Partido de “Los Verdes” y Delegado por Madrid en la Asamblea General de dicho partido desde 2007 hasta 2009. Miembro de Greenpeace España desde 1993 hasta 2001.

 

Visit: climate.nasa.gov

 

lapieldelabatata

El próximo 23 de septiembre en la ciudad de Nueva York, el secretario general de las Naciones Unidas Ban-Ki Moon será el anfitrión de la “Cumbre climática 2014”, evento en el que dirigentes gubernamentales, instituciones financieras, empresas y organizaciones sociales, se reunirán en torno a una necesidad urgente: anunciar medidas concretas destinadas a reducir emisiones, reforzar la resiliencia al cambio climático y movilizar la voluntad política para llegar a un acuerdo jurídico significativo en París 2015 (cumbre climática). Esta es la primera oportunidad en la que los líderes del mundo se reúnen para discutir sobre el tema desde la llamada “cumbre fallida” de Copenhague en 2009, y nada hace pensar que en esta oportunidad los resultados sean más alentadores. Mejor que esperar esas “medidas audaces” en los discursos de los gobernantes de las grandes potencias, debemos fijar nuestra atención en la que se prevé será la mayor manifestación alrededor…

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