La Inmaculada Concepción de María abre el camino de una nueva Humanidad

diciembre 8, 2014 § Deja un comentario


Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar, y la Virgen concebida sin pecado original (antífona para la Adoración eucarística)

“Oh, María, sin pecado concebida, rogad por nosotros, que recurrimos a Vos” (Jaculatoria, atribuida a María en su revelación privada a Santa Catalina Labouré, el 27 de noviembre de 1830, Festividad de la Virgen de la Milagrosa)

 

LA INMACULADA CONCEPCIÓN

LA INMACULADA CONCEPCIÓN. MURILLO.

 

Hoy, 8 de diciembre, la Iglesia Católica celebra la Solemnidad de la Inmaculada Concepción: María, con su sí, con su fiat, dado libremente, como una mujer nueva de la nueva creación libre del pecado original, hizo posible la obra redentora de Dios, aceptando llevar en su seno virginal la Palabra viva de Dios, como nos recuerda el rezo del Ángelus. María es la mujer nueva, la nueva Eva, de la que habría de nacer nuestro Redentor. Ella es la que marca el paso de nuestra espera de Adviento hacia la Navidad. Con su sencillez y humildad, hizo posible que comenzara la obra salvífica de Dios para los hombres, que habríamos de ser redimidos por Jesucristo, no ya sólo para devolvernos al primitivo estadio preternatural de Adán y Eva, sino para ensalzarnos a la dignidad misma de Hijos de Dios por adopción, como reiteradamente puede leerse en varias Cartas de San Pablo.

La Redención alcanzó también a María y actuó en Ella, pues recibió todas las gracias en previsión de los méritos de Cristo. Dios preparó a la que iba a ser la Madre de su Hijo con todo su Amor infinito. A este respecto, a mí me resulta especialmente gráfico y bello la siguiente declaración de R. A. Knox, quien se expresa así sobre la Inmaculada Concepción de María: “Del mismo modo que el primer brote verde señala la llegada de la primavera en un mundo helado y que parece muerto, así en un mundo manchado por el pecado y de gran desesperanza esa Concepción sin mancha anuncia la restauración de la inocencia del hombre. Así como el brote nos da una promesa cierta de la flor que de él saldrá, la Inmaculada Concepción nos da la promesa infalible del nacimiento virginal (…). Aún era invierno en todo el mundo que la rodeaba, excepto en el hogar tranquilo donde Santa Ana”, de quien tenemos constancia, entre otras fuentes, a través de algunos Evangelios apócrifos, como el Protoevangelio de Santiago, “dio a luz a una niña. La primavera había comenzado allí” (R. A. Knox, Tiempos y fiestas del año litúrgico, p. 298).

Si bien no fue hasta el siglo XIX, que la Inmaculada Concepción fue proclamada como dogma de fe católica por el papa Pío IX (concretamente, en el año 1854), ya algunos Padres de la Iglesia, tanto de las Iglesias orientales como occidentales, desde los primeros siglos del Cristianismo, y desde la formación del cuerpo doctrinal en torno al pecado original, elaboraron las premisas de lo que después sería proclamado como dogma, e históricamente hay constancia de la celebración eclesial de la Fiesta de la Inmaculada Concepción desde el siglo VIII de la Era Cristiana.

Todo cuanto de hermoso y bello se puede decir de una criatura, se lo cantamos hoy a nuestra Madre del Cielo, quien nos fue dada por Jesús, en el momento de Su Muerte en la Cruz, como Madre a toda la Humanidad, entregándosela al discípulo que tanto amaba con las palabras: ““Madre (Mujer), ahí tienes a tu hijo; hijo, ahí tienes a tu Madre” (cfr. Jn 19, 25-27). De la inmaculada concepción de María, la cual, en atención a los méritos de su Hijo Jesucristo, habiendo sido predestinada por designio expreso de Dios a ser la Madre del Redentor, fue preservada de toda mancha de pecado original, pues puro y libre de pecado debía ser el vientre que acogiese al Salvador del Mundo, hablaron ya algunos primeros padres de la Iglesia, ensalzando la obra corredentora y salvífica de María, la Madre del Salvador. Así se expresa San Andrés de Creta: “Exulte hoy toda la creación y se estremezca de gozo la naturaleza. Alégrese el cielo en las alturas y las nubes esparzan la justicia. Destilen los montes dulzura de miel y júbilo las colinas, porque el Señor ha tenido misericordia de su pueblo y nos ha suscitado un poderoso salvador en la casa de David su siervo, es decir, en esta inmaculadísima y purísima Virgen, por quien llega la salud y la esperanza a los pueblos” (Homilía I en la Natividad de la Santísima Madre de Dios).

Que la Inmaculada y Santísima Virgen María sea nuestra guía, y su manto nos brinde su protección maternal en este tiempo de Adviento, el que los cristianos nos preparamos, como cada año, para la llegada del Redentor: para conmemorar que Jesús, a quien María nos trae -como reza el antiguo dicho Ad Iesum per Mariam-, nacerá de nuevo en nuestros corazones en menos de dos semanas. Con tal de que le digamos que sí. Como hizo María, libre e inmaculada, con su fiat.

 

MAGNÍFICAT

Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí. Su nombre es Santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.

Él hace proezas con su brazo, dispersa a los soberbios de corazón. Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes. A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos despide vacíos.

Auxilia a Israel su siervo, acordándose de su santa alianza según lo había prometido a nuestros padres en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo como era en principio ahora y siempre por los siglos de los siglos.

Amen.

 

Bendita sea tu pureza
y eternamente lo sea,
pues todo un Dios se recrea
en tan graciosa belleza.
A ti, celestial princesa,
Virgen Sagrada María,
yo te ofrezco en este día
alma, vida y corazón,
mírame con compasión,
no me dejes, Madre mía.

 

A.I.P.M.

A.M.D.G.

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