MENSAJES DE REFLEXION – MENSAJES POSITIVOS: SI CREES QUE LA ECONOMIA…

julio 30, 2014 § Deja un comentario


pabloguerez:

Totalmente cierto, aunque en mi caso tardaría poco en contar mi dinero, por lo que me salvaría de la asfixia economicista que nos embarga.

Originalmente publicado en Marcial Rafael Candioti IV - Mi Legado: Humanidad, Solidaridad, Independencia, Libertad: sin Concesiones para Publicar Noticias - ENCUESTAS:

si crees

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¿Es posible conciliar la planificación de nuestra vida con la confianza en la Providencia divina? Especial referencia al trabajo en la situación de CRISIS actual, a la luz del Evangelio y de la doctrina social de la Iglesia.

julio 28, 2014 § Deja un comentario


A mi padre

 

http://es.catholic.net/escritoresactuales/854/1702/articulo.php?id=39646&msj=2&msj=1

 

Comentario:

 

El enlace que acabo de postear, publicado por Pioneros de Schoenstatt, movimiento católico que me merece el mayor de los respetos, realiza una breve exégesis del conocido y precioso mensaje de confianza en la Providencia contenido de Mt 6,24-34, sobre los pájaros del cielo y los lirios del campo. Intenta conciliar la confianza en la Providencia con nuestra necesidad humana de previsión y seguridad. Sin embargo, desde mi punto de vista el artículo “se queda corto” y no convence, a mi juicio. Y se queda corto precisamente desde el lado “providencialista”. La posibilidad conciliadora entre confianza en la providencia yy planificación de nuestras vidas, que sostiene el artículo posteado, resulta hoy, por la “certeza de la inseguridad” en la que se basan las sociedades aun de los países más desarrollados, no guarda relación directa con otros pasajes del Evangelio. En particular, con la condena de Jesús de la acumulación de riquezas -que no es equiparable al ahorro-, así como con otros pasajes neotestamentarios que recuerdan la sabiduría de los Salmos de David o de los Libros Proféticos del AT, algunos recordados por algunas epístolas de San Pablo: “Mis caminos no son vuestros caminos” (Is 55, 58), pasajes que nos recuerdan la absoluta precariedad de la vida y de la condición humanas, que sólo pueden descansar en la confianza en Dios, y no en las seguridades que nos construimos los hombres, seguridades cuyo carácter ilusorio es puesto de manifiesto por los signos de los tiempos cada vez con mayor crudeza y con pavorosa actualidad. En otro lugar del Evangelio de Mateo se nos invita a no atesorar tesoros en la tierra, sino a buscar los bienes del Cielo. Así, en Mt  6,19-23 leemos: “Jesús dijo a sus discípulos: “No atesoréis tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen, donde los ladrones abren boquetes y los roban. Atesorad tesoros en le cielo, donde no hay polilla ni carcoma que se los coman, ni ladrones que abran boquetes y roben. Porque dónde esté tu tesoro, allí estará tu corazón. La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Y si la única luz que tienes está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!”).

Así las cosas, y por comentar críticamente la exégesis realizada de la invitación a la Providencia, quisiera comenzar diciendo que el mensaje evangélico me parece, a mi modo de ver, un sabio mensaje común a casi todas las religiones, antiguas y modernas, tanto occidentales como orientales -y sobre todo propio de éstas-, que con sabiduría milenaria han conseguido transmitir una enseñanza capaz de llevar mejor la paz al corazón del hombre que el mensaje contrario: el mensaje cristiano tergiversado propio del protestantismo clásico y de sus derivaciones en varias Iglesias reformadas, que insiste en la necesidad de triunfar en los negocios como signo externo de la gracia divina (cfr. Weber, Max, El espíritu protestante y la ética del capitalismo), y en el que se funda en buena parte el llamado “progreso” de nuestra decadente -pues ha perdido ya su ética originaria, incluso comercial- sociedad occidental.

Descendiendo a la “realidad de las cosas y del trabajo” en los actuales tiempos, ¿qué hacer cuando no hay trabajo y la lacra del paro se ceba precisamente con los que más hemos hecho fructificar nuestros talentos, precisamente porque los “emprendedores” tiene miedo de que no aceptemos sueldos menores? ¿Hasta cuándo debemos las personas que nos hemos esforzado toda nuestra vida en hacer fructificar nuestros talentos -aun en momentos de pecado y debilidad-, hasta conseguir la máxima titulación académica, la de Doctor (PhD), y no encontramos trabajo? ¿Mandar 100 currícula? ¿200? ¿500? Cualquier número podrá ser insuficiente porque siempre es posible pensar, in abstracto, en una mayor. Si mandamos 1000, siempre se nos puede reprobar que no hayamos mandado 1001.  Genitori et societati numquam satis. La única solución lógica, pero injusta, es infinito, lo que pasa por la extenuación del demandante de empleo, sobre todo porque ante esta situación es muy probable que se vea afligido por la depresión y la frustración, que paraliza, sin culpa alguna del trabajador en paro -el cual es encima victimizado y culpabilizado por su situación por las generaciones que le precedieron, por la clase política y empresarial y por la sociedad en su conjunto-, sus posibilidades de emprender una búsqueda fructífera de un trabajo que le procure un sostenimiento decoroso, no digamos ya la posibilidad de formar una familia, como han venido enseñando reiteradamente los papas en sus encíclicas sobre la doctrina social de la Iglesia. A este respecto, quisiera hacer una observación de la parábola de los talentos, que debe intepretarse sistemáticamente; el Señor, al igual que reparte talentos, reparte -o permite- cruces. Es por este motivo por lo que, especialmente en la situación socioeconómica actual, y especialmente en lo tocante a las economías de los países llamados “desarrollados”, la utilización de esta parábola como arma arrojadiza generacional es peligrosa en boca de las generaciones ya colocadas, que no entienden de la BRUTAL CRISIS que padece la sociedad, que lleva a cosas tan ilógicas como la hipercualificación constituya una desventaja. Desde luego, ilógicas desde el punto de vista de la justica y la equidad, pero perfectamente lógicas desde el mercado de trabajo y, en particular, de la figura del llamado “emprendedor”, que con la excusa de la crisis no aceptará personas cualificadas o hipercualificadas con el pretexto de no poder pagar salarios acordes con la cualificación alegada. Es más, presionará a los “mercados del conocimiento”, es decir, a las instituciones académicas, públicas o privadas, para que impartan enseñanzas conformes sólo con los caprichos coyunturales del mercado, denominados “nuevas necesidades del mercado” e incluso “necesidades de la nueva sociedad de la información y del conocimiento”. Y ante la conformidad del trabajador, ésta será vista con sospecha, sobre todo si se trata de un trabajador bien formado intelectualmente, con capacidad crítica y competencia para resolver problemas complejos, que la cortedad de mira sdel “emprendedor” no sabrá valorar, y mucho menos los psicólogas -y utilizo el femenino porque son abrumadora mayoría- de recursos humanos reclutadoras de carne fresca según los manuales al uso para para que los trabajadores finalmente seleccionados puedan ocupar un puesto para que la empresa “vaya tirando”. Por supuesto, los beneficios empresariales obedecerán a otra lógica muy distinta: la lógica de su inversión en los mercados financieros y su mágica transmutación en productos de nombres cuasi esotéricos; derivados, futuros, warrants up o down, bonos convertibles, acciones A, B, C, o cócteles financieros de todos ellos empaquetados en respetables fondos de inversión o planes de inversiones listos para la venta a los “ahorradores”, que no son más que las personas decentes que han conseguido acumular un pequeñísimo patrimonio con su trabajo a la largo de toda su vida. Si me habéis seguido hasta aquí, queridos lectores, ¿acaso no estáis ya cansados, pero desde hace ya muchísimo tiempo, de toda esta palabrería economicista que se cobra a precios de 60.000 euros en algunos “Másteres” de “ciencias empresariales, MBA, márketing y ciencias ocultas análogas?
Lógicamente, esta situación varía de país en país, de acuerdo con la diferente “cultura empresarial” que se tenga. Pero en España lo que ha primado y sigue primando -aunque la crisis haya detenido las ansias de codicia de los empresarios, que volverá a reaparecer si cabe con mayor virulencia cuando comencemos a experimentar un crecimiento económico real-, es un modelo que volverá a aplicarse; un modelo económico basado en el natural connubio entre construcción, servicios inmobiliarios, entidades financieras y corrupción pública, todo ello condimentado con una alta dosis de cinismo aplicada por los políticos que seguirán pidiendo “sacrificios” a los trabajadores en términos de moderación salarial, renuncia a los seguros sociales y a las pensiones públicas, renuncia a la sanidad y a la educación pública y a otros sistemas de previsión social mínimamente tutelados por el Gobierno.
En los tiempos de Cristo era más fácil poder vivir con poco. Lamentablemente hoy no. La doctrina social de la Iglesia, muchas veces no conocida en su integridad, y más compleja de lo que parece -aunque a mi juicio desde que surgiera como disciplina eclesiástica con cierta autonomía con la publicación de la Rerum novarum por parte del papa León XIII siempre se ha mostrado más favorable a los ricos que a los pobres, como espero poder tener tiempo de argumentar en una entrada posterior- revela sorpresas incluso para los que la blanden como arma arrojadiza en contra de opciones políticas legítimas “de izquierdas” respecto de las cuales la Iglesia, de conformidad con su propia doctrina, debería permanecer neutra, siempre y cuando aquellas doctrinas puedan funcionar sin una concepción socioantropológica distorsionada del hombre y de su dignidad en el mundo. Ello puede deducirse fácilmente de una lectura sosegada de varios documentos y declaraciones del Concilio Vaticano II, cuya enumeración, para no sobrecargar al lector con un farragoso elenco, resulta innecesaria, pero entre las que destaca la “Gaudium et spes”, que proclama la neutralidad política de la Iglesia en cuanto a opciones políticas temporales, así como las cartas encíclicas “Mater et magistra” de S. S. el papa San Juan XXIII de 1961 o la “Populorum Progressio de S. S. el papa Pablo VI de 1967. También son interesantes declaraciones a este respecto de los papas San Juan Pablo II, Benedicto XVI o del actual papa Francisco, por cierto, muy sensibilizado con el problema del paro juvenil, hasta el punto de que lo ha considerado un problema que afecta a la propia dignidad de quien lo sufre y a sus posibilidades de desarrollo personal, familiar, intelectual y aun espiritual dentro del sistema social. En este punto la doctrina sobre la dignificación del trabajo, constante en la evolución de la doctrina social de la Iglesia debe ser aplaudida, mas no por ello deben aceptarse cualesquiera condiciones de trabajo -algo de ello dicen también algunas encíclicas-, ni mucho menos debe dejarse al arbitrio de las coyunturas del mercado la determinación de las condiciones de trabajo y, especialmente la determinación del salario justo (vid., unánimemente, las encíclicas Rerum Novarum, Quadragesimo Anno, Mater et Magistra, Pacem in Terris, Populorum Progressio, Sollecitudo rei socialis, así como múltiples declaraciones tanto del Concilio Vaticano II como de los papas del siglo pasado y de éste, especialmente del papa Francisco.
A los que buscamos trabajo se nos dice muchas veces que debemos acudir al patrón -hoy llamado empleador o, peor, “emprendedor”, aunque no emprenda nada-, y no al revés, y conozco casos en los que esta acusación es vertida contra el demandante de empleo en su propia cara por parte del empresario cuando aquél acude a la empresa a pedir trabajo. A la luz de la terrible injusticia que suponen estas incidencias, que no son más que una manifestación más de la terrible desigualdad entre empresario y trabajador en el estadio del capitalismo actual posfordista, como curiosidad histórica sobre la evolución de la doctrina social de la Iglesia, puedo comentar, a favor de aliviar la carga a los trabajadores en su búsqueda de un empleo que les permita su decoroso sustento, que ya en la encíclica Quadragesimo Anno, S.S. el papa Pío XI comentaba que sería deseable que fuera el Capital el buscara al trabajo, y no al revés. Por su parte, el actual papa Francisco ha cargado ya en innumerables ocasiones justamente las tintas contra un mercado economicista que no tiene en cuenta el talento de las personas y nuestra dignidad, habiendo alertado a los empresarios sobre la gran responsabilidad que tienen para erradicar la lacra del desempleo y, especialmente, el que afecta a las personas con menos recuros y a los más jóvenes, en relación con los cuales las cifras del paro, especialmente en los países mediterráneos, reviste cifras alarmantes.
A.M.D.G.
Fdo./Signed by: Pablo Guérez Tricarico, PhD.
En Calpe (Alicante), a veintinueve de julio de dos mil catorce.
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Acabemos con la barbarie en Tierra Santa: שלום. سلام. Pax. Peace!

julio 24, 2014 § Deja un comentario


 

 Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios (Mt 5, 9)

 

 

ADVERTENCIA: Las siguientes imágenes pueden herir la sensibilidad del lector.

 

niños sirios      ninño islaelí  niños palestinos  Gaza

 

“Entre las tareas más graves de los hombres de espíritu generoso hay que incluir, sobre todo, la de establecer un nuevo sistema de relaciones en la sociedad humana, bajo el magisterio y la égida de la verdad, la justicia, la caridad y la libertad: primero, entre los individuos; en segundo lugar, entre los ciudadanos y sus respectivos Estados; tercero, entre los Estados entre sí y, finalmente, entre los individuos, familias, entidades intermedias y Estados particulares, de un lado, y de otro, la comunidad mundial. Tarea sin duda gloriosa, porque con ella podrá consolidasrse la paz verdadera según el orden establecido por Dios. De estos hombres, demasiado pocos sin duda para las necesidades actuales, pero extremadamente beneméritos de la convivencia humana, es justo que Nos hagamos un público elogio y al mismo tiempo les invitemos con urgencia a proseguir tan fecunda empresa. Pero al mismo tiempo abrigamos la esperanza de que otros muchos hombres, sobre todo cristianos, acucidados por un deber de conciencia y por la caridad, se unirán a ellos. Porque es sobremanera necesario que en la sociedad contemporánea todos los cristianos sin excepción sean como centellas de luz, viveros de amor y levadura para toda la masa. Efecto que será tanto mayor cuanto más estrecha sea la unión de cada alma con Dios. Porque la paz no puede darse en la sociedad humana si primero no se da en el interior de cada hombre, es decir, si primero no guarda cada uno en sí mismo el orden que Dios ha establecido (…) Pidamos, pues, con instantes súplicas al divino Redentor esta paz que Él mismo nos trajo. Que Él borre de los hombres cuanto pueda poner en peligro esta paz y convierta a todos en testigos de la verdad, de la justicia y del amor fraterno. Que Él ilumine también con su luz la mente de los que gobiernan las naciones, para que al mismo tiempo que les procuran una digna prosperidad, aseguren a sus compatriotas el don hermosísimo de la paz. Que, finalmente, Cristo encienda las voluntades de todos los hombres para echar por tierra las barreras que dividen a los unos de los otros, para estrechar los víncluos de la mutua caridad, para fomentar la recíproca comprensión, para perdonar, en fin, a cuantos nos hayan injuriado. De esta manera, bajo su auspicio y amparo, yodos los pueblos se abracen como hermanos y reine siempre entre ellos la tan anhelada paz (…) Para todos los hombres de buena voluntad, a quienes va también dirigida esta nuestra encíclica, imploramos de Dios salud y prosperidad (…)”. (San Juan XXIII, “Pacem in Terris”, 163-164, Roma, 1963)

 

Desde este Primer Mundo cada vez más “ombliguista” y centrado en resolver problemas imaginarios que él mismo se ha creado, como la crisis de la economía financiera, la opinión pública parece cada vez más insensibilizada ante los problemas de verdad que hoy por hoy asolan a la Humanidad. El conflicto en Tierra Santa es ua barbarie que clama al Cielo y de la que todos somos, en parte, corresponsables, por su puesto, con un grado de responsabilidad distinta. La tragedia de los asesinatos ordenados por el Gobierno israelí en masa, con cientos de niños e inocentes asesinados, ha sido producida por las mismas técnicas terroristas que aquél denuncia de su enemiga, la organización terrorista Hamás, ante una pasividad de la comunidad internacional que ya no sorprende. No obstante, algo parece haber cambiado en la actitud de la comunidad internacional, sobre todo, en relación con el apoyo al equilibrio de fuerzas en la región. En este sentido, puede detectarse un ligero cambio en las actitudes estratégicas tanto de parte de las Derecha tradicional como de parte de la nueva Izquierda, tanto en Europa como en Estados Unidos. Mientras sectores cada vez más destacados de la Derecha europea han ido acallando, tras el nuevo orden mundial, las voces prosionistas y ha reconocido la necesidad de un Estado palestino -seguramente ello no haya obedecido a un cambio de “principios morales”, sino a la oportunidad de hacer negocios con los islamistas-, en la línea oficial tanto de la Administración Bush como Obama, las formaciones que realmente pueden todavía considerarse “de izquierdas” -en España, por ejemplo, Izquierda Unida y tal vez un sector incipiente del PSOE en renovación-, no han renunciado a la clásica preferencia geoestratégica proislámica. Los dirigentes que han seguido en esta lógica todavía propia de la Guerra Fría, y que surgiera como opción geoestratégica para frenar lo que llamaban el imperialismo yanqui mantienen hoy un apoyo incondicional hacia la causa islámica, desdibujando con ello la delgada línea roja entre el apoyo a las reinvindaciones del pueblo palestino por la vía pacífica y la semijustificación de las actuaciones de organizaciones integristas como Hamás, que en níngún caso pueden ser justificadas, ni total ni parcialmente, ni siquiera como represalias a las actuaciones criminales del Gobierno de Israel, en la medida en que en la lucha armada se empleen métodos prohibidos por el Derecho de la guerra o se atente indiscriminadamente contra la población civil. Ello sólo conduce a una imparable espiral de violencia de progresión geométrica que se va acentuando con el tiempo, y que cada vez resulta más difícil detener. Así las cosas, lo que parece haber quedado claro es que sin una intervención decidida de las Naciones Unidas que pase por dejar atrás los atavismos de la Guerra Fría y sus retrógrados comportamientos geoestratégicos adquiridos el objetivo de lograr una paz verdadera en Oriente Medio parece imposible.

Los cristianos y, en general, los hombres de buena voluntad, no podemos, no debemos permanecer impasibles ante semejante escalada de violencia que repugna el espíritu evangélico, especialmente cuando la tierra afectada por el horror y los asesinatos en masa de niños e inocentes de todas etnias y religiones es la tierra en la que nació, predicó, vivió y murió Nuestro Señor Jesucristo, el cual, aun refiriéndose al templo de Jerusalén, bien puedo referirse a los horrores de la perpetuación del conflicto palestino-islaelí al exclamar: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras mismas y por vuestros hijos. Porque he aquí, vienen días en que dirán: “Dichosas las estériles, y los vientres que nunca concibieron, y los senos que nunca criaron.…” (Lc 23, 28-29).

¿Qué hacer por tanto ante la escalada de violencia en Tierra Santa, lo que constituye una vergüenza para las tres religiones abrahámicas implicadas que profesan en sus respectivos credos el valor de la paz? El conflicto palestino-israelí debe verse como lo que es: una guerra de hostilidades fundada en el odio atávico tanto de los intransigentes sionistas como de los fundamentalistas de Hamás. Tanto unos como otros son igualmente culpables de las tremendas atrocidades cometidas en las últimas semanas, sobre todo contra la población civil, y especialmente de las muertes de niños y de personas no combatientes, en un absoluto desprecio no ya sólo por la legalidad internacional y el Derecho internacional humanitario, sino de los derechos fundamentales básicos. La facción intransigente sionista que controla al Gobierno del actual Estado de Israel es tan condenable por sus hechos como su enemiga organización terrorista Hamás. Sin embargo, aun pudiendo considerarse a priori legítima, resultaría inútil cualquier ingerencia humanitaria en Tierra Santa llevada a cabo, por ejemplo, por la OTAN, si no se comprenden las raíces atávicas de una disputa milenaria por el dominio de las tierras reclamadas por unos y otros. Tanto si se opta por una solución política de un Estado plurirreligioso, como por un fraccionamiento de Jerusalén, como por la situación anterior a la ocupación por parte del Estado de Israel ocupados en 1967, la solución pasa porque palestinos y judíos puedan convivir en paz y, si es necesario, compartir parte de un mismo territorio. Pero estas soluciones no podrán llevarse a la práctica si primero no se produce un cambio de actitud personal en los líderes de los movimientos políticos integristas de ambos bandos. Un cambio en sus corazones, del odio al respeto por el diferente. Sin este cambio de actitud, el verdadero cambio social y político no será posible, o al menos, no será completo, y se limitará a una paz impuesta y sometida siempre a la espada de Damocles de la inestabilidad, a la posibilidad de que el odio rompa de nuevo una paz artificialmente construida “desde arriba”. Los crímenes de lesa humanidad cometidos por integristas sionistas y por fundamentalistas islámicos no pueden ser comprendidos sino desde un profundo análisis del odio entre los colectivos implicados; odio que ha venido creciendo en espiral y que ha venido generando una cadena de masacres desde hace ya tanto tiempo, que resulta muy difícil de extirpar de buena parte de la población tanto palestina como judía. Porque el odio, si no es erradicado, corroe los corazones y engendra más odio. En estas condiciones, puede ser posible una paz exterior impuesta, pero nunca será una paz duradera y, sobre todo, cimentada en el respeto y en la tolerancia, aunténticas garantías para una paz verdadera. Como explicaba tan bien el papa San Juan XXII en su encíclica “Pacem in terris”, la paz debe nacer primero en el interior de los corazones de los hombres, para después poder extenderse a las instituciones públicas que conforman el orden social. Y es buena parte responsabilidad de los líderes de las religiones abrahámicas, judía, islámica y cristiana fomentar los valores de la paz, la tolerancia y del respeto mutuo, y el ideal de que los hombres, creados iguales por Dios, puedan compartir pacíficamente la misma tierra. Que Javhé/Alá y Jesucristo iluminen a los dirigentes responsables de la actual barbarie para que recapaciten y piensen en construir un futuro común basado en lo que los une, y no en lo que los divide. Porque todos somos hijos de Abrahám. Los buenos judíos, los buenos cristianos y los buenos musulmanes. Dios lo quiera. Inshallá.

 

Fdo./Signed by: Pablo Guérez Tricarico, PhD

 

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Acabemos con la barbarie en Tierra Santa: שלום. سلام. Pax. Peace! by Pablo Guérez, PhD is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial 4.0 International License.
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// Timers
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// These are values used for generating output
“STATE” : {
“current” : {}, // current state of input elements
“metadata” : {}, // values entered for metadata fields
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// CSS adjustments and ui event wiring.
$(document).ready(
CHOOSER.CALLBACK.main = function () {
“use strict”;

CHOOSER.TEMPLATE.htmlrdfa = $(“#template_htmlrdfa”).html();
CHOOSER.TEMPLATE.nondigital = $(“#template_nondigital”).html();

// height correction on overflowing boxes
var max_height = function (lhs, rhs) {
var a = lhs.height();
var b = rhs.height();
if (a > b) { return a; }
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};
var query = function (row, col) {
try {
var q = “.ui_row:nth-of-type(” + row + “)”;
q += ” .ui_box:nth-of-type(” + col + “)”;
return $(q);
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catch (err) {
// IE8 hack // 8^y
try {console.warn(err);} catch (err) {}
return $(“#”+$(“.ui_row .ui_box”)[col-1 + (row-1)*2].id);
}
};
for (var i=1; i<=2; i+=1) {
var height = max_height(query(i, 1), query(i, 2));
query(i, 1).height(height);
query(i, 2).height(height);
}

// Dummy out href links for license characteristic icons
var icons = ["by", "sa", "nc", "nd"];
for (var i=0; i<icons.length; i+=1) {
var found = $("#"+icons[i]+"_icon")[0];
found.href = "javascript:void(0)";
found.target = "_self";
}

// set initial cgi state
CHOOSER.CALL.refresh_state();

// setup events
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for (key in CHOOSER.WIRING.watching) {
if (!CHOOSER.WIRING.watching.hasOwnProperty(key)) { continue; }
watched = CHOOSER.WIRING.watching[key];
for (i=0; i 0) {
selected.click(CHOOSER.CALL.ping);
}
else {
selected.change(CHOOSER.CALL.ping);
}
if (key === “text” || key === “url”) {
selected.keyup(CHOOSER.CALL.delayed_ping);
}
}
}
etc = ["field_metadata_standard", "field_iconsize"];
for (i=0; i<etc.length; i+=1) {
selected = $("[name="+etc[i]+"]");
selected.change(CHOOSER.CALL.refresh_ui);
}

// activate css stuff that is irrelivant without javascript
$("body").addClass("require_js");

// Ping the server for updates. This populates some of the CHOOSER.STATE vars, too.
CHOOSER.CALL.ping(true);
CHOOSER.LIVE = true;

// Set up text-on-click for textarea elements
$("textarea").each(function(i,el) { el.onclick=function () { this.select(); }; })
});

// Shows a nice inline popup
CHOOSER.CALL.popup = function (help_key) {
var prefix = "#help_lookup #help_" + help_key + " div.";

$("#popup_title")[0].innerHTML = $(prefix+"title")[0].innerHTML;
$("#popup_message")[0].innerHTML = $(prefix+"msg")[0].innerHTML;
$("#popup_close")[0].innerHTML = $(prefix+"close_buttons").length?
$(prefix+"close_buttons")[0].innerHTML :
$("#popup_close_default")[0].innerHTML;

$("#popup_screen")[0].style.display="table";
};

// Calls to the server are minimized by having the server generate templates,
// and filling them in here each time the text in a field changes.
CHOOSER.CALL.refresh_ui = function (event_ctx, data) {
"use strict";
var name, value, buffer, format, metakind;

// Change the bottom right panel for the correct metadata format
metakind = $("#metadata_format")[0].value;
if (!CHOOSER.WIRING.metadata[metakind][0]) {
for (format in CHOOSER.WIRING.metadata) {
if (CHOOSER.WIRING.metadata.hasOwnProperty(format)) {
CHOOSER.WIRING.metadata[format][0] = format == metakind;
$(CHOOSER.WIRING.metadata[format][1])[0].style.display = format == metakind ? "block" : "none";
}
}
}

// Update xmp download link
$("#xmp_download_link")[0].href = "/choose/metadata.xmp?" + CHOOSER.STATE.query_string;

// Update generated html for html+rdfa
buffer = CHOOSER.TEMPLATE.htmlrdfa;
for (name in CHOOSER.STATE.metadata) {
if (!CHOOSER.STATE.metadata.hasOwnProperty(name)) { continue; }
value = CHOOSER.STATE.metadata[name];
while (buffer.indexOf(name) !== -1) {
buffer = buffer.replace(name, value);
}
}

// Update html badge icon size
CHOOSER.STATE.icon_is_small = $("[name=field_iconsize]")[1].checked;
if (CHOOSER.STATE.icon_is_small) {
buffer = buffer.replace("88×31.png", "80×15.png");
}
$("#codetocopy")[0].value = buffer;
$("#for_htmlrdfa .results-preview")[0].innerHTML = "

” + buffer + “

“;

// If additional callback data is available, update related fields as well:
if (data != undefined) {
$(“#nc_slot”)[0].style.display = data.license_code.nc ? “table-cell” : “none”;
$(“#nd_slot”)[0].style.display = data.license_code.nd ? “table-cell” : “none”;
$(“#sa_slot”)[0].style.display = data.license_code.sa ? “table-cell” : “none”;
if (data.currency !== “”) {
if (data.currency == “eu”) {
$(“#nc_slot”).removeClass(“yen”);
$(“#nc_slot”).addClass(“euro”);
}
if (data.currency == “jp”) {
$(“#nc_slot”).removeClass(“euro”);
$(“#nc_slot”).addClass(“yen”);
}
}
else {
$(“#nc_slot”).removeClass(“yen”);
$(“#nc_slot”).removeClass(“euro”);
}
$(“#license_title_link”)[0].innerHTML = data.license_title;
$(“#license_title_link”)[0].href = data.uri;
$(“#xmp_license_name”)[0].innerHTML = data.license_title;
$(“#fc_approved_box”)[0].style.display = data.libre ? “table” : “none”;
$(“#fc_dubious_box”)[0].style.display = !data.libre ? “table” : “none”;
buffer = CHOOSER.TEMPLATE.nondigital;
buffer = buffer.replace(“LICENSE_NAME”, data.license_title);
buffer = buffer.replace(“LICENSE_URL”, data.uri);
$(“#infotocopy”)[0].value = buffer;

if (data.libre) {
var update_link = function (query) {
$(query)[0].href = CHOOSER.CONST.links[!!data.license_code.sa ? "fc_by_sa" : "fc_by"];
}
update_link(“#fc_approved_box .whatis a”);
update_link(“#fc_approved_box a.fc_logo_link”);
}
}

// weird bugfix for lackluster css support in IE8 and IE9
var panel = $(“#license”)[0];
panel.innerHTML += “”;
};

// Callback to update the UI & state based on the response from the server.
CHOOSER.CALLBACK.ping = function (data) {
“use strict”;

// update state
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// Returns True if CHOOSER.state has changed, otherwise returns false.
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var attrib = function (attr, value) { return “["+attr+"="+value+"]“; };
var state = {}, query, node, name, type, i, k, key, found, fail, query_string, query_part;
var field_by_type = [];
query_string = “”;

// for each type of form field we are watching…
for (key in CHOOSER.WIRING.watching) {
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field_by_type = CHOOSER.WIRING.watching[key];
query_part = “”;

// some vars used to generate a jquery query…
if (key === “select”) {
node = key;
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}
else {
node = “input”;
type = key;
}

// for each form field in the given type…
for (i=0; ioption[selected=selected]“;
}
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throw (“$( “+query+” ) returned no results!”);
}

// Then, Extract a useful value from “found”…
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// If the field type is ‘radio’, then found is a list.
fail=true;
// iterate on ‘found’ list to find the value we care about…
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MENSAJES DE REFLEXION – MENSAJES POSITIVOS: DEDICADO A CIERTAS PERSONAS…

julio 23, 2014 § Deja un comentario


pabloguerez:

Bonita metáfora, y tan difícil de cumplir… Pues a veces es muy difícil distinguir si la suciedad procede de nuestra mente o de los pies de otros; muchas veces son los nuestros los que la ensucian. Pero no soy de aquellos a los que les gusta cargar con el 100% o más de responsabilidad de lo que le pasa al individuo concreto, sobre todo cuando se trata de hacerse un reproche moral profundo a uno mismo; esta idea, además de contraria a las ideas que intento promover en mi blog es, a mi modesto juicio, no sólo ihnhumana, sino tan errónea como la contraria: la atribución de todo lo que nos pasa a los demás o a estructuras -realmente existentes- sociales, económicas, políticas o en cualquier caso que rebasan los límites de la conciencia individual y nos “inclinan”, si bien no nos “predeterminan”, ni mucho menos nos “programan”, desde pequeños, y nos acompañan durante toda nuestra vida adulta de hombres teóricamente libres y responsables. También la libertad -y su consecuencia más trágica, la responsabilidad moral-, son a mi juicio -aunque no sólo- una cuestión de grado. Fdo. Pablo Guérez Tricarico, PhD.

Originalmente publicado en Marcial Rafael Candioti IV - Mi Legado: Humanidad, Solidaridad, Independencia, Libertad: sin Concesiones para Publicar Noticias - ENCUESTAS:

DEDICADO A UNA PERSONA

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MENSAJES DE REFLEXION – MENSAJES POSITIVOS: SE HUMILDE

julio 20, 2014 § Deja un comentario


pabloguerez:

El que se enaltezca será humillado, y el que el que se humille será enaltecido (Mt 6, 11-12).

Estimados lectores:

Os dejo una bonita lectura sobre la humildad de San Pablo, que hago mía enteramente.

“Si se trata de presumir, paso a las visiones y revelaciones del Señor.
Yo sé de un cristiano que hace catorce aós fue arrebatado hasta el tercer cielo,
con el cuerpo o sin cuerpo, ¿qué sé yo?, Dios lo sabe. Lo cierto
es que ese hombre fue arrebatado al paraíso y oyó palabras arcanas, que un
hombre no es capaz de repetir; con el cuerpo o sin cuerpo, ¿qué sé yo?, Dios lo
sabe. De uno como ése podría presumir; lo que es yo, sólo presumiré de mis
debilidades.
Y eso que, si quisiera presumir, no diría disparates, diría la pura verdad; pero lo
dejo, para que se hagan una idea de mí sólo por lo que ven y oyen. Por la grandeza
de estas revelaciones, para que no tenga soberbia, me han metido un aguijón en la
carne: un emisario de Satanás que me apalea, para que no sea soberbio. Tres veces
he pedido al Señor verme libre de él; y me ha respondido: “Te basta mi gracia; la
fuerza se realiza en la debilidad.” Por eso, muy a gusto presumo de mis
debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Por eso, vivo contento en
medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones, las angustias y las
dificultades sufridas por Cristo. Porque, cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor 12, 1-10).

Originalmente publicado en Marcial Rafael Candioti IV - Mi Legado: Humanidad, Solidaridad, Independencia, Libertad: sin Concesiones para Publicar Noticias - ENCUESTAS:

SE HUMILDE

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Comentario al artículo “El grito de Dios”, del Dr. Ignacio Sánchez Cámara

julio 19, 2014 § Deja un comentario


 

En la Cátedra de Moisés se han sentado los letrados y los fariseos.  Haced lo que ellos dicen, pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen. Ellos mandan liar a los demás fardos pesados y cargas illevaderas y se los cargan en la espalda, mientras ellos no son capaces de moverlos con un solo dedo (…) El mayor entre vosotros, que sea vuestro servidor. El que se enaltezca será humillado, mientras que el que se humille será enaltecido (Mt 23, 1-4; 11-12).  

 

La lectura del artículo “El grito de Dios”, publicado en el diario abc el pasado 6 de julio, inquietante, no exento en parte de verdad, pero a mi juicio sesgado por un catolicismo tradicionalista que no puede ni quiere dar respuesta a los problemas de hoy, del Dr. Ignacio Sánchez Cámara, Catedrático de Filosofía del Derecho, me ha movido a dirigirle, respetuosamente, una contestación, desde el deseo de manifestar mi posición sobre un tema sobre el cual los mayores pensadores de la Historia de la Humanidad, incluido San Agustín, no han conseguido a mi juicio hasta la fecha ofrecer una respuesta satisfactoria, al menos en el nivel lógico formal o teológico clásico: el problema de la permisión del mal por parte de Dios. La insatisfacción a la que he llegado tras la lectura del artículo se ha visto reforzada por el hecho de que no he encontrado ninguna referencia al mayor argumento defendido hasta la fecha por todos los grandes pensadores clásicos para hacer compatible el mal con la Bondad infinita de un Dios todopoderoso: el respeto a la libertad del hombre. Más allá de ello, el artículo -aunque su autor lo niegue- es un sofisticado panegírico del dolor y del sufrimiento “porque sí”, sin conexión teológica alguna con las verdades que enseña la fe católica, que parecen despreciarse conjuntamente con una pavorosa y casi soberbia preterición del mensaje evangélico. El artículo se basa en unas ideas contenidas en el ensayo El problema del dolor, de C. S. Lewis, en unas pocas reflexiones de San Agustín, y, sobre todo, en la propia ciencia teológica del autor.

Después de leer artículos como éstos, a estas alturas, y en relación con el problema que nos ocupa, me parecen mucho más honestas las respuestas que rehúyen una explicación sistemático-teológica basada en sistemas hoy por hoy bastante alejados del sentimiento religioso del hombre de nuestro tiemplo y se contentan con una “suspensión del juicio”, al modo de los antiguos griegos (epoché) o con el reconocimiento de la impotencia de la razón humana, al modo del propio Kierkegaard, citado en el artículo que comento. Todas estas respuestas son en cierto modo fruto de un “pensamiento débil” pero más sincero, a mi juicio; hablan de “misterio”, como el Catecismo Oficial de la Iglesia Católica, y están, en su parte más valiosa, acompañadas de las actitudes morales que podemos tomar ante el “problema”, y que deben pasar a mi juicio por la confianza en la Providencia y la confianza en Dios.

Utilizando el derecho de cita, redirijo a mis lectores a la página web donde se encuentra alojado el artículo original de D. Ignacio Sánchez Cámara: http://www.almendron.com/tribuna/el-grito-de-dios/, en la que espero hayan publicado también mi comentario. En cualquier caso, éste último, al ser de mi autoría, lo reproduzco aquí en su integridad, licenciándolo asimismo con una licencia de creative commons.

Ahí va, espero que no os aburra mucho ;)

 

Estimado Colega:

Tras la lectura de su artículo no puedo resistirme a realizar una serie de consideraciones sobre el Dios que, seguramente por su formación agustiniana, intenta presentarnos. Lo conozco muy bien: es el Dios del Antiguo Testamento -por cierto, no de todos sus Libros, pues Jahvé, como bien sabrá, es en unos presentado como Dios colérico y celoso, ávido de sangre (no voy a entrar ahora en la correcta exégesis, por ejemplo, del Pentateuco o de otros libros canónicos), y en otros como Dios misericordioso, lento a la ira y pronto al perdón (como el Libro de los Salmos), que no quiere sacrificios y holocaustos, sino para Quien el mejor sacrificio es un espíritu quebrantado y humillado, que el Señor nunca desprecia (Sal 51, 17)-.

Sin descuidar aspectos muy lúcidos y en parte verdaderos de su artículo, considero sinceramente errónea su visión del Dios-Dolor, en gran medida incompatible con la del Dios Amor predicado por Jesucristo. Como Ud. nos explica, ante un Dios que hace del dolor infligido al hombre el “instrumentum santificationis” por excelencia -sin importar su culpa, puesto que Ud. justifica, y a un más, intenta, a mi juicio sin éxito, integrar sistemáticamente en el plan divino el mal sufrido por niños inocentes-, prácticamente la única vía de comunicación divina y de salvación, la influencia agustiniana se hace patente; influencia cuyo pesimismo existencial habría llevado a Lutero, siglos más tarde, a apartarse de la Iglesia Católica y a emprender la Reforma, con su pesimismo cuasi determinista, que intenta muchas veces negar valor al Sacrificio de Cristo, por cierto, el único por el que nos salvamos, si Ud. lee el Evangelio. A mayor abundamiento, el silencio de Dios, como Ud. sabrá, es un concepto que nace y es sentido profundamente en algunas Iglesias reformadas de origen luterano, especialmente en las Iglesias evangélicas escandinavas. Unamuno, que Ud. cita, con su conocimiento de Kierkegaard -por cierto, pensador heterodoxo en su Iglesia de origen-, une su tan hispánico “sentimiento trágico de la vida” para acercarnos a su preocupación existencial del “silencio de Dios”.

Hablemos entonces del dolor dentro del plan divino. Ud. parece muy influido por el Libro de Job y, en este sentido, tras incurrir en una falacia de petición de principio -pues sólo se puede, utilizando su expresión, “quebrar la voluntad” desde una decisión voluntaria-, incurre en una falacia de composición, falacias que Ud., como filósofo del Derecho, conocerá muy bien. Pero volvamos a su “razonamiento” teológico. Afirma Ud. que “El hombre no se ve obligado a quebrar su voluntad para entregarla a Dios mientras las cosas le vayan bien”. Cierto en algunos casos. En la experiencia personal del sufrimiento podemos encontrar a Dios, en la contemplación de los Misterios de su Pasión y Muerte. Personalmente, el episodio que Ud. relata de Getsemaní me parece una excelente meditación sobre el abandono y el sufrimiento psíquico, que conlleva la anticipación de todo el sufrimiento psicofísico y espiritual de la Pasión de Nuestro Señor: el cáliz que pide al Padre que le sea apartado. También es verdad que en episodios en el que las cosas “nos vayan bien” según los criterios del mundo, corremos el riesgo de olvidarnos de Dios y de no reconocerle como critaturas como causa y dador de todo bien; el riesgo de dejar de alabarlo y darle gracias y erigirnos en nuestros propios dioses. La Historia del Pueblo de Israel está lleno de ejemplos: “Que se me pegue la lengua al paladar si me olvido de ti”, reza la antífona del Salmo 136. Sin embargo, y a pesar de todas estas reflexiones, no creo que esto se extrapolable a todos los hombres ni a todas las épocas; ni siquiera a todos los santos. Es cierto que un recorrido muy semejante se ha dado en muchos santos (San Pablo, el propio San Agustín, y en todos aquellos que se han convertido a Dios tras vías disolutas; la parábola del Hijo pródigo que regresa a la Casa del Padre contenida en Lc 15 es precisamente una bellísima analogía condensada de la caída, vuelta y perdón del hombre con el que puede resumirse la historia soteriológica de la Humanidad, relatada por el mismo Redentor). Pero no resulta siempre un camino mejor ni, mucho menos, necesario. En este sentido, no es tanto en el dolor crudo en el que se manifiesta, como en su tesis, la voz de Dios, sino en la prueba: en la prueba, en las “noches oscuras del alma”, como las llamara San Juan de la Cruz, Dios se manifiesta como Amado que se esconde y al cual tendemos, mientras nuestro camino se nubla por el miedo y la tentación. Y sobre todo, Dios se manifiesta en su esencia, que es Amor (1 Jn 4-8). La historia está llena de santos que, vencedores de la prueba y del dolor que conlleva, han merecido -a través del Sacrificio redentor de Jesucristo-, la salvación, o así debemos suponerlo los católicos. El dolor sólo cobra sentido tras el Sacrificio redentor de Cristo en la Cruz, y es éste el dolor que santifica, tras la caída del hombre y el Sacrificio de Cristo -éste, precisamente, es el punto que me parece importante destacar del dolor o del sufrimiento, no el dolor en sí en el que “gritaría Dios”, casi al modo desgarrador con que lo hizo en la Cruz con la expresión “Eli, Eli, lanma sabactani”, dolor que, como Ud. mismo reconoce, es un mal-. Así, más bien creo que el dolor que purifica y conduce a la salvación es el que provoca la aceptación de la cruz con la que Jesucristo nos invita cargar a cada uno, sea cual sea, a imitación -que no equivalencia- Suya (“El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga” (Lc 9, 23). Es la cruz de cada día, no la Suya, la que el Maestro nos invita a cargar. Y cada cual tiene la suya, no porque sea “enviada” por Dios a modo de castigo, sino porque las cruces permanecen en el mundo como secuelas del pecado. Y por supuesto que el Maestro nos acompañará siempre en ese camino, conforme a Su promesa, pues, como Él mismo nos dijo, “yo estaré con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Es verdad que, a veces, Dios puede “llamar a parte”, como lo hizo a sus discípulos, a cualquiera de nosotros para que recapitulemos sobre la verdadera jerarquía de valores que debe regir nuestras vidas, por medio del sufrimiento, pero para que descubramos, por ejemplo, que ha sido nuestro mal moral -nuestra idolatría, nuestra inmoderación-, lo que ha llevado a una ruina física perceptible por los hombres. De todo eso Dios, en su infinita Providencia, puede y quiere prevenirnos si nosotros nos abrimos a su voz y le dejamos espacio en nuestro corazón. Sin embargo, con la insistencia -Ud. dice que no es una apología, pero si no lo es le falta muy poco-, sobre el poder del dolor, recuerda Ud. más al Satanás del Libro de Job que a Jesucristo, el Hombre Nuevo, como lo definiría San Pablo, para Quien hay un tiempo para todo, para gozar y para sufrir, Quien no dudaba en sentarse a la mesa y comer y beber con publicanos, Quien invitaba a cenar a los pecadores y no parece que practicara -excepto en su retirada al desierto- una ascesis extrema, como sí practicaba su predecesor Juan el Bautista, de la secta judía de los esenios. A Jesús lo que realmente parece importarle, según el relato evangélico, es la actitud del corazón, y en esto parecen estar de acuerdo tanto el Evangelio de San Juan (conocido también por su merecido nombre de Evangelio del Amor), como los sinópticos.

Por el contrario, parece que Ud. se ha quedado anclado en el AT y en concreto, en el modelo de Job, el cual, además, no ha sabido interpretar bien, dicho sea como el mayor respeto. Satanás, como nos recuerda el relato bíblico, tras darse una vuelta por el mundo, sube al trono de Dios con el resto de los ángeles: “Un día fueron los ángeles y se presentaron al Señor; entre ellos llegó también Satán. El Señor le preguntó: – ¿De dónde vienes? El respondió: – De dar vueltas por la tierra. El Señor le dijo: ¿Te has fijado en mi siervo Job, es un hombre justo y honrado, religioso y apartado del mal. Y Satán le respondió: ¿Y crees que su religión es desinteresada? ¡Si tú mismo lo has cercado y protegido, a él, a su hogar y todo lo suyo! Has bendecido su trabajo, sus rebaños se ensanchan por el país. Pero tócalo, daña sus posesiones, y te apuesto a que te maldice en tu cara. El Señor le dijo -Haz lo que quieras con sus cosas, pero no le tocarás la vida. Y Satán se marchó” (Jb 1, 6-12). El resto de la historia es bien conocida. Job permanece fiel al Señor (“El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea Su santo nombre”). Al final Dios, tras haber permitido que Satán le quitara todo -incluidas su mujer, sus hijos, su salud-, le reestablece en todo su honor vejado por Satán y le da el ciento por uno de sus bienes, incluidas nueva mujer e hijos.

Aunque esto sea Historia Sagrada, ésta evoluciona hasta la llegada de Jesucristo, el Redentor del Hombre, para, en la culminación de los tiempos, no sólo devolver al hombre su primitiva libertad que había perdido por el pecado de Adán, sino para darle gratis algo mucho más valioso: la libertad de ser Hijo de Dios por adopción. Y Ud., querido colega, parece que se ha quedado en las valiosas, pero incompletas, enseñanzas del Libro de Job.

Como he dicho antes, Jesús no fue un asceta principalmente. Fue una Persona que llevó un mensaje de esperanza y de Amor a todos los hombres que no estuvieran cegados para aceptarlo. Y no sólo cegados por el dinero y por los bienes materiales, sino por el orgullo o la soberbia de los fariseos, que no supieron reconocer en Él al Hijo del Hombre. Un Hombre que, como todavía se recuerda en la liturgia católica del rito romano, pasó haciendo el bien, curando a los oprimidos por el mal, sanando enfermos, expulsando espíritus inmundos y anunciando la inminente llegada del reino de Dios, que Él mismo proclamó -y para ello no hace falta irse a los escritos gnósticos o a los apócrifos, pues me basta, entre otras fuentes canónicas, el Evangelio de Lucas, que dice que el reino de Dios “ya está entre vosotros” (Lc 17, 21)-.

A diferencia de Juan el Bautista, no costa que Jesús practicara intensas privaciones y autoflagelaciones para alcanzar un fin divino, hasta que llegó su hora. Los Evangelios están llenos de pasajes en los que se relata que Jesús pudo morir como consecuencia de la ira de los fariseos o de las turbas y se zafó de ellos, pues no había llegado su hora. La hora de ofrecerse a sí mismo por Amor, pues Él mismo es Amor, otorgándonos, como Él mismo había ya anunciado, ese morir a una vida estéril y un renacimiento para Dios, como diría San Pablo: la vida eterna y la Resurrección. No es el dolor el que mueve a Jesús, y como mal, no quiere que éste sea el que mueva a sus discípulos, aunque Él les prevenga que para llevar a cabo su misión habrán de soportar y padecer grandes tribulaciones, pues el mundo en el que sus discípulos se iban a mover no estaba regido precisamente por el Amor y la comprensión. Precisamente en una buena comprensión de este mensaje reside uno de los frutos más importantes y que de verdad conquista el corazón de todo el Evangelio, aunque debo de admitir mi preferencia subjetiva por este pasaje. Los caminos del Señor son infinitos, y a mí, un pobre hombre pecador, este pasaje es uno de los que más me llega y me toca el corazón. Es del Evangelio de San Juan, y son palabras de Jesús durante la Última Cena que son pronunciadas antes de la Oración Sacerdotal. Jesús, por primera vez, no habla en parábolas -expresión del mito que no puede captar el entendimiento humano, del “todo el en fragmento”-. Los discípulos se dirigen a Jesús y le dicen: “Ahora sí que hablas claro, sin usar parábolas. Ahora sabemos que lo sabes todo y que no hace falta que nadie te pregunte; por eso creemos que vienes de Dios. Jesús les contestó: -¿Ahora creéis? Mirad, llega la hora, ya ha llegado, en que os disperséis cada uno por vuestro lado y me dejéis solo. Pero yo no estoy solo porque el Padre está conmigo. Os he dicho esto para que gracias a mí tengáis paz. En el mundo pasaréis aflicción; pero tened valor: yo he vencido al mundo” (Jn 16, 29-33; la negrita es mía). En buena parte como el mundo actual. Es ése el lugar que hay que dar al sufrimiento cristiano, que cobra así su sentido. No se trata de coger cualquier cruz para darse cuenta de nuestra infelicidad, como Ud. parece sugerir, sino de estar dispuesto a coger cualquier Cruz por Jesús. Porque Dios, como Bondad infinita, no es dolor, sino Amor (1 Jn 4, 8).  Mucho me temo que, la mayoría de los hombres, ante una situación de sufrimiento extremo, optarían por algo mucho más banal, como es el refuerzo de un ateísmo práctico y a la renuncia a cualquier liberación “buena”, no digamos ya que contemplasen la opción por un renovado gnosticismo que Ud. parece ningunear. La liberación del sufrimiento por medio del ascetismo, las mortificaciones y la gnosis han sido una constante en la Historia de las ideas y de las creencias religiosas de la Humanidad, desde los vedas indoarios de los Upanishads hasta el hinduismo advaíta o Buda, o las escuelas ascéticas iniciáticas del antiguo Egipto, Sumeria o China. La ascesis, como Ud. sabe, no es prerrogativa del cristiano, pero el cristianismo se configura como una religión lo suficientemente amplia en cuanto a sus exigencias que comparte con el resto de las religiones semíticas un mínimo común denominador soteriológico capaz de “validar”, en la economía de la salvación, varios “estados” o modos de vida, todos ellos igualmente respetables unidos por la vocación universal a la santidad, como proclamó el Concilio Vaticano II. En este sentido, “la voluntad de Dios” -que Ud. parece identificar con un acrítico sufrimiento-, puede realizarse por muchos caminos, algunos de ellos compatibles con una vida como la que puede y deseo que pueda llevar Ud., Catedrático de Universidad de un país que, pese a la crisis, no es precisamente la India, por poner un ejemplo de miseria. Un país cuya religiosidad, desde los tiempos védicos, ha sido caracterizada por la dura práctica de la ascesis, la introspección y la gnosis: todos estos elementos tienen en común y parten de la aceptación del sufrimiento como primer paso hacia la liberación o “iluminación”, según las distintas escuelas de pensamiento orientales: esta idea, con sus innumerables matices, ha sido una constante en la Historia de la Humanidad, y por cierto, tanto en el pensamiento oriental como en el pensamiento religioso “occidental”, al menos en los orígenes de este último, si por Occidente incluimos al mundo helénicoi antiguo y a Oriente Medio, algo muy cuestionable. En el pensamiento judeocristiano, la importancia de la ascesis ha atravesado la religiosidad humana hasta llegar a Juan el Bautista, “el mayor de los profetas nacido de madre” según Jesucristo. Pero he aquí otro escolio fundamental que Ud. a mi juicio no aborda: el del sufrimiento, la instrumentalización y lo que Ud. llama “educación” de los niños, que a mi juicio no es otra cosa que un intento de doblegar una voluntad pura por las doctrinas exageradas y los poderes de un mundo, éste sí, deshumanizado, como bien explica su colega Fernando Savater en “El contenido de la felicidad”, cuya lectura le recomiendo encarecidamente, especialmente a todos los que, como Ud., parecen más dedicados a ponerse cilíceos que a amar al prójimo. Ud. ha sido duro en su artículo, descarnado, diría yo, y me permitirá que, desde el debate intelectual, pueda serlo yo, respetuosamente, con las ideas expresadas por Ud. Permítame recordarle la delgada línea que separa el noble objetivo de “doblegar la voluntad y las pasiones” propio de los ascetas del idéntico objetivo -si bien intermedio- perseguido por la magia y las ciencias ocultas, por cierto condenadas por la mayoría de las religiones “oficiales”, como bien explica el gran mago francés del siglo XIX Eliphas Elí. Desde luego, no le vendría mal leer a Savater, ya que Ud. lee a Nietszche,  pensador mucho más polémico y extremista, cuya lectura le recuerdo que estuvo prohibida en nuestro país en una época que, de sus escritos, debo colegir que Ud. prefiere a la actual: la DICTADURA de Franco, autoproclamado Caudillo de España por la Gracia de Dios (¡!) y que cometíó, además de varios crímenes penales según la ley natural y civil, al menos el acto externo del pecado de idolatría, al reclamar para sí el privilegio de ir bajo palio: ¡Ud., como es un hombre de honor y piedad, deberá saber que bajo palio sólo va el Cuerpo de Cristo!

. Ah, pero se me olvidaba que Savater es ateo: seguramente no habrá experimentado nunca el sufrimiento, como Ud. parece colegir de su visión del “valle de lágrimas” elevado a la enésima potencia.

Así las cosas, escuchemos al propio Jesús hablar de Juan el Bautista en Mt 11, 11: “Os aseguro: de los nacidos de mujer no ha surgido aún alguien mayor que Juan el Bautista. Y sin embargo, el último en el reino de Dios es mayor que él”. Y ¿qué dice Jesús de los niños? Habla de “quebrar su voluntad”? ¡No! Porque el niño es inocente. Ud. quiere cargar al niño con la misma cultura farisaica que Él mismo denunciara veinte siglos atrás, y lamentablemente ha sido reproducida, seguramente sin malicia, por varias instituciones educativas, religiosas o laicas, representantes de una cultura del mundo castradora, como acertadamente denunciaran en el siglo pasado Bertrand Russell y, en nuestro país, Fernando Savater. Y si no está de acuerdo con el núcleo de esta afirmación, lea el siguiente pasaje: de Mc 10, 13-16: “Le traían niños para que los tocara, Y LOS DISCÍPULOS LE REPRENDÍAN. JESÚS, AL VERLO, SE ENFADÓ Y DIJO: -Dejad que los niños se acerquen a mí; no se lo impidáis, porque el reino de los cielos pertenece a los que son como ellos. Os aseguro. El que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él” (la mayúscula es mía).

La voluntad del niño, conforme se hace mayor, deberá confrontarse con el problema del mal y dar su propia respuesta, nunca ser anestesiada con una “dosis de dolor, “ya sea con suave firmeza o con sórdida crueldad”, por utilizar su propia expresión. Y nunca deberá infligirse dolor al niño en crecimiento si no es como consecuencia no querida de un proceso de aprendizaje en el que deberá aprender lo que agrada y lo que no agrada a Dios. Por lo tanto, no es dolor el que nos salva, sino la redención operada por Jesucristo con su Pasión, Muerte y Resurrección después de nuestra caída tras el pecado. No lo olvidemos. Y no caigamos en la soberbia de querer clavarnos los mismos clavos de Cristo para ser mejores, pues nuestra “mejoría” Él ya la mereció por nosotros. Como mucho podemos colaborar con su gracia, que es gratuita -mal que le pese a alguien como Ud., que es también Doctor en Ciencias Económicas-, aceptando nuestro sufrimiento, pero ofreciendo también nuestras alegrías al Dios que ha hecho posible, por su Amor, que nosotros hayamos recuperado Su amistad. El sufrimiento puede hacernos conscientes, incluso más que otros sentimientos, de nuestra realidad caída y de nuestra banalidad -o maldad-, pero está al servicio de esa verdad teológica. Lo cierto es el Catecismo de la Iglesia Católica, de acuerdo con el Evangelio, los Padres de la Iglesia, los teólogos y el Magisterio eclesiástico, resumiendo, no pone el dolor en el centro del mensaje cristiano, sino el AMOR. Un AMOR que, como he querido expresar antes con la cita de la Primera Carta de San Juan, constituye la esencia misma de Dios, que en el Misterio de la Santísima Trinidad se revela como Comunidad de entrega y de Amor. Y la Cruz no es otra cosa que una prueba de Amor. Una prueba de Amor de Dios Padre, que nos amó cuando todavía éramos pecadores, enviando a Su Hijo para rescatarnos precisamente del poder del pecado, de la muerte y del dolor, que vinieron al mundo con el pecado de nuestros primeros padres. Una prueba de Amor de Dios Hijo que por amor somete su voluntad humana al plan divino, para salvar al género humano; y si la salvación implica la aceptación del terrible sufrimiento de la Pasión y la Cruz, Jesús la acepta porque confía en su Padre, por Amor a Él y a los Hombres, Amor manifestado en la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, el Espíritu Santo. Jesús confía en el que el Amor triunfa sobre el sufrimiento, sobre el pecado y sobre la misma muerte. El plan originario de Dios, frente a lo que se dice en la última parte del artículo de mi colega, no contemplaba el dolor, ni la muerte. Es interesante la observación que Ud. realiza al respecto sobre la posible ausencia del mérito moral en un mundo sin dolor. Dando por bueno que el heroísmo, que Ud. cita como ejemplo de mérito humano -dejando al margen sus verdaderas causas psicológicas-, es fruto del dolor, no debemos olvidar que el dolor a estos efectos es neutro. Del dolor -y de su experiencia generalizada, como en una situación de guerra-, han nacido quizá las mayores hazañas humanas, pero también las actitudes más miserables, pues el dolor, al igual que puede llevar compasión y solidaridad, también puede engendrar odio y rencor. En las guerras precisamente se ha observado lo más sublime y lo más atroz del comportamiento humano.  Pero volvamos a la Historia de la salvación. Partiendo que el dolor no fue querido por Dios, no puede ser bueno, “aunque de él salgan muchas cosas buenas”, como Ud. explica en el artículo.  Si bien la teología moral católica -y casi todos los sistemas morales del mundo- reconocen que no es lícito inligir un mal para conseguir un bien, cabría preguntarse, dado el status privilegiado que Ud. otorga al dolor, si éste para Ud. -por supuesto, in abstracto- es realmente un mal. Porque una cosa es que Dios permita el dolor para sacar un bien mayor, como explicaron los teólogos clásicos, y otra muy distinta que el dolor tenga una virtualidad tan clara para producir por sí mismo tantos efectos buenos. En buena lógica de un mal no pueden seguirse consecuencias buenas, y si éstas se producen será más bien con ocasión de éste. Luego su causa debe buscarse fuera del mal; éste, en su caso, sólo puede servir como acicate, y nunca como un acicate generalizado, a modo de prototipo de comunicación divina, que es lo que Ud. sugiere en su artículo. Ud. parece generalizar los efectos “benéficos” del dolor a todo el plan soteriológico de Dios, lo que contradice la doctrina judeocristiana. Volvamos pues, a ella, al plan originario de Dios. Como dije, ni el dolor ni la muerte fueron queridos por Dios. Pero una vez que el hombre desobedeció el mandato divino, la solución de Dios al extravío de los hombres fue la compasión y la misericordia. Todavía hoy se reza en la liturgia canónica la frase “Dios, compadecido del extravío de los hombres”. Así que, como dice San Pablo, “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”. Y, como reza la liturgia pascual, “Feliz culpa, que mereció tan grande redentor”.

Ante su afirmación de que en los dolores colectivos extremos se dan las mayores heroicidades, oculta Ud. el hecho de que, en las guerras, por ejemplo, aquéllas se dan junto con las mayores atrocidades. El dolor extremo puede poner al hombre tanto en disposición de convertirse en un héroe como en un criminal; o simplemente de resignarse o desesperarse, ante su percepción de la imposibilidad de hacer nada y combatiendo el dolor no externamente, eliminando sus causas por cobardía o por conciencia de impotencia, sino internamente, “hacia adentro” muchas veces llegando hacia el suicidio. Además, en consonancia con este hecho, la psicología moderna ha estudiado que la mayor parte de los comportamientos llamados heroicos son más bien instintivos, y no obedecen a un cálculo frío de la moral racional del individuo; de hecho, cuando muchos héroes de guerra son preguntados por las razones de su acción, la gran mayoría simplemente comentan: lo hice así porque “me salió”, “algo me empujó” a hacerlo. Es muy raro a encontrar a un héroe que, tras haber realizado una hazaña humanitaria, comentara: “Actué de ese modo porque, sopesando racionalmente las circunstancias, la filosofía moral tomista, única verdadera, me llevó a la conclusión de que debía procurar la salvación de un bien temporal mayor, aun exponiendo mis propios bienes temporales menores, para alcanzar así un mayor aumento de gracia, bien espiritual e incremento del Bien Común de la sociedad según la recta ordenación de la Ley de Dios ordenada por mi razón”. Quizá la explicación más racional que podríamos aspirar a escuchar fuera alguna como la siguiente: “actué así porque era mi deber”. Y muchas veces esta frase no pasaría de ser un simple coletilla de las verdaderas razones de la actuación moral. Dicho esto, ¿negaríamos por ello valor moral a los actos heroicos realizados por estas personas? Indudablemente no.

Por otra parte, como ya he tratado de argumentar, en los desastres colectivos, o en las experiencias colectivas de dolor, como guerras, situaciones de emergencia, calamidades o accidentes naturales, lo normal que es que se mezclen tanto comportamientos heroicos como comportamientos incorrectos, a veces procedentes de la misma persona, explicables por la banalidad del mal o por la debilidad de la naturaleza humana, explicación que dejo a elección del lector. Un gran ejemplo de estos “grises” del comportamiento humano en la cinematografía moderna es la película “Crash”, (guión de Paul Hagis, 2005).

Como Ud. advierte en su entusiasta glosa al libro de C. Lewis, “el dolor como megáfono de Dios puede ser algo terrible y conducir a la rebelión definitiva”. Aquí debo leer impenitencia final; pregunta: ¿se jugaría Dios nuestra salvación eterna al contemplar la posibilidad de que cometiésemos el clásico pecado imperdonable contra el Espíritu Santo, con su acción directa, de ponernos ante una encrucijada que más bien parece más próxima al capricho de los dioses de la mitología griega,  o por el contrario Él, en el uso de su “ciencia media” desarrollada por el molinismo jesuita del siglo XVII con su polémica “De auxiliis”, sabiendo que el hombre escogería la mejor opción, forzaría así la salvación de todos los hombres, los cuales serían además, tal y como parece deducirse de su afirmación, impenitentes por naturaleza? ¿Comprende Ud., como jurista, las implicaciones teológicas de lo que escribió? Imagino que sí. Sigo comentado su cita… “pero también puede ser la única oportunidad del “malvado” (escolio: ¿somos todos malvados, como en el AT en que se distinguía muy bien entre píos e impíos o estamos todos rescatados por la Sangre de Cristo, que nos hace pecadores redimidos, hijos de un Padre que hace salir el sol sobre malos y buenos y manda la lluvia sobre justos e injustos, algo muy distinto?). Además, ante su épica y trágica visión de la existencia cristiana más próxima al protestantismo que al cristianismo originario al que Ud. dedica una lacónica cita, ¿de verdad considera que la opción ante la cual pondría al hombre la prueba del dolor por la Cruz o por la rebeldía constituyen un aut-aut kierkegaardiano del hombre de nuestro tiempo, de tal manera que “tertium non datur”? No es el dolor el que hace más grande al hombre, como cita Ud. en una frase de Nietszche -me sorprende queUd. lo cite, la verdad-, al mismo autor del “Anticristo” y opuesto a los valores de la compasión y de la misericordia que tímidamente Ud. valora como positivos, sino su capacidad para humillarse ante una Voluntad que, por las causas que sean -incluida la experiencia del dolor, pero no exclusivamente-, la reconoce como perteneciente a su su Padre Creador, infinitamente bueno y misericordioso, y se fía de Él. En esto consiste tener fe.  Por tres veces le pide Jesús a su Padre en Getsemaní que aparte de Él ese cáliz. Y el Padre no lo aparta, pero le ofrece ayuda y consuelo en la terrible prueba a la que su Hijo tendrá que enfrentarse: cargar con los pecados de la Humanidad a través de la entrega total de Su Cuerpo y de Su Sangre en la Cruz. Como dijera antes Jesús, “quien se enaltece a sí mismo será humillado, y quien se humilla será enaltecido” (Lc 14, 11). Es lo que hizo el propio Jesús aceptando la misión salvífica que le había encomendado Su Padre, obedeciendo Su plan hasta el final. Pero por Amor. La obediencia obligada de la criatura para que se convierta so pena de sufrir en ésta o en la otra vida los peores dolores puede vencer, puede bastar para la salvación como ya defendieran los “atricionistas” de la Segunda Escolástica; pero ellos mismos reconocieron que la contrición derivada del miedo era una contrición imperfecta, ya que no se fundaba en el Amor a Dios, sino en el temor. Y es que la conminación a la obediencia puede que venza, pero no convence. Por ello la experiencia de verse privado de todo puede conducirnos a algunos -y a mí me han sucedido experiencialmente las tres cosas- tanto a la indiferencia práctica, a la rebelión o a la aceptación de la Cruz-. Pero no es suficiente. El hombre dejará de ser “siervo” de Dios para convertirse en “hijo” al contemplar al Enmanuel, al Dios-con nosotros crucificado, como decían los Madrigales, “por amor herido”. Porque es el Amor, y no el dolor, el que convence. El que mueve los corazones y el que lleva a la conversión verdadera, de tal suerte que cualquier dolor o privación aceptados, no buscados, para unirse con el Amado, como siempre han expresado los grandes místicos, nos parecerán livianos.

El Señor no quiere nuestro sufrimiento. Bastante sufrió Él en la Cruz por Amor, bastante le hemos costado, y ya he intentado decir algo sobre el sentido de aquel sufrimiento. El gran teólogo Urs von Balthasar dijo en alguna ocasión que no habíamos comprendido del todo el gran sacrificio de amor realizado por Jesucristo en la Cruz, que nos había liberado de todas las cadenas, de todas las ataduras. Así que satis. Suficiente. La vida del cristiano no puede ni debe convertirse en una tortura, sino en una alegría, aun en medio del sufrimiento, en el cumplimiento de la Voluntad de Dios que es expresada tan gráficamenete por Jesús cuando le preguntaron por la Ley y los profetas. La respuesta de Jesús es conocida: “Tratad a los demás como queráis que os traten a vosotros. En esto consiste la Ley y los profetas” (Mt 7, 12; la negrita es mía). Y en Juan encontramos unas de las palabras más preciosas y verdaderas que jamás hayan sido escritas, pronunciadas por Jesús durante la Última Cena: “Os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros como yo os he amado: amaos así unos a otros. En eso conocerán todos que sois mis discípulos, en que os amáis unos a otros” (Jn 13, 34; la negrita es mía).

Resumiendo, el Señor quiere nuestro desapego de las cosas mundanas y que le busquemos y amemos a Él por encima de todas las cosas, valorando cada una de ellas como un regalo, y según su justa medida. Mensaje que, en lo más profundo, estaba y está presente en todas las religiones de la Tierra, las cuales, según el propio Concilio Vaticano II, son como un puzzle de preparación cristocéntrica que contienen todas ellas “destellos de verdad”, aun las que no reconocen un Dios personal; como atestiguan los grandes antropólogos e historiadores de las religiones como, entre otros, Mircea Eliade y Franz König, autor cristiano de la gran obra enciclopédica Cristo y las religiones de la Tierra, cuya edición en lengua española fue publicada por la Biblioteca de Autores Cristianos en 1968. Dios quiere que amemos a nuestros hermanos, tal y como Él nos mandó hacer en la noche de Su Pasión. Y que encontremos en Él nuestro descanso. Que vayamos a Él los que estamos cansados y agobiados -doloridos-, y que le sigamos; porque su yugo es llevadero y su carga ligera.

 

A. M. D. G. 

 

Dr. Pablo Guérez Tricarico, Profesor de Derecho Penal de la Universidad Autónoma de Madrid.

@pabloguerez

pabloguerez.com

 

Licencia de Creative CommonsComentario al artículo “El grito de Dios”, del Dr. Ignacio Sánchez Cámara by Pablo Guérez Tricarico, PhD is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License. Puede hallar permisos más allá de los concedidos con esta licencia en preguntar al autor en pablo.guerez@uam.es, pablo.guerez@gmail.com, @pabloguerez

 

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CONSIDERACIONES SOBRE EL SISTEMA ESPAÑOL DE OPOSICIONES PARA ALTOS CUERPOS Y ESCALAS DEL ESTADO, Y, ESPECIALMENTE PARA EL INGRESO EN LA CARRERA JUDICIAL Y FISCAL. DICTAMEN JURÍDICO-POLÍTICO.

julio 13, 2014 § Deja un comentario


 

A mis padres, impecables funcionarios y mejores padres

A mi familia académica, a la cual no afecta la ruptura de los lazos funcionariales, laborales, estatutarios u honorarios, sino únicamente la de los lazos de afecto y gratitud

A los malos estudiantes y a los estudiantes mediocres de este país y de esta época. Para que no busquen en sus estudios la excelencia sino únicamente los créditos suficientes para ganarse el Grado o el Máster. Para que aprovechen los mejores años de su juventud en los ritos inicáticos propios de su edad, y no en el estudio; para que se diviertan, experimenten, se dediquen a flirtear y a hacer las travesuras propias de los años de la inocencia; para que prueben la libertad y puedan equivocarse todavía cuando alguien pueda pagar por sus errores; y que, culminada esa colorida experiencia en los campos universitarios, puedan preparar seriamente unas oposiciones como hombres de bien, se casen, cuando se les pregunte por su matrimonio respondan que “están bien”; para que tengan hijos, casa en propiedad y otras propiedades y, a eso del final de la treintena, puedan compartir con los de su clase esas frases absurdas del estilo de “qué bien vivíamos cuando no teníamos nada”, después de apagar la televisión sin apenas haber vislumbrado los primeros titulares.

A Walt Whitman, IN MEMORIAM  

 

CONSIDERACIONES SOBRE EL SISTEMA ESPAÑOL DE OPOSICIONES PARA ALTOS CUERPOS Y ESCALAS DEL ESTADO, Y, ESPECIALMENTE, PARA EL INGRESO EN LA CARRERA JUDICIAL Y FISCAL. DICTAMEN JURÍDICO-POLÍTICO.

 

1. Introducción

Desde siempre es sabida mi posición -al menos por mis círculos más íntimos-, que no ha variado en este ámbito, sobre el sistema de ingreso en la función pública española, y que, a mi juicio, considero manifiestamente mejorable. Este documento, que formalmente titulo como dictamen, sólo pretende ser un instrumento de reflexión para catalizar aquellas propuestas que, en un sentido similar al de las consideraciones que aquí se vierten, puedan promover un debate público serio y racional sobre la imperiosa necesidad de cambiar, de una vez por todas, nuestro disfuncional modelo de acceso a la función pública –especialmente a los cuerpos y escalas más altos de la Administración del Estado, Comunidades Autónomas y Organismo Autónomos-, y, de modo muy singular, para cambiar el vetusto sistema ordinario de ingreso en la Carrera Judicial y Fiscal, acabando con ello con tradiciones tan nocivas para el país como la distinción, en una misma función, de funcionarios “de carrera” y “no de carrera”, distinción que, en caso de desplegar efectos sobre los funcionarios o sobre los particulares, cae de lleno dentro del ámbito de la prohibición de toda discriminación ex artículo 14 de la Constitución Española. Sobre otras distinciones, como personal funcionario y personal laboral que realiza las mismas funciones, ya se ha pronunciado el Tribunal Constitucional en diversas sentencias, y, por su ámbito objetivo, no considero conveniente disertar aquí sobre ello. Sin embargo, sí quiero llamar la atención sobre el hecho de que la distinción funcionario/laboral necesita una mayor fundamentación material que no puede descansar solamente en la superación de las clásicas “oposiciones”, so pena de incurrir en injusticia material y abuso del derecho flagrantes. Tal vez retome este tema en otra ocasión. Vayamos pues al análisis jurídico, pero también sociopolítico, de las oposiciones como método de selección de personal para ocupar cargos públicos, de mayor o menor relevancia. Aunque este documento, escrito por un jurista y, aun revistiendo una cierta “forma” de dictamen, pueda “echar para atrás” a determinados lectores, me gustaría reconfortarles desde ahora diciéndoles que he intentado esmerarme para que tanto el lenguaje como el contenido sea accesible a un público culto en general, y por lo tanto, ni para el “operador jurídico” –expresión que con frecuencia utiliza nuestro Tribunal Constitucional para designar a los aplicadores del Derecho, que en gran medida son funcionarios-, ni para el académico, en el sentido de que éste es un artículo escrito por un académico, pero no para sus colegas –sin perjuicio de que algunos de ellos puedan también leerlo-, en su condición de ciudadanos cultos e interesados por los problemas del país, algunos de los cuales tienen que ver con la organización del país. Y qué mayor organización –al menos legal-, en un país como el nuestro, que la Administración Pública, con sus varios niveles funcionales y territoriales. El futuro de un país, y ello es bien sabido por la Ciencia Política, depende en buena medida de cómo son formadas las élites que van a gobernarlo. Y el gobierno ordinario del país, lo que hace que los servicios públicos funcionen, que se construyan carreteras, puentes, puertos, aeropuertos, y que además estén dirigidos; que funcionen las escuelas, las Universidades, los hospitales, los servicios sociales; que pueda recaudarse el dinero necesario para la realización de todas estas actividades, está en manos de personas altamente cualificadas, muchas de las cuales adquieren la mayor parte de su cualificación cuando ya son “nombrados” funcionarios, en la experiencia del día a día y como resultado de dinámicas organizativas que se enseñan en ninguna oposición.

 

2. Oposiciones

En nuestro país, el reclutamiento de personal al servicio de la Administración civil –vamos a dejar de lado la Administración militar-, los “funcionarios”, está fundamentalmente basado en la convocatoria de pruebas selectivas –denominadas “oposiciones”-, cuyo contenido esencial consta de la repetición memorística de posibles “temas” (entre 200 y 500, según las clases de oposiciones), en un determinado tiempo, ante un Tribunal compuesto por profesionales de diversa procedencia, incluso universitaria. Los criterios de corrección son exclusivamente la comprobación, por parte del Tribunal –o la apariencia de comprobación-, de la correspondencia entre lo que el candidato o candidata “canta”, es decir, recita en un tiempo determinado y los contenidos que debe incluir dicho tema según diversas normativas, y la precisión de la “exposición” de dichos contenidos en un tiempo determinado. Este ejercicio, totalmente memorístico, constituye todavía hoy el ejercicio –si no el único-, sí el de principal dificultad, convirtiendo la selección del personal de las más altas magistraturas de la Nación en un procedimiento ciertamente viable en cuanto a la seguridad jurídica, con poquísimo margen para el ejercicio de una discrecionalidad que incluso en este tipo de procesos podría hallar acomodo constitucional –pues el artículo 103 CE, al hablar de los criterios de mérito y capacidad para el ingreso en la Administración pública, no limita estos criterios a la “capacidad memorística”- de los candidatos. Es más, si lo que con lo que se pretende con la Administración Pública es que preste un verdadero “servicio público”, éste deberá ser prestado por los hombres y mujeres mejor formados para ellos; y pese a la mala prensa que tienen el empleo de fórmulas empleadas en la contratación privada como las de “adecuación al perfil del puesto”, éstas, generalmente, siguen funcionando en el sector privado de una economía que hasta 2005 era la octava economía del mundo. Este defecto se ha intentado paliar convirtiendo algunas de las principales oposiciones –e incluyo aquí, sobre todo, las que afectan a la carrera judicial y fiscal-, en una especie de “superrequisito de objetividad”, es decir, en la comprobación de una capacidad cuya prueba debe ser llevada hasta el extremo, casi hasta la extenuación del candidato: la memoria; al mismo tiempo, ésta es “domesticada” o “disciplinada” para que no aprenda ni más ni menos que los contenidos necesarios para superar las pruebas, para que lo haga en el tiempo correcto y para que no establezca conexiones con otras funciones cognitivas, no sea que el candidato vaya a impresionar al Tribunal no ya por su gran memoria, sino por otras cualidades que tengan que ver, por ejemplo, con la argumentación jurídica.

 

3. Valoración crítica y discusión de las oposiciones como método válido para la selección de personal

En relación con la memoria, la cual, como hemos visto, es junto a la constancia, la clave del entendimiento del sistema de oposiciones, la moderna ciencia cognitiva y la psicología organizativa nos ha recordado su importancia; si quizá fue descuidada por completo en la educación reglada, ésta es importante hasta un cierto nivel para adquirir un determinado nivel de conocimientos a partir del cual el sujeto sea capaz de utilizarla para desarrollar otras funciones consideradas superiores, como la capacidad de resolver problemas complejos por analogía, el pensamiento analítico, el pensamiento sintético y la propia creatividad. Se puede objetar que éstas son habilidades o, como se dice ahora, competencias, de muy difícil evaluación, si bien no imposible, debido al auge de la psicometría, utilizada, por cierto, en el reclutamiento en recursos humanos en organismos o agencias donde parece ser que el Estado sí se juega un verdadero papel, como en los Servicios de Inteligencia. Pareciera ser que todo lo que es “administración ordinaria” del Estado puede seguir basándose en el empleo de sujetos normales que han desarrollado una gran capacidad memorística, con independencia del puesto que vayan a ocupar, de la responsabilidad que vayan a tener, o de la función que vayan a desempeñar en la burocracia estatal. Y es verdad. Pero incluso la memoria no resulta tan fácilmente evaluable como se creía. Hay implicadas tantas áreas y conexiones cerebrales que la falacia de pretender atribuir subjetivamente un hecho externo –como la repetición de ciertos temas- al “mérito” y a la “capacidad” sin más es muy difícil para el observador versado en el arte psicométrico, e imposible para el profano. Aunque siempre puede valorarse el hecho exterior, está claro. Y, en este sentido, en la forma en la que están estructurados los clásicos ejercicios memorísticos de las principales oposiciones de nuestro país distan mucho de medir un verdadero “mérito” (en el sentido profundo del término, es decir, de atribución personal subjetiva de un hecho positivo, de un valor de resultado), mientras que la valoración de la capacidad se reduce a la capacidad memorística, o más exactamente a sus efectos. Da igual que el sujeto repita como un papagayo algo sin entender absolutamente nada pero “con apariencia de memoria”, que su prodigiosa memoria sea el fruto de una gran motivación producida natural o artificialmente (por cierto, habría que establecer controles “antidoping” en las principales oposiciones?; ¿la admisión de ciertas sustancias no comprometería intereses más elevados que aquellos ya se protegen penalmente, como los intereses deportivos?; dejo estas preguntas en el aire) que, en situaciones normales, no podría producirse, o el sujeto se esfuerce por comprender los altos contenidos que debe estudiar para poder después aplicarlos a su actividad profesional o, mejor dicho, funcionarial. Pues no se trata de favorecer al sujeto, sino a la institución, dado que la Administración es un “servicio” público que sirve directamente los intereses generales (art. 103 CE). Y, aunque se trate de un método que intente garantizar la seguridad jurídica –aunque, como hemos visto y veremos resumidamente, no tiene por qué garantizarla mejor que otros-, ¿por qué no establecer cualquier otro método presuntamente igual más “medible” y “seguro”, pero igual o menos absurdo que el de las oposiciones memorísticas, seguido del típico cursillo, ese sí, para explicar al ganador de las pruebas de qué va a ir su trabajo? Así, podría establecerse, en sustitución del examen memorístico, una carrera de 100 vallas, una heptatlón, una maratón, una competición de ajedrez o de cubos de rubik. Desde mi punto de vista, todas éstas serían soluciones mucho más objetivas de las que ofrece la solución tradicional de “cantar temas”, y seleccionarían a personas diversas, con muchas más habilidades y competencias y por lo tanto con mayor bagaje psíquico y físico para soportar situaciones de tensión como las que se dan cada vez con mayor frecuencia en el mundo en crisis, sobre el que van a tener “cierto” (tampoco mucho) grado de responsabilidad; eso sí, sufragada, en términos estadísticos, por las clases que representan el estrato medio-bajo (la mayoría) de los niveles de renta gravables del país, es decir, los que obtengan ganancias entre el mínimo de subsistencia y 60.000 euros. Ah, se me olvidaba, queda la “gran cuestión” del conocimiento del Derecho. Pues podríamos comenzar por ahí: dado el tipo de estudio y los contenidos que se estudian para la oposición, lo más probable es que éstos quedasen relegados al olvido o resultasen inservibles tras una derogación legislativa, si no son conocidos e interiorizados en profundidad los principios e instituciones claves de nuestro sistema jurídico de Derecho Público y de Derecho Privado. Estos contenidos deberían haberse interiorizado y, en su caso, profundizado, en su lugar natural: la Universidad, bien sea en los niveles de Licenciatura (ahora, muy a mi pesar, Grado), bien en algún nivel superior de Máster de profundización (teórico-práctico, pero no exclusivamente práctico como el mal llamado Máster de acceso a las profesiones de abogado y procurador, que no debería haber revestido en ningún caso el nomen iuris o la forma accademica de Máster, de acuerdo incluso con “espíritu de Bolonia”). De hecho, somos el único país de la Unión Europea que ha establecido una regulación tan disparatada para el acceso a las profesiones de abogado y procurador, exigiendo un grado en Derecho y después, para terminar de complicar las cosas, dando un mismo tratamiento a dos figuras procesales cuyo cometido, función y, sobre todo, responsabilidad, no tienen nada que ver ni ocupan el mismo lugar en el sistema procesal español.
Algunos sostienen que las oposiciones –refiriéndose a las que dan acceso a las más altas magistraturas del Estado- son una especie de mal menor para salvaguardar los principios constitucionales de mérito y capacidad frente al concurso, que permitiría mayor discrecionalidad. En el momento histórico inmediatamente posterior a la dictadura y anterior a la plena incorporación de España en el proceso de integración europeo, resulta cuanto menos curioso cómo a muchas de estas personas no les sorprendiera en absoluto la redacción de la principal Ley de funcionarios aprobada después de la Constitución, la conocida en los círculos burocráticos como la “Ley de Medidas”. El nombre técnico de dicha Ley, tras cuya redacción no tengo por qué presumir malas intenciones, sino más bien el difícil intento por parte de sus legisladores de conciliar objetividad con calidad, o la medida de ambas cualidades, es, para los profanos, Ley 30/1984, de 2 de agosto, de Medidas para la reforma de la función pública, en cuyo artículo 20.1 –en su versión anterior a la derogación parcial que afectó a éste y a otros artículos de la Ley de Medidas llevada a cabo por la Ley 7/2007, de 12 de abril, del Estatuto Básico del Empleado Público- se decía lo siguiente: “1. Los puestos de trabajo adscritos a funcionarios se proveerán de acuerdo con los siguientes procedimientos: a) Concurso: Constituye el sistema normal de provisión y en él se tendrán únicamente en cuenta los méritos exigidos en la correspondiente convocatoria, entre los que figurarán los adecuados a las características de cada puesto de trabajo, así como la posesión de un determinado grado personal, la valoración del trabajo desarrollado, los cursos de formación y perfeccionamiento superados y la antigüedad” (la negrita es mía). Aunque la Ley parece referirse a la provisión de puestos sólo para funcionarios, ¿por qué tanto afán en permitir una promoción por concurso para los elegidos y no para los profanos? La preferencia del sistema de oposiciones, a la que para nada obliga la Ley, que en su artículo 19 reconoce tres medios de selección regulares para el ingreso en la función pública (concurso, oposición y concurso-oposición libre), se desarrolló después al amparo de dicha Ley por los Reales Decretos y Órdenes Ministeriales de provisión de personal. Entonces… ¿por qué tanto empeño en que sean las oposiciones, en concreto, el método normal para la provisión de puestos de trabajo de funcionarios? A pesar de la neutralidad en este sentido del artículo 19.1 de la Ley, en su apartado 2 leemos algo sorprendente, por razonable, es decir, porque no nos tendría que sorprender: “Los procedimientos de selección cuidarán especialmente la conexión entre el tipo de pruebas a superar y la adecuación a los puestos de trabajo que se hayan de desempeñar incluyendo a tal efecto las pruebas prácticas que sean precisas”. La pregunta que entonces me hago, y que todos deberíamos hacernos, es la siguiente: ¿a la vista del texto de la Ley, bastante razonable, cómo puede ser que, entre estas pruebas, las que más prime, la que más “eche para atrás” a la gente, aquella a la que los opositores dedican más del 80% de su esfuerzo, dependiendo del tipo de oposiciones, sea un puro ejercicio memorístico cuya gran dificultad viene dada exclusivamente por la necesidad de memorizar una cantidad ingente de material jurídico contingente y de “apretarlo” o comprimirlo para cantarlo en un tiempo? Si a esto unimos la constatación que, durante mucho tiempo, esta ha sido la única prueba para acceder a la mayor magistratura ordinaria del Estado según la Constitución, es decir, el ejercicio de la jurisdicción, el Poder Judicial –pues el test de “criba” que pusieron allá por el año 2003 es de risa, cuando no resulta, además, mal hecho-, nunca dejará de sorprender la falta de consideración de nuestros legisladores incluso para con sus propias leyes, que han venido incumpliendo sin complejos y sacrificándolas a intereses más oscuros y antiguos de Cuerpos de cierta “casta” privilegiada, entre los que incluyo la propia Carrera Judicial, extremadamente conservadora, al menos en sus grados más altos. Precisamente en estos grados, o en el grado más alto, el Consejo General del Poder Judicial, donde confluyen el Poder Ejecutivo con el Judicial y se nos abren al común de los juristas los ojos al contemplar la falsedad de la división de poderes, es donde no ha interesado cambiar nada. O, como mucho, cambiar algo, “a la europea, para que nada cambie. Así, en la línea de aumentar la confusión en todo que tuviera que ver con el sector público –y, no lo duden, también en cuanto a los procesos de selección-, amparada por un mandato constitucional que no fue “descubierto” hasta el año 2007, se aprobó la ya citada Ley 7/2007, de 12 de abril, del Estatuto Básico del Empelado Público, la cual, bajo las banderas de la modernidad y de la transparencia que simbolizan la constante necesidad de recreación y reinvención del sector público, y demás palabrería que no tiene reparos en invocar a los altos organismos europeos o a Naciones Unidas, si es preciso. La Ley, a la que yo en su momento, como sujeto a la misma, me acerqué con benevolencia en mi afán por encontrar en ella algún resquicio de racionalidad en la regulación del servicio público, vino a ser más bien un cajón de sastre donde, en lugar de poner orden, se describieron todas las formas y subformas de una heterogeneidad de contratos que muchos teníamos, en aquel momento, con alguna Administración Pública. En otros aspectos de la Ley no voy a entrar, pues es muy compleja y afecta, desde cuestiones laborales e indemnizaciones por despido –de personal laboral por supuesto; o ¿acaso creíais que podía despedirse en este país a funcionarios de alto nivel?-, al mismo concepto de funcionario público clásico de facto legibus solutus y a la siempre problemática relación entre funcionarios y laborales, sobre todo cuando ambos realizan las mismas funciones, y cuando a los segundos no se les han dado, por edad, por la coyuntura económica o por cualquier otra razón inaceptable en un Estado de Derecho, la posibilidad de concursar u opositar en igualdad de oportunidades que a los primeros.

Pero advirtiendo que me estoy metiendo en un terreno conexo al de este dictamen, pero no central en cuanto a los aspectos que considero necesario destacar, volvamos a los supuestos “peligros” del concurso advertidos por muchos “hombres de bien” desde que este procedimiento apareció en la Ley de Medidas, y aun antes. A estas personas, algunas de ellas funcionarias, no vendría de más recordarles la distinción que entonces aprenderían en la carrera, o si no, en la oposición, entre arbitrariedad y discrecionalidad. La discrecionalidad está admitida por el juego político constitucional, y precisamente da pie para poder seleccionar, de entre los candidatos, e incluso después de haberles hecho superar, en su caso, pruebas objetivas que no tienen por qué ser memorísticas –como algunos ejercicios que consisten en la emisión de dictámenes o en la presentación de escritos de análisis político-social presentes en varias oposiciones a Cuerpos no baladís, como el Cuerpo de Administradores Civiles del Estado o el Cuerpo de Abogados del Estado, la Carrera Diplomática o los Cuerpos de Letrados de Cortes o Letrados del Consejo de Estado- aquel o aquellos candidatos más adecuados o preparados precisamente para el puesto de trabajo ofrecido. Lo malo en todas estas oposiciones es que están presentes, como siempre, las malditas pruebas memorísticas, que siguen siendo la esencia de las oposiciones españolas de alto nivel, aquellas que la gente tarda más años en prepararse.

Otros dirán que los concursos pueden ser manipulados por los sindicatos, procedentes de la “serie B” del mundo del sector público, es decir, del llamado “Personal laboral al servicio de las Administraciones Públicas” (laboral, por supuesto), al que he tenido el honor, y digo sí, el honor, de pertenecer, si no hubiera sido fundamentalmente porque la ineficacia de nuestra clase política no hubiese querido establecer un modelo sostenible de promoción y estabilización del profesorado universitario. Aquélla que me representé ilusoriamente como una “edad de oro”, eterna, y que nunca volverá, como tampoco volveré yo a los tiempos de la juventud perdida para tomar la racional decisión que no tomé de embarcarme instrumentalmente en una tarea titánica irracional, y que me podría haber conducido, en el escenario de hoy, a ser funcionario; desde luego no millonario, pero sí –y dentro de la incertidumbre general de las reglas y máximas de experiencia de la vida-, podría ser en estos momentos una persona “con la vida resuelta”. En cuanto a las oposiciones responsabilizo por igual a los dos grandes partidos con capacidad para “gobernar” (o lo que ha quedado de este término): el PP y el PSOE, así como les responsabilizo de perpetuar un modelo veterotestamentario de oposiciones que produce más miseria neurótica que bienestar para el país. Pero, tras este breve paréntesis personal, en el que no acuso a personas sino a estructuras, quisiera volver sobre las estructuras, por cierto, de relevancia constitucional, sindicales, supuestas entidades maléficas que vendrían a subvertir el carácter de “hombres de bien y orden” del resto de los componentes de los Tribunales de las Oposiciones. Pues bien. He conocido a sindicalistas, y la realidad ha cambiado mucho desde la imagen prototípica que todos tenemos en la cabeza de “compañeros del metal”. Podría exigirse que el miembro del sindicato tuviera la misma titulación o una superior que la requerida para el puesto convocado que el Tribunal debe enjuiciar, e incluso una actividad profesional acreditada. Sin querer excederme mucho en esta cuestión, no se deduce “de suyo” que una oposición memorística, por este simple hecho, esté exenta de influencias nepotistas, como tampoco se deduce que de unas pruebas no memorísticas ni en un concurso hayan de aparecer los representantes sindicales como por arte de magia, si no hay norma que se les convoque. Todo depende, en suma, de cómo se regulen los concursos y las oposiciones. Si esto les parece poco, valga una anécdota que considero generalizable a las oposiciones de Jueces y Fiscales, porque revela una práctica que se hace, y además, no puede hacerse de otra manera, convirtiéndose en perversa. Al opositor no se le permiten hacer preguntas después del “cante”. Durante las discusiones del Tribunal sobre la calidad de la intervención de los opositores, uno de los miembros del Tribunal, procedente del ámbito universitario, pudo escuchar atónito, sobre todo la primera vez que acudió, de boca de los otros miembros del Tribunal, procedentes de la carrera judicial o fiscal, de otros Cuerpos del Estado o de Dios sabe dónde, expresiones del estilo… “Ah, pues ha clavao muy bien el tema, eh? ¿No te parece, colega? Y al colega contestarle… no sé, no sé, creo que se ha pasado cuarenta y cinco segundos sobre el tiempo… Y, enseñándole su Rólex, volver a decirle a su colega… ¡Cuarenta y cinco segundos de reloj!
Así las cosas, no sólo sean bienvenidos los sindicatos, sino los partidos políticos y la prensa rosa, ¡a ver si alguien se da cuenta de una vez por todas que hay que cambiar este “seguro” pero ridículo sistema de oposiciones en un país que aspira a estar entre los primeros que lideren el mundo! Muchos países latinoamericanos cuya población muchos españoles lamentablemente desprecian tienen tanto gente como, sobre todo, sistemas mucho más funcionales que el nuestro.

Muchos acérrimos defensores del sistema de oposiciones, de que la oposición “te da una visión completa del Derecho”, siempre me he quedado sorprendido, casi como por encantamiento, cuando de joven y no tan joven he escuchado una y otra vez la misma historia: ¿será verdad?; ¿qué beneficios reales para la prestación del servicio público puede darte ese fruto tan exótico del estudio memorístico cual es la clarividencia “del ordenamiento jurídico” –a cuyos defensores poco les ha faltado agregar otros términos como “como un todo”, “en su relación con el Todo”, a medio camino entre el lenguaje de la filosofía, del esoterismo o de la barata pseudociencia. Cuando oigo hablar a tales personas, pienso que tal vez tengan razón, pero la asertividad con la que siempre inciden en ello hace pensar más bien que te estuviera hablando un Maestro yogui o un rashi que, por fin, tras años de búsqueda personal con su Maestro preparador, con un entrenamiento caracterizado por un régimen de ascetismo y de introspección extremadamente severos, haya “descubierto” la iluminación, la verdad de la unión del atman con el Brahman, y haya vivido experiencialmente la realidad de que “todo está interconectado” o, para los menos iniciados en filosofías orientales, haya conseguido penetrar en la visión del mundo de las ideas de Platón. Siento desilusionar a esta “casta” que yo llamaría “funcionarios predicadores de la sabiduría de la oposición como vía al conocimiento” –y perdonen mis lectores el empleo del ya demasiado manido término de “casta”, pero es que aquí no se me ocurría otro mejor para expresar el símil que estoy intentando desmontar-. Lejos de lo que estos falsos y oscuros maestros que suelen llamarse “preparadores” –muchos de ellos jueces, magistrados y fiscales que cobran sus “sesiones” en B a los aspirantes-, lo normal es que, a medida que se va dominando el temario de la oposición, se adquiera, por parte del opositor, ciertamente, un prolijo conocimiento del Derecho positivo, obra humana, y como todas ellas, obra ciertamente inacabada, y que puede cambiar de un día a otro con la simple publicación de un texto en el Boletín Oficial del Estado. Ello puede hacer caer al candidato en la soberbia de creer que “conoce” el Derecho como si éste fuera una realidad perteneciente al mundo suprasensible (primer error) y que, por lo tanto, está capacitado para cualquier función relacionado con el mismo que le toque (como ser juez, abogado del estado, letrado de Cortes, etc.). Vamos a intentar desmontar ambas premisas, comenzando con la primera impresión del candidato que cree dominar el programa y su percepción del “conocimiento del Derecho”. Para ello, sin embargo, será imprescindible hacer un poco de historia sobre el sinsentido de las oposiciones memorísticas, tras lo cual la falsedad de las premisas espero que resulte fácilmente perceptible para el lector que haya advertido también los comentarios sobre Historia de la Filosofía del Derecho que espero poder condensar en menos líneas de las que merecerían por su importancia y rigor.

 

4. Algunas explicaciones históricas y evoluciones comparadas de modelos de selección de funcionarios en países de nuestro entorno cultural

El sistema de oposiciones memorístico español nace mal importado de una Francia cuyo modelo de Estado es el del Estado burgués postrevolucionario, caracterizado por una supremacía casi indiscutible del Poder legislativo, alojado en la Asamblea Nacional, que representa también la soberanía popular. La sumisión (y no simple división) de los demás poderes al primero resulta clara a cualquier persona mínimamente documentada. En el celo por limitar el poder real, los revolucionarios se esforzaron porque los funcionarios del nuevo Estado basado en la Diosa Razón memorizaran a conciencia las pocas leyes que debía regir el nuevo Estado, pero con ello, también los nuevos principios de la tradición liberal burguesa. Ahora bien, en el tiempo que medió entre la implementación efectiva de un Estado basado en dichos principios y con un aparato funcionarial estable (y que podríamos fechar, grosso modo, desde el reinado de Luis VXIII Bonaparte en 1830 hasta la actual V República), no sólo ha habido grandes cambios históricos, políticos, económicos y científicos (la actual realidad digital que sirve a todos los operadores jurídicos –pues las leyes y la jurisprudencia están a un click si se dispone de una buena base de datos-, salvo a los opositores, haría, más bien hace ya inútil ese esfuerzo opositor de preparación memorística- sino también jurídicos y, por lo que a nuestro propósito nos afecta, a la manera de entender el Derecho. Así, con el surgimiento del Estado social, las normas se multiplicaron exponencialmente, como exponencialmente creció la burocracia y la necesidad de conocimiento de las nuevas normas por parte del funcionariado. Pero… ¿realmente debían ser aprendidas de memoria todas las nuevas normas –en todo caso, muy por debajo de lo que hoy se requiere-, para acceder a los más altos cargos públicos? El problema que, a mi juicio, estuvo en el germen del “moderno” sistema de oposiciones memorísticas hay que buscarlo en la fundamentación política del Estado francés, todavía ligado a un modelo de Estado liberal de intervención mínima, que ha pervivido a pesar de los cambios en la propia concepción que ha venido manteniéndose del Estado y de su fundamentación, pero no del Derecho. Si en un Estado basado en la división de poderes, en el que el principal poder –el de hacer leyes- estaba alojado en la Asamblea, la justificación de los otros dos –y, sobre todo, durante las épocas de Monarquía semiconstitucionales-, con influencia del Rey tanto sobre el Gobierno como sobre la Judicatura, sólo podía buscarse en aquella célebre frase de Montesquieu de que “el juez es la boca muda por la que habla la Ley, que es la expresión de la voluntad general”. Y, por extensión, cualquier “ejecución” o aplicación de la Ley sólo podía ser desarrollada en un sentido –el desarrollo constitucional y la posibilidad de que los partidos políticos “concreten” leyes expresando un sentir distinto es posterior, y para cuando ya es aceptado, ya se ha producido, tanto en Francia como en otros países de su órbita, como Bélgica –aunque no Holanda-, y España, la artificial distinción entre Gobierno y Administración; el primero, elegido, por sufragio universal o censitario; y la segunda, servido por profesionales-. Utilizando el mismo razonamiento justificativo para la actuación de un poder público que había sido utilizado por Montesquieu para la judicatura, y aun a riesgo de simplificar excesivamente la cuestión, los funcionarios solamente deberían aprender leyes. Leyes a las que después se añadirían reglamentos, “ad intra” y “ad extra”, y otras fuentes normativas aprobadas por los máximos órganos gubernativos. Así, en el Código Napoleónico, la interpretación de las leyes se realiza de manera muy tasada, teniendo en cuenta el “peligro” de que el intérprete pierda su legitimidad por interpretarlas según su arbitrio. Es así como, ya más de cien años después, el pensamiento jurídico francés resulta un terreno especialmente fértil para la recepción de la corriente filosófico-jurídica, procedente de Europa central, del positivismo metodológico –y, en algunos casos, ideológico-. Y resulta así que, llegados al siglo XX, el Leviatán francés se apoya en las doctrinas alemanas desarrolladas por Kelsen, Ross y otros para justificar un positivismo jurídico muy rígido y muy funcional para un Estado centralista como el francés, pero que comenzó a tener disfunciones por la necesidad de ampliar los ámbitos de la intervención administrativa a nuevas realidades como consecuencia de los nuevos modelos de Estado social, tal y como demandara la sociedad francesa a la V República a través, sobre todo, de formaciones de izquierdas y del movimiento sindical, que habían adquirido un poder real significativo. La ruptura de las “viejas” formas del Estado francés fue una de las pocas ideas realmente positivas del “mayo del 68”, corriente ecléctica que, por otra parte, adolecía sobre todo tanto de líderes claros como de un pensamiento articulado realmente consistente y con virtualidad de contraponerse al pensamiento oficial de la V República.

Por el contrario, en otros Estados modernos, como en el Reino Unido, la limitación del poder real en cuanto a su control del aparato ejecutivo del Estado y del Poder Judicial se venía realizando ya desde el siglo XVII con la institución del Jurado (cuyo fundamento filosófico-político se basa en la máxima de equidad de “justicia de iguales”), institución que desempeñó, a mi juicio, un papel clave en la evolución peculiar y casi incruenta de la tradición jurídico-político anglosajona hacia la forma moderna de Monarquía constitucional. La separación conceptual posible entre Derecho y Ley positiva (Act o Statute), el papel otorgado a los comentaristas del common law, similar al de los desaparecidos glosistas medievales en toda la Europa continental desde la baja Edad Media hasta el inicio de la formación de los grandes Estados y del fortalecimiento del poder real –con alguna excepción, por ejemplo, en materias civiles y mercantiles, incluso en nuestro Derecho español civil especial o foral, que ha pervivido hasta nuestros días-, la institución del precedente como fuente del Derecho y la consideración hacia la doctrina científica desarrollada en las mejores Facultades de Derecho del mundo, muchos de cuyos profesores son citados en las sentencias anglosajonas, hacen del Estado británico uno de los mejores modelos de selección de servidores públicos, copiado y mejorado por muchos Estados anglosajones.

De manera paralela a la evolución del mundo judicial, tanto en Inglaterra como en los Estados Unidos, así como en algunos países escandinavos, se desarrolló en los círculos intelectuales la corriente de filosofía jurídica, de tradición analítica, llamada “realismo jurídico”, la cual, a parte de echar por tierra –incluso sólo a nivel teórico-, el mito de la separación de poderes, al menos en su formulación más estricta, hacía hincapié en la importancia de la argumentación jurídica como método no sólo para ganar casos ante los Tribunales, sino en cuanto construcción racional que expresaría la esencia misma del Derecho, lenguaje altamente estandarizado, razón por la cual el estudio de su empleo y metodología habría de acercarnos de una manera más realista a su realidad como arte o técnica de organización social, como ya definiera al Derecho el filósofo inglés Hume. Este interés por el estudio de la argumentación, por el debate de ideas y por la metodología jurídica habría sido sólo en parte compartido por las Universidades y Fundaciones –como la Fundación A. v. Humboldt- del Imperio alemán, el cual, a partir de su tradición filosófica kantiana y hegeliana, habría construido algunos de los más sofisticados sistemas tanto de Derecho público como de Derecho privado, como por ejemplo, la Teoría jurídica del Delito, una de las construcciones más completas y, al mismo tiempo, respetuosas con los principios que con “los signos de los tiempos” han ido informando la legislación positiva, la jurisprudencia y la práctica judicial. Dicha teoría requiere grandes capacidades de abstracción y a la vez de resolución de problemas concretos, lo que hizo de la Academia su hábitat natural propicio, no sólo para su desarrollo, sino también para situar el comienzo de carreras funcionariales, incluida la judicial. En la República Federal de Alemania, todavía hoy, la nota del segundo examen de Estado, e incluso la posesión de un Doctorado en Derecho (Dr. iur.), con relevancia tanto para el sector privado como para el sector público –cosa inexplicable, o demasiado explicable, en esta confortable España-, cuentan, y cuentan mucho para obtener los máximos puestos de entrada en la Judicatura nacional. La relación también entre instituciones públicas y Universidades es mucho más fluida y efectiva, y lo es incluso entre todas ellas y el sector privado, en promedio, con respecto a la deplorable situación endogámica española que afecta a casi todos los organismos públicos y a muchos privados, y no sólo a las Universidades como se acostumbra a decir.

En el viejo continente, el papel ocupado en la creación de Derecho, en sentido amplio, por la tradición de comentaristas medievales, desde los primeros glosadores y exégetas del siglo XIII en las ciudades italianas hasta nuestros grandes comentaristas a la legislación codificada del siglo XIX, pasando por la para nada desdeñable “Escuela de Salamanca”, especialmente floreciente en Castilla durante el siglo XV, con personalidades de la talla de Francisco de Vitoria a la cabeza, debería haber sido reemplazado, o más bien, retomado, por la llamada “doctrina científica”, desarrollada fundamentalmente en las Universidades, fundaciones y otras academias jurídicas. El ambiente en España a primeros del siglo XX en los círculos académicos era especialmente propicio para ello, dada las buenas relaciones entre nuestros académicos y sus colegas alemanes. Sin embargo, lo que pudo ser un florecimiento cultural no sólo en el Derecho, sino en todos los ámbitos del conocimiento, sencillamente no sucedió. Las causas de que ello no haya sucedido tienen que ver seguramente con el poco valor que, a partir del siglo XX, es dado en España al conocimiento científico en sentido amplio, también a la incipiente Ciencia del Derecho (ello se aplica en menor medida al conocimiento tradicional, que se seguía impartiendo básicamente en las escuelas de la Iglesia, en los Seminarios y en algunas Universidades; sin embargo, también éste comenzaba a ser considerado “poco práctico” y comenzaba a calar el pensamiento que debía ceder ante el florecimiento de los oficios y del comercio), por parte de los poderes fácticos de entonces, a saber: la jerarquía eclesiástica, el Ejército y la forma protoempresarial del cacique como promotor de los medios de producción. A partir de este contexto, quizá arbitrariamente seleccionado, “de partida”, pero suficiente para entender las claves de la falta de desarrollo intelectual y científico de nuestro país a los efectos de este dictamen, vinieron las consecuencias del Desastre del ’98, el tibio intento de adelantar los tiempos de la civilización española llevado a cabo por algunos dignatarios de la II República, el estallido de la Guerra Civil, a la cual siguió el exilio de grandes profesores universitarios de todas las ramas del saber y de intelectuales contrarios a la Dictadura de Franco. Es lógico que no se tocara un sistema de oposiciones que no cuestionaba, sino que promovía todo lo contrario, el aprendizaje memorístico y acrítico de las Leyes y reglamentos del Reino. Otros, por acción o por omisión, simplemente justificaron el sistema de oposiciones memorísticas y siguen justificándolo en la actualidad, al que llaman exultantes a los jóvenes salidos de una Universidad desencantada que probablemente también haya tenido bastante culpa en la permisión de lo que a mi juicio constituye una verdadera “aberración jurídica”.

 

5. Conclusiones

Algunos lectores, si me han seguido hasta aquí –cosa que les agradezco muy sinceramente-, quizá consideren excesivo el empleo de “aberración jurídica” al empleo del actual sistema de oposiciones. Es posible que, in abstracto, haya oposiciones que, por el particular carácter tanto humano como útil de las pruebas, sirvan en realidad para preparar adecuadamente a los candidatos a las altas magistraturas del Estado. Si es así –y es verdad que puede objetárseme que algunas oposiciones, como las oposiciones a Cuerpo de Administradores Civiles del Estado-, podrían acercarse a un modelo razonable, el gran predominio del “temario” hace que, incluso éstas, estén a años luz de ser consideradas, desde mis criterios valorativos, muchos de los cuales acabo de explicitar, argumentar y defender frente, al menos, a las contraargumentaciones más conocidas, como métodos razonables de selección de personal. La oposición, aquí y ahora, en la España del siglo XI, es ciertamente una “aberración jurídica disfuncional”, por cuanto está ciertamente basada en el desprecio constante por habilidades y funciones cognitivas superiores, por el conocimiento verdadero y, sobre todo, por el respeto debido a la dignidad del propio puesto –que no puesto propio- que se ha de desempeñar, y que no puede ser suplido por un “cursillo” de doce o quince meses en Barcelona o en Valencia sobre dónde se sienta el demandado, a quién hay que llamar primero en las audiencias públicas, cómo interactuar en el lenguaje informal tanto con los superiores como con los inferiores en el sistema judicial, y demás triquiñuelas, si es que se estudian –pero, a este punto, convendría que se hiciera-. A ese desprecio se suman la promesa de una “forma de conocimiento superior de la realidad del ordenamiento jurídico positivo”, que vendría dado por la ascesis del entrenamiento en memorización y temporización durante un período de tiempo que es presentado lo suficientemente largo e intenso ex ante como para no resultar atractivo para la mayoría, sino sólo para unos pocos “iniciados”. Aquellos que conocen a los preparadores en los últimos años de la carrera, quienes les dicen que la carrera no vale para nada, que lo que se enseña y se investiga en la Universidad es falso –probablemente algunos de ellos no hayan investigado nunca de verdad-, y que sólo ellos –la élite funcionarial elegida, a través de los más rancios valores del aprendizaje memorístico y de las artes ocultas de la “compresión” –en tiempo de los distintos temas-, que no de su “comprensión”, podrán acceder al “verdadero conocimiento del Derecho”, en virtud del cual podrán entrar a mandar, y a juzgar sobre los demás, en definitiva, a ejercer poder: ¿les suena de algo? Utilizando el lenguaje de la antropología, estos rasgos son más propios de un camino iniciático esotérico que de un proceso de selección –el cual nunca ha perdido, o debería perder, su carácter de rito; pero menos debería perder racionalidad por el camino, como le ha sucedido a las oposiciones, sobre todo teniendo en cuenta para qué función en un mundo cada vez más complejo y cambiante, se supone que preparan-. La pérdida de racionalidad se produce cuando prima el rito y la promesa de un conocimiento reservado a unos pocos –a pesar de la expresión frecuentemente utilizada en las convocatorias de “oposiciones libres”-, sobre el examen real de conocimientos y habilidades útiles para el desempeño de la función que se es llamado a cubrir, o, dicho más sencillamente, sobre la racionalidad del examen. Y si la expresión “adecuación al perfil”, por cierto, muy utilizada en el sector privado, que se juega su dinero en la selección del personal, no se considera más “pura” que la expresión “mérito y capacidad”, entonces lo que habrá que examinar es qué méritos y qué capacidades habrá que considerar teniendo en cuenta el rol que se va a cubrir dentro del aparato del Estado. Y si ese rol se refiere al ejercicio de un Poder, como el Poder judicial, más vale que la selección de su personal, sin perder objetividad, pueda ser razonable, puesto que la racionalidad, tal y como ha venido siendo reiteradamente destacado por el Tribunal Constitucional y por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, constituye un límite prácticamente implícito a los poderes constituidos, y que en nuestro Texto Fundamental cabe derivar del principio de proscripción de la arbitrariedad de los poderes públicos (art. 9.3 CE). A Sir Francis Bacon se le atribuye la frase “conocimiento es poder”. Pero necesita un poder político que lo apoye, o, de otra manera, ese poder se convertirá en lo que siempre ha sido: el poder del conocimiento por el conocimiento, de autosuperación del yo a través de su encuentro con sus propias limitaciones, lo que constituye el punto de partida para la verdadera sabiduría. Y ello no interesa al verdadero Poder, al que recluta, que quiere “servidores” para él, y no para la causa pública. Por eso no se ha cambiado el modelo actual de oposiciones. O, dicho de otra manera menos “conspiracionista”, al Poder ni siquiera le ha hecho falta cambiar nada, puesto que ya tenía en sus manos un instrumento perfecto para seguir perpetuando la irracionalidad en este país. Pero esto sería entrar en un terreno que nos alejaría mucho del pragmatismo con el que quiero presentar este dictamen. Para el propósito que nos ocupa, falta todavía introducir mucha de esta racionalidad en lo que se estudia memorísticamente en las “altas” oposiciones: 300 o 500 temas de Derecho positivo y quizá 30 ó 50 que tengan que ver, remotamente, con la Filosofía del Derecho. Pero la Filosofía, al contrario del Derecho positivo, no puede estudiarse de verdad de ese modo, y menos al nivel al que se pretende que aspiren los candidatos a las más altas magistraturas del Estado.

Es éste el Dictamen de este Doctor en Derecho Público y Filosofía Jurídica, que se somete a cualquier otro mejor fundado.

 

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CONSIDERACIONES SOBRE EL SISTEMA ESPAÑOL DE OPOSICIONES PARA ALTOS CUERPOS Y ESCALAS DEL ESTADO, Y, ESPECIALMENTE, PARA EL INGRESO EN LA CARRERA JUDICIAL Y FISCAL. DICTAMEN JURÍDICO-POLÍTICO, by Dr. Pablo Guérez Tricarico is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.
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