Peace of mind

septiembre 24, 2014 § Deja un comentario


Mi mente está en calma, mientras mi cuerpo yace sobre mi cama mullida en posición fetal. Experimento ese estado maravilloso de duerme-vela caracterizado por el no-pensar, que naturalmente me es dado sólo tras muchos ciclos de tiempo. El sonido de unas pocas gotas de lluvia repicando, la primera brisa del alba y la sensación de descanso son agradables. La paz interior es no necesitar nada más. Quien tiene paz lo tiene todo. Las confusiones de las partes más nobles del cerebro no se hallan todavía activas. Pero su actividad no tardará en aparecer. Algo más tarde que de costumbre, pero sí. Al menos, mi implacable córtex prefrontal, donde reside la función ejecutiva cuya sola existencia me martiriza continuamente, parece, por un día, haberse olvidado de despertarse del todo al tiempo, y, con ello, de sumirme a mí de nuevo en la avidya, es decir, en la ignorancia que produce el sufrimiento. Mientras comienza a armarse contra mí para arrebatarme la paz, contra ese estado natural que bien podría ser un pálido reflejo de lo que los indios llamaran samadhi, escribo estas líneas, mientras comienzo a tener la mala señal procedente de lo que los sabios y entendidos de esta parte del mundo llaman estado natural de la conciencia, la vela. Como el guerrero que percibe a lo lejos ya el peligro del ejército enemigo, sé que la sensación que produce la calma no será duradera, y la paz me será, como siempre, arrebatada por la actividad del córtex prefrontal: con el torbellino simultáneo de pensamientos pasados, presentes y futuros que los antiguos yoguis llamaban chittavritti y nosotros, seres superiores instrumentales, procesos mentales productivos. Lo malo no será contemplarlos con distancia, sino tener que rendirme ante ellos y, con o por ellos, observar mi existencia terrenal y mis exigencias espirituales cristianas: ambas, con miedo, con angustia  y con llanto. Me pongo en la presencia de Dios. Pero Él, como en la mejor tradición protestante, guarda silencio. Es mejor eso a que se exprese por medio del sufrimiento, como enseñan algunos sabios y entendidos de este mundo y hombres de bien. Mi Dios es el Dios de una Misericordia si límites, “asombro para los santos e ininteligible para los ángeles”, según las Letanías de la Divina Misericordia; El que comprende la debilidad de la condición humana y la justifica por su Amor, mostrando con ello también su humanidad. A él me encomiendo con el terrible Salmo de David: “¿Se escucha tu nombre en el país de los muertos?” Pero, “¿por la mañana irá a tu encuentro mi súplica”? Misericordia, Dios mío, por tu bondad. Guíame Tú, pues mi cruz es demasiado pesada. Buenos días.

Anuncios

Etiquetado:, ,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo Peace of mind en Victimología social, "blaming the victim", teoría social, religión, Derecho y crítica legislativa.

Meta

A %d blogueros les gusta esto: