Siempre es Navidad para los que buscan a Dios

enero 10, 2015 § 4 comentarios


 

A mis padres

A los cristianos y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad perseguidos

A la memoria de las víctimas de Charlie Hebdó

 

El tiempo de la Navidad, aparentemente, ha concluido.

Y digo solo aparentemente, porque la desacralización de las Navidades como algo profano ha impuesto en el mundo una concepción de las fiestas que, como se ha ocupado de advertir necesariamente el papa Francisco durante las mismas, están muy alejadas de su sentido originario, de la celebración del Dios inmanente que se hace uno de nosotros y viene a vivir con nosotros en la misma precariedad compartida de la condición humana: se hace Enmanuel, Dios con nosotros, y se hace especialmente presente en los que más sufren, en los débiles, en los prófugos, en los perseguidos. A ellos se refirió el Papa en su homilía de la Víspera del día de Navidad, y es precisamente en Cristo Jesús en quienes aquellos que no son, como diría el propio Jesús durante su predicación, “bien mirados por el mundo”, su consuelo y su alegría en medio de la tribulación. Los cristianos perseguidos hoy en Nigeria, Iraq, Irán, Siria, China, Sudán, y en cualquier lugar del mundo por Jesús y su Evangelio, son como Jesús en el pesebre, para Quien no había sitio. Ese mismo Jesús, Luz invisibile, creadora, redentora y santificadora, se hace visibile en la ternura más visible de un niño, durante el tiempo litúrgico de Navidad, que en la Iglesia latina va -conviene recordarlo-, desde el día 24 de diciembre (Nochebuena), hasta la conclusión de la Feria de Navidad durante la semana siguiente a la Octava de Navidad (1 de enero), tiempo denominado “Feria de Navidad”, y que finaliza con el domingo después de Epifanía, con la celebración del Bautismo del Señor. En la Misa de ayer, un gran sacerdote español recordaba, además, como algo que va más allá de la anécdota cultural, cómo en algunos países de América Latina, como México, el Nacimiento permanece todavía expuesto en muchos hogares hasta el día 2 de enero, el día de la Presentación del Señor.

Por el contrario, en nuestro ámbito sociocultural secularizado, por la fuerte influencia, casi imparable, de la secularización de inspiración protestante norteamericana, la separación temporal festiva entre las dos Fiestas que conmemoran el Misterio de la manifestación de Dios hecho hombre (la Natividad del Señor y la Epifanía) ha perdido su significación, no ya litúrgico-temporal, sino cristológico. De ello pueden dar cuenta muchos norteamericanos y quienes celebran la Navidad en todo el mundo sin referencia alguna al nacimiento de la Persona de Jesús. Así, tenemos en nuestro país, y en muchos otros países de nuestro ámbito cultural europeo, unas Navidades secularizadas (o, utilizando el lenguaje de la antropología religiosa “desacralizadas” o “desencantadas”), que suelen comenzar cuando lo deciden los grandes centros comerciales (en España, hace ya bastante que decidieron que las Navidades comenzaban, al menos, en torno a la segunda quincena de noviembre; algunos Ayuntamientos, sobre todo antes de la crisis, lo decidieron con el encendido de las luces de Navidad el 1 de noviembre), y que terminan, por influencia de una tradición histórica que afortunadamente se resiste a desaparecer, el día de Epifanía, también conocido como la Fiesta de los Reyes Magos, que se celebra el 6 de enero, mientras que en Norteamérica la secularación navideña ha llegado hasta el punto de convertirla, socioantropológicamente, y sin perjuicio de su vivencia auténticamente religiosa en las varias confesiones religiosas cristianas, católicas y protestantes presentes en el país, en una fiesta secular que acaba concluyendo con el año civil.

Ese día, muchos niños de España recibieron los regalos de los Reyes Magos, que fueron a adorar a Jesús hace más de dos mil años guiados por la Estrella de Belén. Cuando nos hacemos adultos, y a pesar de que esta Fiesta pueda suscitar en nosotros cierta melancolía por aquello de la “infancia perdida”, los creyentes no debemos perder el rastro de aquella estrella, porque nos sigue guiando a Jesús. Y nos guía a través de María y a través de toda su Santa Iglesia. En el tiempo denominado “Después de Epifanía” la Iglesia Católica nos concede un tiempo precioso para meditar sobre el Misterio de la manifestación de Dios hecho hombre a todos los pueblos de la humanidad. Es un tiempo para la reflexión y de preparación para la acción, en un mundo cada vez más hostil y deshumanizado, regido en muchas ocasiones por el odio, el chantaje y el rencor, el cálculo político instrumental y la cosificación de las personas; un mundo, precisamente por ello, necesitado de amor, de comprensión y de misericordia.

El mensaje no puede ser más actual, y debe movernos a la paz y a la concordia entre nosotros, comenzando por los más próximos a nosotros, por nuestra propia familia, amigos y allegados. Por ello, para nosotros también, es bueno que comprendamos, como los niños, qu por lo general no tienen posibilidad de hacer regalos materiales apetecibles a los hombres, su mejor regalo es la propia presencia. El mejor regalo que hemos podido hacer en este tiempo de Navidad, y durante todo el año litúrgico, y experimentarlo a la vez de esta manera por medio de la gracia, que se da gratuitamente, es el regalo de nuestra presencia, y el don de nosotros mismos. Lo recordaba el papa en unas emotivas palabras con ocasión de un discurso del pasado Adviento: el mejor árbol de Navidad, la mejor bola del árbol, el mejor adorno, el mejor regalo, eres tú. Pero de ahí debemos salir y transmitir la noticia de la buena nueva a todos los pueblos que hoy constituyen una realidad cada vez más cercana, pero paradójicamente más distante.

No son palabras vacías, sino que nosotros mismos, elevados a la dignidad de Hijos de Dios ya desde el misterio de la Encarnación, que prepara el misterio pascual, somos regalo, somos don para los demás, para hacer de su vida, de la vida de los demás, una vida siquiera algo más soportable, algo más tierna, algo más humana: ¡cuánta necesidad de ternura tiene el mundo de hoy, recordaba el papa Francisco en la homilía de la Víspera de Navidad!

Son éstas palabras que no escuchan los representantes de ninguna de las mayores religiones del mundo, y conviene recordarlo a la luz de los últimos acontecimientos. Es una vergüenza que quienes se declaran también hijos de Abrahám ataquen en nombre del Islam el semanario francés Charlie Hebdo en un atentado que nada tiene que ver con Dios/الله , sino con un odio político-religioso fomentado por los hombres. De nuevo, el odio nos hace ver la cara desfigurada de la religión, que, a pesar de sus múltiples interpretaciones, no es en ninguna de los tres credos abráhamicos (judío, islámico y cristiano), una religión de odio, sino una religión de Amor, sino que más bien, al contrario de lo que algunos sociólogos sostienen, los fundamentalismos son perversiones de la religión: por cierto, de todas. Tampoco los cristianos estamos exentos de caer en él, on en sectas o grupúsculos que se dicen cristianos y reclaman, aun movidas por legítimos sentimientos de indignación, “soluciones” de reacción que, por estar basadas en el odio, no pueden ser compartidas, porque no pueden ser cristianas. Frente a las otras dos grandes religiones abrahámicas, como predicó el propio Jesús, y a pesar de los gravísimos errores cometidos a lo largo de la Historia por los representantes de la religión cristiana institucionalizada, el cristianismo es, además, una religión de perdón y de amor sin límites, hasta el punto de presentar la peculiaridad del Amor a los enemigos. Los cristianos no podemos ceder a la provocación de responder con odio a estos atentados, con actitudes intransigentes y fanáticas que también hemos aprendido y praticado históricamente, sino que desde el poder civil y el poder eclesiástico debemos responder con una actitud de firmeza y justicia, pero también de conversión y misericordia ante las atrocidades cometidas. A la oración por las víctimas de estos terribles atentados no debe seguir la espiral del odio, sino su recuerdo, su apoyo, su memoria; también la firme condena del pecado y de las actitudes de los fundamentalistas islámicos y la petición a los representantes del Islam de una mayor firmeza en la condena de semejantes atrocidades, a la vez que la oración por la conversión de los pecadores.

Pero más allá de ello, los cristianos debemos permanecer firmes en el Amor de Dios que nos empuja a trabajar para erradicar las causas y las estructuras de pecado que hacen posibles que muchas personas, en el ámbito islámico, por esa clase de desesperación basada en la miseria material y moral que lleva al odio y que nunca ha traído nada bueno a la sociedad humana.

A la contemplación del Misterio de la Encarnación ha dedicado la Iglesia Católica uno de sus tiempos litúrgicos fuertes. Pidámosle a Dios que podamos encontrar en la Navidad y en la contemplación de su Misterio, en el triunfo del Bien, los ánimos y la fortaleza necesarios, don del Espíritu Santo, para no caer en desesperación y caminar con esperanza hacia nuestra propia conversión, la de nuestro prójimo (todo el género humano) y la edificación del Reino de Dios en la tierra, que es un reino de amor y de paz.

 

 

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