NAVIDAD. MENSAJE DE ESPERANZA PARA TODOS.

diciembre 25, 2015 § Deja un comentario


 

A mis padres, por su paciencia, que todo lo alcanza, y por tantas buenas cosas

A todos los hombres y mujeres de buena voluntad

Y AMDG

JESÚS HA NACIDO. FELIZ NAVIDAD.

JESÚS HA NACIDO. FELIZ NAVIDAD.

PRESEPIO DI BAROCCIO

PRESEPIO DI BAROCCIO

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque caminarás delante del Señor, preparándole el camino; anunciando a su pueblo la salvación por el perdón de los pecados. Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, mañana nos visitará el Sol que nace de lo alto, para iluminar a los que habitan en tinieblas y en sombras de muerte, para llevar nuestros pasos por el camino de la paz (Del “Benedictus” de Zacarías, Lc 76-70).

 

Por si alguien todavía no se ha enterado, es Navidad.

Sí, digo bien, por si alguien todavía no se ha enterado. Muchos de nosotros, al margen de nuestras circunstancias personales, familiares o económicas, vivimos en medio de una sociedad en la que estas fechas se caracterizan por el bullicio, las comidas y cenas de empresa, las luces, los anuncios de perfumes y El Corte Inglés, en las grandes ciudadanas. Desde el rico empresario hasta el mendigo que vive entre cartones este invierno dulce que nos ha deparado la climatología en casi toda España, todos son, en alguna medida, conscientes de que son días de celebración.

Otros, a pesar de sus duras condiciones económicas, apenas encontrarán motivos de fiesta y alegría, y otros vivirán estos días como una farsa pequeño-burguesa. Sea como fuere, la Navidad lleva más de dos mil años entre nosotros, y es muy anterior al nacimiento de la burguesía y a muchas de las ideologías modernas. Pero, volviendo al presente, entre la gente pobre, al que escribe estas palabras siempre le sorprende la sencillez de una fe vivida en pobreza y sencillez. Exactamente como en los primeros tiempos del Cristianismo, y como la vivieron aquellos pastores de Belén, testigos privilegiados del nacimiento del Salvador del Mundo.

Entre los pobres, el papa Francisco destacó en su Mensaje de Navidad del año pasado a los migrantes. Este año, junto a los migrantes por motivos socioeconómicos, cobran un protagonismo humano esencial también los asilados y refugiados. En el fondo, a todas estas personas, con independencia de su tratamiento jurídico diferenciado, les une un rasgo común: la carencia de lo necesario para vivir con dignidad y la voluntad de salir a buscarlo fuera de su tierra, muchas veces dejando atrás todo lo que tienen. Salvo su fe. La fe en que, con la ayuda de Dios, tal y como ellos lo entienden, lo lograrán, y se les abrirán las puertas. Es la misma fe que animó a Abraham a salir de Canaán, tal y como había escuchado de Yahvé. La fe que movió a María a decir sí a Dios y a aceptar el milagro y el inefable don de acoger en su seno virginal a Nuestro Señor Jesucristo. La fe que movió a José a no repudiar a María tras haber recibido en sueños el oráculo del Señor que le avisó de que la criatura que María portaba en su seno era fruto del Espíritu Santo.

Sin embargo, nosotros, en la todavía opulenta Europa, o, más bien, nuestros políticos, no han sabido ni han reaccionado a la altura de lo que las circunstancias humanitarias han demandado y siguen demandado. Del mismo modo que en la Belén de hace veinte siglos no aceptaron a Jesús, e, incluso después de su muerte y su resurrección, muchos siguieron sin aceptarlo en su corazón.

Este año, sin embargo, de acuerdo con un espíritu ecuménico, me gustaría que éste un mensaje esperanzador para todos, pero especialmente para los ateos y agnósticos y los fanáticos religiosos. Creo que ambos grupos, por alejados que parezcan, lo comprenderán perfectamente, o al menos, ése es mi propósito desde el respeto a la libertad de cada uno.

El año pasado -o éste, al principio-, publiqué en este blog una entrada titulada “Siempre es Navidad para los que buscan a Dios”. Y es verdad, porque, en un sentido religioso, esto es precisamente lo que los cristianos, sea cuál sea nuestra Iglesia o confesión, celebramos: el encuentro de Dios-con-nosotros (el Emmanuel) en la Persona de Jesucristo, que es, a la vez, encuentro de Dios con el mundo, como diría el teólogo evangélico “dialéctico” Karl Barth. Sin embargo, me gustaría completar esta afirmación en el sentido de que es Él, el propio Dios, su Palabra, como reza el Prólogo del Evangelio de San Juan, el que se hace hombre, y, con su propia humanidad, viene no sólo a restaurar la nuestra a un hipotético estado anterior a una “caída”, sino frente a todas las caídas, frente a todos los pecados de cada uno de todos los hombres y mujeres que hemos habitado este planeta. Con su nacimiento, restaura nuestra naturaleza caída y se hace uno de los otros, semejante a nosotros (en el fondo, eso significa en hebreo/arameo la expresión “Hijo del Hombre”, uno como vosotros, tan utilizada en los Evangelios, y el título que más se atribuye Jesús a sí mismo, pues Él respeta nuestra libertad y deja que sean los demás los que descubran su divinidad tras su humanidad.  Jesús “se hace pecado por nosotros”, como escribe San Pablo en su Carta a los Hebreos, comparte nuestra naturaleza y sus debilidades, conoce el sufrimiento y se entrega voluntariamente, tras una larga agonía psíquica y física, a la muerte en la Cruz, reconciliándonos plenamente con el Padre, mereciendo para nosotros no sólo la vida eterna, que también, sino el don de la filiación divina ya en esta vida, así como el don del Espíritu Santo, Misterio de Comunión del Padre y del Hijo en el Amor.

Navidad es un tiempo propicio para acoger el Misterio de la Encarnación, que nos revela en toda su inmensidad el Amor de Dios. El cual no consiste, como nos recuerda San Juan, en que nosotros hayamos amado a Dios, sino que Él nos amó primero, pues Él mismo es Amor. Ha sido el propio Dios, por iniciativa suya, el que ha decido hacerse uno de nosotros para, como bien se señala en el Evangelio de Lucas, encontrar y salvar lo que se había perdido. En este sentido, y esta afirmación va dirigida más bien a los cristianos fanáticos, Navidad es un tiempo de reconciliación y de amor, pues es en estas fechas en las que el Amor irrumpe en la vida de los hombres como manantial de agua nueva. Y la respuesta al porqué de la misión salvífica no es necesaria buscarla en entes supuestamente superiores al hombre (como “la Serpiente”, “el Diablo”, “Satanás”). Yo aquí no cuestiono la existencia de dichos seres de naturaleza angélica. Simplemente quiero subrayar que Dios se hace hombre, y no ángel, ni ninguna de las nueve jerarquías angélicas reconocidas por la teología rabínica y católico-cristiana ortodoxa. Y que con ello, Dios sella con su pueblo -con todos los hombres y mujeres de todas las épocas- una alianza tan indeleble con la Humanidad, que será consumada en la Cruz y glorificada en la Resurrección, que bien mueve a San Pablo en su Carta a los Romanos, que “estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro”.

A Dios, en el tiempo presente, le importamos tanto los hombres que se hace uno de nosotros, pequeño como nosotros. Para predicar lo divino al modo humano y desde abajo, desde lo pequeño, desde la sencillez y la humildad. Y como se hace uno de nosotros, la importancia de dichos seres, así como de las realidades supuestamente “percibidas” o incluso reveladas “privadamente” a algunos hombres y mujeres privilegiados (supuestas “aparescencias”, como bien las describía la mística Santa Teresa, ya sean malas o buenas) deben pasar a un plano necesariamente secundario. Para explicar el mal humano no es necesario un anti-Dios, un “Satanás” que esté todo el rato tentando al hombre “con el permiso de Dios” (Hans Küng, Credo, 1990; Jesús, 2014). Basta el hombre, pues, como diría el propio Jesús en su vida mortal “es del interior del hombre, no de fuera, de donde proceden” muchos males, en relación con su polémica frente a la comunidad judía y su distinción entre animales puros e impuros. La creación, con todo lo que conlleva, incluidos los aspectos más reprimidos por el aparato eclesiástico tradicional, como la sexualidad, es buena. Como todo, si se usa razonablemente y con respeto de la persona (lo cual no equivale necesariamente a decir “según la única e infalible enseñanza del Magisterio pontificio”, y mejor si éste resulta acompañado del “sentir común de los fieles”).

Por el contario, durante su vida pública -e incluso antes, si recordamos el episodio de la Presentación en el Templo- Jesús se somete a las leyes naturales, incluso a las leyes judías de su tiempo, salvo cuando Él, como Norma Suprema, quiere proclamar el Amor como la mayor de las leyes, y ”se salta” las prescripciones rabínicas: efectúa curaciones en sábado, habla con mujeres, y además no judías, se acerca y toca a leprosos, y muchos otros ejemplos que encontramos en los Evangelios canónicos. Come con pecadores, es reprendido por ello por los buenos judíos de su tiempo, tiene trato con publicanos, hasta el punto de escoger a Mateo, recaudador de impuestos, como uno de sus discípulos, y se atreve a proclamar ante fariseos y publicanos que “Los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el reino de los Cielos”. Un reino que Él mismo dice que “está entre vosotros”.

Pues bien, es éste el principal mensaje que tiene la virtualidad de llenarnos de alegría en estas Navidades: el encuentro de un Dios que se hace visible como un niño, como un niño humano, inerme, y que se ha hecho “uno de los nuestros” para acompañarnos durante toda nuestra vida, pues, en puridad, para el creyente, desde que Jesucristo se encarnó, “nadie está ya solo”. A Dios le importamos, y le importamos tanto que se hace pequeño y nace como hombre, como uno de nosotros, para revelarnos su divinidad desde su humanidad.

En el Misterio de la Navidad, Dios no sale a nuestro encuentro con el conocimiento humano, con la gnosis o con la meditación. Nos sale al encuentro en la Persona de su Hijo, verdadero Dios y verdadero Hombre. Y, como Él mismo declaró en su Sermón Escatológico, nos sale al encuentro aquí y ahora en los demás, en sus necesidades espirituales y materiales. En el prójimo necesitado, en el hambriento, en el sediento, en el desesperado, en el atribulado, en el ignorante, en el cautivo, ahí está Jesús, misteriosamente oculto. “En verdad os digo, que lo que hicisteis a cualquiera de estos hermanos, mis pequeños, a mí me lo hicisteis”, dice Jesús en Mt 25.

Que, en medio de los agobios que el mundo suscita en estas fechas, sepamos encontrar un espacio de espiritualidad para el encuentro con el Señor que nace y viene a nuestro encuentro a traernos su paz, la paz que puede saciar las inquietudes del corazón humano y sepamos transmitir a los demás esta alegría, aun en medio de nuestras tribulaciones, de sentirnos amados de un modo tan inefable por Dios que nuestra respuesta sólo puede ser la respuesta libre a la gratuidad a dicho Amor y a tanta Misericordia. Este Año Jubilar, dedicado por el papa Francisco a la Misericordia Divina, es un tiempo de gracia que se nos otorga para volver la mirada a Aquél que ha vencido al mundo y es capaz de perdonarlo todo, con tal de que se lo pidamos. Es tiempo de acoger esa misericordia y de practicarla con los demás, como si lo hiciéramos con el mismo Jesús, según su Palabra.

Que el Espíritu Santo, que, como reza el Credo de Nicea-Constantinopla, habló por los profetas que anunciaron a Israel la llegada del Mesías ilumine nuestros corazones y sepamos entrar, como niños, desvestidos de nuestros ropajes humanos socialmente tan importantes, en el Misterio de la Navidad, acogiendo al otro como nuestro hermano en Cristo Jesús y dando lo que tenemos a quien más lo necesita, pues, como escribió maravillosamente San Francisco de Asís, “es dando como se recibe”.

Feliz Navidad a todos. Paz y Bien.

 

Pablo Guérez Tricarico

 

A continuación os dejo con una versión del clásico “Silent Night” interpretado y grabado hace un año a capela por Fifth Armony, seguida de su interpretación del clásico moderno norteamericano “All I Want for Christmas is You”. Que lo disfrutéis:

 

 

 

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